8. UN EXTRAÑO PRESENTIMIENTO
Elaine—¿Estás bien? —me preguntó Megan cuando llegué al restaurante—. Te ves muy alterada, ¿qué pasó?
—¿Podemos hablar en tu oficina? —mascullé. Una de mis compañeras nos estaba mirando—. Es urgente.
—Sí, de acuerdo.
De camino a la oficina, noté el dolor en la mandíbula por haberla apretado tanto durante el trayecto. Tuve que masajearla antes de poder hablar.
—¿Y bien? ¿Por qué estás enojada? Te conozco y…
—Mi madre encontró el cheque y lo rompió —espeté, dando un puñetazo al escritorio.
—Hija de…
—Eso no es todo. El cabrón de Leonard me amenazó con dañarte si sigo con mis planes. Ninguno de los dos quiere que gane dinero y me largue a ver a Leon.
—Dios —se rio—. ¿Y tú crees que sea capaz de cumplir sus amenazas? A mí me parece que es un maldito cobarde.
—Aun así, preferiría que vinieras conmigo y que no nos separáramos —dije con voz temblorosa y ella frunció el ceño—. Nunca podría perdonarme que algo malo te sucediera.
—Nena…
—Sí, sé que tienes lo del restaurante —suspiré—. Podrías cerrarlo unos días y venir conmigo. Una vez que me asegure de que Leonard no será un problema, regresaremos, ¿qué te…?
—Iré contigo —me dijo sin dudarlo—. No porque tenga miedo de lo que ese infeliz me pueda hacer, sino para asegurarme de que sí regreses. Además, tengo algunos asuntos en Boston que debo resolver. Esto me viene como caído del cielo.
—¡Genial! —jadeé con una enorme sonrisa—. Eso sí, vamos a tener que esperar unos días. Leonard y mi madre me van a tener bien vigilada.
—Sí, me lo imagino —respondió divertida.
—Cometí la estupidez de echarles en cara que los encontré cogiendo.
Mi amiga escupió el café que acababa de tomar de su termo.
—¿Qué los encontraste haciendo qué?
—Cogiendo —reí—. Esos dos son amantes y el estúpido de Leonard se creyó que iba a lograr que lo aceptara.
—Carajo, qué asco —respondió Megan, arrugando la nariz—. No es que tu madre sea una vieja, pero ese tipo podría ser su hijo.
—Exacto —asentí—. No dejaré que ese par decida mi vida. Siempre les agradeceré que me cuidaran mientras estuve en coma y mi estúpido marido se casaba con mi hermana, pero no pienso someterme a sus caprichos.
—Así se habla —me felicitó—. Tienes que pelear por lo que te corresponde.
—Me dolerá volver a verlo y saber que rehízo su vida —admití—. Tengo que comprarme el vestido más espectacular.
—Tendremos que hacer una maratón de compras —dijo con una sonrisa maliciosa, frotándose las manos—. Él se arrepentirá de haberse casado con Mirna.
—Eso tenlo por seguro —sonreí, más animada, y crucé una pierna—. No voy a tener piedad, no en ese sentido. Haré todas esas cosas que no soportaba verme hacer mientras estuvimos juntos.
—Qué bueno que Leonard me amenazó —se carcajeó—. Ahora veré ese espectáculo.
—Tienes que cuidarte, nena —supliqué, tomándola de las manos—. Mantente…
—Sí, lo haré —asintió—. Mientras tanto, vuelve al trabajo y prepárate para esta noche.
—Para esta noche —repetí con el ceño fruncido.
—Ay, es verdad, no te lo comenté —recordó—. Prescott, el tipo que viene cada semana, dijo que tenía una reunión de negocios importante, así que quiere el restaurante tranquilo y con pocos clientes para negociar con su jefe.
—Oh, de acuerdo —dije con entusiasmo—. Ese tipo siempre deja propinas generosas.
—Y con respecto al cheque, no te preocupes, ¿sí? Compraremos todo lo que haga falta estando allá.
—Pero…
—Abriremos una cuenta bancaria para ti y allí te depositaré el préstamo.
—Eres un ángel —respondí.
—Espero que Leonard no me convierta en uno —bromeó.
