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6. Secreto

Perdón — booknet.com · All chapters

6. Secreto

Maisa Jenkis

Benditos tacones, me están matando. Debo tener los talones rojos. Por lo menos no me hicieron esas pequeñas heridas que arden más que el demonio. No me quejo en voz alta. Me limito a masajearme los pies. Observo al arquitecto bailar con Danielle. Sonrío, derretida de ternura. ¿Pueden ser más bellos? Parecen una pareja salida de una portada de revista. Me siento feliz y orgullosa de ellos. Mi jefe, mi querido arquitecto, pasó por tanto para llegar a este momento tan esperado con su amada. Su felicidad me llena de regocijo.

También siento una satisfacción tranquila por haber contribuido un poco. Le guardo un cariño real y lealtad. Estaré siempre para lo que necesite. Después de todo lo que atravesamos, la bandera de nuestra cercanía está más que clavada.

Doy una mirada rápida por el lugar. Entrecierro los ojos y frunzo el ceño. ¿Estoy viendo lo que creo? ¿Esa no es la hermana de Dani, Pame, jalando a alguien del brazo? De lo poco que logro ver, el sujeto de perfil, ¿no es el señor Ryan Leclerc? ¿Qué hace aquí? Mi jefe no quiere ver a su hermano ni de chiste. Ojalá no lo vea para que no le arruine el momento.

No puedo seguir con mi vigilancia porque en ese instante aparece la bonita. Trae la boquita sucia de pastel y viene con un platito en la mano. Sin pedir permiso se sienta en mis piernas y yo la dejo. Es más que bienvenida. Ay, cuánto adoro a esta niña. No sabía que se podía querer a alguien tanto.

—Señorita Tomatito, ¿por qué está aquí sentada tan solita y no está bailando con los demás? ¿Alguien te dijo algo para que yo vaya a ponerlo en su puesto?

Acaricio su cabello.

—No, bonita. Solo estoy cansada y me duelen un poco los pies.

—Ay, de verdad. ¿Quieres que te consiga una cremita para masajes? Bueno, no sé dónde la podemos conseguir, pero mi papi resuelve.

—Por Dios, eres tan dulce que te quiero comer —le pellizco la mejilla—. No te preocupes, estaré bien. Solo me senté un momento para aliviar el dolor, pero ahora con tu compañía ya se me olvidó.

Se ve muy graciosa con la cara llena de pastel.

—Déjame limpiarte para que tu mami no te regañe.

Consigo una servilleta y la limpio despacio.

—Señorita Tomatito, gracias por estar aquí y por estar del lado de mis papis. Eres la mejor. No había podido decírtelo porque, ya sabes, yo estaba castigada, aunque todavía sigo. Solo hay que liberarme de la cárcel.

—Conseguiremos la manera de liberarte —le guiño un ojo—. Las princesas no pueden andar cautivas.

—Díselo a mami. Yo la ama, pero a veces se pone peor que un militar retirado.

Ambas reímos.

—¿Quieres? —me ofrece pastel.

Niego con la cabeza.

—No, cariño. No puedo comer mucha azúcar. Ya probé y está delicioso.

—Bueno, pero tienes que llevarte. Así te sirve para merendar.

Se come una porción. De repente gira la cara con una naturalidad casi exagerada.

—Oye, señorita Tomatito, ¿por qué el señor Ártico te mira tanto?

Sé a quién se refiere. Cillian. Evito soltar un suspiro de frustración. Me limito a acariciarle la cabeza.

—No lo sé, bonita. Quizá está aburrido y está buscando a quién mirar.

—Yo sé que tú eres muy bonita, la más bonita después de mi mami, pero según lo que me dicen los adultos, es de mala educación mirar a la gente tanto. Pareciera que tuviera un problema contigo. ¿Le debes dinero o le comiste alguna comida a escondidas?

Dios mío. Con esta pequeña nadie se aburre.

