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12. MALDITO DESEO

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12. MALDITO DESEO

Elaine

El olor a medicamentos me contrajo el estómago segundos antes de abrir los ojos. Sabía que no estaba despertando otra vez del coma y que tampoco tendría el reinicio que tanto había deseado después de ver la noticia de esa estúpida boda.

Estaba hospitalizada de nuevo, esta vez a merced del hombre más despreciable que había tenido la desgracia de conocer.

Parpadeé varias veces hasta que mi vista se aclaró lo suficiente como para confirmar que seguía en un hospital. Y lo estaba, aunque no me encontraba sola como habría pensado. Leon dormía sentado en una silla, con la cabeza recostada sobre mis piernas.

A pesar de odiarlo con todas mis fuerzas, los ojos se me llenaron de lágrimas. Al verlo así, era difícil aceptar que ya no era el hombre en el que antes había confiado ciegamente, aquel que me protegía de cualquier peligro y que al mismo tiempo me entrenaba para valerme por mí misma cuando fuera necesario.

—¿Por qué? —musité—. ¿Por qué acabar así?

Sus ojos se abrieron de pronto, sin mostrar el menor rastro de sueño. Sabía que había descansado, porque cuando dormíamos juntos se despertaba ante el más mínimo movimiento de mi parte.

—Porque así lo has querido —respondió antes de levantarse—. No tenemos por qué seguir discutiendo.

—No, no voy a discutir más —murmuré, desviando la mirada—. En algún momento te cansarás de mi rechazo y volverás con tu familia.

—Te guste o no, formas parte de ella. ¿O se te olvida que seguimos casados?

Alcé la mano al sentir de pronto un peso en el dedo anular. Ese maldito me había puesto un anillo mientras dormía.

—Ni se te ocurra quitártelo —susurró cerca de mis labios—. A menos que me quieras dentro de ti ahora mismo.

—Ahora entiendo que tú jamás me amaste. Lo único que haces es torturarme.

—¿Entonces estás admitiendo que no me olvidaste?

—Mira…

—Ya sé que de verdad estuviste en coma y que tienes el cuerpo hecho mierda —me interrumpió—. No vas a volver a dejarme, Elaine. Acostúmbrate a esto. Me da igual que no quieras escucharme.

—Es que no tengo por qué hacerlo —gruñí—. Lo único que quiero ahora es el divorcio, porque no pienso…

Me interrumpió mordiéndome el labio inferior. Luché con todas mis fuerzas para no gemir, pero mi debilidad ganó la partida y también lo mordí.

—No lo vas a obtener ni ahora ni en mil años —me aseguró—. Tú eres mi mujer, la que va a criar a nuestro hijo.

—Estás enfermo. Yo no pienso quitarle la responsabilidad a Mirna.

Intenté empujarlo, pero no tuve éxito. Leon estaba cada vez más encima de mí y podía hacerme suya si se lo proponía, porque no llevaba puesta ropa interior.

—Tienes una responsabilidad por ser mi esposa —musitó antes de mordisquear mi mejilla.

Puse los ojos en blanco y mi espalda se arqueó.

—Maldito deseo —susurré—. Maldita sea la hora en que te conocí.

—Sí, maldita —gruñó—. Si no te hubiera encontrado…

Volvió a mirarme fijamente y, sin pedir permiso, metió la mano entre mis piernas. Encontrar mi humedad lo hizo sonreír.

—No, olvídalo —murmuró—. Menos mal que esto no fue de nadie más.

Ahogué un grito. Ahora me penetraba con dos dedos y fue inevitable abrir las piernas para darle acceso. No importaba cuántas veces mi cabeza intentara negar que él me afectaba. Mi corazón y mi cuerpo seguían respondiendo a él e incluso lo deseaba más que antes.

—Eres mía, mi reina —proclamó entre gemidos que rozaban mi rostro—. Somos la perdición del otro, Elaine De Luca.

Escuchar aquel nombre me hizo gruñir de desesperación y ya no pude resistir más al placer que él solo sabía darme al presionar el punto exacto.

—Te creo cuando me dices que me odias, mas no cuando niegas desearme. —Sonrió de forma malévola—. Te estás corriendo para mí.

Estallé en otro orgasmo y él terminó de subirme la bata para hundir el rostro entre mis piernas. Las abrí más y enterré los dedos en su cabello, resistiéndome a que su nombre se escapara de entre mis labios.

—Leon —susurré finalmente al gozar con los movimientos circulares de su lengua.

Exploté de nuevo y no supe de mí hasta que él por fin se separó de mí para relamerse los labios.

—Eres distinta, pero diría que ahora me gustas más —dijo con una sonrisa.

—Eres un hijo de puta —solté.

Cerré las piernas y me cubrí para que no siguiera observándome.

—El verdadero hijo de puta fue quien te ocultó de mí durante todo este tiempo —replicó—. Yo solo hice lo que tenía que hacer: buscarte por cielo, mar y tierra.

