Prólogo:
Athena,Avancé por el pasillo de mármol sujetando el brazo de mi padre con firmeza, sintiendo cómo mis tacones marcaban un ritmo pausado y retumbante sobre la alfombra que habían colocado en el patio. Al fondo del jardín, Mason me esperaba al pie del altar. Tenía los ojos empañados y se limpiaba discretamente una lágrima al verme avanzar envuelta en el delicado encaje del vestido blanco, una imagen de ensueño que parecía sacada de un cuento perfecto.
En ese instante recordé con absoluta claridad el momento en que nos conocimos. Yo trabajaba como mesera en un pequeño restaurante cerca de donde él lo hacía. Cuando me acerqué para atender su mesa, él se encontraba compartiendo con unos amigos y, al verme, se quedó completamente mudo, fascinado. Sus amigos se burlaron despiadadamente de su reacción, y desde ese preciso día fue a verme todos los días. A veces comía algo, otras solo pedía un café para prolongar su estancia. Pasaron varios meses antes de que se atreviera a invitarme a salir de manera formal, y desde ese primer encuentro fuimos verdaderamente inseparables.
Casarme con Mason parecía ser nuestro inevitable destino. Nuestro vínculo era tan profundo y fuerte que podía saber con exactitud en qué pensaba con solo mirarlo a los ojos. También recordé la forma tan romántica en que me propuso matrimonio. Me invitó a escalar una montaña y, justo al llegar a la cima, la inmensa belleza del paisaje quedó totalmente eclipsada cuando Mason se arrodilló ante mí para pedirme que fuera su esposa.
—Todavía estás a tiempo de darte la vuelta y escapar —me susurró mi padre al oído, sin perder esa sonrisa diplomática mientras saludaba con la cabeza a los invitados presentes.
—Papá —le advertí divertida, aunque sentía los nervios a flor de piel.
—Los tacones lo pueden complicar un poco, pero puedes dejarlos tirados y correr descalza. He leído que es maravilloso conectar con la naturaleza —continuó hablando, ignorando por completo mi pequeña advertencia.
Sonreí de medio lado, ajustando mi agarre sobre la tela de su manga.
—Agradezco profundamente tu preocupación, pero esto es exactamente lo que quiero. —Miré fijamente al hombre que me esperaba ansioso frente al altar—. Mason es el gran amor de mi vida. Me trata increíblemente bien, es sumamente amable y protector, y además es un hombre maravilloso.
Papá suspiró profundamente y asintió con la cabeza, completamente resignado ante mi respuesta. Mamá había aceptado a Mason casi de inmediato, pero no la culpaba por ello; Mason poseía un magnetismo natural que hipnotizaba a casi todas las mujeres a su alrededor, aunque a papá nunca le había gustado en lo absoluto el hecho de que él fuera varios años mayor que yo.
—Lo sé, mi tesoro, parece ser un buen hombre —murmuró con un tono sereno pero incisivo—, pero nadie de su edad se casa con una chica de tan solo veinticuatro años.
Sonreí de forma melancólica al escucharlo. Papá siempre fue exageradamente protector con sus hijas. Cuando entré a la universidad casi se pone a llorar de la pura angustia; incluso pasó todo el primer semestre llevándome en auto a la facultad y recogiéndome al finalizar las clases. Cuando le anuncié que me iba a mudar sola, se echó a llorar amargamente; entendía a la perfección que su pequeña estaba creciendo a pasos agigantados, pero le dolía en el alma sentir que ya no era indispensable en mi vida. Mamá era un poco más madura en ese sentido y únicamente me advirtió con firmeza que no saliera embarazada antes de terminar mi carrera. Su advertencia era siempre la misma, directa y categórica: nada de drogas, nada de embarazos indeseados, aléjate por completo de las malas juntas y, lo más importante de todo, mantén las mejores calificaciones de tu curso. Todo lo había cumplido al pie de la letra, y por esa razón estaba a nada de graduarme y convertirme oficialmente en licenciada en economía.
—Papá, falta poco para graduarme de la universidad y hace años que vivo de forma independiente. Estoy completamente lista para dar el siguiente paso.
—No dudo en absoluto de tus grandes capacidades, pero Mason tiene treinta y tantos años y cuenta con mucha más experiencia que tú en absolutamente todo. Preciosa, solo estoy profundamente preocupado por la posibilidad de que hayas tomado una decisión apresurada.
