LNCrawler

Episodio 2: Máscara rota

Propiedad Del Italiano 18+ — booknet.com · All chapters

Episodio 2: Máscara rota

Athena, varias semanas después,

Terminé de revisar uno de los expedientes pendientes para la aprobación de crédito y estampé el sello de aprobado. Con el cuerpo cansado, dejé salir un largo suspiro al contemplar la inmensa torre de trabajo acumulado. Era una historia sin fin; los casos jamás dejaban de llegar.

Cerré los ojos unos segundos y masajeé mis sienes con fuerza, intentando sofocar el punzante dolor que me provocaba el recuerdo de la última discusión con Mason, ocurrida hace poco más de un mes. Sucedió justo después de nuestro aniversario: él regresó completamente ebrio, balbuceando disculpas vacías mientras pretendía exigir sexo de consolación, a lo que me negué rotundamente.

—Ya te pedí perdón, ¿qué más quieres? —escupió él, con la furia mezclándose violentamente con la borrachera, volviendo sus palabras torpes y arrastradas.

—Quiero una relación normal —respondí, sintiendo cómo se me desgarraba la garganta, aún con dolor le solté con honestidad—. Entiendo tu deseo de tener hijos, pero esa obsesión está destruyendo nuestro matrimonio.

—¿Eso es lo que crees? —cuestionó con desprecio levantándose de la cama.

—Es lo que es —afirmé, sintiendo mi corazón romper en mil pedazos—. Ya no reconozco a este hombre que me ofende, me presiona y me agobia a diario con el tema de la paternidad. Me enamoré de ti porque eras amable, caballeroso y empático. Ahora… creo que solo estabas fingiendo.

Mason retrocedió varios pasos, mirándome con frialdad.

—Entiendo. No volveré a molestarte con mis sueños.

Salió dando un portazo y, dos días después, me enteré de que se había marchado en un viaje de negocios. Fue la primera vez en toda nuestra relación que realmente bendije el hecho de que fuera corredor de seguros corporativos.

Me estiré en la silla intentando sacudirme la angustia y tomé la siguiente carpeta. Apenas iba a comenzar la lectura del expediente cuando unos toques en la ventana de cristal me detuvieron. Levanté la mirada y encontré a Alexa, mi jefa, apoyada en el marco de la puerta.

—Nos vas a llevar a la quiebra si sigues haciendo tantas horas extras —comentó entre risas.

Forcé una sonrisa para ocultar la amarga razón por la cual me quedaba hasta tarde: prefería agotar mi mente con números antes que regresar a una casa vacía a sobrepensar en mi miserable vida.

—No te preocupes, no pediré dinero; me conformo con acciones de la empresa.

—Chica lista —me guiñó un ojo—. Saldremos a comer algo y luego por unos tragos. ¿Vienes?

Que tu jefa te invitara a salir siempre resultaba un buen augurio. Por lo general, no rechazaba este tipo de planes, pero tras años de trabajar juntas sabía perfectamente que no se ofendería si declinaba la propuesta.

—Terminaré este caso y me iré a casa —mentí con una falsa calma, pues no tenía la menor intención de que aquel fuera el último expediente de la noche.

—¡Es viernes! Mañana no se trabaja. Salgamos a beber un poco —insistió Alexa, derramando ese carisma tan natural que la caracterizaba.

Negué con la cabeza. Estaba a años luz de tener ánimos de fiesta y muchísimo menos de beber, sabiendo que, si me tomaba un solo trago, no pararía hasta perder el conocimiento para borrar mis penas.

—Por eso mismo debo quedarme. Estoy bastante atrasada y quiero pisar el acelerador con estos expedientes.

—No sé si odiarte o admirarte —dijo cruzándose de brazos mientras entrecerraba los ojos para evaluar mi rostro demacrado—. ¿Segura que estás bien?

—Sí —maldije hacia mis adentros al notar cómo tembló mi voz, delatando mi inseguridad.

Alexa suspiró, entró a la oficina, dejó sus cosas en una de las sillas y se acomodó frente a mi escritorio.

