Episodio 1: Ceguera
Athena, año después,Pasé las palmas de las manos sobre el vestido, alisándolo de manera compulsiva para asegurarme de eliminar cualquier arruga imperceptible o rastro de migas, mientras lanzaba una mirada llena de angustia contenida al reloj sobre la nevera. Hoy era un día crucial en nuestras vidas: no solo celebrábamos nuestro primer aniversario como esposo, sino que Mason regresaba por fin de su viaje de negocios y yo me ahogaba de la emoción por darle la noticia de que me habían ascendido en el trabajo.
Sí, era cierto que llevaba un par de años entregándole mi vida a esa empresa, pero había comenzado en lo más bajo, sumergida entre el ruido como una cajera más. Ahora, contra todo pronóstico, me habían nombrado analista de riesgo y crédito. Todavía se trataba de un cargo modesto en la jerarquía, pero para una recién graduada con cero experiencia en mi campo profesional, significaba la mayor y más brillante oportunidad de mi carrera.
Saqué la lasaña humeante del horno, respirando el aroma a logro, y la coloqué con absoluto mimo en el centro de la mesa decorada. Tomé una botella de vino especial y serví dos copas, sintiendo un cosquilleo en el estómago. En cualquier instante Mason atravesaría esa puerta y daríamos inicio a la celebración que tanto había soñado.
Entonces, el chasquido del cerrojo resonó en la entrada. El corazón se me dio vuelta de alegría y salí corriendo a recibir a mi esposo con una sonrisa que me iluminaba el rostro de pura felicidad.
—¡Feliz aniversario! —exclamé radiante, lanzándome directamente a sus brazos.
Esperaba con el alma en un hilo que mi flamante esposo me estrechara contra su pecho, me levantara en el aire y me besara con la misma pasión que yo sentía, pero hoy no hubo nada de eso. En lugar de amor, solo recibí una mirada gélida, desprovista de todo afecto.
—Sí, sí. Un año entero juntos y todavía nada de hijos —me reprochó Mason, escupiendo las palabras con una crueldad desgarradora que me atravesó el pecho.
Me había tomado diez agotadores meses culminar mis estudios y graduarme, pero Mason ni siquiera se presentó en mi acto de grado. Cuando mi familia me preguntó extrañada por su ausencia, me tragué el orgullo y mentí descaradamente diciendo que le había surgido un viaje de trabajo de extrema urgencia. Sin embargo, desde aquel día y sin darme tregua —al menos, durante los días que él no estaba de viaje—, manteníamos relaciones íntimas con un único y frío propósito: embarazarme a toda costa.
Jamás esperé que el matrimonio fuera un camino fácil ni un cuento de hadas sencillo, pero en el efímero tiempo que llevábamos casados, Mason había logrado transformar el sexo en una obligación aplastante, destruyendo cualquier atisbo de una experiencia placentera. Su obsesión enfermiza y la manera tan destructiva de aferrarse a esa idea de tener hijos estaba carcomiendo las bases de nuestro matrimonio, y lo peor era que él no parecía notarlo en lo absoluto. Sin embargo, tras todos estos desgastantes meses de arduo e infructuoso trabajo por quedar embarazada, mis entrañas no habían dado frutos... y una parte oscura y culpable dentro de mí se sentía profundamente aliviada.
No estaba segura de si se trataba de un mecanismo de autosabotaje o de que toda esta asfixiante situación estaba alcanzando un punto de no retorno. Lo más doloroso de todo era que me negaba rotundamente a darle la razón a mi papá, quien me había advertido con amargura que me estaba precipitando al casarme tan joven con Mason. Me aferraba desesperadamente al éxito de mi matrimonio con la misma intensidad desmedida con la que Mason se aferraba a la idea de ser padre.
Los seres humanos podíamos llegar a ser desgarradoramente estúpidos.
—Mason, por favor... —La sonrisa se esfumó de mis labios al instante y un nudo opresivo me cerró la garganta, amenazando con hacerme llorar—. ¿Puedes olvidar eso solo por unos minutos e ir a cenar conmigo?
Mason sacudió la cabeza con una frustración contenida que rozaba el desprecio.