Sí, era verdad que teníamos apenas unos pocos meses de novios cuando tomamos la decisión de casarnos, pero en lo más profundo de mi corazón sentía con vehemencia que esto era lo correcto. Mason era mi verdadero complemento.
Iba a responderle con firmeza, a defender a capa y espada nuestra decisión y la evidente madurez de nuestra relación, pero los pasos se nos acabaron. Llegamos finalmente al altar.
—Te amo con toda mi alma, papá.
—Y yo a ti, mi dulce tesoro. —Mi padre me besó con infinita ternura en la mejilla y entregó mi mano temblorosa a Mason, quien la tomó con una calidez impecable antes de inclinarse con respeto hacia mi progenitor—. Te estoy confiando a uno de mis más grandes y valiosos tesoros, por favor, cuídala con tu propia vida.
—Le juro solemnemente que amo con locura a su hija y jamás le haría el más mínimo daño —replicó Mason con esa aplastante seguridad que tanto lo caracterizaba.
Mi padre asintió en silencio y se retiró pausadamente hacia su asiento, donde fue recibido cariñosamente por mi madre. Mason sujetó mi cara entre sus manos con delicadeza extrema y depositó un beso lento en cada una de mis mejillas.
—¿Por qué carajos te pusiste ese vestido? —me susurró Mason al oído, rozando mi mejilla helada con sus labios antes de bajar la mirada para inspeccionar con desprecio el escote y la caída de la tela.
—¿Te gustó la sorpresa? —pregunté, forzando una sonrisa amplia para ocultar mi desconcierto.
—No, para nada. Te dije claramente que ese vestido te hace ver horrorosa y gorda. Y ese maldito escote... ¿Acaso no entiendes de una buena vez que te vestiste para tu propia boda y no para ir a putear a un club nocturno?
Mi corazón dio un vuelco violento dentro de mi pecho, golpeando mis costillas con pura angustia. Las lágrimas quemantes se me acumularon en los ojos al instante y un nudo asfixiante e insoportable se atascó en mi garganta, impidiéndome respirar con normalidad.
»Por favor, ni se te ocurra ponerte a llorar ahora —continuó él en un siseo helado—, ya tu vestido es una absoluta porquería como para que también arruines el maquillaje frente a todos.
—¿Qué... qué te sucede? —mi voz salió miserablemente entrecortada, sofocada por la desesperación, mientras mi mente trataba frenéticamente de comprender la pesadilla que estaba sucediendo—. Sé perfectamente que preferías el otro modelo. Pero este fue el que me gustó a mí, el que me hizo sentir bonita. Creí, creí que te gustaría.
—Supongo que por ser hoy se te perdona la estupidez de creer mal. —Mason levantó la cara con arrogancia y escaneó detenidamente el patio, asegurándose de que ninguno de los invitados nos estuviera escuchando de cerca—. Pero métete esto bien en la cabeza: cualquier mujer sensata en tu lugar se hubiera puesto sumisamente el vestido que su prometido escogió para ella.
Mason me acarició la mejilla con una falsedad escalofriante, mientras me observaba fijamente con ojos helados.
—Yo no soy cualquier mujer —mi voz se quebró de dolor y mis manos temblaron de manera incontrolable. Sin embargo, era plenamente consciente de que todas las miradas de la fiesta estaban sobre nosotros. Aterrada y extremadamente nerviosa, sonreí ampliamente hacia el público mientras disimulaba acomodándole el cuello de su saco de novio—. Por esa razón te estás casando conmigo y no con alguien más.
La expresión tensa en el rostro de Mason se suavizó repentinamente, logrando confundirme y enredarme aún más con ese cambio tan drástico de actitud.
—No tienes ni la más remota idea de lo afortunada que eres al convertirte finalmente en mi esposa.
Le sostuve la mirada tensa durante un segundo agónico, sintiendo un punzante pellizco de angustia en el estómago que decidí ignorar torpemente mientras me acomodaba la caída del velo. La seguridad con la que había entrado a la ceremonia se había desvanecido en cuestión de segundos, dejándome una sensación aplastante y demoledora de pura ansiedad.
»Ahora que lo pienso con calma, deberías agradecerme de rodillas que te haga el inmenso favor de desposarte. —Mason apretó mi mano con una fuerza excesiva que me hizo daño, me condujo hacia la mesa del altar y me hizo tomar asiento en mi lugar.
