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6. NO ESTOY ENFERMA

No Estoy Enferma 18+ — booknet.com · All chapters

6. NO ESTOY ENFERMA

Amelia

«No hay nada en la ecografía. No hay nada en la radiografía. Los estudios de sangre no indican nada alarmante».

Aquellas palabras no dejaban de repetirse en mi cabeza durante el camino a la casa de Andrea. Ella acompañaba mis pensamientos con pequeños bailecitos de triunfo. Yo, en cambio, me sentía como una pesada roca.

—No me estoy muriendo —murmuré—. Tengo cáncer, pero no es terminal.

—No estás enferma, estás sana —dijo mi amiga—. Sé que más tarde vamos a recibir buenas noticias.

—Emocionarme tan pronto no me hace bien —respondí, negando con la cabeza—. No, no quiero ilusionarme. ¿Y si resulta que todo es un error?

—Da igual, porque de todos modos vas a disfrutar cuando dejes a ese perro sarnoso. —Sonrió—. Y estás sana, carajo. Tú misma viste todo lo que te hicieron y te quedó claro que estaba todo bien.

—Tal vez fue un milagro.

—O te mintieron —masculló—. No dudo que Dios actuara en todo esto y por eso iré de rodillas a la iglesia, aunque no haya sido curándote. Estoy segura de que te hizo abrir los ojos y te salvó antes de que te enfermaras de verdad.

Dejé escapar todo el aire de golpe y me dejé caer en el respaldo del asiento. Después de unos segundos, empecé a reír y llorar al mismo tiempo.

—No estoy enferma —susurré, deseando con todo mi corazón creerlo—. Andrea, ¿sabes lo que eso significa? Porque yo sí.

—Si te atreves a decirme algo como «esta es mi oportunidad para enamorar a mi esposo», te juro que te hago ver a San Pedro ahora mismo —amenazó, enfurruñada.

—Eres una tonta —me carcajeé mientras limpiaba mis lágrimas—. No, esta es mi oportunidad de vivir de verdad, de dejar atrás todo lo que me daña. Lo último que quiero es ilusionarme en vano, pero era verdad lo que le dije a la doctora: quiero divertirme por el resto de mi vida.

—Créelo, porque está pasando —dijo con la voz temblorosa—. Vas a vivir, Amelia. Incluso si tienes cáncer en alguna zona del cuerpo, vamos a solucionarlo. Ya tienes experiencia y para ti será como una gripe común.

—Sí, tienes razón. Aun así, me duele mucho.

Me recosté en su hombro y sollocé. Andrea suspiró y me acarició la cabeza. Seguramente estaba harta de escucharme llorar por Dimitri, pero tuvo la amabilidad de permanecer callada hasta que me calmé un poco.

Si Dimitri iba a divertirse con Zoe, yo también tenía derecho a hacerlo. O al menos eso quería pensar para no sentirme culpable por traicionar mi matrimonio al pedir el divorcio.

—¿Te sientes mejor? —inquirió mi amiga cuando nos sentamos en la mesa de una cafetería cercana a su casa—. Tranquila, dudo mucho que Dimitri te esté buscando ahora.

—Sí, tienes razón.

Rodeé la taza de mi café humeante y suspiré de gusto. No me había dado cuenta de que tenía las manos congeladas.

—Hace mucho que no tomo café normal —murmuré—. Mi padre y Dimitri me prohíben demasiadas cosas por mi salud.

—Que se vayan a la mierda —espetó Andrea, dando un golpecito a la mesa—. Obviamente quiero que estés sana, pero si resulta ser que te mintieron, espero que me des permiso de retorcerles el cuello.

—Tiene que haber una explicación —murmuré—. A pesar de todo, no creo que me hayan mentido, no Dimitri.

—¿Cómo sabes que…?

—Porque vi cómo besaba a Zoe, la desesperación con la que se hablaban el uno al otro —la interrumpí, a punto de volver a quebrarme—. Ellos genuinamente creen que estoy enferma. Además, ¿qué sentido tendría enfermarme a propósito? A Dimitri no le conviene hacer algo así. Mi familia no aporta nada económicamente a la suya, sino al revés.

—Tu querido padre ya se recuperó bastante —masculló con desdén—. ¿O acaso no estás enterada?

—Sí, estoy al tanto de todos los estados financieros, aunque él no lo sepa.

—Uy…

—Antes de morir, mamá preparó un documento donde me explicó cómo tener acceso a toda la información. Por eso sé que no voy a heredar nada.