—Lo siento, estoy completamente agotado, me muero de hambre y para colmo, dos compañeros más del trabajo anunciaron que sus esposas están embarazadas. —Me rodeó con sus brazos en un abrazo mecánico, frío—. Siento que nos estamos quedando atrás en esta vida.
Nunca iba a entender esa necesidad enfermiza y apremiante que tenía por convertirse en padre tan pronto como fuera humanamente posible. Una corazonada me decía que me estaba ocultando algo grave, y esa falta de confianza me frustraba hasta las lágrimas.
—Mason, tener hijos no es una competencia para demostrarle nada a nadie, es una responsabilidad para toda la vida. —Ignoré el nudo en mi estómago y tomé su rostro entre mis manos para obligarlo a mirarme—. Dios es testigo de que hemos intentado con todas nuestras fuerzas quedar embarazados. Debemos ser pacientes y...
—Lo sé, lo siento, de verdad no quiero estresarte más con este tema. —Mason me tomó repentinamente entre sus brazos y me alzó del suelo con una brusquedad que me cortó el aliento—. ¿Acaso usted es parte de la cena?
—Soy el postre, pero cenemos primero —murmuré intentando salvar la noche. Mi esposo me dejó suavemente sobre el suelo, tomó mi mano con firmeza y me guio hacia el comedor.
Sabía que todo esto era un intento desesperado de mi parte por encender la llama de la pasión en mi matrimonio.
—¡Feliz aniversario! —repetí, bañando mi voz con la mayor dulzura posible para espantar la tensión del ambiente.
Mason soltó mi mano abruptamente y se acercó a la mesa a pasos lentos, escaneando con una frialdad calculadora cada detalle que yo había preparado con tanto amor.
—Todo se ve delicioso. Gracias, mi reina. —Me sujetó con fuerza por la cadera y me estampó un beso suave pero distante sobre los labios.
—Vamos a comer, por favor. Quiero darte una noticia maravillosa.
Al escucharme, el rostro de Mason se iluminó por completo de una forma casi maniática. Tomó mi mano de un tironazo y me llevó prácticamente corriendo a la mesa; me ayudó a sentarme con un apuro desmedido y se acomodó de golpe en su lugar.
—Bien, ya estamos aquí. Quiero... no, necesito con el alma que me lo cuentes ya mismo —declaró desbordado de emoción. Al notar su estado de euforia, sonreí con una complicidad nerviosa.
Busqué sus manos temblorosas sobre el mantel y las sostuve con firmeza.
—Escucha, llevo muchísimo tiempo esperando por este momento y por fin... ¡por fin sucedió! —Hice una pequeña pausa dramática para crear un ligero suspenso, deleitándome un segundo en la sonrisa radiante que adornaba la cara de Mason—. ¡Me ascendieron en el trabajo! Ya no soy una simple cajera más, ahora soy analista de riesgo y crédito.
En un microsegundo, la sonrisa se borró drásticamente de los labios de Mason, siendo reemplazada por un rictus de rabia.
—¿Esa... esa era tu importante noticia? —preguntó, apretando los dientes con una furia contenida que me erizó la piel.
—Sí... Es una gran noticia para la familia, voy a ganar más dinero y... —Mis palabras se estrellaron en mi garganta cuando Mason agarró la bandeja de la lasaña caliente y la estrelló con rabia salvaje contra la pared.
—¿Es que has perdido la maldita cabeza? —gritó fuera de sí, levantándose de su asiento con una violencia tan devastadora que la silla salió volando y cayó estrepitosamente al suelo—. ¿De verdad crees que te hice mi esposa para que te pases el día entero fuera de casa jugando a la mujer empoderada, mientras descuidas por completo tus verdaderos deberes en este hogar?
Sin darme tiempo a reaccionar, Mason tomó la botella de vino y la destrozó contra el piso, haciendo que el cristal y el líquido rojo saltaran por todas partes.