—No debe ser nada. No te preocupes. Debe estar cansado y no encuentra qué hacer —me encojo de hombros.

Darla se queda mirando a Cillian. Yo evito hacer contacto visual. No tengo ganas de encontrarme con esos ojos ámbar que aceleran mi corazón, mi estúpido y desvergonzado corazón. Mejor hago de cuenta que no existe, que es un fantasma que anda rondando por ahí. Un fantasma bastante fastidioso que es urgente sacar de mi vida.

No le daré cabeza. Él no es nadie para perturbar mi paz.

La bonita se va al rato a atender a Pamela. Cuando regresa y siento que los pies me mejoran un poco, el padre de Danielle me invita a bailar. No puedo rechazarle la invitación. Quién lo diría después de cómo le hablé ese día en el hospital.

Disfrutamos unas cuantas piezas hasta que siento las gotas frías y ese sonido del infierno que vuelve loco a cualquiera: la alarma de incendios. Darla, por querer hacer malvaviscos, la había activado. Todos gritan y salen despavoridos, con excepción de ella y sus padres. Yo me cubro la cabeza y salgo. Ay, no. Me costó bastante el peinado como para que se me arruine. Me veía bastante glamurosa.

—¿Te divierte tenerme detrás de ti? —suelta él a mi espalda.

Resoplo y me giro para encararlo.

—¿Diversión? ¿En qué sentido? Porque más que divertirme, me inoportuna. Sea el problema que tenga conmigo, resuélvalo por su cuenta. Adiós.

Intento alejarme para esperar si se puede volver adentro. Fallo en la misión cuando sus dedos se cierran alrededor de mi brazo.

—Señor Leclerc, suélteme y déjeme tranquila.

—Cuando hablemos. No puedes pasarte toda la vida ignorándome.

—¿Hablar de qué? Porque yo no recuerdo.

—Deja de hacerte…

—No me hago. No recuerdo de qué me habla.

—De lo que pasó entre nosotros hace años.

Finjo una expresión de confusión. Sé que cualquiera que no conozca nuestra historia me creería. De hecho, no la conocen y espero que se mantenga así.

—¿A qué se refiere? Mire, creo que me confunde con otra persona.

Me suelto de su agarre.

—Entre usted y yo no pasó nada.

—A ver, Erdbeere —aprieta la palabra, que nose que rayos significa, ni quiero saberlo—, deja de colmarme la paciencia.

—¿Paciencia? Para hablar conmigo tendría que recordar exactamente qué pasó entre nosotros. Como no lo sé, no tiene sentido. Use un poco el cerebro. Se ve que es un hombre muy listo. Con permiso, veré si se puede volver adentro.

—Se te ve ridículo el papel de amnésica. Sabes bien que soy aquel…

—No. Yo sé que usted es el primo de mi jefe, que al parecer tiene problemas de audición y, de paso, sufre de delirios, porque me está confundiendo con otra persona. Eso a su edad es preocupante.

Parpadea, descolocado. Desvía la mirada y noto cómo se le tensa la mandíbula y le late una vena. Qué fácil es desarmarlo. Ojalá lo hubiera hecho antes. Esto sí es divertido.

Alguien del personal se acerca.

—Señores, ya pueden volver al evento —anuncia con voz profesional—. Todo fue una falsa alarma.

Gloria.

—No te vas.

Sus dedos se incrustan por segunda vez en mi brazo. Y esta vez quien habla es mi mano.

Le cruzo la cara. Se oye claro. Quedan marcados mis dedos. Su rostro se gira hacia un lado y, cuando vuelve a mirarme, los ojos se le han oscurecido.

Ignoro la corriente electrizante que me recorre el brazo. Me ajusto el cabello, alzo la barbilla y lo miro directo a los ojos, aunque por dentro sienta un leve temblor que decido ignorar.

