9. MI UNIVERSO ENTERO
LeonCuando Prescott me mencionó que tenía grandes noticias, me imaginé que me diría la localización y me entregaría un reporte completo de lo que había sido la vida de mi reina durante esos dos espantosos años. Pero no. La crueldad de la vida no tenía límites y nada me preparó para verla venir con un traje de camarera, con la expresión más cínica y fría que le hubiese visto a alguien.
A pesar de encontrarse en seria desventaja frente a mí, se mostraba segura de sí misma y no titubeaba al hablar. Era como si ya estuviera preparada para este encuentro que me estaba haciendo arder por dentro. Luchar contra mis gritos de agonía se había convertido de pronto en la tarea más difícil.
Tenía frente a mí a la mujer por la que pasé noches enteras muriendo de dolor, por la que terminé muchas veces en hospitales porque nadie entendía el deterioro físico y mental que sufría.
Mi universo entero estaba frente a mí y yo era un simple espectador que no podía hacer nada para entrar de nuevo en él.
—¿Va a ordenar algo o me va a seguir mirando? —se burló Elaine, posando el peso de su cuerpo sobre una pierna.
Volví a repasarla con la mirada. No había ninguna duda de que era mi infierno personificado, pero algo había cambiado. Sus pechos eran al menos dos tallas más grandes y sus caderas se habían ensanchado de tal forma que la tela de aquel maldito uniforme se le pegaba demasiado.
Su cuerpo tenía los mismos cambios que el de cualquier mujer que hubiera tenido un hijo. Y más le valía que fuera mío, porque de otro modo ambos conoceríamos la muerte.
Ni siquiera por Theo me quedaría.
—Yo sí voy a ordenar mi café —dijo Prescott con tono animado—. Tenemos mucho que celebrar esta noche, ¿no lo cree?
Le lancé una mirada furiosa. Ese simple instante bastó para que Elaine se encogiera de hombros.
—Bien, iré por su café ahora mismo. Le daré un tiempo al señor De Luca para que decida qué quiere cenar.
Anotó algo en su pequeña libreta y se dio la media vuelta para marcharse. Ya no caminaba con la misma naturalidad de antes y parecía que algo le dolía. Aun así, no podía deshacerse de esa maldita e intrínseca sensualidad. Todos la estaban mirando.
Le hice un gesto al detective y me levanté impulsado por la bestia de los celos que habitaba en mí. Sin perderla de vista, asesiné con la mirada a todos los que se atrevían siquiera a voltear en su dirección. La muy infeliz se dirigía a la cocina para seguir trabajando, para continuar con esa vida inmunda que seguramente tenía.
En cuanto atravesó las puertas, logré atraparla. Su aroma me golpeó con brutalidad y todos mis pensamientos se volvieron difusos. De pronto, había pasado a segundo plano cualquiera de las explicaciones. Ella tenía que volver a mí.
—¡Suéltame! —siseó—. Estás haciendo un escándalo.
Sin decir nada, la saqué de esa cocina llena de empleados asustados y la llevé a rastras hacia donde creía que estaba la oficina. La dueña lanzó un grito al vernos entrar.
—¡Salga ahora mismo! —ladré.
—No, no puedo…
—Salga a menos que quiera muertos a todos en menos de un minuto —amenacé.
—Vete —le pidió Elaine—. Estaré bien.
La mujer asintió y se marchó corriendo. Elaine, entre quejidos, se soltó de mí para encararme.
—No te atrevas a volver a tocarme —me advirtió con una rabia que jamás había visto en esos enormes ojos azules—. No me importa que me declararas muerta, sigo siendo tu esposa legal y por eso lo que hiciste se llama traición.
Apenas podía escuchar lo que decía. Estaba confundido, sin saber si me sentía fascinado o aterrado por el rencor que destilaba su mirada.
—No sé de qué me hablas —contesté, avanzando hacia ella—. Fuiste tú la que me abandonó en vísperas de la boda. Fingiste tu muerte.
—Eres un idiota —se rio—. Claro, fingir mi muerte. ¿Y para qué demonios iba a hacer algo así?
—No lo sé, tu amante…
—Aquí el único y maldito infiel eres tú.
No permití que continuara con sus absurdas acusaciones. Tan pronto como acorté la distancia entre los dos, le rodeé la cintura con un brazo. La expresión de mi esposa se volvió dubitativa y sus pupilas se dilataron.
—Vendrás conmigo —afirmé—. Voy a descubrir toda la maldita verdad, pero no vas a volver a irte.
—¿De qué…?
Todo dejó de importar en cuanto nuestros labios se unieron. Esa maldita pasión que me tenía esclavizado despertó con fuerza, reclamando lo que por derecho era suyo. Elaine se resistió y me golpeó repetidamente para que la soltara, hasta que por fin comenzó a ceder. Abrió las piernas por instinto cuando la senté con brusquedad en el escritorio.
—Te advierto que voy a buscar a cada malnacido que haya estado aquí —gruñí, presionando sus labios mayores por encima de la ropa interior—. Mis malditos perros se comerán su carne.
—Es a ti a quien deberían comerse.
A pesar de sus palabras, siguió correspondiendo a mis besos y aferrándose con las uñas a mi espalda. Daba igual el lugar en el que estábamos o si llamaban a las autoridades. La poseería hasta hacerle olvidar a cualquier otra persona que conociera, hasta borrar toda su vida durante ese tiempo.
—No, no, suéltame —exigió, empujándome de pronto—. Eres mi cuñado. No legalmente, pero lo eres…
—No…
—¡No intentes mentirme! ¡Te casaste con mi hermana! —vociferó con los ojos llenos de lágrimas—. Y si crees que te dejaré en paz y me mantendré al margen, estás equivocado. Qué bueno que estás aquí, así me ahorras el viaje a Boston. Dame mi dinero. Tú ya no me interesas.
Me reí. Era imposible que hubiera hecho todo lo que imaginé antes de atraparla en la cocina. Solo era uno de sus absurdos ataques de celos y caprichos.
—Estoy hablando en serio —me aclaró cuando volví a intentar acercarme—. Te pido que iniciemos los trámites del divorcio si es que seguimos casados.
—Tú estás loca.
—No, Leon —replicó con un tono que me paralizó de nuevo y me dolió como nada en la maldita vida—. No solo es Mirna lo que nos separa, sino tu hijo. Voy a exigir lo que me corresponde y salir de tu vida. O, es más, ya no voy a pedirte nada. Pero fuera de aquí.
—Eso nunca.
Ella me asestó una bofetada antes de que pudiera volver a besarla.
—Jamás me volverás a poner una mano encima —me advirtió—. Vete, Leon, vete y no vuelvas más. Yo ya no soy tu legítima esposa. La has elegido a ella y me perdiste a mí.