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7. Instinto

Perdón — booknet.com · All chapters

7. Instinto

Cillian Leclerc

—No voy a firmarlo.

Levanto la vista del contrato.

El hombre sentado frente a mi escritorio lleva diez minutos intentando convencerme de que aquella cláusula es un detalle menor. No lo es. La penalización por retraso está redactada de forma que puede costarle a la firma varios cientos de miles de dólares, y alguien tuvo la brillante idea de poner el documento frente a mí esperando que lo aprobara sin leerlo.

—El arquitecto Leclerc siempre firma estos acuerdos —dice.

Tan mentiroso el bastardo.

—El arquitecto no es idiota —afirmo—. Intente engañar a otro novato.

Mi tono estoico hace que el sudor descienda por la frente del hombre.

Dejo el contrato sobre el escritorio.

—Corrijan la cláusula catorce. Después vuelven.

El hombre duda.

—Pero tenemos una reunión con el cliente en veinte minutos.

Miro el reloj.

—Ahora tienen diecinueve. No estaré presente.

Se levanta con el contrato entre las manos y sale sin decir otra palabra. Vuelvo a la pantalla. Izan decidió dejarme a cargo de su firma. Que le ayude a quitarle al maldito pedazo de escoria de su padre. Aunque me enfurece que me haya arrebatado el derecho de acabar con él. Esa parte era mía. Aun así, me queda el privilegio de saber que, por mí, terminó pidiendo clemencia.

En el infierno estás mejor, Benjamín Leclerc.

Este no es mi mundo. Sin embargo, poseo los conocimientos y la experiencia administrativa necesarios para asumir las funciones correspondientes y estar a cargo durante estos días. No me molesta. Los números son claros. Los contratos también. Y cuando algo no lo es, sé exactamente a quién llamar. El teléfono vibra sobre el escritorio.

Contesto.

—Habla.

—Tenemos un problema en la obra de Boston.

Me reclino en la silla.

—¿Qué tipo de problema?

—El cliente quiere detener el proyecto.

Miro la copia otra vez el contrato que acabo de rechazar. Izan va a tener que despedir a alguien.

—Averigua por qué —hay un silencio al otro lado.

—¿Y después?

—Después me llamas.

Cuelgo. La oficina vuelve a quedarse en silencio. Justo lo que necesito para trabajar. Así es como lo prefiero.

¿Dónde andará la pelirroja insolente? No la veo desde esta mañana. Se niega a trabajar a mi lado. Pero no tiene escapatoria. A Izan le costó convencerla. Esa chica es más dura que una maldita roca. Prefería quedarse sin empleo antes que estar codo a codo conmigo.

Durante estos dos días que he estado a cargo, su comportamiento ha sido casi robótico. Se dirige a mí solo cuando es necesario. Evita quedarse a solas conmigo. Cuando tiene que entregarme la agenda o comunicarme cualquier información, sus ojos parecen estar en cualquier lugar menos en mí. Sus respuestas son breves y escuetas, limitándose estrictamente a lo indispensable.

Incluso parte de las tareas que le corresponden ha comenzado a delegarlas en la secretaria, como si procurara reducir al mínimo cualquier interacción directa conmigo.

Me molesta. Que me ignore como si fuera un insecto aumenta mi mal humor. Y me molesta mucho más que la bofetada que me dio en la boda de Izan. Tiene la mano bastante pesada. No la recuerdo así. Antes era más suave y delicada.

Ahora no me conoce. Pero sé que su cuerpo sí. Y ella también.

Mentirosita.

Sin darme cuenta, aprieto el lapicero que tengo en la mano. Solo me percato cuando cruje bajo mi palma. Lo suelto como si fuera basura. Ya encontraré la forma de que hablemos. Derribaré ese muro orgulloso a las buenas o a las malas. Lo más seguro es que sea por las malas.

Me quedo un rato más revisando documentos. Me doy cuenta de que releo el mismo párrafo más de cuatro veces y aún así no lo entiendo. Miro la puerta más de una vez. Los ruidos cercanos me hacen alzar la vista. Frustrado, me paso los dedos por los ojos.

