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Episodio 3: Libertad

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Episodio 3: Libertad

Athena,

Siempre me había considerado con una inteligencia un poco más alta que el promedio. Igual me esforzaba mucho, me mantenía estudiando y leyendo libros hasta en vacaciones. Tampoco necesitaba ser un genio para saber qué demonios estaba pasando aquí… Pero, ¿qué demonios dices cuando tu esposo, obsesionado con tener hijos, se presenta en tu casa sujetando la mano de una mujer embarazada?

No podía hacer más nada que intercalar la mirada entre ellos, sintiendo cómo mi corazón se iba encogiendo poco a poco, consumido por un terror helado. Mi respiración se volvió irregular y mi corazón se aceleró al punto de dolerme en el pecho.

Ella era hermosa. Su cabello oscuro estaba suelto y caía sobre sus hombros, sus ojos eran claros creando un contraste abrumador. Sus rasgos eran finos y delicados, de esos que hechizaban a cualquiera. Mis ojos se detuvieron un poco más en su vientre, visiblemente hinchado, una prueba viva de mi desgracia. La elección del vestido no parecía casualidad; era una declaración de guerra.

Entonces entendí, con una claridad aplastante, que ella se había preparado para venir a mi casa. Lucir hermosa, triunfante y muy embarazada.

—No te quedes allí viéndonos con esa cara de estúpida —habló Mason, cortando el doloroso silencio con una frialdad que me atravesó el alma.

—¿Qué es todo esto? —cuestioné poniéndome de pie, con las piernas temblando de pura indignación.

—Es justo lo que crees que es. —Mason besó el dorso de la mano de la mujer, un gesto tan íntimo que me revolvió las entrañas—. Ella es Melanie, la mujer que amo y, como ves, la futura madre de mis hijos.

El dolor, la rabia y la impotencia más absoluta se mezclaron en mi interior, quemándome como ácido.

—¿Acaso eres idiota o se te olvida que eres un hombre casado?

—Sobre eso. —Mason soltó la mano de la mujer, caminó al recibidor, tomó una carpeta que estaba puesta de primera y me la entregó con desprecio—. Firma.

—¿Qué es esto? —Sabía perfectamente qué había dentro de esa carpeta, pero me negaba a creer que el hombre a quien le entregué mis años había organizado esta vileza desde hacía tiempo.

—Athena, no tengo tiempo para estas mierdas. Estoy listo para mi nueva vida y tú eres el último obstáculo. —Se sacó un lapicero del interior de su chaqueta y me lo dio con brusquedad—. Firma el maldito divorcio. Tranquila, no se necesita un abogado, llegaste a mí sin nada y sin nada te irás.

Me negaba con toda el alma a que ese par de buitres me viera llorar. No, jamás les iba a dar ese vil gusto.

—¿Desde cuándo me eres infiel? —mi voz salió entrecortada, rota por la traición, y me odié por ser tan débil en ese preciso instante.

—Conocí a Melanie hace seis meses en un viaje de trabajo. Ella trabaja en la compañía donde fui a negociar el seguro…

—Fue amor a primera vista —lo cortó ella con una sonrisa cínica.

—¿Quién pidió tu opinión? —pregunté apretando los dientes, sintiendo ganas de estrangularla—. No eres más que una cualquiera que se mete en un matrimonio ajeno.

—Lo siento, yo no sabía que Mason era casado —alejó ella y la honestidad en sus palabras me hizo sentir una punzada de pena por ella. ¿Acaso creía que Mason actuaría diferente con ella?—. Me enteré hace un mes cuando le dije de mi estado.

—No te disculpes. Ella tuvo la oportunidad de ser mi esposa y no la aprovechó como se debía.

La rabia hervía en mi interior de una forma insoportable, sobre todo por la voz y la cara de mosquita muerta que ponía la tipa esa, fingiendo inocencia.

—¿Ahora que sabes que es un hombre casado cambia algo? —la confronté con la frustración chispeando en mis venas y nublándome la vista.

—No, lamento mucho todo esto, pero debo verla por mi hijo. —Esa frase me demostró, sin lugar a dudas, que ella era exactamente del mismo pozo de mierda que Mason.

—Bebé, mejor vete al auto, cuando esto haya terminado, te busco —le ordenó Mason con una dulzura enfermiza, inclinándose y dándole un beso posesivo en el vientre de ella—. No quiero que te preocupes porque todas esas emociones las siente nuestro bebé.

Melanie asintió y, sin cuestionar nada, cumplió la orden de Mason como una tonta sumisa. ¿Así de manipulable era yo ante sus ojos?

Me llevé las manos temblorosas al cabello y lo até en una cola con desesperación.

—Esto debe ser una maldita pesadilla de la que necesito despertar. —Miré a Mason y le pregunté con el alma rota—. ¿Por qué? ¿Por qué hacerme esto?

—La verdad, no planeé que las cosas salieran así. —Mason cerró la puerta de la casa con más fuerza de la necesaria, haciendo vibrar las paredes—. Solo quería tener una mujer calentando mi cama mientras estaba fuera de casa. Ya sabes, una aventura más para pasar el rato, pero cuando Melanie me dijo que estaba embarazada, supe que la del problema eras tú.

