2. Gris
Maisa JenkisCierro la puerta con cuidado. No quiero que el simple ruido altere los nervios de mamá. No quiero convertirme en su blanco. Suficiente fue que anoche me dejara sin cenar solo porque no quise darle dinero a mi hermana. Natalie no se ocupa de su vida, pero ambas pretenden que yo me encargue de resolvérsela.
El ruido de una película de acción llena el espacio en cuanto paso cerca de ella. Está acostada en el sofá con los pies encima del respaldo. Si fuera yo quien pusiera un simple vaso sobre la mesa, me ganaría un sermón eterno. Como si me hubieran encontrado drogada. No le presto atención. Camino directo a mi habitación, cerca del cuarto de lavado. Cerca del cuarto de lavado. Me suelto la liga del cabello con un movimiento perezoso y me trueno un poco el cuello. Ha sido un día caótico en la pizzería.
Gracias al cielo, mi turno terminó. Antes de quitarme los tenis, saco el dinero de las propinas del bolsillo de mis jeans. Abro el cajón debajo de la cama para guardarlo junto con mis ahorros en la alcancía. Mi presupuesto destinado a los estudios universitarios. Al abrirla, la encuentro vacía. Se me comprime la garganta. Antes de entrar en pánico abro el segundo cajón. También vacío. Se me cierra el estómago.
Agitada, me agacho para ver si dejé la alcancía debajo de la cama. No siento nada. Tampoco la veo cuando bajo la cabeza. Aprieto los dientes con fuerza y me llevo las manos al cabello, zarandeándolo.
Maldita sea, esto no puede estar pasando. Salgo de la habitación dando un portazo, sin importarme el regaño que seguramente vendrá.
—¿Dónde están mis ahorros? —la poca paciencia que me quedaba se quiebra al ver que solo sube el volumen del televisor—. ¡¿Dónde está mi dinero?!
Ella es la única persona capaz de tomar lo que no le corresponde. Natalie ni siquiera aparta la vista de la pantalla ante mi reclamo.
—Lo usé. No me grites.
Un calor sofocante me sube a la cabeza. Mis puños se cierran y tiemblan de impotencia sin que me dé cuenta.
—¡Ese era el dinero de mi universidad!
—Y yo tenía deudas que pagar. ¿Qué iba a hacer? Por favor, no es para tanto. Por todo quieres hacer un drama.
—¡No tomes lo que no te pertenece, ladrona! —un trueno cruza el cielo al mismo tiempo que mi voz ronca y airada.
Ella se levanta a encararme. Antes de que pueda contestar, mi madre aparece desde la cocina.
—¿Ahora qué pasó? ¿Qué son estos gritos? ¿Qué hiciste, Maisa? —siempre soy yo la que hace algo malo, nunca ella.
—Aquí tu hija haciendo un drama solo porque tomé su dinero —se cruza de brazos poniéndose del lado de mamá.
—En serio eso era? No me sorprende. Ella es una egoísta que nunca quiere compartir nada contigo.
—Natalie no tenía derecho, mamá. ¿Por qué te pones de su lado? Hurgó en mis cosas y tomó lo que tanto me costó trabajar —reclamo ahogada, cada vez más decepcionada. Aunque no sé por qué me sorprende. Es la costumbre. El pan de cada día.
—En esta casa nada es de nadie. De nadie. Aquí las cosas tienen igualdad de condiciones, te guste o no. ¿Qué querías? La pobre tenía deudas que la ahogaban y no tenía trabajo. Si hay dinero y puede saldarla, que lo tome.
Mi hermana me sonríe con superioridad antes de darle una vista a sus uñas, que se ven recién hechas. Esta mañana le había pedido dinero para el transporte a mi madre y ella me lo negó. Al parecer encontró destino.
Otro golpe más a la herida de la hija que todavía espera una migaja de amor de su madre.
—Eso que ella hizo se llama robar. Y tú eres su cómplice por permitírselo —antes de que pueda verlo venir, la mano de mi madre se estampa en mi cara.
—Cuidado cómo me hablas mal agradecida —escupe. Esa supuesta madre que tengo.
—Voy a ignorar la bofetada que me acabas de dar —digo despacio, recordando todas las veces que ella me ignoró cuando tenía fiebre o cualquier malestar.
Me acomodo el cabello, alborotado por el golpe, y paso a su lado. Tomo la sombrilla negra. No soporto estar un segundo más en esta casa.
—¿A dónde diablos crees que vas, Maisa? Estamos hablando.
Intenta detenerme del brazo, pero soy más rápida y consigo echarme a un lado.
—No te importa. Si me voy al diablo o al infierno, nunca te ha importado.
Acelero el paso y salgo de la casa. Incluso dejo la puerta abierta.