—Bien, pediré algo de comer y, por supuesto, de beber. —Sacó su teléfono y comenzó a teclear a toda velocidad.

Ese era el gran dilema de compartir años en el mismo entorno laboral: pasábamos tanto tiempo juntas que al final terminábamos conociendo hasta nuestros pensamientos más oscuros. Pensé que tal vez desahogarme con alguien ajeno a mi familia sería la única forma de liberar el veneno que me carcomía la cabeza. Alexa había sido la persona que me entrevistó años atrás cuando postulé para ser cajera. En aquel entonces, yo necesitaba dinero desesperadamente para pagar mis estudios y ganar experiencia, este trabajo me ofrecía ambas cosas. Ella me miró fijo a los ojos y preguntó:

—¿Cómo te ves en cinco años?

—Me veo ocupando la gerencia de análisis.

Ella solo había sonreído con orgullo y, desde ese día, no dejamos de hacer equipo. Aunque nunca la consideré una amiga íntima, sino una colega brillante y leal, esta noche necesitaba con desesperación una amiga antes que a una compañera de trabajo.

—Listo, la comida y las bebidas vienen en camino.

—Gracias —murmuré, pero la voz me salió ahogada, desgarrada por un nudo en la garganta que me impedía respirar. Me mordí el labio inferior y negué repetidamente, reprimiendo las voraces ganas de romper en llanto—. Odio fracasar…

—No estás obligada a decirme nada —expresó Alexa atrapando mis manos entre las suyas con calidez. Su nivel de empatía era admirable, de hecho, era su rasgo más distintivo—, pero si necesitas desahogarte, soy toda oídos y te prometo que jamás te voy a juzgar.

Asentí despacio y dejé caer la carpeta sobre el resto del papeleo.

—Me casé profundamente enamorada de mi esposo… —Un nudo sofocante apretó con más fuerza mi garganta, quemándome por dentro—. Todavía amo a ese hombre, pero no a la persona fría y obsesiva en la que se convirtió, sino al de antes. Al hombre que era atento, el que se desvivía por mí y me trataba como a una reina.

Alexa no pudo ocultar la sombra de asombro en su rostro. Todos en esta empresa habían sido testigos del amor puro que Mason me profesaba antes de la boda. Mis compañeros vivieron de cerca cada detalle de nuestro noviazgo, los ramos de rosas gigantescos que llegaban a la oficina y el trato idílico que nos teníamos.

»Mason quiere que tengamos hijos… O mejor dicho, se obsesionó de forma enfermiza con la idea de ser padre.

—¿Y tú no quieres?

—Supongo que me hacía ilusión la idea de la maternidad, pero no consideraba que fuera el momento adecuado. Apenas me gradué y logré este ascenso. Ahora mismo estoy tan aturdida que no sé qué pensar ni qué hacer.

—¿Y qué es lo que sientes tú, en el fondo?

Me quedé completamente en silencio. Cada célula de mi cuerpo me gritaba con pánico que corriera en dirección opuesta a Mason, pero mi estúpido y lastimado corazón se aferraba con ingenuidad a la ilusión de que él volvería a cambiar y todo sería como antes.

—Quiero esconderme en lo más profundo de una cueva —confesé con una honestidad desoladora—. Sé que no puedo, porque asumí el compromiso de ser una mujer adulta. Deseo ser madre, pero ya no estoy segura de querer seguir casada con él.

—Lo siento tanto… Lamentablemente hay hombres que cambian drásticamente después del matrimonio. ¡Te lo digo por experiencia propia! —se señaló a sí misma con amargura—. Mira, tener hijos es una etapa maravillosa, pero al mismo tiempo resulta aterradora y agotadora. Es la experiencia más hermosa, pero te ata de por vida a un ser humano que puede terminar siendo un maldito miserable. Luego te toca presenciar cómo ese hombre adulto le rompe el corazón a tu propio hijo cada fin de semana cuando promete ir a buscarlo y lo deja plantado, o consolar al niño cuando a su estúpido padre se le olvida su cumpleaños y no es capaz de hacer ni una llamada. Y hacen todas esas canalladas solo para castigarte a ti por haber tenido el valor de divorciarte y buscar tu felicidad.

