3. MI HEREDERO
LeonEl tiempo era el peor de los enemigos y no una cura, como muchos afirmaban. Cuanto más pasaba, más tortuoso se volvía mi camino para encontrar a los culpables de mi desdicha.
Había dejado de confiar y, pese a todo, una parte de mí se negaba a renunciar a mis planes. La encontraría, así me pasara la vida entera buscándola.
Me alejé del ventanal y volví a mi escritorio en cuanto escuché que tocaban a la puerta. El repiqueteo de los tacones de mi asistente me crispó los nervios, como siempre, aunque en ese momento mi sensibilidad auditiva era la menor de mis preocupaciones.
Necesitaba novedades ya.
—Aquí tiene, señor De Luca —me dijo, inclinándose para dejar la carpeta frente a mí—. El informe está aquí. También llegó un sobre.
—Retírate, Masha —ordené sin mirarla.
La mujer no tardó más de tres segundos en cumplir mi orden. Por mucho que quisiera abrir el informe, revisé primero el contrato que debía entregar firmado al día siguiente.
Todo estaba en orden, tan aburrido que era doloroso.
Esa mujer se había llevado mi adrenalina junto con su cuerpo.
Me tensé al abrir el sobre amarillo y sacar el informe. Parecía una broma del destino que el hombre al que había estado investigando fuera precisamente Erik Truman, el hermano de ese miserable que había arruinado mi vida.
—Bien, al fin algo emocionante —susurré con una sonrisa—. De momento, tú vas a pagar por los pecados de tu hermano.
Llamé de inmediato a mi jefe de seguridad con mi teléfono secundario.
—Leí el informe. Lo quiero esta noche en la bodega sur —dije sin más—. ¿Está confirmado que es él?
—Sí, señor Romano —confirmó Red—. Es un hecho que fue él quien cooperó con la policía para que encontraran el cargamento. No pudimos salvarlo todo, pero…
—Eso no importa —lo interrumpí—. Quiero a Truman en la bodega.
—Sí, señor. Lo tendrá esta misma noche.
Colgué la llamada y guardé el teléfono en el cajón con llave. Antes de que pudiera volver a mis asuntos legales, mi celular principal sonó. Era Naomi, la niñera de Theo.
—¿Qué le pasa a mi hijo? —pregunté, notando que el pecho se me contraía.
—Tiene fiebre, señor De Luca. Ya llamé al pediatra y viene en camino, pero usted me pidió esta mañana que le avisara si algo sucedía con el pequeño.
—Voy para allá de inmediato —respondí.
—Señor De Luca, ¿a dónde va? —me preguntó Masha al verme avanzar por el pasillo a toda prisa—. Tiene que ver a…
—Cancela la reunión —espeté sin detenerme—. Tengo asuntos más importantes que atender ahora.
—De acuerdo, la voy a reprogramar. Recuerde que la gala benéfica es sumamente importante. Debe aprobar las obras y joyas que se van a subastar.
—Sí, lo recuerdo —mentí.
Presioné el botón del ascensor y las puertas se abrieron de inmediato. La opresión en el pecho y la sensación de asfixia se intensificaban con cada segundo que pasaba.
Después de perder a mi reina, que algo le sucediera a mi heredero era lo peor que podía pasarme. Ese niño era mi prioridad absoluta, uno de los motivos por los que seguía respirando.
Era lo único que me quedaba de ella, aunque fuera Mirna quien lo hubiera llevado en el vientre.
Conduje a toda velocidad, sin importarme las multas que pudiera recibir. Podía encargarme de eso después, una vez que me asegurara de que Theo estaría bien.
—Buenos días, llegas temprano —me saludó Mirna, que bajaba las escaleras con la bata deslizándose por sus hombros—. Cuando me lo dijeron, no me lo creí.
—¿Qué demonios haces aquí? —le recriminé.
Ella abrió un poco más la bata, dejando al descubierto su escote, y apreté los dientes. Tuve que recordarme de nuevo que no podía simplemente lanzarla por las escaleras.