—Tú no me buscaste. De ser así, no habrías corrido a casarte con Mirna y embarazarla.

—No la embaracé.

—Vete al infierno, no te pienso creer nada —escupí—. Regrésame mi libertad y acabemos de una vez con esto.

—No. Tu libertad soy yo. No puedes elegir más después de mí.

—¿Y quién te da el derecho a serlo?

—¿No recuerdas el contrato que firmamos antes de casarnos?

—¿Ese estúpido contrato en el que te entregaba mi vida?

—Y yo la mía. Vas a tener que matarme si quieres librarte de mí.

Alcé el puño, dispuesta por un instante a cumplir con aquel acuerdo. Al ver que volvía a recostarme, Leon se rio.

—Eso creí.

—No lo hago porque te quiera. Simplemente mi fuerza no se compara con la tuya y podrías detenerme.

—Claro, engáñate a ti misma si eso es lo que quieres.

—No quiero mancharme las manos con tu asquerosa sangre —proseguí cual niña pequeña—. Lárgate de aquí, no quiero verte. Eres un malnacido, un idiota, un…

—Un ferviente esposo que te ha cuidado todas estas horas —se burló—. Ahora que has vuelto a Boston…

—Voy a regresar a la isla, no te preocupes.

—Claro, a decirles a todos que volviste a mi lado.

—No volví a tu lado. Eres tú quien me obliga. No pienso cuidar de ese niño, ¿me entendiste? Me da lo mismo si lleva mi sangre.

—Tendrás que verlo.

—¿Qué? No, me niego. ¿Cómo voy a ver a ese hijo de tu infidelidad? No lo odio, pero tampoco quiero cuidarlo ni convivir con él. Eres tan cínico.

—Él no es…

Su celular sonó antes de que terminara la frase. Me crucé de brazos y negué con la cabeza, esbozando una sonrisa cargada de ironía.

—Ahora mismo voy. Tengo que terminar con esto —dijo Leon sin apartar la mirada de mí.

—¿Ahora qué? ¿Irás con tu esposa y tu hijo?

—Algo mucho mejor que eso. —Sonrió—. Nos vemos después, esposa mía. Me llevo tu dulce sabor conmigo.

—Maldito cerdo. Ni se te ocurra volver, ¿me entiendes?

—Volveré y más vale que, cuando lo haga, te encuentre entera.

Salió sin mirar atrás, dejándome con la palabra en la boca.

—No te pienso esperar ni diez segundos, infeliz —mascullé.

Los músculos me dolían tanto que necesité varios intentos para ponerme de pie. Era como volver a salir del puto coma.

—Ya no —gruñí—. Tengo que volver a ver a Megan, a Sarah, a Claire.

Pensar en ellas me dio la fuerza que necesitaba para levantarme al fin y vestirme con un conjunto que vi doblado en el sofá. Era de mi talla, nuevo, lavado y hasta planchado. Aunque me asqueara, era mejor salir con eso que en bata.

Me vestí en silencio sin dejar de observar la puerta. Tenía pocas posibilidades de escapar, pero me aferraría a ellas como a nada en mi vida.

«No vamos a criar a un hijo al que la vida sí dejó nacer en lugar del mío», pensé con rabia mientras me amarraba los cordones.

Avancé con cuidado hacia la puerta y la abrí lentamente. Asomé la cabeza al pasillo y, al darme cuenta de que no había nadie, dejé escapar un pequeño suspiro y salí. Como la sudadera tenía capucha, me la puse sin más y metí las manos en los bolsillos.

Todo parecía estar saliendo tan bien que por momentos sentí desconfianza, pero logré llegar al ascensor.

Justo cuando estaba pensando en cambiar de idea y escapar por las escaleras, dos hombres me rodearon y me alzaron por los brazos. Lo hicieron con tanta facilidad que era como si no me estuvieran tocando en absoluto.

—Usted no puede salir de aquí —me dijo el de piel oscura al llegar a la habitación—. Son órdenes del señor De Luca.

—A mí me importan una mierda sus órdenes —escupí—. Yo me pienso ir.

—No, señora —me contradijo el pelinegro—. Usted va a permanecer aquí.

—Puedo darles lo que quieran —dije con tono insinuante mientras deslizaba el cierre de la sudadera.

Los tipos salieron de inmediato como si hubieran visto al demonio. Fue inevitable reírme, pero toda la diversión desapareció en cuanto intenté abrir la puerta de nuevo y descubrí que estaba cerrada.

¡Ese maldito cabrón realmente estaba dispuesto a retenerme!

—Te haré la vida imposible, Leon De Luca —sentencié, colocando ambos puños en la puerta—. Vas a desear no haberme conocido.

***

Chicas, a partir de ahora las notas y la información que dejo sobre los capítulos o actualizaciones estará en la sección de comentarios, en el comentario fijado. Esto con la finalidad de que ya no se me cuele ninguna nota cuando se termine el libro jajaja, que me ha pasado u.u

Continuará...