—¡Maisa! ¡Maisa! Te estoy hablando. ¿A dónde crees que vas, idiota? —se detiene en el umbral a gritarme—. ¡Regresa ahora mismo! ¡No he terminado de hablar contigo! No me hagas montar un espectáculo delante de los vecinos.
—Déjala, mamá. Ya se le va a pasar el berrinche —escucho la voz burlona de mi hermana a mis espaldas—. ¿Vas a seguir detrás de ella, rogándole? La que no te necesita es ella.
Me hago la sorda mientras aprieto la sombrilla contra el pecho, como si fuera lo único que puede sostenerme en medio de este caos al que llamo vida. Parpadeo varias veces y trago saliva.
No voy a llorar. No voy a llorar. No voy a llorar. No voy a llorar.
No merecen mis lágrimas. Ni siquiera mi enojo. No merecen ocupar un espacio en mi mente. No más. Ya basta. Si ellas no se preocupan por lo que yo siento, debo devolverles lo mismo.
Una gota fría se desliza por mi mejilla. Parpadeo y otra cae sobre mis pestañas. Luego una tercera y una cuarta. Me llevo la mano al rostro y por un instante pienso que por fin estoy llorando. Pero no. Ha empezado a llover. Lo hace con una intensidad que cuesta respirar. Incluso duele.
No pierdo el tiempo y abro la sombrilla. Un escalofrío me recorre el cuello ante la brisa fría. Las personas salen despavoridas en busca de refugio en algunas tiendas. Algunas corren hasta sus autos. Otras se apresuran a aparcarlos.
El asfalto no tarda en llenarse de agua. Yo no acelero el paso. Al contrario, lo ralentizo para ir al mismo ritmo que la lluvia. Meto las manos en los bolsillos de mi abrigo negro y suelto un suspiro cargado de dolor.
No recuerdo la última vez que alguien me hizo sentir especial.
Bueno, sí. Ese alguien era mi padre. Pero desde que se fue a causa de aquel tumor, no he vuelto a saber lo que se siente que alguien te abrace y te diga buenas noches con cariño.
El cielo gris combina perfecto con mi estado de ánimo, con el nudo en la garganta, con el ritmo de mi corazón y con el rumbo de mis pensamientos. ¿Qué va a ser de mí ahora? No tengo ahorros para la universidad y no pienso pedir un préstamo. La última vez tampoco salió bien. ¿Acepto la propuesta de Evelyn de irme a vivir con ella? No quiero ser una carga para mi amiga, que apenas está terminando la carrera de magisterio.
La lluvia golpea con fuerza sobre la sombrilla, lo que ayuda a aplacar un poco mis pensamientos. No del todo. Insiste en martirizarme. Cuánto desearía que el agua que corre por las calles fuera un ácido capaz de borrar las huellas de mi sufrimiento.
Sigo caminando hasta salir de mi vecindario y adentrarme en una zona más exclusiva y alejada. Las piernas empiezan a resentir el esfuerzo. A lo lejos apenas distingo las luces de los vehículos que se pierden detrás de la cortina de lluvia.
Ya no hay tantas caras conocidas.
Entre tanta gente que busca refugio, distingo una figura solitaria vestida de traje. Está completamente empapado, la ropa pegada al cuerpo. No sé qué demonios me empuja a acercarme. Tal vez el hecho de que hoy no quiero ver sufrir a nadie más.
Cruzo la calle mirando a ambos lados. No vaya a ser que aparezca algún vehículo sin las luces encendidas; con semejante lluvia, apenas se distingue lo que hay a unos cuantos metros de distancia.
Mientras me acerco, noto el agua recorriéndole el rostro. Tiene el cabello largo, pegado a la nuca y a las mejillas. Se ve hermoso. Inalcanzable. Permanece inmóvil, con la mirada perdida en sus zapatos.
¿Quién es este hombre?
¿Qué tiene que me atrae de esta forma? ¿Qué clase de magnetismo es ese que me empuja hacia él?
Ni siquiera puedo decir que sean sus ojos, porque todavía no los he visto de frente. Pero hay algo. Quizás sea esa frialdad que emana de él, tan distinta a la del clima. Una frialdad que pocas veces he visto antes. Una que debería hacerme retroceder. Y, sin embargo, hago todo lo contrario. Me acerco más. Él ni siquiera parece notar mi presencia. Está demasiado sumido en sus pensamientos, en su propia miseria. Parece como si el mundo a su alrededor hubiese dejado de existir.
Sin pensarlo dos veces, levanto la sombrilla y lo cubro. Es entonces cuando alza el rostro. Dios. Esos ojos ámbar me dejan sin aire. El corazón se me desboca.
