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11. SIGUES SIENDO MI ESPOSA

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11. SIGUES SIENDO MI ESPOSA

Leon

—Puede pasar a verla —me dijo la anciana al salir de la trastienda—. Solo le pido que no la haga enfadar mucho. Ella llegó mal anoche y…

—No puede estar peor que yo, se lo aseguro —sonreí.

Cada músculo de mi cuerpo dolía y ardía después de buscarla incansablemente por toda la isla. Había pasado la noche en vela revisando cada casa. No me detuve hasta encontrar al maldito traidor de mi hermano, al que mantuve sujeto mientras registraba su vivienda.

Allí fue donde me di cuenta de que Elaine vivía a su lado, tal vez no por voluntad propia, porque había encontrado un folleto sobre fisioterapia.

Mi esposa no me había mentido respecto a estar en coma. Aún faltaba comprobar su inocencia, pero eso no impidió que castigara parcialmente a ese traidor.

Al llegar a Boston, le esperaba aún más.

—No lo sé —gruñó la mujer—. Aun así, tenga precaución. Ella pasó enferma toda la noche.

—Tengo que verla.

Ella se hizo a un lado con resignación y me guio por todo el lugar hasta el final de un pasillo iluminado por una luz azulada y con paredes desgastadas. No había suciedad, pero se notaba que la mujer no vivía en las mejores condiciones.

Elaine no podía estar ni un segundo más en un sitio como aquel.

Al entrar, el aroma de mi mujer, mezclado con el de los medicamentos y la lavanda, me recibió. Ella estaba recostada, vestida aún con ese maldito uniforme capaz de despertar todas mis fantasías. Sin embargo, la palidez de su rostro y su mirada apagada no me permitían disfrutar de aquella visión.

—Acabemos con esto de una vez, Leon —me exigió—. Ya tienes todo en la vida, así que no tienes ninguna necesidad de buscarme.

—Te equivocas tanto, Elaine…

Fui acercándome lentamente hasta quedar junto a la cama. Mi esposa me sostuvo la mirada y no se apartó cuando acaricié su mejilla. No importaba cuánta frialdad aparentara, ardía ante mi contacto.

—Sigues siendo mía —declaré—. Mía hasta que tu vida se termine y, si hay más vidas, en esas también vas a pertenecerme.

—No, tú decidiste tu camino.

—Porque nunca lo supe —susurré, haciéndola recostarse por completo para colocarme encima de ella—. Si tan solo lo hubiera sabido…

—No te creo absolutamente nada —masculló—. No intentes mentirme. Mientras estuve en coma, no te servía y ahora que sabes que estoy despierta…

—¿Crees que tengo principios? —me burlé—. ¿Los años en coma te frieron el cerebro? Te habría cogido en la primera oportunidad con la esperanza de que despertaras.

Su pequeño jadeo bastó para endurecerme hasta un grado insoportable. Me creía, porque no pocas veces me encontró haciéndole el amor durante la madrugada.

—Mejor ve a coger con Mirna —se burló—. A mí ya no puedes tenerme, aunque eso hiera tu orgullo. Hasta tu olor me asquea, Leon.

—Sabes que no es cierto.

Y también sabía que me estaba hiriendo con sus malditas palabras, que no había nada en el mundo que soportara menos que su rechazo.

Esta maldita mujer conocía cada uno de mis puntos débiles, empezando por ella misma.

—Déjame.

—No.

Mordí su cuello para paralizarla y percibí el sabor salado de su sudor. Había tenido fiebre. No era ninguna mentira.

—Estuviste ardiendo —murmuré, agobiado y excitado al mismo tiempo—. ¿Por qué, Elaine? ¿Te enfermo?

—Sí.

—Y tú a mí —jadeé.

Elaine ya no pudo evitar besarme y gemir cuando mis dedos comenzaron a hurgar entre sus piernas. El aroma de su humedad comenzaba a llenar el aire, a invadir mis sentidos.

Ella era la dueña absoluta de mi placer y de esa vida que tenía perfectamente planeada. Las aguas debían volver a su cauce para así recuperar mi equilibrio mental.

Estaba harto de medicarme. La necesitaba a ella.

—Mi reina —susurré en su oído—. ¿Por qué te has convertido en una mentirosa? Estás húmeda por mí.

—No —gimoteó, volteando el rostro—. No quiero estar contigo. Estás enfermo. Esta vez no te lo permito.

—Elaine…

—¡Que me sueltes! —gritó.

Me aparté de inmediato, mas no porque quisiera. Mi esposa lucía realmente enferma y a punto de desvanecerse. Aun así, tuvo la fuerza necesaria para incorporarse y escupir en mi dirección.

—Eso es lo que siento por ti, maldito miserable —espetó—. Te odio y no quiero volver a saber nada de ti. Pretendía viajar a Boston a reclamar mis derechos, pero ahora ni siquiera quiero eso. Lárgate, Leon, lárgate y déjame en paz o párteme el cuello de una vez. Ya arruinaste por completo mi vida y no necesito que lo sigas haciendo.

