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1. SE CASÓ CON MI HERMANA

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1. SE CASÓ CON MI HERMANA

Elaine

Los rayos de sol se filtraban a través de los vitrales de la iglesia, una que los pecadores como nosotros no debíamos pisar. Sin embargo, los dos deseábamos unir nuestras vidas frente a ese ser supremo que decidía el destino de cualquier ser humano.

Nadie me llevaba del brazo, no lo necesitaba para entregarme a ese hombre de pie en el altar y que me contemplaba con una mirada cargada de significado. No había promesas de una vida tranquila ni de un felices para siempre, solo de estar juntos hasta que el universo dejara de existir.

Leon no esperó y se acercó a mí. Su rudeza y capacidad de negociar eran las del hombre adulto, pero cuando se trataba de mí tenía la paciencia de un niño.

—Mía —proclamó antes de sujetarme por la nuca y besarme frente a todos nuestros invitados.

—Tuya y tú mío —susurré al separar nuestros labios.

Acaricié su rostro, que se tensó ante mi toque. Sus ojos pardos eran fuego líquido; sus labios, el pecado más delicioso que pudiera cometer. Incluso dentro de la iglesia los pensamientos lascivos venían a mí.

No había nada que temer. Él sería mi esposo para siempre, nuestra unión estaría bendecida y no haría esfuerzo alguno amándolo.

—Siempre.

Caminamos al altar con paso apresurado. La ceremonia solemne pasó entre risas cómplices que el sacerdote reprobaba con la mirada. Aun así, era el día más especial y esperado desde que respiré por primera vez.

Ya éramos esposos ante la ley, ahora lo seríamos en la eternidad.

—Acepto —dije con firmeza, apretando los brazos firmes de mi futuro marido, que no apartaba su atención de mí.

—Acepto —respondió él con esa impaciencia que me enamoraba cada día más—. ¿Ya puede casarnos? Es…

Parpadeé una vez. Todo se volvió lento y difuminado. Intenté hacerlo de nuevo y perdí la fuerza en las manos, que ya no estaban sujetas a él. Ahora yacían en el vacío junto al resto de mi cuerpo.

—Leon —supliqué—. Leon, no me dejes.

Un pitido. Una opresión en el pecho y una oscuridad de la que no podía salir. Yo no le temía, aunque sí a estar sola, sin él.

Mi existencia no tenía sentido sin mi amor.

—Está despertando —dijo alguien a lo lejos.

—No puede ser.

—Leon —musité—. Leon, por favor.

—No, soy Leonard —murmuró alguien contra mi frente.

Abrí los ojos y un sonido rasposo y agonizante reverberó en la habitación. El ardor de garganta me hizo saber de inmediato que aquel graznido provenía de mí.

Leon no estaba por ninguna parte.

Un grupo de personas con batas blancas se cernió sobre mí. Intenté volver a gritar, pero mis músculos y mi voz estaban tan débiles que solo pude quedarme laxa, con una capacidad mental semejante a la de una hormiga.

O tal vez ese animal fuera más listo que yo en aquel momento. El oxígeno y el agua no eran necesarios, sino estar junto al hombre que amaba.

Él era peligro, locura, perdición y obsesión. Todas esas cosas eran el combustible de mi vida.

Conocido en el bajo mundo como Matteo Romano, era implacable, estoico y letal. En la cama conmigo se perdía gritando mi nombre, exigiéndome que lo llamara por el suyo, el real.

Era imposible que él no estuviera aquí y que no me sacara del peligro en el que me encontraba.

La boda. Tenía que volver a la boda, junto a él. Leon se volvería loco buscándome y muchos morirían. Él controlaba todo un imperio, mas yo era su reina, la pieza fundamental.

—Leon —logré decir.

—Hija, despertaste —me susurró una mujer.

Mi visión regresó lentamente y fue enfocándose en la mujer que tenía delante. Era mi madre, pero estaba casi irreconocible con ese cabello rubio poco natural y el maquillaje corrido por las lágrimas.

—Elaine, cariño…

—Mamá —musité—. Mi boda, tengo que…

Tragué saliva. Tampoco reconocía mi propia voz y era como un eco extraño y sin fuerza.

—Has pasado dos años aquí. No llegaste a tu boda —musitó, tomándome de la mano—. Lo siento tanto, pequeña.

—No es verdad —jadeé—. Leon, quiero…

—Él sabe que estás aquí y ni siquiera le importa.

—A mí no me pueden engañar —siseé—. Él me ama, va a venir por mí en cuanto se entere.

Tomé una pesada bocanada de aire. Mis labios estaban agrietados, a punto de romperse. Lo único que no se rompería y permanecería inalterable era mi amor y la pasión que me ataba a él.

Mi cuerpo podía morir. Mi fidelidad y mi confianza eran inmortales.

—Lo siento —susurró, bajando la cabeza—. Me encantaría decirte que tienes razón, que él cumplió con su promesa de tomarte como esposa, pero no es así. Cuando te recuperes, te darás cuenta de que no te miento.

—¿Qué pasó? —pregunté con la voz quebrada, sintiendo un ardor insoportable en el pecho—. Dime…

—Él se casó con tu hermana —anunció sin misericordia, arrancándome el alma de tajo—. Ahora tienen un pequeño hijo, uno del que jamás se separaría.

***

Ya me enchilé, ustedes tiren tomates a Leon conmigo jajjajajaja.

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