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9. NO HABRÁ DIVORCIO

No Estoy Enferma 18+ — booknet.com · All chapters

9. NO HABRÁ DIVORCIO

Dimitri

Mientras conducía de regreso a casa, pude imaginar a Zoe con esa cara de estupefacción cuando le compraba a Amelia las cosas que me pedía. Esta vez no se lo diría. Me nacía hacerle un regalo sin que fuera su cumpleaños o Navidad.

Ella tenía que perdonarme por la estupidez que había cometido la noche anterior. No me arrepentía de haberme detenido. Me arrepentía de no quedarme a abrazarla y explicarle mis miedos hasta que se durmiera.

Siempre que la tocaba me sentía a punto de perder el control, y la noche anterior había estado más cerca que nunca. Eso no debía volver a pasar.

—¿O sí? ¿De verdad nuestro tiempo se está acabando?

El estómago se me contrajo ante esa idea. A pesar de la enfermedad y el desenlace inminente, era incapaz de relacionar a Amelia con un sepulcro. La sola idea me paralizaba o me hacía temblar.

No la amaba de la misma forma que a Zoe. Sin embargo, me angustiaba la idea de una vida sin escuchar su voz, sin el sonido de sus pasos por la casa o sus risas repentinas por algún vídeo tonto que viese en internet.

—No, no puedes morir —murmuré, pensando en su dulce mirada—. Tengo que...

La figura de una mujer corriendo me hizo frenar de golpe. Era Amelia. A unos metros de distancia corría Nick tratando de alcanzarla.

—¡Amelia! —grité al salir a toda prisa del auto.

Ella se perdió entre las calles antes de que pudiera echarme a correr.

—Señor, intenté alcanzarla —me dijo Nick con voz estrangulada al detenerse junto a mí—. No sé qué…

—¡¿Qué demonios pasó?! —le grité, tomándolo por el cuello de la camisa para agitarlo.

—No tengo idea. Solo sé que el señor Wycliffe llegó, tuvo una pequeña discusión con la señora y ella salió corriendo.

Mi cerebro pareció sufrir un cortocircuito. No me imaginaba ninguna situación en la que Amelia pudiera escapar de su padre.

—¿Estás seguro de que las cosas fueron así? ¿Él le hizo daño?

—No, señor, la que parecía alterada era ella. Está bastante extraña desde ayer.

Un sudor frío me recorrió la columna vertebral. Por más que intentara convencerme de que Amelia no me había visto con Zoe, la duda seguía asaltándome.

Si nos había visto, eso explicaba por completo su actitud y debía inventar la mayor justificación de mi vida para hacer que creyera de nuevo en mi amor.

—Extraña —murmuré.

Por otro lado, Amelia no se mostraba enojada, lo que dejaba lugar a cierta esperanza. De habernos visto, habría explotado y seguramente Zoe ya estaría fuera de la empresa.

—Sí, se comporta así desde…

—Debemos buscarla —lo interrumpí—. Ordena a todos los hombres que haya en la casa que la busquen por todas partes. Yo también lo haré y la llamaré. Si algo le pasa, juro que todos van a perder la puta cabeza, ¿me entendiste?

—Sí, señor Caldwell —asintió Nick—. Le juro que traeremos a la señora Amelia sana y salva.

Me metí al auto sin responderle. Nada más arrancar llamé a mi esposa, temiendo que desapareciera.

—¿Hola? —respondió tras seis tonos que me parecieron una eternidad.

—¿En dónde carajo estás? —pregunté, apretando el volante con una mano—. Te vi correr. ¿Qué te pasa por la cabeza, Amelia?

—Que no quiero que papá me inyecte. Eso es lo que…

—Es tu nuevo tratamiento, así que debes regresar a casa para ponértelo.

—No, no quiero —dijo cortante—. Estoy decidida a no dejar que nadie me siga dando tratamientos. Yo quiero vivir.

—Y yo quiero que vivas muchos años más —repliqué—. No puedes hacer esto. Te lo prohibo.

—No puedes prohibirme nada —respondió con sequedad—. Si tú no quieres amarme, entonces buscaré la diversión en otro lado.

—¡¿De qué estás hablando?!

—¡Eso es! —escuché gritar a Andrea.

Estacioné el auto, incapaz de mantener la visión clara. Amelia me había colgado y ahora estaba con esa maldita mujer que no hacía más que ponerla en mi contra. Durante la noche había considerado no dañarla para no herir a mi mujer, pero ahora se lo tenía ganado.