Maldición. Qué ojos. Por un segundo siento que se me olvida hasta el nombre. Sé que debería dar media vuelta y seguir caminando, pero no lo hago. Pero no importa. Sostengo la sombrilla sobre los dos y le sostengo la mirada sin titubear.
—¿Necesitas ayuda?
Él me mira en silencio, analiza cada rasgo de mi rostro. El agua sigue corriendo; las gotas resbalan por su rostro y el traje se le pega más al cuerpo, como una segunda piel. Sé que no debería notar eso, pero sí hace ejercicio. Y definitivamente le hace efecto.
Él sostiene mi mirada solo unos segundos.
Quiero ayudarlo. Necesito hacerlo.
—Te vas a enfermar si te quedas aquí —insisto, reduciendo el escaso espacio que queda entre nosotros sin soltar la sombrilla—. Puedo acompañarte, llamar a un taxi, a alguien, lo que necesites.
Sigue sin responder. Nuestros ojos quedan anclados. Trago saliva. El aire de repente es insostenible. De cerca sus ojos son más intimidantes. Aun así, no me atrevo a bajar la mirada, mi cuerpo se pone rígido, como una roca.
Él suelta un suspiro, desviando un poco la mirada hasta que, por fin, habla.
—Sígueme —suelta con voz monocorde.
No le pregunto dónde vamos. Lo sigo. Que imprudente soy. Caminamos bajo la misma sombrilla. Él es bastante más alto, camina más rápido de lo normal y tengo que tener cuidado de no resbalarme con los charcos. Pero él camina como si estuviera sobre una superficie plana.
Llegamos hasta un hotel que no es de los lujosos; es uno más modesto.
Él se registra con pocas palabras.
—Cillian.
Se llama Cillian. Un nombre que suena inolvidable. Y recuerdo el dato innecesario de que es de origen irlandés. Yo me quedo un poco atrás. No sé a dónde vamos, hasta que él me hace una señal con la cabeza.
Lo sigo. Entramos a un ascensor donde mantenemos la distancia. Yo lo miro de reojo. Se que tiene que cambiarse esa ropa. Cuando entramos a la habitación, noto el número catorce.
Él ni siquiera enciende las luces. Se quita la chaqueta empapada y la deja sobre una silla. Luego se deja caer sobre ella, sin salir de ese estado robótico y plano. Me siento en el borde de la cama sin que me lo pida, pero lo suficientemente cerca de él.
—Deberías quitarte eso —digo, señalando el resto de su ropa mojada—. Te vas a resfriar.
Me lanza una mirada molesta y me ignora. Se pasa una mano por el cabello empapado. Sigo su mirada y creo que está mirando la lluvia caer por la ventana.
Maldita sea. Es un silencio incómodo y no sé cómo rayos terminé aquí, en un hotel con un extraño que podría quitarme la vida en cualquier instante. Solo a mí se me ocurre. Pero sigue siendo mejor que estar en mi casa.
—¿Qué te pasó? —pregunto al fin, esté silencio es sofocante—. ¿Por qué estabas ahí, solo, bajo la lluvia?
No contesta. Suelta un suspiro. Al parecer, no lo hará.
Debería irme, ¿cierto?
—Hoy era mi boda —suelta. Como si hablara del clima—. Descubrí que mi prometida se está acostando con mi mejor amigo, el padrino. Lo expuse frente a todos. Y me largué.
Aprieto los labios. No dice nada más. Jesús, qué fuerte. Con razón está en ese estado. Pero ¿qué tipo de mujer es esa que se atreve a engañar a semejante hombre? ¿Por qué haría algo así? El pecho me duele. No sé exactamente si por él, pero lo cuenta de una forma tan fría que parece que no le duele o que ya no queda nada dentro.
No he visto a nadie reaccionar así frente a una infidelidad. Y mucho menos el día que se supone que debería ser el más feliz.
El día de su boda. Sacudo la cabeza. Pobre hombre. Me levanto con cuidado y voy directo al baño. No soporto verlo empapado un segundo más. Vuelvo con una toalla limpia y, sin pedir permiso, me acerco y empiezo a secarle el cabello con cuidado.
—Al menos quítate esa camisa —murmuro—. Está empapada. Te puede dar hipotermia.
Él quita la vista de la ventana y la fija en mí. Nuestros ojos vuelven a encontrarse. M mundo se ralentiza. La toalla queda atrapada entre mis manos y su rostro. Mis mejillas se encienden. Cuando menos lo veo venir, su mano se adelanta y toma mi rostro, sin demasiada delicadeza, y me besa. Mi corazón retumba con intensidad.
No es nada suave, como lo que he vivido antes. Es tan feroz. En lugar de apartarme, lo agarro de la camisa mojada y lo atraigo hacia mí. Sin pedir permiso.
Nos encontramos bajo esa lluvia, sin medir las consecuencias.
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