6. PÉRDIDA DE TIEMPO
LeonLas fiebres pasaron al poco tiempo, aunque no ocurrió lo mismo con los síntomas de resfriado que Theo tuvo después. Nadie entendía por qué había detenido mi mundo para cuidarlo, pero tampoco pensaba explicarlo. Tenían que asumir que era mi prioridad.
Ese niño representaba el único hilo que me ataba a la vida.
—Veo que ya estás mucho mejor —le dije al despertar y sentir que me acariciaba el rostro—. Eso está muy bien.
Después de bañarlo, darle el desayuno y vestirlo, fui a entregárselo a Naomi, que ya lo esperaba ansiosa.
Me generaba cierta molestia que siempre quisiera intervenir en los cuidados que le daba a Theo. Al mismo tiempo, le agradecía ser la más responsable de las empleadas. No me había equivocado al contratar como su niñera principal a una persona que ya tuviera experiencia cuidando niños.
—No dejes que entre su madre —le advertí—. Anoche volvió a beber y no quiero ni pensar en dónde se metió.
—Por supuesto, señor. No tiene nada de qué preocuparse —me aseguró—. ¿Va a regresar temprano?
Acaricié la mejilla de Theo, que tenía el ceño fruncido porque había llegado la hora de separarnos.
—No, me temo que llegaré en la madrugada.
—Oh, entonces…
—Debes informarme sobre cualquier cosa que ocurra con él —la interrumpí, mirándola con dureza—. Si algo le sucede, pagas con tu vida.
—Entendido —asintió con seriedad—. Váyase tranquilo. Yo me encargaré de este pequeño angelito.
Mis entrañas se revolvieron ante aquel apodo cariñoso. Elaine había llamado así alguna vez a ese hijo que llegamos a imaginar juntos.
Me retiré a toda prisa de la habitación y corrí escaleras abajo, intentando alejarme de esos recuerdos.
Por desgracia, era imposible escapar de mi propia mente. Toda esa vida pasada latía con fuerza en mi cerebro, incluso más rápido que mi propio corazón.
—Tengo que encontrarte, maldita sea —dije una vez dentro del auto.
Apoyé la frente contra el volante y cerré los ojos. Su rostro apareció y se impuso sobre la oscuridad. Sonreía de forma arrogante y se burlaba de mí por no ser capaz de dar con su paradero.
—No estás con él —susurré, temblando—. Estás haciendo cualquier cosa menos…
Abrí los ojos al sentir que el aire comenzaba a faltarme. Recordé que no había tomado la medicación para controlar la ansiedad. Cuidar de Theo me había mantenido ocupado.
—No tengo tiempo para estas tonterías —murmuré, alzando la cabeza para encender el auto—. Tengo que acabar con Truman.
Alcanzar mis objetivos jamás había sido difícil. Esta vez, el día transcurrió entre escenas difusas y una asistente que no sabía si llamar a la ambulancia, al psiquiátrico o a un exorcista. En el fondo me daba cuenta de que decía incoherencias, de que no podía hilar una idea tras otra sin que el nombre de esa mujer se escapara de entre mis dientes.
—Tiene que ir a casa a descansar —me dijo al caer la noche.
—¿Qué estás haciendo aquí? —balbuceé.
—Volví porque me quedé preocupada.
Entorné los ojos. ¿Masha estaba del otro lado del escritorio o frente a mí?
—¿Qué… haces?
—Me angustio tanto por usted —susurró—. Debería dejar de sufrir por esa mala mujer.
Cuando su aliento acarició mi rostro, la empujé. No era Masha, sino Mirna.
—¡No! —bramé al escuchar el estruendo—. Largo de aquí, no eres ella.
—Señor, ¿qué le pasa?
Volví la cabeza hacia mi derecha. En el instante en que mi asistente encendió la luz, mi mente recobró algo de claridad. Mirna no estaba. Yo había lanzado mi computadora y ahora estaba partida en pedazos.
—¿Está usted bien?
—¿Qué haces aquí?
—Me ordenó que viniera y le trajera la carpeta de claves de acceso, señor —dijo, entrando con paso lento—. ¿Se encuentra bien?
Sus labios pintados de rojo y el vestido negro que llevaba me hicieron retroceder. Con excepción del cabello rubio, parecía llevar un maldito disfraz de mi presunta esposa fallecida.
—¿A dónde vas vestida así? —le solté furioso, tentado a estrellarla contra la primera pared que encontrara.
—A mi despedida de soltera —respondió, abrazándose a sí misma.
El recuerdo de su aviso apareció fugazmente y me detuvo antes de lanzar alguna acusación.
—Bien, deja la carpeta ahí.
Me dirigí al ventanal, incapaz de soportar el atuendo de esa mujer. Lo correcto habría sido lanzarme sobre ella, cortar esa ansiedad que me estaba volviendo loco y mandar al infierno mi búsqueda. No obstante, permanecí con la mirada fija en las luces de la ciudad, imaginando que esa desgraciada caminaba entre la multitud y miraba al rascacielos con expresión de burla.
¿Cuánto tiempo más tendría que pasar para que por fin me dieran una mísera pista?
Cuando me di media vuelta, Masha ya se había ido. Dejé escapar un suspiro y fui hacia el escritorio. Ignoré el desastre a mi alrededor y tomé la carpeta para memorizar la clave que necesitaba. En cuanto terminé, emprendí la marcha hacia aquella bodega.
Truman debía agradecer la enfermedad de mi hijo. Gracias a ella había prolongado su vida unos días más.
—Ya está todo listo —me dijo Red cuando llegué al terreno y me bajé del auto—. Truman ha llorado demasiado. No entiende lo que sucede.
—Eso es lo que dice él —me burlé.