Salgo de la oficina y no doy ni tres pasos cuando la encuentro. Está riendo con uno de los arquitectos. Logro identificarlo, Robert.

El sujeto le dice algo cerca del oído. Ella suelta una risa baja. Una que nunca me ha dirigido a mí. Esa risa. Ya calentó mi mal humor.

—Maisa —la llamo seco.

Ella gira y su sonrisa se apaga.

—Sí, señor —responde con esa altanería que me tiene fascinado y furioso a partes iguales.

—El informe de la revisión de Boston. Lo quiero en mi escritorio después de mi hora de almuerzo. No tarde.

Asiente sin discutir. Se acerca a ese hombre, le susurra algo al oído, vuelven a reírse y ella regresa a su lugar. El arquitecto se aparta. Alguien va a tener que cambiarse de área.

Lo que menos debería importarme es lo que haga o deje de hacer. Pero me importa. Se me tensa la mandíbula. Me quedo contemplándola mientras teclea con calma y rigor. Para variar, me ignora. Sabe bien que la miro.

El tiempo no ha podido deshacer esa tortura. Me siguen cada uno de esos recuerdos. Olvido muchas cosas, menos ese día bajo la lluvia en el que la hice mía. Todo después de ella me parece insípido. ¿Qué tiene esa mujer que me tiene obsesionado?

Odio haber perdido el control por una extraña. No soporto que ocupa espacio en mi cabeza. Lo peor es que es el único aspecto que no puedo controlar. Una extraña a la que he extrañado todas las noches en la soledad de mi habitación.

Ella ya verá lo que tengo planeado. De mí no podrá escapar nunca más. Pensaba volver a Londres en cuanto acabara con los asuntos pendientes de Benjamín. Allá no tengo nada interesante por ahora. Volveré. Esta vez con ella. Solo será cuestión de tiempo. Debo aprovechar que mi primo no está para llevar a cabo mi plan. Que me dejara a cargo de la firma era el camino que necesitaba.

Su orgullo no la protegerá para siempre.

Antes de cometer una locura por cómo me ignora, o de que se le ocurra decirme que me va a demandar por acoso, salgo afuera a tomar aire. Esta mujer me está afectando más de lo normal y debo hacer algo urgente con ella. No solo hablar por hablar.

Igual casi es hora de almuerzo. Esta mañana no desayuné.

Le doy una última mirada, con cierta esperanza de que me la devuelva. En vano. Me adentro en los ascensores.

Antes de que pueda volver a volcar mis pensamientos hacia ella, suena mi teléfono. Es mi hermana.

—¿Qué pasó, Cya?

—¿Puedes venir ahora a mi casa? —pregunta impaciente.

—¿Qué sucedió?

Apuesto a que tiene que ver con su esposo. Todavía no comprendo qué tenía mi hermana en la cabeza cuando se casó con ese hombre. Ese sujeto, Octavio, jamás me tragué el cuento del esposo perfecto y devoto.

—Creo que Octavio me está engañando.

—¿Y dónde está la novedad?

—¡Cillian, no es el momento, por amor a Dios! Te estoy diciendo algo serio —me grita.

—Yo también estoy hablando en serio. Solo quiero saber cuándo te quitaste la venda de los ojos.

Un sollozo detrás de la linea me revienta la cabeza. Esa no es mi hermana. Me la volvió débil.

—Desde hace días que lo mandé a seguir. Hay fotos donde se ve con una mujer a la que no se le puede ver el rostro, pero están demasiado cerca y en posiciones muy comprometedoras. Saliendo de hoteles. Yendo a almorzar. Necesito que me ayudes.

—¿A divorciarte?

—Eso iría después. Primero hay que desenmascararlo. No puedo hacerlo sola —dice, y se le nota la desesperación.

Ese maldito matrimonio la ha arruinado. Esa no es la Cya que conozco. Algo más pasa dentro de esas paredes y no me lo quiere decir.

