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8. NECESITO AYUDA

No Estoy Enferma 18+ — booknet.com · All chapters

8. NECESITO AYUDA

Amelia

Esa noche no me mantuve en vela. No esperé a que llegara y, a la mañana siguiente, tampoco le hice preguntas cuando llegó con olor a alcohol. Dimitri actuaba como si no me hubiera rechazado la noche anterior e incluso se ofreció a prepararme el desayuno.

—No te preocupes. La tía Inés me preparará algo.

—Está bien. Yo…

—Que tengas un buen día, cariño.

Le di un beso en la mejilla y me metí al baño para ducharme. Al salir, él ya se había ido a trabajar. Se había puesto su loción favorita. No por mí, sino para ella.

—Tengo que ser fuerte —susurré, limpiándome las lágrimas para que no me arruinaran el maquillaje—. Él no te ama, pero tú estás sana.

Inhalé profundo varias veces antes de aplicarme un poco de perfume y labial. Al final de las escaleras estaba la tía Inés, que venía con una bandeja.

—Mi vida, ya iba a subir —me dijo con una sonrisa dulce que me causó dolor.

—No voy a desayunar aquí, puedes comerlo —le respondí, terminando de bajar—. Voy a casa de Andrea.

—Oye, Dimitri preparó esto para ti.

Miré la bandeja. La fruta estaba cortada exactamente como ella solía hacerlo, así que supe que estaba mintiendo.

—No es verdad. Esto lo preparaste tú —dije con voz inexpresiva.

—No, esto…

—Por favor, tía, basta de mentiras —le pedí y ella frunció el ceño.

—¿A qué te refieres con mentiras? ¿Hice algo que te molestara? Mi amor, puedes hablar claro.

Por un segundo dudé. Deseaba compartirle la buena noticia de que no tenía cáncer, que todos esos síntomas se debían a algo que todavía debían investigar. Sin embargo, me detuve. Algo me decía que esperar era lo mejor.

—Me refiero a todos los cuidados que me dan. Estoy cansada de vivir como una mujer débil —respondí—. No lo soy. Sé que algún día voy a morir y quiero disfrutar cada uno de los días que me queden.

—Yo tengo fe en que vas a curarte, que Landon va a encontrar algún otro tratamiento que…

—Pues mientras eso pase, yo me voy a disfrutar. Nos vemos luego, tía.

Le di un beso en la mejilla al pasar por su lado y saqué mi celular del bolso para enviarle un mensaje a Andrea, que no tardó en responderme con la foto de todas nuestras compras sobre su cama. Aquello no borraba mi dolor por completo, aunque sí era un aliciente para seguir adelante y buscar mi felicidad en otro lado.

El aire se me escapó de golpe al encontrarme con mi padre cuando llegaba a la puerta. Su mirada, siempre tan dulce conmigo, ahora estaba llena de reproche.

Seguramente Dimitri le había hablado sobre mi escape el día anterior.

—Volviste —susurré mientras retrocedía algunos pasos.

—Sí, vine de conseguir tu costoso tratamiento y me encuentro con que saliste y pusiste tu vida en riesgo. ¿Qué te ocurre, hija?

—Pasa que quiero vivir mis últimos días sin sentir que me estoy muriendo —respondí con indignación—. ¿Acaso no tengo derecho?

—Todo lo que hago es para evitar que estos sean tus últimos días —respondió—. Ya traje lo que necesitas. Esta vez serán inyectadas y no tendrás que preocuparte por las náuseas. Inés, vamos a la habitación. Debemos colocar la primera dosis cuanto antes.

—Sí, hermano —suspiró la tía—. Iré a prepararlo todo. Mi niña, seguro que este medicamento te hará sentir mucho mejor.

—Por supuesto que no —solté una risa—. No me voy a poner nada. Decidí no seguir con esto, papá. No pienso desperdiciar el resto de mi vida sintiéndome enferma.

Papá sonrió mientras negaba suavemente con la cabeza.

—Estás delirando, mi amor —replicó con una dulzura que ya no me parecía verdadera—. Sé que el medicamento anterior te hacía sentir incómoda, pero te aseguro que este hará que te sientas mejor. ¿Crees que no me doy cuenta de que tienes miedo de sentirte mal? Y te pido perdón por eso; ya no volverá a pasar.