»No, Athena, ¡tu maldito trabajo está aquí mismo en la casa! Todo debe estar impecable y la comida debe estar servida para cuando yo llegue cansado de trabajar. —Sujetó la mesa de madera con ambas manos y la derribó con furia, lanzando los platos de porcelana, los cubiertos y las copas de cristal, estrellándolos implacablemente contra el suelo—. Y lo más importante de todo: tu deber es quedar embarazada de una vez por todas.
—¡Eso no es algo que yo pueda decidir o controlar a voluntad! —declaré con la voz quebrada, mientras lágrimas de pura impotencia y dolor brotaban a mares de mis ojos. Este arrebato de histeria desmedida era algo completamente nuevo y aterrador para mí. Mis manos temblaban de forma incontrolable y mi corazón latía desbocado, atrapado en las garras del terror más profundo.
Mason se acercó a mí con pasos pesados, extendió su mano y pasó sus dedos bruscamente por mi mejilla, mojándolos con las lágrimas que me empapaban el rostro.
—Te traje a vivir a mi casa. Te di mi apellido y te hice mi esposa... ahora cumple tu maldita parte y dame hijos...
—No puedo —solté con una osadía desesperada, aunque mi voz no fue más que un hilo desgarrado.
—¿Qué mierda dijiste? —rugió, dando un paso amenazante.
Me armé con los últimos jirones de valor que me quedaban y lo miré fijamente a los ojos, sin bajar la cabeza.
—Dije que no. —Aparté su mano de mi cara con firmeza—. No puedo darte un hijo mientras mantengas esa actitud destructiva. ¿Acaso piensas que mi cuerpo está haciendo una conspiración en tu contra? Yo no me casé contigo para ser una mujer infeliz. Soy una gran mujer, una profesional capacitada y no tengo por qué tolerar este tipo de...
—Claro, como ahora tienes un maldito título universitario te crees mucho mejor que yo —me cortó bruscamente, con la mirada inyectada en odio puro.
—Yo jamás he dicho eso... —mi voz salió pequeña y temblorosa ante su mirada.
—Eres una perra desagradecida. —Mason me sujetó salvajemente del cabello y me tiró hacia abajo, obligándome a ponerme de rodillas justo donde la comida y la pasta estaban desparramadas por el suelo—. Por comer y engordar de esa forma asquerosa es que no puedes darme un hijo.
Tragué saliva con dificultad, sintiendo que me ahogaba en mi propia saliva al recordar que los resultados de los exámenes médicos que nos habíamos realizado aún no estaban listos. Agradecí mentalmente que fuera así, porque si esos papeles llegaban a confirmar que la del problema biológico era yo, no tenía la menor idea de cómo demonios iba a reaccionar la monstruosidad de Mason.
»Limpia de inmediato este desastre. Date un baño porque hueles asqueroso y vete directamente a la cama; ni se te ocurra esperarme despierta.
Me empujó a un lado con desprecio y me dejó tirada en el suelo, rodeada por la cena destrozada. Me quedé allí colapsada, sobre las losas frías, dejando que las lágrimas fluyeran libremente de mis ojos empapando mi rostro. Creí como una tonta ingenua que este sería un aniversario maravilloso y especial por ser el primero de nuestras vidas, pero se había transformado en una pesadilla horrible.
No tenía la más mínima idea de qué hacer para reparar esta brecha destructiva. Mason exigía un hijo con locura y yo me había desgastado intentando dárselo, pero no podía forzar a la naturaleza. Sí, yo también soñaba con la idea de tener hijos en el futuro, pero definitivamente no en este aterrador momento de mi vida. Tal vez mis propios miedos e incertidumbres eran lo que inconscientemente había evitado que pudiéramos quedar embarazados.
Este hombre violento que acababa de destrozar mi comedor era un completo desconocido para mí. El esposo con el que me casé era un hombre dulce, atento, un verdadero caballero que jamás me había tratado mal ni me había alzado la voz de esa manera. Bueno... casi nunca me había tratado de forma tan vil. La última vez que actuó de una manera similar fue durante el estrés de nuestra boda, pero al día siguiente se arrastró pidiéndome perdón por su actitud y me llevó una semana entera de viaje a la playa para compensarlo.