—Solo ven, Cillian. No estoy para tus discursos.

—Voy saliendo de la firma. Iré en seguida.

Me adentro en las calles. Escucho a mi hermana seguir quejándose de lo mismo, una y otra vez, pero por el matiz sé que oculta cosas. He trabajado con tantos clientes, inocentes y culpables, que el patrón es fácil de identificar. Cuando se cierra, es difícil conseguir algo más.

—Estaré allá pronto. Te llevaré algo de almorzar de tu restaurante favorito. Necesito que…

No alcanzo a terminar la frase.

Un peso se me cuelga del pantalón. Aprieto los dientes.

Extrañado, bajo la mirada y me encuentro con dos ojos azules familiares que me miran con insistencia. Podría decir que embelesados. Como si él supiera algo que yo no.

Escucho la voz de mi hermana preguntándome si estoy bien, pero lo único que hago es colgar.

El niño se aferra a mi pantalón como si fuera el único salvavidas en medio del océano, sin dejar de mirarme con esa fascinación inocente.

La incomodidad se me trepa al cuerpo. Es invasivo y molesto que un niño, de la nada, se aferre a mi ropa con esa confianza. Debería apartarlo. Cualquier otra persona lo haría. Pero mi mano no se mueve. Y eso, más que el niño, es lo que me descoloca.

Miro hacia todos lados. La gente sigue caminando como si nada. El pequeño aprieta más los deditos en la tela e incluso recuesta un poco la cabeza en mi pierna. Se me ralentiza la respiración. El corazón parece que va a fallar en cualquier momento.

—Chico… ¿estás solo?

Me siento medio idiota. Ni siquiera sé si el niño habla. Se ve de alrededor de dos o tres años, aunque bueno, la hija respondona de Izan habla como si tuviera cuarenta. Y tiene más o menos ese tamaño.

Cuando el niño abraza mi pierna, el corazón se me encoge.

—No hagas eso —digo incómodo.

Vuelvo a mirar alrededor. A ambos lados de la calle. ¿Estará en peligro? Nadie viene corriendo. Nadie lo reclama. Se me tensa más la mandíbula. Un niño de esa edad no debería estar solo. Sea quien esté a su cargo es un irresponsable.

Lo tomo por los hombros y me agacho a su altura. Hago algo que normalmente no haría. Nunca he sido dado a los niños. No me gustan ni de lejos ni de cerca. Pero este no sé por qué me invita a no dejarlo solo y a no apartarlo.

—Niño, ¿dónde están tus padres? ¿Alguien te viene siguiendo?

Espero una respuesta que no llega. En cambio, su manita atrapa mi mejilla. El contacto cálido y pequeño, me deja en trance. Me quedo quieto. El pequeño sigue el camino por mi barba con una naturalidad que pareciera que está acostumbrado a hacerlo toda la vida. Mi respiración se quiebra. Permito que lo haga.

Con cuidado le sostengo la mano y me quedo con ella aferrada.

—¿Puedes hablar?

Su respuesta es esconder su cara detrás de mí pierna. Trago saliva desorientado.

Dios. ¿Qué hago aquí con un niño desconocido? Debería apartarme, irme o buscar a sus padres. No entiendo por qué le estoy dedicando atención. No puedo apartar la vista de esos ojos que se me hacen tan conocidos. Demasiado.

No puedo dejarlo solo. Esa frase salen mi cabeza por si sola.

Unos pasos apresurados me sacan del trance.

—¡Jared, cariño! ¡Ahí estás! —grita una mujer rubia.

—¿Es suyo? —pregunto incrédulo.

—Sí. Se me zafó un segundo. Perdón si lo molestó.

El niño sigue mirándome por encima del hombro de ella, sin soltarme del todo con la mirada.

—Estaba solo en medio de la calle. Tengo más cuidado —especto.

—Ya sé. Gracias de verdad. Tenga buen día.

No espera más. Se lo lleva con paso apresurado. Me quedo quieto en la acera, con la sensación rara todavía pegada a la piel.

¿Qué acaba de pasar?

***

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