Mi empleado frunció el ceño.
—¿Se encuentra bien? Tiene los ojos…
—Me encuentro perfectamente —le aseguré—. Esta noche voy a saldar algunas deudas.
—¿No prefiere que me encargue yo, señor? Usted jamás le ha dado tanta importancia a estos casos.
—Esta vez es mi asunto y nadie más va a encargarse. ¿Me has entendido? No quiero que nadie nos moleste.
—Sí, señor.
Entré a la bodega y, con solo dar tres pasos, escuché los gemidos de desesperación de aquel hombre. Confundido, aceleré el paso hasta llegar al pasillo central.
No era Truman quien estaba allí, sino el piloto del avión.
—¡Por favor, no me mate! —gritó al caérsele la mordaza—. Yo no hice nada.
Me quedé quieto un momento, sin entender por qué seguía vivo y por qué estaba en el lugar de Erik Truman.
—Entonces sobreviviste al accidente —murmuré—. Eso significa que ella también debió hacerlo.
—No, yo no…
—Si cooperas, tal vez te deje vivir —le dije con una sonrisa—. Es tu última oportunidad para que me digas dónde está mi esposa.
—¡No sé de qué me habla!
Le asesté un puñetazo y la sangre me manchó los dedos. Los contemplé por un momento, maravillado por aquella viscosidad.
Llevaba tanto tiempo dando órdenes que casi había olvidado la sensación de terminar con alguien con mis propias manos. La última vez había sido contra alguien que se había querido propasar con mi reina.
Ahora acabaría con el piloto que no había respetado las estrictas normas de seguridad que siempre imponía.
—Tú debes saber dónde está —solté una risa antes de volver a golpearlo—. No te daré descanso hasta que me lo digas.
—¡Yo no sé nada!
—¡Mientes!
Empujé la silla a la que lo habían atado y su cabeza rebotó contra el suelo. Por suerte, no perdió la conciencia. Puse un pie a cada costado de su cuerpo para impedirle huir.
—¿No vas a decírmelo? ¡¿No me vas a decir dónde está mi jodida mujer?!
—No sé… dónde está.
Me puse en cuclillas y seguí golpeando. Por más que preguntaba dónde demonios estaba Elaine, él no quería responderme. Ahora me quedaba claro que ella no podía haber huido con un amante.
La habían secuestrado y no deseaban decirme su ubicación.
Arrastré el cuerpo aún con vida, con la esperanza de que por fin el frío y la peste del subterráneo lo hicieran confesar. Nadie que hubiera entrado allí como víctima seguía con vida, pero él lo haría. Seguiría existiendo hasta que abriera la boca.
—Sí, con esto seguro que lo harás —murmuré—. Nadie puede tolerar un segundo allí.
El muy cabrón ni siquiera respondió cuando lo lancé al suelo tras bajar las escaleras. De hecho, ya no parecía estar vivo.
—No, no pudiste haberte muerto. ¡Carajo, no! —bramé, agitando aquel rostro deformado.
Poco a poco, las facciones del piloto comenzaron a transformarse hasta revelar la verdadera identidad del hombre al que había atacado. Era Erik Truman.
Caí hacia atrás y me impulsé con los pies para alejarme del cadáver. ¿No estaba cerca de encontrarla? ¿Había perdido el tiempo?
—¡Señor Romano!
—¡No me llames así! —vociferé, cubriéndome los oídos—. Yo soy…
Una mano cubrió mi boca antes de que pudiera seguir.
—No puede hacer esto, señor —me dijo Red, jadeante—. No se arruine así, ¿me entiende? Ya hizo lo que tenía que hacer y ahora lo llevaré a casa.
Estuve a punto de morder su mano para que me soltara, pero él prosiguió.
—Tiene que descansar y le aseguro que mañana va a recibir buenas noticias. Sí, eso era lo que quería decirle cuando terminara. Se lo juro, señor Romano, usted encontrará lo que tanto busca. Cumplí con mi juramento y no descansé hasta conseguirlo.
Como si sus palabras fueran un anestésico, fui adormeciéndome. Algo me decía que debía confiar por fin en las palabras del hombre más fiel, de aquel chiquillo que yo mismo había sacado de la calle para alimentarlo y hacer que se olvidara del frío.
—Nunca olvidaré lo que hizo por mí —musitó—. Usted me regresó a la vida una y otra vez, así que yo haré lo mismo.
Después de todo aquello, no volví a abrir los ojos. Todo se volvió completamente oscuro y ni siquiera el recuerdo de esa mujer pudo perturbarme. La tenía a mi lado, descansando junto a mí mientras besaba mi pecho con esa devoción absoluta y esa confianza plena.
Poco a poco abrí los ojos y esta vez no me alteré al notar que estaba en mi cama. La medicación que me habían dado en cuanto llegué ya estaba haciendo efecto. Además, había algo en el ambiente, una tensión extraña y agradable que me recorría todo el cuerpo.
No ponía en duda lo que Red me había dicho. Él había encontrado mi santo grial.
Me levanté con cuidado, ignorando el dolor de cabeza que amenazaba con partirme el cerebro en dos. Mi celular sonó en la mesa de noche y lo tomé, dejando para después los analgésicos cuidadosamente colocados a un lado.
La llamada era del detective Prescott.
—¿Novedades? —pregunté sin poder ocultar mi ansiedad.
—Sí, señor —respondió con un tono tan alegre que me ocasionó un mareo—. Lo espero en el lugar que voy a indicarle. Es mejor que vea por sí mismo lo que quiero decirle.
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Qué bueno que este hombre no es abogado, porque de plano ya perdió el juicio xD. ¿Será que lo recupera más o lo pierde por completo cuando la tenga? :DNo te olvides de dejar tu voto y comentario ❤️