—Señor Leclerc, que le quede claro, usted no puede andarme tocando cuando le dé la gana. Mantenga su distancia o la próxima vez que hablemos será con una orden judicial. No creo que le haga mucho bien a su carrera de abogado. Entienda de una vez que cuando una mujer dice no. No es una invitación a seguir insistiendo. Usted mejor que nadie debería saber cómo terminan las consecuencias de ignorar una negativa.

Me aparto y sigo mi camino. No pienso seguir perdiendo el tiempo con este zángano.

—Esto no se va a quedar así. Ni lo creas.

Continúo con paso seguro.

Uy, qué loco. Hace años me dijo que me alejara y ahora me quiere cerca. Esos ya son problemas suyos. Yo no pienso prestarle más atención.

Al volver adentro, el evento continúa. Noto a la familia de tres mojados, abrazados en un rincón con una toalla y chocolate. Con disimulo les tomo unas fotos. Se ven tan bonitos. Además quiero hacer stickers y molestar al arquitecto.

Logré quitármelo de encima el resto de la fiesta. Aunque su mirada no dejaba de seguirme. Hasta cuando respiraba. Me puede importar menos. No pienso vivir atormentada por lo que ese hombre haga o deje de hacer. Tarde o temprano se tiene que cansar.

Me despido de todos con besos y abrazos. Me voy de las primeras. Extraño al amor de mi vida. Me llevo un poco de pastel para Jared.

Al llegar a casa, Evelyn no está. Hoy le tocaba darle una tutoría a un chico que no le va muy bien en clases. A mi hijo lo busco donde una señora amable que lo cuida cuando ninguna de las dos podemos.

En cuanto lo tengo en brazos, lo lleno de besos.

—¿Cómo estás, mi amor? —pregunto más al aire que a él.

Él solo arrastra su manita por mi cara. Espero que pronto pueda hablar. Los especialistas no me dan las respuestas que quiero oír. Siempre es lo mismo, que cada niño tiene su ritmo, que necesita más estimulación, que llevará tiempo. Ni un balbuceo. Ni un gimoteo. Nada.

—Espero que te hayas portado bien y no le hayas hecho pasar rabietas a la señora Cecilia, ¿cierto? Yo sé que sí. Tú eres un bebé bien portado. Estoy educando a un príncipe —me pierdo en esos ojitos azules.

Jared enreda sus bracitos en mi cuello y se recuesta en mi pecho. Me extrañó. Me quedo un rato con él, dándole besos, abrazos y cosquillas. Después lo baño, me ducho también para quitarme el cansancio, me pongo el pijama y le preparo de comer. Puré de papa con verduras. Todavía estamos trabajando las carnes.

Lo dejo jugando en la alfombra con sus carritos y me quedo mirándolo.

Algún día dirá “mamá”. Sonrío solo de pensarlo.

El teléfono suena. Me sorprende ver que es el arquitecto. ¿No se supone que está en su luna de miel? Además es videollamada. Me meto al cuarto. Jared a veces se trepa y se sienta en mis piernas, y no quiero que el arquitecto lo vea ni de chiste. Nadie sabe que tengo un hijo. Y nadie lo sabrá.

—Buenas noches, arquitecto. ¿Qué se le ofrece? Sea rápido. No quiero que Dani vaya a malpensar. Usted nunca será mi tipo —bromeo.

—Me gusta la canela, no la fresa —se ríe—. Solo te llamo para dejarte dicho algo que se me olvidó.

Lo veo rascarse la cabeza. Me tenso.

—Arquitecto, ¿ahora qué pasó? —pregunto confunsa.

—Se me olvidó decirte que dejé a alguien a cargo mientras no estoy. Tendrás que responderle a él.

—No me diga que fue al señor Ryan.

—¿Qué? No. Prefiero que la firma caiga en bancarrota antes que dejarle algo en las manos —dice apretando la mandíbula—. No es él. En mi ausencia vas a responderle a mi primo Cillian.

Mi corazón se define. Incluso siento que la mano se me acalambra.

—¡¿Qué?!

—Durante mi ausencia trabajarás con él.

***

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