—¿Qué?

—Papá no me tiene en su testamento. Se lo heredará todo a Dimitri porque está agradecido por lo mucho que me cuida y no tiene hijos varones.

—Ahí está —farfulló—. Ahora entiendo todo.

—¿De qué hablas?

—No quiere dejarte nada y por eso te enferma.

—¿Qué?

—Lo que estás escuchando —bufó—. Piensa, Amelia. Ese hombre no quiere compartir contigo ni una sola parte de su dinero.

—Tal vez sea porque crea que me voy a morir.

—No insultes a tu propia inteligencia.

Su mirada penetrante me encogió en el asiento. La posibilidad de haber sido traicionada por el hombre que me dio la vida ensombrecía cualquier alegría que pudiera sentir ante la idea de estar sana.

Si lo que Andrea decía era cierto, no querría volver a verlo.

—Vámonos de compras —me propuso—. No pongas esa cara, tienes que empezar a vestirte como realmente quieres.

—Este vestido me gusta —dije, no muy convencida—. Es el más decente que…

—Sabes que no —replicó con una sonrisa—. Ese solo te lo pones cuando te sientes bien, porque es el único vestido descubierto que tu infiel marido te permite usar. Además, apestas a vómito.

—Oh…

—Vamos, tenemos que…

—No tengo dinero —le recordé—. Dice papá que no quiere que me exponga y Dimitri me compra todo lo que le pido. Carajo, soy patética.

—Pues yo sí que tengo dinero. Mi papi me regresó las tarjetas —presumió, sacando una tarjeta negra, igual a la de Dim—. Sí, al final decidí que no puedo seguir negando mi cuna de oro.

—No puedo aceptarlo —balbuceé.

—Claro que sí y lo harás. O si no me voy a enfurecer.

—Te quiero, Andy —dije conmovida—. Me da igual que me lleves de compras. Solo te necesito a ti.

—Y yo necesito que te tomes ese café, que muevas el culo y que nos vayamos, ¿sí me entiendes? Sé que al final del día vas a volver a casa a averiguar qué mierda está pasando, pero tienes que gozar.

—Sí.

Bajé la mirada hacia mi café y decidí probarlo por fin. La calidez y el sabor inundaron todo mi cuerpo y se me escaparon las lágrimas. Al abrir los ojos, descubrí que Andrea también estaba llorando.

—Adoro verte así —declaró con una parsimonia casi graciosa—. Estás dando el primer sorbo del resto de tu larga vida.

Reí de verdad y asentí antes de dar otro trago. El dolor había quedado mitigado por la cafeína y la emoción de saber que tenía más opciones que simplemente morir en una cama de hospital, rodeada de personas que me tenían lástima.

No esperamos demasiado para ir de compras al centro comercial. Por primera vez me permití probarme y comprar las cosas que realmente me gustaban. Incluso programé una cita para pintarme el cabello. Deseaba dejar atrás el cabello color caramelo y volverlo negro, azul, rojo o cualquier otro color que no me recordara a la enfermedad.

Mi celular, en vibración, había registrado cada una de las llamadas frenéticas de Dimitri y de mi padre, y no me di cuenta de ellas hasta que salimos de la función de medianoche. No sabía de qué demonios había tratado la película, pero la había disfrutado.

Una última llamada me dejó petrificada en mitad del vestíbulo.

—Es la doctora —murmuré.

—¡Contesta! —exclamó Andrea—. Seguro que ya tiene los resultados.

—Es muy rápido, no creo que…

Contesté antes de terminar la frase. Ya no podía estar más tiempo sin saberlo.

—Buenas noches, Amelia. Espero no haberte despertado —me dijo la doctora Stevens con voz cautelosa—. Me pediste que te llamara en cuanto tuviera todo listo.

—Sí, doctora, no se preocupe —respondí con la respiración entrecortada—. Estoy enferma, ¿verdad? ¿Qué…?

—Al contrario, Amelia —me anunció con un entusiasmo que me dejó sin aliento—. Lo revisamos muchísimas veces y todo parece indicar que en tu cuerpo no hay absolutamente nada maligno. Tienes anemia, sí, pero no cáncer.

—No estoy enferma —susurré, aferrándome al celular porque, en ese momento, era lo único que tenía sentido para mí.

—No, cariño. Y no me importa que tu esposo me amenazara con hacer que me corran. Esta noticia es grandiosa —respondió entre risas—. No estás enferma y tienes toda una vida por delante para disfrutarla.