Me quedé helada en mi sitio. No tenía la menor idea de que ella hubiera vivido semejante infierno.

—Es un maldito hijo de puta —dije con la rabia ardiendo en mis venas.

—Sí que lo es —asintió Alexa apretando suavemente mis manos temblorosas—. Si sientes que algo anda mal en tu matrimonio, no lo ignores por miedo. Analízalo con lupa y, si concluyes que debes marcharte, hazlo sin dudar. Tienen apenas unos meses de casados y ya cambió por completo. No, creo que más bien se quitó la máscara y te está mostrando su verdadero y despiadado rostro.

—Eso es justo lo que me atormenta pensar: si desde la boda simplemente se quitó la careta. —Suspiré sintiendo una leve ola de alivio. No estaba loca; escuchar a otra mujer validar mi dolor me devolvía la cordura—. Lo que no logro comprender es el porqué de esa repentina obsesión con los hijos.

—Manipulación, control, dominación… Un seguro biológico para retenerte a su lado —enumeró Alexa con crudeza—. Nosotras llevamos a los hijos en nuestras entrañas, son parte de nuestro ser y verlos sufrir nos destroza. Ellos se valen de ese dolor para manipularnos. Yo pasé dos años sometida a estar casada con ese cretino porque me amenazaba con quitarme a mi pequeño y aseguraba que no lo vería nunca más. Hasta que me cansé del chantaje y le pedí el divorcio; le dije que, si quería quedárselo, que lo hiciera. Fueron los meses más horribles y agonizantes de mi vida, no me dejaba verlo ni de lejos.

La miré horrorizada, con el estómago encogido.

—¿Y qué hiciste para soportarlo?

—Nada. Un narcisista no tolera perder el control absoluto sobre ti. A los seis meses de indiferencia me devolvió a mi pequeño. Entonces cambió de estrategia y empezó a lastimar al niño, sabiendo que así destruía mi alma. Pero el idiota no contó con que los hijos crecen y desarrollan su propio criterio. Ahora me llama deseperado suplicando que interceda por él, pero mi hijo ya tiene dieciocho años y lo que menos le interesa es hacerse falsas ilusiones con un hombre que jamás estuvo a su altura. Él está enfocado en su universidad y yo no puedo estar más orgullosa.

Asentí en silencio, comprendiendo las marcas de la batalla que Alexa llevaba a cuestas y la valiosa paz que apenas comenzaba a cosechar. ¿Era ese el futuro aterrador que deseaba para mí? No, definitivamente no. Me di cuenta de que, en el fondo de mi alma, la decisión ya estaba tomada.

La comida llegó y Alexa salió a recogerla. Di por terminada la jornada laboral y la acompañé al comedor para comer y beber.

Existen lecciones que los padres intentan transmitirte para evitar que tropieces con las mismas piedras, queriendo protegerte de la crueldad del mundo, pero no es hasta que sufres el golpe en carne propia que logras comprender el verdadero peso de sus advertencias. Me las sabía de memoria, pero solo ahora cobraban un sentido desgarrador. Maldita sea, de verdad deseaba con todo mi ser que mi matrimonio funcionara; creí ingenuamente haber encontrado a un hombre maravilloso, pero me había equivocado de la forma más dolorosa.

════∘◦✧◦∘════

Los platos y las copas nos llevaron a prolongar la conversación durante horas. Jamás había considerado a Alexa más allá de lo profesional, pero para ella yo siempre fui una amiga, aunque fuera —la amiga rarita—.

Con la cantidad de alcohol que llevábamos encima, me pareció una irresponsabilidad enorme que cualquiera de las dos condujera, de modo que pedí un taxi. Primero fuimos a dejar a Alexa a su casa, ya que era la más afectada por la bebida.

—Llegamos, señoras —anunció el chofer con tono seco.

—¿Me puede esperar un segundo en la puerta, por favor?

—No voy a pausar el taxímetro —gruñó.