—Tómalo en serio —gruñí—. Quizás no te mate, pero ese infeliz podría hacerte daño.
—Mis clases de defensa personal no fueron en vano —aseguró, encogiéndose de hombros—. Puedo con él y otros veinte tipos que solo hablan porque tienen boca.
—De acuerdo —suspiré—. Entonces volveré al trabajo.
—Adelante. Esta noche les daré los uniformes especiales.
—¿Eh?
—No se recibe todos los días a un hombre importante, así que antes de inaugurar el restaurante compré uniformes más formales. Solo espero que te queden.
—No lo sé. Mi cuerpo se hizo más grande.
—Tal vez fue por pasar tanto tiempo en cama.
—Sí —dije, incómoda—. Seguro que fue por eso.
El presentimiento no me dejó en paz durante la mañana. A eso se sumaba mi preocupación por las amenazas de Leonard. Dudaba muchísimo que tuviera armas con las cuales acabar con mi amiga de un momento a otro. Tampoco pensaba que se atreviera a herirla con sus propias manos. Sin embargo, podía mandar a hombres al servicio de la familia para que se encargaran de ella.
—No —dije frente al espejo del baño—. Él no puede llamar la atención.
—¿Por qué hablas sola? —me preguntó Olive, que salía de uno de los cubículos.
—Nada, solo estoy cansada —respondí con tono relajado—. Hoy hay más clientes de lo habitual, ¿no te has dado cuenta?
—¡Sí!
Las dos nos sumergimos en una conversación sobre los clientes y logré distraerla. Al final nunca volvió a preguntarme qué estaba diciendo y llegamos a la hora del almuerzo.
Mi malestar aumentó al escuchar a mis otros compañeros apostar sobre quién vendría a cenar con Prescott esa noche. Mi paranoia me susurraba que podía tratarse de algún conocido de Leonard enviado para convertir sus amenazas en algo más que palabras.
Si era así, al día siguiente amanecería sin huevos. No me importaría ir a dar a prisión o acabar muerta con tal de defender a la única persona en el mundo en la que ahora podía confiar.
—Mira —dijo Megan, mostrándome mi uniforme negro, tan diferente del verde tradicional que usábamos todos los días.
—Es hermoso —susurré, pasando la mano por la tela—. ¿Por qué tenías esto preparado?
—Por cosas de la abuela. A veces reservaban el restaurante para eventos y había que vestir decentemente a los empleados. ¿Te gusta?
—Sí, me encanta, pero prefiero el verde.
No debía, pero mi estúpido corazón quería aferrarse a cualquier cosa que me recordara a él. Arrancarlo de mí sería imposible, aunque esperaba que el dolor pudiera aminorarse con el tiempo.
Nunca volvería a su lado, así él me rogara.
—Sí, me imagino —murmuró con ironía—. Elaine, tienes que ser fuerte, ¿sí? No puedes caer cuando lo tengas enfrente.
—No lo haré —juré—. Ese hombre está muerto y enterrado para mí, al menos en lo que respecta a nuestra relación.
—No me gusta escucharte hablar así, pero es lo que toca —susurró—. Si el hermano es un infeliz, Leon podría ser incluso peor.
—Sí, ahora me queda claro —mascullé—. Haré el mejor trabajo esta noche, Megan. Este restaurante va a llegar hasta el último rincón del mundo.
—Me encanta la idea —respondió sonriente—. Solo espero no morir en el intento.
—Nos tenemos la una a la otra, así que eso no va a pasar.
—Entonces ve a ponerte esto. Tengo que ir a coordinar a los demás.
—De acuerdo.
—Usa mi baño. Allí tienes algunas barras para que puedas sostenerte.
Casi me eché a llorar al entrar y comprobar que lo que decía era cierto. Había adaptado también su baño por mí.
—Tengo a la mejor amiga del mundo —susurré—. No puedo dejarla por perseguir a un imposible. Leon, te jodiste. Yo ya no pienso elegirte de nuevo.
Satisfecha con cómo me quedaba el uniforme, me hice un peinado lindo y me pellizqué las mejillas para tener algo de color.
—Uy, qué sexi —dijo Megan, repasándome con la mirada cuando salí—. Creo que deberíamos ponerte en el menú.
