8. Cole
Maisa JenkisBeso las mejillas de Jared con urgencia y lo aprieto contra mí. Cierro los ojos, permitiéndome sentir la presencia de mi niño. Sentí que el corazón se me caía al piso cuando Evelyn me contó que se le había soltado de la mano en la calle. Momentos como este agradezco que mi amiga no me oculte ni el mínimo detalle de lo que ocurre con mi pequeño.
Le sostengo la carita entre las manos y lo miro fijamente, a esos ojos idénticos a los míos.
—Cariño, no puedes hacer eso cuando estés con Evelyn. No te sueltes, aunque ella tenga que soltarte la mano por cualquier inconveniente. ¿Sí? Por favor, no vuelvas a hacerlo.
Jared se limita a parpadear. Baja las manos que había levantado y, en lugar de responder, se recuesta contra mi pecho y lo rodea con uno de sus bracitos.
Suelto un suspiro mientras deslizo una mano por su espalda.
—Amiga, me disculpo —dice Evelyn, girando la cuchara de su sopa, avergonzada—. Solo me bajé un momento para arreglarme las zapatillas y, cuando levanté la mirada, ya no estaba. No sé en qué momento caminó tan rápido.
Estira una mano y le da una leve caricia a Jared.
—Jared es demasiado rápido para mi gusto. Si te descuidas, es capaz de estar del otro lado del país sin que te des cuenta —exagero un poco, intentando relajarme.
Qué madre más irresponsable soy. No puedo enojarme con él, mucho menos castigarlo. A veces, cuando tienes un hijo, sientes que te vuelves nada.
—Evelyn, ¿quién era ese señor con quien lo encontraste?
—No pude fijarme mucho en su rostro. Desde que lo vi con Jared, lo cargué y lo abracé contra mí. Estaba agachado a su altura. Solo sé que llevaba un traje elegante. Y que…
El estruendo de unas copas al caer nos hace saltar en el asiento. Evelyn jadea, asustada, y se lleva una mano al pecho. Cierro los ojos un segundo. Intento decirle algo, pero ella niega con la cabeza y levanta la mano.
Abrazo más fuerte a Jared, que se va quedando dormido de a poco. El mesero que dejó caer los copas se disculpa y de inmediato viene a retirarlos junto a alguien del equipo de limpieza. Evelyn abre los ojos y le da un trago a su vaso de agua.
—¿Estás bien? —indago, preocupada. Sé que los ruidos fuertes le afectan.
—Sí, ya pasó. No hablemos de eso.
Le paso la mano por el brazo. Jared no se duerme del todo, así que, todavía adormilado, le doy su almuerzo. Hoy pude comer con los dos. Muchas veces no tengo tiempo, más cuando el arquitecto está presente. Y más en estos últimos meses, que han sido de arduo trabajo. La firma ha adquirido prestigio y la lista de clientes no hace más que crecer, igual que las obligaciones. También el sueldo. Por lo menos no me quejo. Lo único fastidioso ha sido trabajar con ese hombre.
Durante estos dos días, que he sentido como dos siglos, he podido mantener mis muros intactos.
Cuando me habla, contesto sin dudar. Cuando me mira, no bajo la vista. Y cuando intenta acercarse, doy un paso atrás y sigo con lo mío. No me quiero frente a él.
El desesperado es otro. Cree que no lo noto, su forma de buscar mi mirada en las reuniones, cómo aprieta los puños cuando me ve hablando con otros, que me llama por cualquier cosa sin sentido solo para alejarme de los hombres.
Que se vuelva loco y pierda el control él solo. Mi paz no es negociable. Qué hombre tan extraño. Me dice que me aleje y olvide lo que pasó. Cumplo al pie de la letra y el obsesionado con aquella tarde es él.
—Maisa, ¿cómo te ha ido con ese asunto del padre de…?
—Él no es su padre —la detengo antes de que termine la oración.
Ella levanta las manos, apenada.
—Disculpa. Aunque sigue siendo su sangre, aunque tú no quieras.
Me encojo de hombros mientras mastico un tomate cherry.
—La única sangre de Jared soy yo. Aparte de mí y de ti, ¿necesita a alguien más? No.
—Amiga, te hablo en serio cuando te digo que no puedes ocultar esto toda la vida. Entre más intentes que algo se mantenga en la oscuridad, más rápido explota a la luz.