Después de hacer algunas llamadas, me dirigí a la casa. Di órdenes a Nick para que buscaran a Amelia en casa de su amiga y la trajeran a la fuerza.

—Dimitri, llegaste —dijo mi suegro cuando crucé la puerta—. Amelia está incontrolable. ¿Qué demonios le hiciste? Te supliqué que la trataras con cuidado.

—Yo la cuido como a nadie en el mundo, lo sabes bien —respondí—. ¿Qué hiciste para que se fuera?

—Creo que tuvo ansiedad. Siente que el final está cerca y quiere vivir —me dijo Inés—. Yo creo que, a pesar de que nos angustiemos, le demos un tiempo. Lleva años enferma, no ha tenido ni un segundo de paz.

—¡Se morirá si no toma los medicamentos! —exclamé, con el pecho adolorido—. Esas pastillas, aunque tengan efectos adversos, la mantienen viva.

—Dimitri, quiero hacerte una pregunta y espero que no te ofendas —dijo Inés—. ¿Por qué te aferras tanto a mi niña cuando todos aquí sabemos lo que de verdad sientes? Te casaste con ella por compasión. Tú estás enamorado de…

—Creí que jamás volveríamos a mencionar ese tema —la interrumpió mi suegro—. Si tú le dices algo a mi hija…

—No, jamás le rompería el corazón de esa manera —afirmó Inés—. Es solo que odio verla creer en un amor que no existe.

—Sabes bien que quiero a Amelia —le recordé, indignado—. Sí, me casé por compasión, para hacer felices sus últimos años de vida. Sin embargo, eso no significa que no velaré por su salud. No va a morir. Haré todo lo posible para que se mejore.

—Pues ojalá que, cuando se cure, le pidas el divorcio. Ella tiene derecho a conocer a alguien…

—¡Cállate, Inés! —le gritó Landon—. Mi hija se casó para toda la vida con Dimitri. ¿No recuerdas que están casados por la iglesia?

—Sí, pero…

—No habrá divorcio —sentencié mientras retrocedía—. Ella me necesita a su lado.

Sabía que mis propias palabras me comprometían todavía más a seguir anclado a esa mujer. Aun así, lo haría con tal de que sobreviviera y no terminara en la tumba a tan temprana edad. Ella era el motivo por el que todavía no podía llevar a cabo mis planes con Zoe, pero no era la culpable de nada. Mi honor me arrastró a aceptar un matrimonio en el que no era precisamente infeliz. Amelia me había regalado momentos felices, llenos de ternura y de esa calidez que solo encontraba en un hogar.

—Tengo que buscarla.

Salí de la casa y una llamada me frenó en seco. Era Zoe.

—Te necesito en la oficina, Dimitri —me dijo—. Estoy hecha un lío.

—¿No puedes aguantar un poco? —gruñí—. Te dije que…

—De verdad te necesito —dijo con voz temblorosa—. Todavía me duele la pierna y no puedo caminar tan rápido. Por favor, Dimitri. He aguantado demasiado, sufro porque ella siempre es tu prioridad. Esta vez quiero que…

—Está bien, solo guarda silencio —la interrumpí, frustrado—. Ahora mismo estoy contigo. Los demás ya se están encargando del asunto de Amelia.

***

Amelia

—Eso que hiciste podría hacer que te busque, ¿no estás asustada? —me preguntó Andrea cuando detuvo el auto.

—Me da lo mismo. Qué suerte tengo de que Reece se esté quedando aquí.

—Sí —sonrió—. Y, de ahora en adelante, ya no me volveré a pelear con él. Quiero que te ayude a divorciarte lo más rápido posible.

—No entiendo por qué discuten tanto —murmuré—. A mí jamás me ha parecido que sea tan controlador como dices, sino que se preocupa por ti.

—Y quiere integrarme a ese círculo de mierda que él frecuenta —dijo asqueada.

—¿Será porque eres su heredera y tarde o temprano tendrás que asumir el cargo? —pregunté con tono irónico.

—Él me tuvo con veinte años, por el amor de Dios —resopló—. Estoy casi segura de que vivirá más que yo. Además, odio a todas esas asquerosas tipas con las que sale.

—Tiene derecho, es soltero. Uno bastante codiciado, a decir verdad.

