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2. DE MÍ NADIE SE BURLA

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2. DE MÍ NADIE SE BURLA

Elaine

Volví a caer en la inconsciencia durante más días después de recibir aquella terrible «noticia». Al despertar recordaba todo con claridad, aunque seguía empeñada en no creer lo que me dijeran. Mi única verdad era ese profundo amor, la palabra de la única persona que había logrado gobernarme y a la que yo controlaba por igual. Nuestro imperio tan poderoso no podía caer; él no podía haber traicionado y ensuciado lo nuestro de semejante forma.

Cuando desperté no era mi madre quien estaba a mi lado, sino Leonard.

—¿Qué haces aquí? —le pregunté con voz aún más débil que antes.

Extrañamente, me costaba mucho menos mantenerme con los ojos abiertos. En el fondo presentía que esta vez no volvería a sumirme en ese sueño profundo.

—Tu madre y yo somos los únicos a los que les has importado en la familia —me respondió con serenidad.

Pese a ser tan cercano a su hermano, no me emocionaba verlo. Por el contrario, él era la señal inequívoca de que algo andaba mal, de que tenía que volver donde mi hombre para deshacernos de quien tuviera la culpa del accidente.

Apreté los párpados y algunos recuerdos afloraron en mi mente como una película reproducida en fragmentos.

—El avión cayó en el mar —susurré—. Sí, eso pasó.

—Sí, y él no tardó en encontrarte —me explicó con voz pausada—. Leon y yo te encontramos y te trajimos al hospital. No diré que no se preocupó, porque sería mentir, pero cuando le dijeron que no despertarías, simplemente se fue.

—Mientes —mascullé—. Él no haría eso. Estaba esperando a su hijo.

El dolor del cuello me detuvo por un instante, aunque al final conseguí mirar mi vientre plano.

—Perdiste al bebé —dijo Leonard—. Era imposible que sobreviviera después de lo que pasó, es absurdo.

Aquello sí lo creía. Mi vientre no mostraba señales de haber crecido.

Dos lágrimas resbalaron por mis mejillas. Leon debía estar sufriendo tanto como yo. Tener un hijo era lo que más deseábamos en la vida.

—Quiero ver a Leon —respondí—. Sé que tú y yo jamás simpatizamos, pero ayúdame, favor.

—Eso es lo que piensas tú. Yo siempre te he querido —replicó, acariciando mi cabeza—. Eres tú quien me tiene mala fe desde que nos conocimos.

—Desear a la mujer de tu hermano es indigno. Tienes suerte de que jamás se lo dijera.

—Te agradezco por eso —sonrió—. Leon te adoraba cuando estabas a su lado. Poco a poco se ha recuperado gracias a su mujer y su hijo.

—Él me ama a mí, solo yo puedo ser su mujer —mascullé—. Somos esposos, ¿no lo recuerdas?

—El matrimonio se disolvió —me informó, haciendo una mueca—. Lo siento mucho, Elaine.

—No, no lo sientes. Seguro que piensas que vas a tenerme, pero no es así.

—Estás equivocada. Si estoy aquí es por humanidad, por cariño. Él te dejó a tu suerte y fue a casarse con alguien más. Yo, en cambio, he permanecido aquí cuidándote.

—No me vas a convencer —le aseguré—. Quiero ver a Leon y que sea él quien me diga a los ojos que se casó con ella.

—Eso será cuando logres recuperarte del todo.

—Él vendrá —afirmé—. Estoy segura de que se enterará de que me tienen aquí.

—Leon sabe que estás internada aquí. Fue quien pagó la cirugía para que te salvaran la vida e hizo todo lo que pudo hasta que se rindió. Ahora es feliz con Mirna.

Negué con la cabeza, ignorando el dolor. No conforme con perder a mi hermoso angelito, me tocaba escuchar blasfemias sobre mi esposo.

—Así se haya casado, él jamás será feliz con otra persona que no sea yo —murmuré—. Estás equivocado, me mientes.

—De acuerdo, Elaine —suspiró, lo que aumentó mi incomodidad—. Lo último que quiero es contrariarte, así que ya no intentaré convencerte. Solo prométeme que vas a esforzarte por recuperarte.

—Necesito que me lleves a verlo —imploré—. Tengo que confirmar que lo que dices es cierto.