—Asegurarme de que llegues a casa, por supuesto. Nuestro pequeño Theo tiene fiebre.
—Iré a verlo.
Mirna se lanzó sobre mí. El olor a cigarrillo invadió mis fosas nasales y, por puro reflejo, le apreté los brazos con brusquedad.
—Podemos aprovechar que está el pediatra con él —susurró—. Quiero que me toques, Leon. Somos marido y mujer, así que tengo todo el derecho.
—Date una ducha fría para que no sigas comportándote como una zorra —espeté con desprecio—. No puedo creer que no quieras a tu hijo.
—También es tuyo, te lo recuerdo —se rio.
—Solo porque así lo decidí.
La aparté con brusquedad y seguí subiendo con paso apresurado. Mirna me gritó una maldición, pero hice caso omiso y me dirigí a la habitación de Theo.
—Quiero el reporte ya —exigí a la niñera y al pediatra, que revisaban a mi hijo en su pequeña cuna—. ¿Qué le sucede?
—Pa-pa-pa-pa.
Theo se levantó apoyándose en los barrotes de la cuna. Tenía las mejillas rojas y las pestañas húmedas de tanto llorar.
—Ven aquí —le dije mientras lo alzaba y me tensé al notarlo más caliente de lo normal—. Sigue con fiebre.
—El medicamento todavía no hace efecto, pero ya lo hará —me aseguró el pediatra—. Lo revisé por completo y parece ser una infección de garganta, nada grave si…
—Claro que es grave —lo interrumpí, volviéndome hacia él—. Mi hijo no debería estar enfermo. Siempre he dejado claro que nadie enfermo puede acercarse a él. Naomi, ¿has mentido sobre tu salud?
—No, señor De Luca —respondió la jovencita—. Yo tampoco he convivido con nadie en los últimos días.
—Pudo haber recibido visitas —sugirió el doctor—. ¿O su madre? ¿Se le acercó?
Miré a la niñera en busca de respuesta. Al verla retorcer las manos, supe la verdad.
—Mirna entró, ¿cierto? —recriminé—. ¿Ella está enferma?
—Entró anoche —susurró Naomi—. O eso fue lo que me dijo Raquel. No pudo impedir que entrara.
—¿La niñera nocturna? —inquirió el pediatra.
—No puedo irme ni una maldita noche porque…
Dejé la frase a la mitad al ver que Theo se estremecía y se acurrucaba en mi pecho. No era momento para hacer reclamos cuando tenía que cuidar de él.
—Quiero la receta y que alguien vaya por los medicamentos ahora mismo —ordené con voz más calmada—. Yo me quedaré con él.
—Puedo cuidarlo —dijo la niñera—. Si usted tiene ocupaciones…
—No me moveré de aquí hasta que la fiebre ceda. Ahora, largo.
El doctor y Naomi salieron de inmediato. Mi hijo estiró su pequeña mano para tocarme el rostro y reclamar mi atención. Sus ojos azules, idénticos a los de Elaine, se iluminaron y balbuceó las pocas palabras que conocía.
—Tienes que curarte. Mi heredero no puede estar enfermo —susurré, limpiando el sudor de su frente con la mano—. Aunque no lleves mi sangre, me basta con que lleves la suya para quererte. Todo lo mío será tuyo, ¿me entiendes? Por eso tienes que estar bien.
El bebé sonrió y, por un instante, logró calmarme. Todo lo que me recordara a esa mujer me generaba deseos de destruir al mundo, pero con Theo no sucedía lo mismo. No había sido capaz de rechazarlo nunca y, en el instante en que lo tuve por primera vez en brazos, supe que lo protegería incluso de mí mismo si era necesario.
—Algún día ella volverá y cuidará de ti. Lo quiera o no, ocurrirá —susurré—. Vas a tener lo que por tanto tiempo te ha faltado. Te lo juro, hijo, tu futura madre sigue viva.