10. NO TE DEJARÉ ESCAPAR
ElaineLeon se quedó callado unos segundos hasta que se echó a reír de una forma que me erizó la piel. Todavía lo conocía tan bien como la palma de mi mano y sabía que aquello era la antesala de una de sus amenazas brutales.
Y esta era la primera vez que recibiría una.
—¿Qué te causa tanta gracia? —le pregunté al ver que su rostro enrojecía más y no decía nada—. ¿O vas a negar que tienes un hijo con mi hermana?
—No negaré esa boda ni la existencia de Theo.
Mi corazón se contrajo al escuchar ese nombre. Los dos eran unos malditos hijos de perra.
—Vaya, le pusieron el nombre que…
—Sí, el que tú y yo planeamos para nuestro primer hijo.
—Nunca pensé que los dos pudieran caer tan bajo. —Me reí, aunque por dentro ardiera.
Deseaba poder lanzarme sobre él y destrozar su perfecto rostro. Tal vez así pudiera empezar a olvidarme de esta pasión que me quemaba las venas incluso en medio de la ira.
—Sigues siendo mi esposa, evidentemente —dijo con los dientes apretados y volvió a caminar hacia mí—. No vas a negarte a lo que quiera hacer contigo.
—Estás loco si piensas que vas a tenerme de nuevo. Sabes bien que yo no soy amante de nadie, menos de ti.
—¿Menos de mí?
—Me das asco —escupí—. Jamás tomaría las malditas sobras de Mirna. Así que, si no te gusta, puedes matarme aquí mismo o largarte para hacer tu vida.
Lo esquivé cuando intentó tomarme por la cintura de nuevo. Ver el dolor en sus ojos no podía debilitarme. Era una trampa para hacerme caer en sus mentiras, para que volviera a darle todo de mí.
No pude llegar a la puerta. Él me presionó contra ella y mordió mi cuello. Apreté los dientes y cerré los ojos, dispuesta a soportar ese jodido deseo que me volvía débil y me dejaba sin voluntad propia.
—Yo no te doy asco —replicó con voz temblorosa por la rabia—. ¿O quieres que te recuerde cuánto disfrutas en mis brazos? ¿Lo mucho que gritas cuando te cojo?
Mi cuerpo luchaba por estremecerse y rendirse al fin, pero mantuve la rigidez. Era mi único salvavidas.
—Al fin te encontré, Elaine. No pienso dejar que escapes de nuevo.
—Nunca escapé. No entiendo por qué me acusas de ser yo quien no quería seguir aquí. Pasé dos putos años en coma y estos últimos meses recuperándome, solo para descubrir que me traicionaste.
—¿Qué?
Leon se apartó un poco y me giré hacia él.
—Sí, me accidenté y desperté hace pocos meses. No solo me encontré sin ti, también me dijeron todo lo que hiciste: que te casaste con mi hermana y que hasta se atrevieron a tener un hijo.
—Elaine…
—¡No te quiero escuchar! —bramé, ya sin poder contener las lágrimas—. Fue tan fácil para ti olvidarte de mí, de lo que teníamos. Al final, tú solo querías a ese hijo, no a mí.
—Vas a tener que escucharme, porque nada de lo que estás diciendo tiene sentido.
—Estás casado con mi hermana y tienen a ese niño. ¿O acaso es mentira?
—No, es verdad que tomé por esposa a Mirna, pero…
—Entonces no hay nada más de qué hablar —lo interrumpí—. Ahora ya me da igual si sabías o no que estaba en coma. Con esto que hiciste basta para que no quiera volver a saber de ti.
—Es imposible que te deje ir. Yo no sabía lo que pasaba. Todo este tiempo creí que podías estar muerta o…
—Más imposible es que yo quiera que vuelvas a tocarme, mucho menos a tenerme —repliqué—. Y no te creo nada. Tú sabías bien que estaba aquí, jodida. Si no fuera así, habría despertado en tu casa, bajo tus cuidados. No creo en Leonard, pero tampoco en ti.