—Sí, lo haré —prometió—. Cuando los veas te quedará claro que yo no te estoy mintiendo.

Mi madre entró en la habitación en ese momento.

—Oh, ya despertaste, amor —dijo agitada—. ¿Cómo te sientes?

Desvié la mirada. De haber podido incluso me habría cruzado de brazos para hacerle entender lo indignada que me sentía.

—Hija…

—Está mal porque no me cree lo de Leon —le dijo Leonard.

—Te dije que ya no se lo mencionaras —lo reprendió ella—. No necesita sufrir de esa manera.

—Necesito que alguien lo traiga —mascullé—. No pienso tragarme el cuento de que me dejó aquí a mi suerte, mucho menos que se casara con Mirna.

—Es mejor que te centres en recuperar la movilidad. Has pasado más de dos años postrada en cama.

Volteé a verla. Un frío cortante me recorrió el cuerpo. Era tan real como que yo seguía respirando.

—Dos años —susurré.

—Sí, y nos costó demasiado que despertaras. La cuenta del hospital también se hace cada vez más enorme y…

—Quiero un celular —espeté.

Los dos fruncieron el ceño.

—Tengo que investigar si es real lo de la boda. Si se casó, tiene que aparecer en internet.

—Hija, eso…

—Denme un celular —exigí, esperanzada de que se negaran y confirmar sus mentiras—. Para convencerme debo verlo con mis propios ojos, ¿no es así?

Mi pulso se disparó al ver asentir a Leonard, que, con aire resignado, sacó su celular con el buscador puesto. Me tomó un par de intentos lograr sostenerlo. Mis músculos no estaban tan débiles como había creído, pero era evidente que necesitaría tiempo para volver a la normalidad.

—¿Puedes escribir? —preguntó mi cuñado después de unos segundos.

Seguí con la mente en blanco, perdida en el parpadeo del cursor. La cobardía nunca me había definido, aunque en ese momento temblaba de miedo ante la posibilidad de una verdad desoladora.

Aun así, tenía que saberla. No podía regresar donde Leon sin saber qué me esperaba. Y, si resultaba cierto, se lo haría pagar; lo haría llorar lágrimas de sangre por su traición. Mi hermana no se quedaría atrás, por supuesto; le cobraría todas las que me debía.

—Elaine…

—No me lo quiten —musité, apretando el celular para empezar a escribir.

Nada más buscar el nombre de mi esposo, la noticia saltó a la vista. Los gritos de horror se me atascaron en la garganta y se reflejaron en el monitor cardíaco como un galope desbocado.

—Hija, no…

—Se casó, se casó con Mirna —dije con un hilo de voz.

El aire me faltaba, todo me daba vueltas. No obstante, la inconsciencia no venía. Mi corazón había explotado, provocándome un ardor que se extendía por cada célula de mi cuerpo.

—¡Hija!

—Con mi hermana, mi propia hermana. Tienen un hijo —resollé, incapaz de controlarme.

—Lo siento, no podía esperarte para siempre —sollozó mi madre—. Ni siquiera los médicos sabían que ibas a despertar y él necesitaba herederos.

—¡No me importa! —vociferé, fuera de mí—. Leon me debía lealtad. Yo soy su mujer, no ella.

—Cálmate, Elaine —me suplicó Leonard—. ¡Enfermeras!

Me retorcí en la cama, gritando a causa del dolor. Mi cuerpo se desgarraba por dentro y nadie era capaz de verlo, mucho menos él. Ahora no me quedaba la menor duda de que no pensaba en mí, de que yo era un recuerdo enterrado junto con sus promesas.

Pero no permitiría que las cosas se quedaran así y fue por eso que me controlé antes de que me inyectaran tranquilizantes. Miré a todas las enfermeras y doctoras con tanto odio que no permanecieron a mi lado más de cinco minutos. Incluso mi madre y Leonard huyeron de la habitación.

—Cuando sepas la verdad, todos tus planes con Mirna se irán a la mierda —reí, notando como mis músculos se endurecían más—. Les haré pagar esta traición, malditas escorias.

Volví a reírme y me limpié las lágrimas. El momento de debilidad había terminado. Haría lo que fuera necesario para reafirmar mi lugar como la reina y señora de la casa De Luca. Leon tendría que suplicarme perdón de rodillas y darme lo que me correspondía.

De Elaine Hartwell nadie se iba a burlar.