—¡Oye!
Ambas nos reímos. Solo a ella le permitiría bromear de esa manera conmigo.
—Sabes que solo estoy jugando, pero de verdad te ves hermosa.
—Gracias, amiga —sonreí—. ¿Está todo listo? ¿Prescott llegó?
—Sí, él ya está en su mesa esperando a su jefe o socio, no recuerdo cuál. El caso es que me pidió que fueras tú quien los atendiera. Es que…
—Sí, es un hombre de costumbres —dije, asintiendo—. Siempre pide lo mismo: su café expreso y una rebanada de pastel de fresa.
—Sí. Por su culpa se nos termina muy rápido —bromeó—. Me encanta.
—¿Que se termine el pastel o él? —me burlé—. Ya noté cómo lo miras. No te culpo, es atractivo.
—Eh… —Sus mejillas se enrojecieron—. Dios, no, es un señor como de cincuenta.
—En realidad tiene cuarenta y cinco, así que si te gusta…
—Mejor vete —gruñó—. Tienes que atenderlo.
—Está bien —bromeé—. Le daré tu número en una servilleta.
—Pues te despido —refunfuñó.
—No me importa. Solo quiero que seas feliz.
Megan puso los ojos en blanco.
—¡Ya vete!
Salí de la oficina intentando no reírme más, pero fue imposible contener la risa durante el camino hasta la mesa de Prescott.
—Buenas noches, señor —saludé—. ¿Quiere ordenar lo mismo de siempre? Por cierto, qué bien luce. ¿Es un traje nuevo?
—Lo es. Esta noche me reuniré con alguien muy importante —respondió, ajustándose las solapas del saco—. ¿Podrías traerme ahora un vaso de agua? Mi cliente está por llegar y antes necesito tomarme un medicamento.
—Sí, por supuesto. ¿Con hielo?
—No, normal. Gracias por todo, Elaine. Realmente eres una persona muy agradable.
Fruncí el ceño. Su tono de voz y sus palabras no tenían nada de extraño, pero algo me decía que sonaban a despedida.
—¿Se encuentra bien?
—¡Sí, como nunca! —exclamó—. Esto cambiará mi vida.
—Oh, me alegra —respondí con una sonrisa nerviosa.
De camino a la cocina, mi estómago volvió a encogerse y no logré servir el vaso de agua en el primer intento.
—Oye, ¿estás bien? —me preguntó Carl, el chef—. A ti nunca se te cae nada.
—No sé qué me pasa —admití, agitada—. Creo que estoy nerviosa porque viene un cliente importante.
—No pasa nada —dijo con una sonrisa—. El que debería estar nervioso soy yo.
Solté una risita.
—Sí, es cierto, pero sé que lo vas a hacer genial.
—Eso espero. De esto depende mi trabajo —masculló—. Creo que Megan está demasiado preocupada por que todo quede perfecto.
Sonreí. Ahora me quedaba más claro que ella estaba interesada en ese hombre. No la culpaba. A mí también me había parecido interesante, enigmático y peculiar. Además, estaba bueno. Que aún amara a Leon no me volvía ciega.
—Ahora sí —dije con alivio cuando logré servir el agua a la perfección.
Por primera vez, no miré directo hacia la mesa a la que iba, sino que observé a mi alrededor para revisar que todo estuviera en orden.
—Bueno, señor De Luca, aquí la tiene —dijo Prescott cuando me planté frente a la mesa.
Mi cuerpo quedó petrificado, pero mi alma se sacudió con la violencia del mar en plena tormenta. Elevé la vista despacio hasta encontrarme con una camisa negra ligeramente abierta. Los tatuajes en su pecho eran los mismos. Esa forma de respirar la habría reconocido incluso con los ojos cerrados.
Cuando mi mirada llegó a su rostro, todo ardió y explotó en un instante que nadie habría podido percibir, salvo nosotros. Leon no solo me miraba, me traspasaba con aquellos penetrantes ojos inyectados en sangre.
Él estaba incluso más afectado que yo.
Pese a sentir que desfallecía, mostré mi expresión más radiante, entregué el vaso a Prescott y saqué mi libreta.
—Buenas noches, señor De Luca. ¿Qué va a ordenar?