—¿Qué tiene que ver Leonard con…?
De pronto sonó una alarma y las luces parpadearon. Conocía tan bien a mi amiga que supe que aquella era su forma de ayudarme a escapar.
Salí corriendo y me perdí entre la gente asustada por lo que ocurría. En la salida me encontré con Megan, que me dio una gorra y un saco antes de indicarme que siguiera corriendo.
La adrenalina me hizo huir a toda prisa de allí. Mis músculos todavía no dolían. Era mi alma la que estaba mortalmente herida. Leon no había negado ese matrimonio ni que existiera ese hijo de los dos.
—Te odio, te odio, te odio —sollocé mientras corría calle abajo.
Me escondí en un pequeño callejón, justo detrás de unas cajas que reconocía bien. Era la basura de la cafetería de Sarah. A lo lejos se escuchaban algunos gritos y me cubrí los oídos para no tener que lidiar con todo eso.
—¡Ay, Dios mío! —gritó Sarah al abrir la puerta—. ¿Elaine?
—Por favor, déjame quedarme contigo esta noche —imploré—. Prometo comportarme, pagarte, pero…
—Claro que sí, niña. No tienes que pagarme nada.
La buena mujer se acercó y me ayudó con ternura. Besé sus manos al ponerme de pie y solté un sollozo. De un momento a otro empecé a sentirme enferma y ella era la única persona en la que podía confiar.
—Tienes fiebre, criatura —dijo preocupada cuando me llevó a su pequeña habitación—. ¿Qué fue lo que pasó?
—Volví a ver a ese hombre al que amaba y con el que ya no puedo estar porque me traicionó —le conté entre sollozos—. Quería ser fuerte, mostrarme entera frente a él y frente a mi traidora hermana, pero lo único que conseguí fue ser patética.
—No digas eso, cariño —replicó con dulzura—. Ningún hombre vale tanto como para que te insultes de esa forma. Si todavía tienes sentimientos por él, es normal que te hayas debilitado un poco. Eso no significa que no seas fuerte.
—¿De verdad lo crees, Sarah? ¿Todavía puedo recuperar mi vida? Siento que él me la arrebató, que ahora no soy nadie.
—Claro que eres alguien. Eres Elaine Hartwell, ¿no? Ya eras alguien antes de conocerlo y seguirás siéndolo.
—Sí. Yo soy Elaine Hartwell —susurré, todavía sin poder controlar mis temblores.
Sarah me recostó sobre la cama. Las sábanas tenían un agradable aroma a lavanda. Se sentía como volver a estar con la abuela, quien había sido la única persona que me quiso sin condiciones hasta que conocí a Megan.
—Iré por agua templada —me avisó Sarah—. También por una medicina que…
—No te vayas —le supliqué—. No quiero quedarme sola. Él podría encontrarme y aún no estoy lista. Ya lo estaré, pero ahora no.
—Tranquila. Aquí nadie te va a encontrar esta noche —susurró—. Cerré la cafetería antes de encontrarte allí y las luces están apagadas.
—¿Segura?
—Sí. Ahora lo importante es que esa fiebre se te quite, hija. No quiero que empeores.
—De acuerdo —musité.
Al quedarme a solas, me recosté boca arriba, intentando regular mi respiración ardiente. Era aterrador descubrir que ese hombre seguía enfermándome, que le bastaba uno de sus besos para tambalear mi mundo entero.
—Aun así, no pienso perdonar tu traición ni volver a estar entre tus brazos —musité, imaginando que lo tenía frente a mí—. Aunque este deseo y el amor que te tengo me vuelvan loca, no lo haré.
Sarah volvió para colocarme trapos húmedos sobre la frente y me dio un medicamento. Un rato más tarde, la fiebre había bajado. Pese a eso, no pude moverme de la casa. Me paralizaban el terror, la rabia y esa soledad que me desgarraba el pecho.