—No pienso seguir escuchando esas tonterías —respondí a pesar del dolor—. Vendrás conmigo y tendrás que soportar el hecho de que eres mi esposa. No tuviste suerte porque tu maldito amante se murió ahogado en el mar.

La alcé en brazos sin decir nada más y ella se removió con la poca energía que le quedaba.

—Déjame —suplicó—. Tengo que olvidarte.

—Ya no estoy para cumplir tus caprichos. Ahora tú atenderás los míos.

—Me niego.

—Me da lo mismo.

Seguí avanzando por el pasillo hasta encontrarme con la dueña de la cafetería y su empleada.

—¿A dónde la lleva? —me preguntó la asustada anciana—. Ella sigue débil, no puede…

—Usted es quien no debería decirme qué hacer —la interrumpí—. Apártese de mi camino si no quiere recibir desgracias en lugar de un pago por su generosidad.

—No queremos dinero —dijo la otra chica, que parecía cercana a la edad de Elaine—. Lo único que buscamos es que Elaine esté bien. No está en condiciones de irse así. Anoche tuvo fiebre.

—No me quiero ir —murmuró mi mujer—. Suéltame, imbécil.

—No me hagan perder más el tiempo. Me voy con ella.

Mis guardias entraron y sujetaron por los brazos a ambas mujeres para que pudiera pasar. Elaine protestaba, mas no tenía fuerzas suficientes para evitar que la subiera a la camioneta.

—Bien, voy a dejar de preguntarme por qué haces todo eso —susurró con una sonrisa irónica—. Quieres volver a utilizarme porque Mirna no cumple con todas tus porquerías en la cama.

Mi chófer no se inmutó y encendió la camioneta. Al parecer, aquellos dos años no habían sido suficientes para que olvidara que Elaine podía decirme las peores barbaridades sin consecuencias.

—En efecto, prefiero hacerlas contigo —respondí, apretándole el mentón para que me mirara—. No sé si podré esperar a que te mejores. Sigues siendo tan hermosa.

—Qué asco —gruñó—. Hablo en serio cuando digo que no quiero que me toques. Ya estás usado por ella y yo no recojo sobras. ¿Me entendiste? Y ahora me vas a explicar dónde demonios está Leonard.

Antes de poder responderle, se oyeron unos golpes en la parte trasera de la camioneta. Al fin ese maldito bastardo estaba despierto.

—¿Qué es eso? —Elaine entornó los ojos.

—¡Mmm! —gritó Leonard.

—¿Es Leonard? ¿Es verdad lo que les dijiste a Sarah y Claire? ¿Le cortaste…?

—¿Quieres que te los muestre? Los puse en una maleta aparte —sonreí—. No acostumbro a dejar inconcluso lo que empiezo, pero cuando lleguemos a Boston, continuaré con el resto del cuerpo.

—No quiero a Leonard, pero te recuerdo que no puedes asesinar a nadie en tu familia.

—Cortarle la cabeza a alguien no implica precisamente matarlo —repuse, abrazándola más contra mí—. Le haré pagar, Elaine. Él me arrebató mi vida, así que yo haré lo mismo.

—¿De qué hablas? Ya tienes una vida hecha —masculló—. No te costó nada olvidarte de mí. Digas lo que digas, no pienso creerte nada, ¿me entiendes?

Mi hermano volvió a gritar. Elaine cerró los ojos, como si algo le doliera.

—¿Qué le hiciste a mi madre? —preguntó—. ¿Ella…?

—¿Tu madre? Ella está en Madrid. Allí fue donde la envié después de lo que pasó.

Elaine se echó a reír y la rabia volvió a azotarme. Ahora entendía por qué carajo Mirna nunca hablaba sobre esa mujer.

—Detén la camioneta, Chris —le exigí a mi chófer, que me obedeció de inmediato—. Ahora mismo vamos a buscar a esa…

—Leon…

Mi esposa lanzó un gemido y, al tocar su frente, me percaté de que la fiebre había vuelto. Los gritos del infeliz de Leonard no se detenían, pero se convirtieron en un simple ruido de fondo en medio de mi desesperación.

—Nos vamos ahora mismo a Boston —indiqué—. Tenemos que llevarla al hospital. De nuestro paquete ya se encargará Red.

—Como diga, señor —respondió Chris antes de volver a arrancar.

—Pronto vas a estar bien —le susurré a mi mujer, que temblaba de frío.

—Leon, no me sueltes —pidió en medio del delirio—. ¿Por qué me hiciste esto?

—No lo hice. Tú sigues siendo mi esposa —le aseguré—. Pronto lo sabrás todo.

Ella no respondió. Estaba cada vez más caliente.

—¡Apresúrate, Chris! —bramé.

La camioneta aceleró, aunque eso seguía sin ser suficiente. Necesitaba volar en ese instante a una clínica. No podía perderla de nuevo, no cuando de eso dependía mi existencia.

La reina estaba de nuevo entre nosotros y, en cuanto me asegurara de su inocencia, la devolvería al lugar que le pertenecía.