7. NO PUEDO AMARTE
AmeliaLa gente nos miraba como si estuviéramos locas por saltar y gritar en medio de la entrada del cine y, siendo sincera, me daba igual. Acababan de darme la mejor noticia de mi vida.
—Estoy sana, no tengo cáncer —sollocé, aferrada a mi amiga—. No, no, seguro que debe ser…
—No es ninguna mentira, tonta —gruñó Andrea—. Es la verdad. Dios se apiadó de nosotras y ahora tienes otra oportunidad.
—Sí, yo…
Empecé a toser. De nuevo sentía náuseas por aquel ataque de euforia. Mi amiga soltó una risita nerviosa y me acarició la espalda hasta que se me pasó.
—¿Estás mejor?
—Sí.
Era mentira. Saber que estaba sana también añadía más dolor a la tormenta emocional que vivía. La alegría sabía a nada cuando abría la puerta a cuestiones mucho más aterradoras que la idea de morir dentro de poco.
—No, no pienses todavía en eso —me suplicó Andrea al ver mi expresión pensativa—. No dejes que ninguna duda arruine tu felicidad.
—Tengo que averiguar muchas cosas, Andrea —repliqué con seriedad—. Lo que acaba de pasar no puede deberse a un milagro. Nadie se cura del cáncer de la nada. Y yo no estoy enferma, tal vez nunca lo estuve.
—Eso es más que obvio, aunque ya lo pensarás mañana.
—Mañana —jadeé—. Tengo que…
—No, vendrás a casa conmigo. Vamos a…
Unos pasos sincronizados, casi militares, resonaron por el lugar. Las personas a nuestro alrededor también se quedaron quietas cuando todos esos guardias de traje negro nos rodearon.
—¡Eh, no hicimos nada! —gritó Andrea, alzando las manos como si estuviera detenida.
Mi cuerpo se tensó al ver a mi esposo abrirse paso entre los hombres que habían formado una muralla alrededor de nosotras. Unos mechones de cabello le caían sobre las sienes y pude notar la marca roja en su pecho a través de la abertura de los primeros botones.
Se había rascado hasta sangrar.
No hubo gritos ni reproches; simplemente se lanzó hacia mí y me abrazó como si no me hubiera visto en años. Mi corazón se ablandó y alcé los brazos para corresponderle, pero al final los dejé caer a los costados.
Ya no podía creer en ese amor falso, por mucho que todavía hiciera estragos en mi cuerpo.
—Vamos a casa —susurró—. Tenemos muchas cosas de que hablar.
—No, contigo no tiene nada de qué hablar —le espetó Andrea, que se rio al verle el pecho—. Genial, ahora de verdad eres un perro sarnoso.
—Andrea, por favor —le pedí, volteando a verla—. Es mejor que nos vayamos a casa. La pasé muy bien hoy, no lo arruinemos.
Mi amiga apretó los dientes y le lanzó una mirada asesina a mi esposo. Después de unos segundos, pareció recordar el plan y suspiró.
—Sí, es lo mejor. Tampoco quiero que te agobies por mi culpa.
—¿Cómo has podido ser tan irresponsable? —le reclamó Dimitri—. Pudo haberle pasado algo. ¿No te das cuenta de que ella está enferma?
—No más que tú, idiota. Mira que largarte y dejar sola a Amelia porque tu querida amiguita…
—Andrea, ya —la corté—. A Dimitri le pareció más importante ayudarla. Yo tenía náuseas, lo normal.
—¿Te has enfadado por eso? —me preguntó Dimitri, alzándome el rostro para que lo mirara—. Dímelo, Amelia. ¿Por eso te vengaste de mí haciendo todo esto?
—No, mi amor —mentí con una dulce sonrisa—. En realidad, solo quería olvidarme de mi salud tan deplorable. El final se acerca y ya no quiero vivir encerrada en casa y en el hospital.
—No digas eso —suplicó y me dio un beso corto en los labios—. Tú no vas a dejarme.
—Yo…
—No vas a dejarme —repitió—. Encontraremos una solución.
—Sí —susurré.
—Creo que voy a vomitar, así que mejor me voy —masculló Andrea antes de empujar a los guardias.
Mi estómago se retorció cuando Dimitri volvió a besarme, esta vez de forma más apasionada. Tuve que apartarlo cuando recordé todo lo que había pasado hacía unas horas.
—Lo siento —se disculpó—. Creo que es mi alegría de haberte encontrado.