La ceremonia transcurrió como una ráfaga difusa de lecturas breves, promesas ensayadas y miradas complicitarias hacia el público. Antes de que pudiera terminar de procesar en mi mente el terrible peso de sus hirientes palabras, el oficiante pronunció las frases finales del ritual:
—Con el poder que me otorga el Estado, los declaro oficialmente marido y mujer. Ya puede besar a su esposa.
Me volví despacio hacia mi esposo, mientras él estiró sus manos con parsimonia y me levantó el velo de encaje. Sus ojos oscuros me observaron fijamente y una leve sonrisa victoriosa reposaba en sus labios.
«Solo son nervios del momento, nada más. Después de que pase la boda, Mason seguirá siendo exactamente el mismo hombre cariñoso y atento del que me enamoré con locura», concluí desesperadamente en mi cabeza para tranquilizar el torbellino de mi pecho, antes de darle un casto y frío beso en los labios.
»Por tanto, lo que Dios ha unido con su bendición, que no lo separe jamás el hombre.
Todos los invitados rompieron de inmediato en estruendosos aplausos y gritos de auténtica felicidad. Miré a mi padre entre la multitud; su sonrisa era forzada y no llegaba a reflejarse en sus ojos preocupados. Mi madre, situada a su lado, mostraba un contraste abismal: estaba rebosando de una felicidad desbordante al ver que su pequeña hija finalmente se había casado.
Poco a poco, los presentes se fueron acercando en grupo a nosotros para felicitarnos calurosamente. Mason se colocó justo delante de mí, acaparando la atención, sonriendo ampliamente y estrechando las manos de los invitados con un protagonismo absoluto.
—Parece que la boda fue únicamente de él y que solo él se casó —murmuró mi hermanita menor, rodeándome con compasión en sus brazos.
Como bien lo había dicho antes: Mason encantaba con facilidad a casi todas las mujeres a su alrededor. Sin embargo, mi hermana era totalmente inmune a su magnetismo y esa era la razón principal por la que jamás se habían llevado bien. Aunque a diferencia de papá, quien siempre actuaba de forma sumamente política y educada, ella no se cortaba ni un solo segundo para expresar con total franqueza su profundo desagrado hacia mi ahora esposo.
—Está muy feliz, eso es todo —lo defendí torpemente, esbozando una sonrisa ensayada.
—Sí, está feliz, aunque la verdad no tengo idea de si es por casarse contigo o simplemente por el hecho de casarse. ¿Qué beneficio personal sacará de todo este circo? ¿Quién carajos invita a sus jefes a su propia boda? ¿Acaso se puede ser más lamebolas en esta vida?
—Basta ya —la detuve en seco, apretando los dientes con rabia contenida—. Es mi esposo, el futuro padre de tus sobrinos y el hombre con el que he deseado pasar el resto de mis días. Solo por el día de hoy, sé diplomática y mantén la fiesta en paz, por favor.
Chase suspiró profundamente con frustración, cerró los ojos un instante y sacudió su cuerpo para quitarse la tensión de encima.
—Bien, consideraré esa diplomacia como mi verdadero regalo de bodas para ti —declaró resuelta, evitando mirar en dirección a mi esposo.
—Y te juro que lo apreciaré durante toda mi vida.
—Yo lo odiaré con toda mi alma, pero supongo que vale la pena si eso te hace feliz. —Chase me rodeó con calidez entre sus brazos—. Muchas felicidades por tu boda. Te ves absolutamente increíble y hermosa con ese vestido.
—Muchas gracias —murmuré con un hilo de voz, reprimiendo desesperadamente las ganas incontenibles de ponerme a llorar allí mismo. Me sentía ridículamente incómoda dentro del vestido, hasta el punto de no desear otra cosa en el mundo más que correr a quitármelo de encima.
—Iré a estar un rato con papá, se quedó completamente inconsolable.
Asentí en silencio y la observé alejarse pausadamente de mí. Hacía ya varios años que me había mudado de la casa de mis padres para vivir por mi cuenta cerca de la facultad. De esa manera, todo el dinero y el tiempo que me ahorraba en transporte los invertía por completo en mis estudios universitarios. Había sido un plan sumamente inteligente, pero ahora me iría a vivir definitivamente a la casa de Mason, una propiedad que quedaba muchísimo más lejos de la universidad que la residencia de mis padres. Por suerte y gracia a mi esfuerzo, me faltaba muy poco tiempo para graduarme.