—Está bien.

Abrí la portezuela, bajé del auto y ayudé a Alexa a salir sosteniéndola con extremo cuidado para evitar que se golpeara la cabeza.

—Los hombres son una basura… Lo mejor es usarlos y desecharlos. Sin emociones de por medio no tienen cómo lastimarte —balbuceó arrastrando las palabras.

Caminé hacia la entrada para tocar el timbre, pero la puerta se abrió de golpe antes de que rozara el timbre.

—Hola —susurré, exhausta por el esfuerzo físico y emocional de sostenerla—. Supongo que eres el hijo.

—Supones bien —respondió el joven abriendo paso—. Gracias por traer a mi mamá sana y salva.

—No hay de qué. Debo irme, el taxi me está esperando, pero fue un gusto conocerte.

—Igualmente, adiós —se despidió él mientras reprendía con ternura a su madre e ingresaban a la propiedad.

Sonreí negando con la cabeza y regresé al interior del vehículo con mi amargado chofer. El hombre arrancó bruscamente y pegué la frente contra el cristal frío de la ventanilla, buscando calmar el ardor de mis pensamientos. Suspiré sintiendo el hielo del vidrio contra mi piel.

Necesitaba reconstruir mi vida y, sobre todo, retomar las riendas de mi destino.

Llegamos a mi residencia mucho antes de lo esperado. Le pagué al conductor y atravesé el umbral de la puerta solo para ser recibida por una soledad aplastante. Desde niña había soñado con el matrimonio y con la ilusión de construir un hogar cálido. Ahora, solo me quedaba contemplar las ruinas del pasado y sentir una profunda lástima por aquella joven ingenua que ignoraba que las personas pueden tomar tus sueños más sagrados y convertirlos en la peor de tus pesadillas.

Me di un baño con agua caliente tratando de quitarme la amargura y me acosté en la cama vacía. Mañana, fuera lo que fuera que tuviera que enfrentar, lo resolvería al despertar.

════∘◦✧◦∘════

Desperté muy temprano, maldiciendo el punzante dolor de cabeza que me martilleaba las sienes. Sin quitarme el pijama, bajé a la cocina a preparar un café cargado. Me tomé un par de analgésicos para aplacar la migraña y me acomodé en el sofá del salón con la taza humeante entre las manos.

La cabeza me daba vueltas sin piedad. Sabía perfectamente cuál era el camino a seguir, pero el conocimiento no lo hacía menos devastador ni menos doloroso. Aún amaba desesperadamente a mi esposo y mi terco corazón se aferraba con uñas y dientes a la vana esperanza de que esto fuera solo una tormenta pasajera que podíamos solucionar.

Me llevé las manos a la cabeza, presa de la desesperación. Tal vez podíamos recurrir a terapia de pareja, hablar abiertamente con un especialista. Maldita sea, me aterraba la devastadora idea de que fuera mi culpa que este matrimonio se estuviera yendo al abismo.

Tomé la taza y le di un largo sorbo al café amargo. La dejé sobre la mesa de centro, encendí el televisor y me quedé paralizada con el control remoto en la mano, buscando desesperadamente algo que distrajera mi mente de la agonía. Sin embargo, no existía nada en el mundo capaz de desplazar el sufrimiento que me embargaba. Apagué la pantalla y me quedé contemplando fijamente el techo.

Mis párpados comenzaban a pesarse lentamente, cediendo ante el dulce y sedante vaivén de la inconsciencia, cuando el repentino sonido del cerrojo me hizo espabilar de golpe. Erguí la cabeza en el preciso instante en que la puerta principal se abría de par en par y mi flamante esposo atravesaba el umbral.

Sin embargo, aunque su presencia debió impactarme, no fue verle a él lo que me dejó paralizada: lo que jamás esperé un sábado por la mañana fue verlo llegar tan temprano y, mucho menos, sosteniendo con delicadeza la mano de una mujer visiblemente embarazada.

════∘◦✧◦∘════

Llegamos a la parte crucial de la vida de Athena, independientemente de todo, nadie merece vivir una infidelidad.