—Bien, entonces dime qué medicamento es —espeté.

Tanto él como la tía Inés fruncieron el ceño.

—Sí, quiero saberlo para acudir a mi médico y que sea él quien me lo administre. Como dices, tengo miedo de volver a sentirme mal.

—Confía en mí. Vas a sentirte mucho mejor. No pienso decirte qué medicamento es, es muy delicado.

—Bien, pues entonces hoy no va a pasar. Pienso salir de nuevo.

—De ninguna manera. Ayer preocupaste demasiado a tu marido y no lo harás de nuevo.

—¿Preocuparlo? —reí—. ¿Y por qué tendría que preocuparse? Voy con alguien que me quiere, que me cuida. Estoy cansada de tomar medicamentos y no estoy lista para inyectarme nada.

—Hija…

—Más tarde —le pedí—. Ahora quiero relajarme un poco, ¿sí? Prometo regresar más tarde y que me inyectes lo que quieras.

—Tiene que ser ahora, Amelia. Llevas más de una semana sin tratamiento y el cáncer…

—El cáncer seguirá igual —me encogí de hombros—. ¿Qué más da que descanse hoy?

—No te…

—Claro que puedo irme. No soy una prisionera en esta casa, ¿o sí? —Arqueé una ceja.

Papá suspiró.

—De acuerdo, sal un rato. Solo te pido que regreses por la tarde, antes de que Dimitri regrese.

—¿Por qué?

—Porque no quiero que pase un mal rato viendo cómo te inyecto. Él no lo tolera.

—¿Me vas a inyectar la eutanasia o qué? —bromeé.

Su expresión seria me dio un vuelco al corazón.

—Hija, ¿de dónde sacas esas ideas tan macabras? —me preguntó la tía Inés—. Dios mío, juntarte con esa muchacha te hace mal.

No dije nada y me alejé, perturbada. Definitivamente, necesitaba ayuda.

—¿A dónde va, señora? —me preguntó Nick cuando salí—. El señor Caldwell ordenó que no la llevara a ninguna parte.

—Pues entonces me voy yo sola —sonreí—. No te preocupes.

—Pero…

—¡Adiós!

Me dirigí con paso enérgico hacia el portón y empecé a correr al escuchar los pasos de Nick detrás de mí. El pánico me invadió al imaginar que me atraparían y me inyectarían cualquier cosa capaz de matarme de verdad.

—¡Señora, tiene que detenerse!

Abrí el portón a toda prisa y corrí por mi vida. Dos calles después tuve que detenerme porque me faltaba el aliento. No tener cáncer tampoco significaba tener una buena condición física.

—A mí nadie me va a impedir buscar ayuda —susurré para animarme—. Nadie…

—¡Señora!

Volteé hacia atrás y lancé un grito. Nick corría hacia mí como si la misión de su vida fuera atraparme. Recuperé el aliento de golpe y volví a echarme a correr.

—¡Amelia!

Esta vez era la voz de Dimitri, pero no me detuve y empecé a reír como una loca ante las miradas extrañas de la gente. A pesar del miedo, me sentía más viva que nunca.

Un auto frenó frente a mí justo cuando iba a cruzar la calle.

—¡Súbete! —me gritó Andrea desde el asiento trasero.

La obedecí sin vacilación. Me daba igual que Dimitri quisiera protegerme o intentara mediar entre mi padre y yo. Ya no estaba dispuesta a que me metieran más porquerías en el cuerpo y arriesgarme a que me enfermaran de verdad.

Andrea arrancó sin hacer preguntas ni esperar a que me pusiera el cinturón. Me aferré a la agarradera y reí como no lo había hecho en mi vida.

—¿Qué es lo que te pasa ahora? —me preguntó mi amiga, divertida—. ¿Tú corriendo? ¡Primero creí que vería a los cerdos volar!

—Estaba corriendo por mi vida —expliqué entre carcajadas que no podía, ni quería, controlar—. Papá iba a inyectarme algo, tal vez la eutanasia.

—¡¿Qué mierda?!

—Llévame a ver a Reece —imploré—. Él es abogado, sabrá qué hacer.

—¿Qué?

—Necesito la ayuda de los dos ahora mismo —dije mientras recuperaba la seriedad—. Amiga, te necesito más que nunca.