Mi querida suegra se acercó a nosotros, le dio un amoroso beso a su hijo en la mejilla y luego caminó directo hacia mí.
—Muchísimas felicidades, mi niña hermosa. Luces francamente espectacular. —Sujetó mis manos frías con afecto y, con los ojos empañados en lágrimas sinceras, agregó—: Por favor, cuida muchísimo de mi hijo. Ese asno terco no sabe en absoluto cuándo dejar de trabajar.
Sonreí con cierta diversión resignada. Era una verdad absoluta: Mason era un hombre desmedidamente trabajador y terriblemente cabeza dura.
—No se preocupe en lo absoluto, Mimi, yo me encargaré de cuidar muy bien de su hijo.
Mimi era una mujer verdaderamente admirable; había sacado adelante a su único hijo completamente sola luego de que su esposo falleciera trágicamente. Mason representaba toda la luz de sus ojos, pero ella jamás se dejaba cegar por el amor maternal; conocía a la perfección cada una de las virtudes y los oscuros defectos de su hijo.
—Mamá… ¿Qué le estás diciendo ahora a mi esposa? —interrumpió Mason, abrazando a su madre por los hombros y dándole un beso rápido en la frente.
—Solo le decía lo hermosa que se ve con este vestido —respondió Mimi, guiñándome un ojo con complicidad.
—El diseño que yo había elegido especialmente para ella le quedaba infinitamente mejor —soltó Mason sin ningún tipo de filtro, provocando que su madre le diera un manotazo juguetón en el pecho a modo de regaño.
—Es su día especial y tiene todo el derecho del mundo a ponerse lo que le venga en gana —me defendió mi suegra. Mimi frunció ligeramente el ceño, luciendo tan visiblemente confundida y descolocada como yo ante la extraña actitud de Mason—. Por cierto, ¿a dónde se irán finalmente de luna de miel?
Asentí en silencio, agradeciendo internamente el oportuno cambio de tema para aliviar la tensión del momento.
—No iremos a ningún lado por ahora. Yo debo trabajar y Athena tiene que ir a la universidad.
—Amor, te dije que tengo dos semanas completamente libres de la uni y del trabajo —le señalé con una sonrisa nerviosa.
—Y las usarás por completo para terminar de organizar la mudanza a mi casa. —Mason me sujetó con brusquedad por la cadera y me dio un beso frío y superficial en los labios—. Además, ahora que estamos casados, podemos y debemos empezar a pensar en cosas mucho más importantes.
—¿Cómo qué cosas? —pregunté de manera tonta y desorientada.
—En tener hijos. Sabes perfectamente que quiero formar una familia y tener muchos hijos cuanto antes. —Volteé de inmediato a ver a mi suegra en busca de apoyo, pero Mason me sujetó la cara con firmeza obligándome a mirarlo únicamente a él—. No, no la mires a ella. Este es un asunto sumamente privado que solo nos compete a nosotros dos.
—Iré por algo de tomar a la barra —comentó Mimi visiblemente avergonzada por la incómoda discusión, retirándose del lugar a pasos rápidos.
—Amor, es imposible que vaya a quedar embarazada hoy mismo. Primero quiero obtener mi título y, una vez graduada, pensar con calma en todo lo demás —le expliqué tratando de mantener la compostura y la calma.
—Me pediste esta maldita boda y te la di sin chistar. ¿Y ahora me sales con que debo esperar todo un maldito año para cumplir mi sueño de ser padre? —Mason alzó considerablemente el tono de voz, pero enseguida la bajó de golpe al percatarse de los alrededores, pues odiaba profundamente hacer espectáculos en público. Su imagen social era algo sagrado para él y se aseguraba de cuidarla con minuciosidad.
—¿De verdad consideras que este es el mejor momento para sacar este tema a relucir? —le reclamé indignada, sintiendo cómo el enojo y la frustración comenzaban a apoderarse de mí.
—Estás perdiendo tu tiempo y el mío. No necesitas para nada ese estúpido título universitario; yo no tengo ninguno y mira todo lo que he logrado construir. Ahora eres mi esposa y no existe en el mundo un mejor título que ese. Deberías estar profundamente agradecida conmigo.
—Voy a seguir estudiando hasta graduarme, te guste o no, y si vas a tomar esa actitud tan despreciable precisamente el día de nuestra boda...