Miro hacia otro lado mientras me tomo el jugo de moras. Puede que Evelyn tenga razón o quizás no. Nadie tiene por qué saberlo. He sido cuidadosa y lo seguiré siendo. Si no han descubierto ciertos misterios de la humanidad, ¿por qué habrían de descubrir que este precioso niño es mi hijo? Mi vida es privada y nadie anda metiendo las narices en ella. En realidad, hasta ahora. Sabrá Dios ese maldito de Cillian ya me ha investigado hasta el color de las pantaletas.
—No va a suceder. Nadie se va a enterar de que es mi hijo.
—¿Por qué tanta insistencia en que no se lo digas? —pregunta intrigada.
—¿Por qué tanta insistencia en que se lo diga? —le devuelvo.
—No te puedes llevar por la primera impresión que tuviste, amiga. Él sigue siendo el padre del niño. Tiene derechos que tú no le puedes negar, aunque se haya comportado como un mal hombre. Una cosa es eso y otra muy diferente es lo de ser padre.
—No lo voy a exponer al rechazo de ese sujeto.
—Pero Maisa…
—Lo que me hizo a ti también se lo puede hacer a él. No tiene cara de que quiera padre. Yno pierdo nada callándome.
—No pierdes nada diciéndole la verdad. Las dos respuestas ya están en la balanza: el sí o el no. No vas a perder nada intentándolo.
—Las cosas pueden acabar mal —digo con un dolor en el pecho.
Odio esa sensación de vulnerabilidad.
—Deja el miedo. Si estuvieras embarazada podría comprenderlo, para que no te mandara abortar, pero Jared ya está aquí. Es grande. ¿Qué harás el día que hable y te pregunte por su padre?
—¿Y es obligatorio crecer con padre? —le enfrento con la mirada—. Estamos en pleno siglo XXI. Eso ya no es necesario. Yo puedo criar a mi hijo sola y sacarlo adelante. Él no se merece enterarse de que tiene a Jared por hijo. Ya te dije: mi hijo queda lejos de las garras de ese hombre.
—Tienes una mala impresión de ese hombre por lo que te hizo y también por su familia. Pero mira a tu jefe. Es un amor con su hija.
—Sí, pero mi jefe y él son muy diferentes. El arquitecto siempre se ha visto como un hombre honorable, decente, dulce, que respeta a todo el mundo. En cambio él es todo lo contrario.
—Amiga, piénsalo. Estás a tiempo.
—Evelyn, no tengo nada que pensar. Agradezco la preocupación. Sé que nos quieres a los dos, pero por favor no insistas con el tema. Es mi límite.
—Después no vengas diciendo que no te lo advertí.
—No lo voy a decir. Despreocúpate.
Acomodo el cabello hacia un lado y seguimos el almuerzo.
En un momento me levanto para ir al baño con Jared, que no llegó a dormirse del todo. Le lavo las manitas y la carita; de seguro ya dormirá en casa. Evelyn ya terminó su jornada. Agradezco que en la secundaria donde trabaja como maestra de química haya una guardería donde los niños pueden estar. Antes nos ayudaba su sobrina a cuidarlo, pero por los estudios se le ha dificultado.
El sabor amargo de la conversación con Evelyn sigue dando vueltas en mi mente. Me niego a enfrentarme a Cillian con una situación como esta. No puedo. Soy una gran cobarde, sí. Pero él no merece a mi hijo. Él dijo que olvidara lo que pasó entre nosotros. Entonces Jared viene incluido en el paquete. Esos derechos los perdió desde que me ofreció dinero.
Salgo del baño moviendo las manitas de mi pequeño cuando me topo con quien menos esperaba ver. Me detengo en seco. Acomodo mejor a Jared. Una electricidad me recorre el cuerpo, pero no huyo, no retrocedo ni tiemblo.
Es Natalie.
—Maisa.
—Hola, Natalie.
—Pensé que no estabas en la ciudad o que te habías muerto —elevo una ceja con desdén.
Suelto una pequeña risa.
—No, estoy viva. Más feliz que nunca.
La repaso de arriba abajo. Curvo un poco los labios. Su ropa ya no es precisamente la de diseñador que Déborah se esforzaba en comprarle, hasta buscando préstamos o, en su defecto, quitándole el dinero a la antigua y estúpida Maisa. Ahora se ve de segunda mano y mal lavada; se notan las pelusas y la falta de cloro.
—Estás muy subidita. Deberías bajarle a los humos. Sigo siendo tú hermana —deja caer con esa altanería maliciosa—. ¿Porque ahora te vistes fina y hueles diferente ya eres más que yo?