—Sería mejor que muriera pronto —murmuré—. Así podrías vivir tu vida como quisieras y no tendrías que preocuparte nunca más.
—No vuelvas a decir eso —dijo con tono sombrío—. Cuidarte es mi deber y lo hago con gusto.
Mi esposo se inclinó y me alzó en brazos con la facilidad con la que yo sujetaba un bolígrafo. Los hombres se dispersaron por orden de Dimitri y nos dejaron a solas para salir del lugar.
Tenía que irme de su lado antes de que el amor que le tenía me traicionara.
—¿Por qué? —preguntó en cuanto nos subimos al auto—. ¿Por qué no me esperaste? ¿Te das cuenta de que pudo haberte pasado algo? No respondías las llamadas, no…
—Decidí no seguir el tratamiento —lo interrumpí—. Después de haber estado en el hospital, me di cuenta de que quiero disfrutar la vida, que…
—De ninguna manera —me cortó—. Vas a seguir el tratamiento hasta el final, hasta que encontremos una solución, una cura.
—No. Es mi última palabra.
—Y la mía es que vas a seguir, quieras o no.
Dimitri encendió el auto con las manos temblorosas. No hice intento de discutir. Poco o nada serviría que lo hiciera, pues siempre se salía con la suya.
Por un tiempo, le dejaría creer que esta vez también sería así. Ahora menos que nunca debía ponerlo sobre aviso, y tenía que lograr hablar con Reece para que me ayudara. Él me quería como una hija y seguro que no se iba a negar a ayudarme, mucho menos cuando Andrea se lo pidiera.
Se habían reconciliado en el mejor momento.
—Estoy cansada, quiero dormirme —susurré al llegar a casa.
—Lo siento, tenemos que hablar sobre lo que has dicho.
—No quiero hablarlo —dije con una frialdad que lo hizo fruncir el ceño—. Dimitri, quiero que empieces a tratarme como si no estuviera enferma.
—Estás…
—No estoy enferma —lo interrumpí—. Es decir, quiero que te olvides de que lo estoy. Hoy me di cuenta de que no quiero seguir viviendo en una mentira.
Su rostro palideció.
—¿De qué estás…?
—Piénsalo, Dimitri —le pedí muy seria—. Nuestro tiempo juntos se está acabando y me gustaría que me amaras sin la enfermedad de por medio. ¿Realmente me amarías sin ella?
Me bajé del auto a toda prisa, incapaz de escuchar su respuesta. Ya la conocía, pero no soportaría oírlo mentirme.
—Amelia.
Su jadeo contra mi oído encendió mi cuerpo sin remedio. Me quedé apoyada en la puerta, luchando contra el deseo.
—No vamos a separarnos, tú no vas a morirte.
Me estremecí. Él era tan cruel y tan seductor al mismo tiempo…
—Y no vas a volver a escapar de mí, ni siquiera para ver una maldita función, ¿me escuchaste?
—Yo…
—Voy a vigilarte a partir de ahora.
Volvió a cargarme y entramos en la casa, que ya estaba a oscuras. La tía Inés no estaba allí para salvarme de lo que tal vez fuera a pasar.
A pesar de su maldito engaño, deseaba tenerlo sin reservas, sin pudor y sin ese cuidado con el que siempre me trataba.
—Hazme el amor —le pedí nada más cruzar la puerta de la habitación, en el tercer piso—. Esta noche olvídate de todo y…
Dimitri asintió y dejó escapar un gruñido antes de besarme con una intensidad que me hizo gemir con fuerza. No podía recordar su traición. Solo pensaba en el calor de sus manos recorriéndome y su enorme erección presionando mi vientre.
Me deseaba más de lo que él admitía… o tal vez pensaba en Zoe.
Mi repentina tensión lo hizo detenerse justo cuando me recostaba en la cama. Abrí los ojos y me encontré con una expresión de horror que me destrozó el corazón una vez más.
—No puedo, Amelia —dijo levantándose—. No puedo amarte como si estuvieras sana.
—Dimitri…
En un parpadeo, él ya se había marchado. Algo en mi corazón me dijo que esa noche no volvería y que tendría que resignarme a no tenerlo nunca, a no conocer esas caricias salvajes que reservaba para Zoe.
—Está bien —musité, apretando la tela de mi blusa nueva contra el pecho—. Tengo que dejarte ir ahora.
Volteé hacia el teléfono de la mesita de noche y decidí dar el paso.
Tenía que pedirle ayuda a Andrea para salir de la casa.