Antes de que pudiera terminar la frase, Mason tomó mi cara con fuerza entre sus manos y me besó de forma repentina. No hubo la más mínima pizca de pasión ni de deseo sincero en ese acto; fue simplemente una maniobra fría para silenciar violentamente mis palabras. Se separó de mí tras unos segundos y una sonrisa autosuficiente se posó de nuevo en sus labios. Algo en su actitud cambió por completo en un instante.
—Bien, esperaré pacientemente a que te des el gusto de graduarte de la maldita universidad. —Mason se enderezó con soberbia y miró fijamente a su alrededor—. Ahora disfrutemos de nuestra fiesta de bodas; pagué una enorme cantidad de dinero por todo esto y no voy a permitir que la gente empiece a murmurar o a hablar mal.
—Mason, de verdad que no entiendo qué demonios te sucede hoy...
—Me sucede que no te pusiste el maldito vestido que te ordené usar. Tengo que presentarte formalmente a mi jefe, pero me da vergüenza ajena la forma en que te ves, sobre todo por ese escote de puta que decidiste llevar puesto. —Señaló con discreción a una persona a la distancia—. ¿Ves a la mujer elegante que lo acompaña? Esa sí es una mujer con verdadera clase y distinción. No necesita mostrar piel de más para ser notada por los demás. Es delgada, refinada y posee rasgos delicados.
—Entonces te hubieras casado con ella y no conmigo —solté con el corazón completamente destrozado por la humillación.
—No, una mujer de esa clase requiere demasiado esfuerzo y recursos, y a mí me urgía formar mi propia familia rápidamente. —Mason me miró con frialdad—. Iré a saludar a mi jefe.
Me quedé completamente sola en ese rincón del jardín, observando en silencio cómo mi flamante esposo se perdía con arrogancia entre la multitud de invitados. ¿Qué era lo que realmente le estaba pasando? Sí, era plenamente consciente de que esta era la boda de mis sueños, pero en este instante se sentía como si estuviera atrapada dentro de una pesadilla asfixiante. ¿De dónde carajos había surgido el tema apresurado de los hijos? Sabía bien que él tenía deseos de ser padre en el futuro, pero ponernos a discutir eso en plena recepción de bodas rozaba lo absurdo. ¿Quién carajo hace algo semejante? No era que yo me negara a ser madre, sino que antes de embarcarme en la complicadísima tarea de cuidar a otro ser humano, prefería terminar mi carrera y disfrutar un poco más de mi juventud y mi vida. ¿Acaso desear eso me convertía en una persona egoísta?
—Hija de mi corazón... ¿te gustaría bailar una canción conmigo? —La voz dulce de mi papá resonó detrás de mí. Se colocó con delicadeza frente a mí y me examinó minuciosamente con la mirada—. Eres la primera novia que veo tan triste el día de su boda.
—Es solo que... sentí una repentina y enorme nostalgia por todo lo que dejo atrás —suspiré con pesadez, dejando caer los hombros con agotamiento emocional—. Pero tienes razón, es hora de celebrar.
—¡Así se habla, mi niña! —Papá me rodeó cálidamente con sus brazos y comenzó a dar vueltas muy lentas allí mismo, al ritmo de la música suave—. Escúchame muy bien: pase lo que pase y sin importar absolutamente nada, mi casa siempre, pero siempre, será tu casa. Tu habitación de toda la vida estará intacta esperándote. Tu cama siempre tendrá sábanas limpias y dispuestas para ti. Ojalá que nunca tengas la triste necesidad de regresar corriendo, pero si algún día deseas hacerlo, jamás dudes un solo segundo en volver a nuestro lado. Te prometo solemnemente que nadie te juzgará.
Sin poder evitarlo por más tiempo, las lágrimas contenidas comenzaron a rodar libremente por mis mejillas. Este Mason cruel y controlador no era, bajo ninguna circunstancia, el hombre maravilloso del que me había enamorado perdidamente. Intenté convencerse a mí misma de que tal vez solo estaba sumamente nervioso por la presencia de su jefe y por la impresión profesional que quería proyectar ante él.
Iba a esforzarme por disfrutar el resto de mi boda y ya me preocuparía después por la extraña actitud de Mason. Al fin y al cabo, no podía juzgar ni medir la totalidad de nuestra historia de amor por un hecho desafortunado e aislado... ¿Verdad?
════∘◦✧◦∘════Qué hombre tan despreciable. Por desgracia, realmente hay hombres que cambian al casarse.Bonitas, sean bienvenidas a esa maravillosa historia.