Todas las compañeras que alguna vez llevamos a su casa se morían por él. Reece siempre había sido un hombre bastante atractivo, cálido y con todas esas cualidades que enamoraban a cualquier mujer. Sin embargo, yo no podía verlo como el resto de las chicas. Su forma de tratarme y de quererme me hacía sentir como una verdadera hija.

—Espera, tengo una idea. ¿No quieres ser mi madrastra? Te juro que no me…

—¿Qué demonios te pasa? —me carcajeé—. Estás leyendo libros calientes otra vez, ¿verdad?

—Ups, culpable —se rio—. Lo siento, es que ya estoy harta de esas mujeres plásticas que se consigue. Él ni siquiera es feliz con ellas, son solo sexo. Aun así, es demasiado educado y las lleva a casa.

—Oh…

—La razón por la que me reconcilié con él fue porque al fin le pude decir lo que me pasaba —confesó con una mirada cargada de ilusión—. Me pidió disculpas de la manera más tierna y hasta me preparó el chocolate que me gusta. También dijo que mi cabello morado le encantó. Ah, y ya no me va a obligar a ir a esas fiestas a menos que sea estrictamente necesario. Amo a mi papi y menos mal que ya solté todo.

—¿Lo ves? Reece es un buen papá, no como el mío —murmuré con amargura—. No me trata mal, pero siempre he sentido que algo no encaja, en especial desde que murió mamá. Y ahora que sé que no estoy enferma, esa sensación se ha hecho más fuerte.

—Él te estaba enfermando. Nadie me quitará esa idea de la cabeza —gruñó mi amiga.

—Hoy lo creo también, aunque debo tener pruebas para demostrarlo —murmuré—. ¿Y si hubiera dejado que me inyectara? Tal vez así habría podido…

—No, maldita sea —me interrumpió—. ¿Y si esa cosa sí era para matarte? No digo que fuera la eutanasia, porque eso sería tremendamente estúpido, pero sí para tenerte doblegada.

—Dios, no…

—Toc, toc, ¿se van a quedar allí todo el día?

Volteé hacia la ventanilla. Reece estaba tocando, con una enorme sonrisa. Una alegría casi infantil se apoderó de mí y bajé del auto para abrazarlo con fuerza. Al darme cuenta de lo que hacía, me alejé, sonrojada.

—Perdóname, Reece, yo…

Él negó con la cabeza y me atrajo hacia su pecho. Su calor me envolvió y me hizo sentir como esa pequeña de doce años que lloró en sus brazos tras la muerte de mi madre.

—Andrea ya me contó todo, hija —susurró—. No sabes lo feliz que estoy de que estés sana.

Se apartó un poco de mí y enjugó mis lágrimas con los pulgares.

—Yo no estoy del todo feliz —susurré—. Mi esposo ama a otra mujer. Está conmigo por mi supuesta enfermedad.

Su sonrisa paternal se volvió una línea recta y sus ojos perdieron todo rastro de calidez.

—¿De qué estás hablando, Amelia? ¿Qué te hizo ese…?

—Esa fue la parte que no te conté, papi —le dijo Andrea, llegando a mi lado—. Amelia descubrió que Dimitri aprovechaba sus jueves para encerrarse con su asistente y hablar sobre su futuro juntos.

—Lo voy a matar, hijo de perra —farfulló Reece—. No, no puedo creerlo. Él siempre me ha odiado porque siente celos. Hace un año hasta me hizo un escándalo. ¿De verdad…?

—Sí, Reece. Yo misma los vi —dije con voz temblorosa—. Por favor, no le hagas nada. Tú eres el mejor abogado; ayúdame a divorciarme de él, te lo imploro. Y también… No, eso…

—¿Qué cosa, hija? —preguntó, apretando mi hombro con suavidad—. Dime lo que sea, sabes que formas parte de esta familia.

—Sí, cariño. Eres esa hermana que siempre quise tener —asintió Andrea, cuyos ojos también estaban humedecidos—. Habla con papá en el despacho, cuéntale todo lo que está pasando.

Solté un suspiro sin dejar de observar la mirada ansiosa de Reece. No me gustaba la idea de comprometerlo, pero no tenía otra salida, nadie más en quien confiar.

—Está bien —susurré—. Te lo contaré todo, Reece. Quiero estar divorciada de Dimitri lo antes posible. También quiero anular nuestro matrimonio religioso.