—Lamento mucho lo que te está pasando, cariño —me dijo Sarah, acariciándome la cabeza—. No mereces sufrir de esa forma.
—Lo merezco —la contradije—. He cometido tantos pecados que esto es solo una pequeña probada de mi propio chocolate.
—Pero tenías la intención de cambiar, ¿no es así?
—Sí —asentí débilmente—. Quería cobrar lo que me correspondía para ayudar a Megan, a ti, a todos los que me han tendido una mano desde que salí de esa casa. Necesitaba empezar de nuevo aquí para alejarme de esa vida sucia al lado de un hombre que decía adorarme y al mismo tiempo se veía con mi hermana. No tardó nada en olvidarme, Sarah.
—Llora todo lo que necesites, mi niña —respondió con voz temblorosa—. Eso es lo único que puedes hacer ahora. Después de eso vas a descansar y amanecerás con la mente más despejada para decidir lo que quieres hacer. Vas a empezar de nuevo, pase lo que pase.
—¿De verdad? —pregunté ilusionada—. ¿Crees que pueda arrancarlo de mi corazón?
—Eso no lo sé —repuso con dulzura—. Hay amores que nacen y son para toda la vida, pero eso no significa que no puedas reconstruirte. De amor nadie se muere.
Dejé escapar un suspiro de alivio y sonreí. Sarah tenía toda la razón. Podía reconstruirme sin necesidad de arrancarme todos esos sentimientos destructivos. Podía guardarlos como algo íntimo que solo aflorara durante mis noches solitarias y me permitiera vivir alegremente mis días.
—Yo no voy a morir —susurré—. Voy a recuperarme y después le dejaré las cosas claras a ese hombre.
—Sí, es lo mejor. Ahora duerme, cariño. Yo voy a cuidarte.
—No es…
—Tranquila. Estoy acostumbrada a estas cosas. Solo duerme y descansa. Mañana será otro día, cariño.
Cerré los ojos y me relajé al fin. El rostro de mi aún esposo amenazaba con romper mi paz por momentos, pero el efecto de la pastilla ganó la batalla y dormí sin pensar en nada hasta que unas caricias suaves me causaron un cosquilleo agradable en el brazo.
—Hija, tienes que despertarte —me dijo Sarah con tono de alarma—. Elaine, hija, por favor…
Solté un gemido de queja y me incorporé tras unos segundos. Mi cuerpo estaba sudoroso y frío, aunque al menos ya no me dolían las articulaciones ni sentía el corazón a punto de estallar.
Dormir en casa de Sarah había sido mi mejor medicina y mi mayor consuelo ante tanto dolor.
—Sí, ya me voy —asentí con voz ronca—. Lo siento mucho, Sarah. Te pagaré por esto.
—Sarah, él insiste —dijo Claire, entrando a la habitación—. No creo que podamos contenerlo mucho tiempo.
—Buenos días, Claire —saludé—. ¿Qué es lo que ocurre?
Ella y Sarah compartieron una mirada tensa y se me aceleró el pulso. Mi alma lo supo antes de que mi mente pudiera concebir la idea.
Leon De Luca estaba aquí.
—Vino un hombre a buscarte. Dijo que es tu marido —me informó Sarah en voz baja.
—¿No le dijeron que no estoy aquí? —pregunté, agitada e incapaz de moverme.
—Sí, pero no se lo creyó —respondió Claire—. Detectó tu olor en el callejón y por eso sabe que estás aquí.
—¿Qué?
—Nosotras te protegeremos. Solo tienes que salir un momento —dijo Sarah, tomándome de la mano—. Si no…
—¿Qué pasará si no? —inquirí.
—Nos va a matar a todas —musitó Claire, cabizbaja—. Y tal vez nos arranque los brazos como hizo con su hermano.