—Sí —respondo con una sonrisa petulante—. Y agradece que estoy perdiendo mi valioso tiempo en saludarte, cuando ni eso mereces. ¿Se te ofrece algo en particular, Natalie? Porque solo fuiste tú que cruzaste en mi camino.
Su mirada se posa en Jared y frunce el ceño.
—¿Ese niño es tu hijo?
—No te importa —farfullo con arrogancia—. Si me lo permites, tengo mejores cosas que hacer. Mándale saludos a Déborah. Al parecer mi profecía se cumplió y está nadando en la miseria. Con permiso.
Quizá debería sentir lástima. Se ve que la está pasando mal: las ojeras y el cabello rojo grasoso, no solo delatan la ropa. Pero no. ¿Por qué habría de sentir lástima por alguien que nunca la tuvo conmigo? Más que su hermana, parecía que yo fuera su enemiga. Espero que sea la última vez que me la tropiece.
No volvimos a tocar el tema. Evelyn se llevó a Jared. Yo volví a la firma todavía con la espalda recta.
Llego a la firma. En cuanto salgo del ascensor me encuentro a Cillian cruzado de brazos, esperándome en mi puesto. Antes de acercarme, ruedo los hombros. Este hombre no se cansa o no tiene vergüenza. Me pregunto cuál de las dos.
—¿Qué se le ofrece, señor Leclerc? En unos minutos le entrego el informe.
—No es eso. Ven conmigo —ordena.
—¿A dónde? Tengo trabajo que hacer.
—No preguntes tanto y camina.
—No. Si no me dice a dónde vamos, no me muevo. Usted es quien me necesita a mí, no al contrario. Así que hable o me quedo donde estoy.
Se le aprieta la mandíbula. Las venas del cuello se le marcan y se pasa una mano por el cabello. Al parecer no soporta que lo desafíen.
—Le estoy esperando —insisto. Me pongo una camino en la cintura.
—Un cliente exigió tu presencia.
Parpadeo, confusa.
—¿Cómo que mi presencia? ¿No se supone que lo dejaron a usted a cargo y que cualquier cosa la atendería Juliana?
—No lo sé. No preguntes tanto.
—Tengo que preguntar. Tengo derecho. ¿Le dijo el nombre?
—El nombre no es importante.
Dios mío, llévate a este hombre. Espero que el arquitecto no tarde tanto en volver.
—Maisa, vamos. Ese señor nos está esperando.
—Voy enseguida.
—Te dije que vamos.
—Voy enseguida —repito, esta vez más alto.
Veo que tiene la intención de acercarse, pero retrocede, cierra las manos en puños y sale de mi espacio a zancadas furiosas.
¿Y este quién se cree? Ridículo.
Y ahora, más importante que la reacción de ese cavernícola, ¿por qué querría verme un cliente? ¿Será alguien que conozco? Conozco a tan pocas personas cercanas que las puedo contar con los dedos y todavía sobran.
A propósito me tomo mi tiempo. Agarro la tableta y me dirijo a la oficina del arquitecto.
Al entrar me topo con los ojos ámbar de Cillian, que me miran con una intensidad que por un instante me cierra las vías respiratorias. Me mira como si fuéramos enemigos de toda la vida. De espaldas a él está sentado un hombre de cabellera rubia.
—Maisa, tome asiento —ordena Cillian con ese tonito molesto.
Disimulo el fuego que me lanzan sus ojos, como he venido haciendo desde que volví a verlo, e ignoro la sensación que me recorre la columna ante su presencia.
El sujeto desconocido se levanta y se da la vuelta. Aprieto la tableta contra el pecho. Esperaba encontrarme a uno de esos millonarios genéricos, fríos e indiferentes, que miran a los demás como si fueran cucarachas. Esperaba la mirada de un gigante corporativo. Sin embargo, en el instante en que esos ojos azules con ese destello extraño. Se cruzan con los míos. Algo se rompe en mi pecho. Se que no es atracción. Es tan confuso. Es como reconocer a alguien. A pesar de nunca haberlo visto.
El hombre, atractivo, esboza una sonrisa impecable. No entiendo por qué el corazón me da un vuelco, y menos cuando se acerca, se ajusta la solapa del traje y toma mi mano con cuidado. Una calidez me envuelve.
—Cole Remington. Encantado de por fin conocerla, señorita Maisa.
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