5. NO PIENSO EN TI
DimitriZoe no dejaba de llorar mientras el doctor le vendaba el pie.
—Lo siento por haberte llamado —susurró, aferrándose a mi mano—. No tengo a nadie más.
—No te preocupes. Sabes que estoy para ti —le dije con falsa dulzura.
Mi cuerpo estaba junto a la mujer que amaba. Mi mente, en cambio, seguía en ese otro hospital, imaginando que ese maldito médico japonés no había hecho caso de mis amenazas. Le advertí que ya no podía acercarse más a Amelia y él se indignó como si le hubiera exigido que descubriera la cura del cáncer antes de la medianoche.
Me daba lo mismo. Amenazaría a ese y a cualquier otro que tuviera otras intenciones. Amelia no iba a ponerme el cuerno mientras estuviéramos casados.
—¿En qué estás pensando? —me preguntó Zoe.
Sacudí ligeramente la cabeza. El doctor ya se había alejado para tirar las gasas que había usado para curarla.
—Sabes bien lo que está pasando —mascullé—. Amelia estaba mal y tengo que volver por ella al hospital.
—Pero dijiste que está con su amiga.
—Sí, esa infeliz que solo le mete ideas extrañas en la cabeza. Seguro que ahora mismo le está aconsejando que me pida el divorcio.
Sus ojos se iluminaron.
—Eso sería genial, mi amor. ¿No te parece?
Fruncí el ceño. ¿En qué momento Zoe había decidido volverse tan cruel?
—¿Lo mejor? Ella sufrirá. Me ama desde que era una niña.
—Tú no la amas. Incluso antes de enamorarte de mí lo tenías claro.
—Eso no significa que quiera ocasionarle dolor. Si está en mis manos hacerla feliz, eso es lo que haré. Y no te atrevas a abrir la boca, porque si no, lo nuestro se acabaría.
No sentí arrepentimiento por mis palabras, a pesar del dolor que me causaba ver aquellas muecas de tristeza en su rostro.
—A veces no te reconozco, Dimitri —dijo con la voz quebrada—. He aguantado todo este tiempo, he tratado con amabilidad a tu mujer y realmente espero que no se muera. Sin embargo, tú…
La interrumpí con un beso y la abracé.
—Perdóname —le pedí—. No es mi intención que te sientas celosa. Amelia es como una… hermana. Sí, eso. Sabes que siempre me preocuparé por ella.
—Sí, una hermana con la que tienes sexo mientras que a mí me tienes en espera —resopló y se cruzó de brazos—. Y todavía no me respondes lo que te pregunté.
—Sabes que debo mantener la exclusividad. Podría enfermarse.
—Yo no estoy enferma.
—Da igual, no voy a correr riesgos.
—De acuerdo. Entonces responde…
—No pienso hablar de eso —la corté—. Estamos con el doctor.
—Pero…
—Saldré un momento para dejarlos a solas —intervino el doctor.
—No es necesario —repliqué—. Ya la llevaré a su casa.
Zoe no volvió a insistir con el tema y se mantuvo callada de camino a su departamento.
—Te compraré uno más grande —le prometí, buscando su mano—. ¿O acaso…?
—Me encantaría, aunque me gustaría más que me dijeras lo que quiero saber. ¿Me imaginas a mí cuando le haces el amor a ella? Necesito eso para poder aguantar.
Apreté el volante. ¿Cómo decirle la verdad sin herirla?
—Deja de insistir —exigí—. Eso es lo único que pienso decirte. No voy a hablarte de mi intimidad con Amelia.
—¡Intimidad! —exclamó, dolida—. ¿Ahora lo llamas así?
—¿Qué demonios te ocurre, Zoe? —le recriminé—. Te doy todo lo que me pides, te saqué de la pocilga en la que vivías y te ofrezco ser mi esposa en cuanto mi matrimonio se termine.
—Pues no veo el final de este camino y siento que te estoy perdiendo.
—No lo harás —mascullé, imprimiendo amargura en mis palabras.
¿Por qué el rostro de Amelia seguía allí de fondo? ¿Ese doctor me habría hecho caso?
—Entonces hazme el amor hoy. Solo una vez —pidió.
Mi entrepierna se agitó al pensar en esa posibilidad. Sería sencillo: entrar al departamento, desvestirnos y hacer lo que tenía que hacer. Después de todo, la deseaba, y esos encierros de los jueves me volvían loco con la fantasía de poder hacer por fin lo que quisiera en la cama. Con Amelia tenía que ser extremadamente cauteloso para no lastimarla, para no cogérmela como quería cada vez que la escuchaba gemir y me miraba de esa forma tan intensa.
Odiaba los condones que me impedían sentir su calor envolviéndome.
—¿Dimitri? —Zoe me sacudió por el brazo—. Mi amor, por favor.
—Solo te acompañaré dentro. No puedo quedarme.
—Ok.
En cuanto atravesamos la puerta del departamento, ella empezó a besarme el cuello. Mi fuerza de voluntad estaba al límite, pero algo dentro de mí se resistía. Mi esposa seguía en el hospital, rodeada de gente indeseable.
—¿Qué te pasa? —preguntó Zoe, que ya se había quitado la camisa y el sostén—. Dimitri…
—Tengo que irme —respondí, mirándola a los ojos por fin.
—Al menos dime…
—No pienso en ti cuando estoy con ella —solté con rabia—. Deja de fastidiarme, Zoe.
Me aparté de ella de golpe y salí a toda prisa del departamento. Al subirme al auto, descubrí que mi erección había muerto incluso antes de llegar a la cama con Zoe. Amelia era la culpable. Aunque no la amara, se las arreglaba bastante bien para ocupar cada rincón de mi cabeza. Ella era mi mayor responsabilidad y debía permanecer a su lado hasta el final. No me quedaba otra opción.
Al llegar al hospital, Nick caminaba de un lado a otro por el pasillo donde lo había dejado.
—Dime todo lo que haya pasado. ¿Ese doctor se alejó?
—Sí, pero le han hecho demasiados estudios a la señora Amelia —respondió, más pálido de lo normal—. Me temo que ahora las cosas están muy mal.
—No, no es posible —negué con la cabeza.
Cerré los ojos un momento, esperando a que el mareo pasara, y aparté cada pensamiento sobre funerales que intentaba colarse en mi cabeza. Amelia no iba a morir, no todavía.
—Tengo que verla —murmuré.
—¿Se siente bien?
—Sí —mentí—. ¿Dónde está ella ahora?
—No lo sé.
—¡¿Cómo que no lo sabes?!
—¿Están preguntando por la señora Amelia?
Giré la cabeza de inmediato hacia la doctora que la había atendido. La forma en que se acomodaba el cabello rojizo y aquella amplia sonrisa no me inspiraban ninguna confianza.
—Sí, Amelia Caldwell, mi esposa.
—Ella ya se fue —me anunció—. No sabe cuánto me alegra encontrarme con casos como el de ella. Esa mujer es digna de admiración.
—¿Cómo que se fue? ¿A dónde? —exigí saber—. No, ella no pudo…
—Sí, se fue. Y dijo que se dedicaría a divertirse por el resto de su vida.