Esa vez lo perdoné de corazón porque me convencí de que había sido un hecho aislado por los nervios, pero lo que acababa de ocurrir esta noche estaba en otro nivel de agresión completamente inaceptable. No estaba para nada segura de si este matrimonio aún era salvable. Mason había cruzado una línea de no retorno. Quizás toda esta obsesión con el embarazo lo estaba desquiciando más de lo que yo me atrevía a admitir.
Haciendo un esfuerzo sobrehumano, me levanté dolorida del suelo y comencé a limpiar los destrozos. Pensé que lo mejor sería darle un tiempo a solas para que se calmara en la calle, recapacitara y entendiera por sí solo que había actuado de forma aberrante, y que una agresión como esta jamás volvería a repetirse.
En medio del llanto silencioso, tomé mi celular con las manos temblorosas y le escribí al médico especialista que estaba llevando nuestro caso.
“Buenas noches, doctor. Disculpe la hora. ¿Más o menos en cuánto tiempo estarán listos los resultados de nuestros estudios clínicos?” , envié el mensaje convencida de que jamás me respondería a esas horas de la noche. Con un poco de suerte, leería mi texto mañana temprano y me daría alguna respuesta concreta.
Para mi sorpresa, el teléfono vibró a los pocos segundos:
“Buenas noches, Athena. Su cita médica quedó programada para dentro de dos meses. Feliz noche.”Miré la fría pantalla e inhalé un suspiro lleno de pesadumbre. Dos largos meses a la deriva para obtener alguna respuesta. Terminé de recoger los pedazos de cristal, limpié el desastre del suelo y me senté a esperar en el sofá de la sala. Necesitaba encarar y hablar con Mason cara a cara; esto no podía volver a suceder jamás.
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El chasquido seco de la puerta principal me hizo abrir los ojos de golpe. Me había quedado profundamente dormida sobre el mueble de la sala. Me enderecé con dificultad, estirando mi dolorida espalda, y casi suelto un gemido de dolor cuando mis vértebras sonaron por la mala posición. Miré la hora en la pantalla de mi móvil: pasaban de las cuatro de la madrugada.
Mason entró tambaleándose a la casa, cargando un vistoso ramo de flores y apestando a alcohol y cerveza rancia. Al verme allí despierta, se acercó torpemente y se dejó caer de rodillas ante mí, abrazando mis piernas.
—Por favor, mi amor, perdóname... —Suplicó quebrándose por completo. Tomó mi rostro entre sus manos frías y me besó desesperadamente—. Mi papá murió antes de que yo pudiera siquiera tener un solo recuerdo de él... Toda mi vida sentí una envidia enferma de esos niños que tenían a sus padres presentes. Crecí con una madre ausente y no la culpo, ella trabajó hasta el cansancio para sacarme adelante, pero en el fondo le guardo un profundo rencor por no haberse buscado un buen esposo que me diera esa figura paterna que tanto anhelé. Por eso me juré a mí mismo que yo sería el mejor padre del mundo... pero el destino parece empeñado en quitarme esa oportunidad.
—Seremos padres, te lo juro —prometí, sintiendo cómo una profunda tristeza y compasión por la infancia rota de Mason me ablandaba el pecho—. Pero lo seremos a su debido tiempo, sin presiones enfermizas y sin apurar nada. Verás que muy pronto se cumplirá tu gran sueño.
—Te dije cosas horribles y atroces, mi amor... —Se inclinó deshecho en llanto y besó mis pies desnudos—. Sé perfectamente que soy el hombre más afortunado del mundo por tener a una mujer tan maravillosa como tú a mi lado. ¿Me perdonas, por favor?
Dudé durante unos desgarradores segundos en el silencio de la madrugada, pero al final era mi esposo, el hombre con el que había unido mi vida, y lo amaba con toda el alma.
—Sí, te perdono... pero esto no puede volver a...
—Te amo, te amo con toda mi vida —me cortó ansioso, levantándose del suelo de un brinco para tomarme fuertemente de la mano—. Vamos a la cama ahora mismo, hay un hijo que hacer.
════∘◦✧◦∘════Helloushi mis bonitas, ¿qué tal les va pareciendo la historia?