Mason se fue acercando a mí de forma amenazante hasta que estuve a su alcance. Pasó su mirada por todo mi cuerpo con un gesto profundísimo de asco y me empujó con fuerza contra la pared:

»Me hiciste desperdiciar dos años de mi vida, pero no te daré un segundo más de mi valioso tiempo. Ahora firma ese maldito documento y lárgate de mi vida. No eres útil para nada y jamás lo serás.

Perdí el control y le solté una cachetada, luego otra y otra, descargando en cada golpe toda mi furia reprimida.

—¿Cuántas veces me fuiste infiel?

—No lo sé, perdí la cuenta. ¿Sabes lo asqueroso que era estar contigo? ¿Tener que cogerte? —respondió carente por completo de culpa, incluso parecía disfrutar al máximo restregarme todas sus infidelidades en la cara como si fueran un trofeo.

Antes de querer darle una respuesta, mi mano se estrelló por cuarta vez en su cara. Le pegaba con tanta fuerza que la palma me ardía y el eco resonaba en la sala.

—Eres una maldita basura…

Mason me sujetó por la muñeca con fuerza brutal, evitando que lo siguiera golpeando.

—Puedo ser mucho peor si no firmas el maldito divorcio de una vez. —Mason puso el bolígrafo en mi mano y abrió la carpeta violentamente—. Firma y lárgate de mi casa. No sirve de nada que supliques clemencia.

—¿Crees que no firmaré? —grité con los ojos llenos de lágrimas de rabia pura—. Lo firmaré, pero antes quiero respuestas a todo esto…

—¿Respuestas? —Mason soltó una carcajada cínica y cruel—. No eres nadie para exigir nada. ¿Acaso no entiendes nada de la vida? Aquí la del problema siempre fuiste tú y solo tú.

Fruncí el ceño con desprecio, sin entender absolutamente nada de su lógica retorcida.

—¿Yo soy el problema? Hasta donde veo, el que se presentó en la casa con una mujer embarazada fuiste tú, infeliz, no yo —le aclaré con un resentimiento que me quemaba la garganta.

—¿De qué te sirve ser una mujer estudiada y con un título si no eres capaz de entender lo más obvio? —Mason apretó mi mano, la que sostenía el bolígrafo, logrando hacerme daño intencionalmente—. Nunca íbamos a tener hijos, porque eres una estúpida infértil. Tu útero está maldito, tú estás maldita y de allí nada florecerá jamás.

Soltó mi mano con desdén y me sujetó del cabello, me arrastró por la sala sin importarle nada y me hizo sentarme a la fuerza en el sofá.

»Firma o la cosa se pondrá muy fea para ti.

Mis lágrimas comenzaron a caer de mis ojos sin control alguno, quemándome las mejillas. Tomé el documento, mi mano temblaba incontrolablemente de impotencia, pero firmé todas las hojas en las que se me indicaba y me puse de pie con lo poco que me quedaba de dignidad.

—No entiendo esa obsesión tuya por tener hijos, pero me queda claro que jamás me amaste de verdad. —Nuevamente mis lágrimas caían de mis ojos sin control, ahogándome.

Sentía un dolor tan inmenso en el pecho que mi cuerpo temblaba incontrolablemente. Nadie, absolutamente nadie, merecía pasar por una crueldad así.

—Ni en mil años entenderías las razones por las que quiero ser padre. —Mason tomó el documento de divorcio, lo revisó cuidadosamente y me entregó un juego de hojas con desprecio—. ¿De qué te sirve tanto estudiar o tener ese estúpido título de licenciada si nunca en tu vida podrás ser una mujer completa?

Negué con la cabeza con profunda repulsión. El dolor me estaba ahogando, pero era lo suficientemente inteligente para comprender que esos dos años no eran tiempo perdido, sino un curso avanzado y doloroso de la vida.

—Piensa lo que te dé la gana, no creo que un bruto como tú entienda jamás a una mujer estudiada… —Su mano se estrelló en mi cara con tanta fuerza que me envió directamente al suelo.

Mason se agachó con velocidad y me volvió a sujetar del cabello con violencia.

—No voy a dejar que una perra desagradecida como tú me hable de esa forma solo por haber pisado la universidad —habló apretando los dientes con furia ciega. Sus ojos estaban inyectados de puro odio, como si yo fuera su peor enemiga o algo peor—. Tuve que haber acabado con tu vida de una vez y no solo divorciarme. No sirves para nada y todo el que se le ocurra estar contigo se hundirá como si fuera lanzado al mar con un yunque atado al cuello.

En un acto de absoluta osadía y valentía, reuní saliva y le escupí la cara con todo el desprecio que sentía.

—Agradezco los insultos, el hacerme sentir inferior y el torturarme teniendo un sexo mediocre y frío a tu lado. —Estiré mi pierna con decisión y logré golpearlo justo en las bolas con todas mis fuerzas.

Mason cayó al suelo con un grito ahogado y patético, mientras se sujetaba los testículos con ambas manos gimiendo de dolor. Con la rabia estallando en mi interior como una bomba, tomé lo primero que encontré que fuera sólido —el perchero de metal— y lo golpeé en la espalda sin piedad.

»Pero, lo que más agradezco es que ya no te voy a tener en mi vida. Ya no soportaré más tu miseria. Soy una mujer libre. —Le di un par de golpes más con el perchero y lo tiré lejos de Mason con desdén—. Mi cuerpo fue más inteligente que yo, al negarse a darle un hijo a una maldita escoria como tú.

—Perra malagradecida, te di casa, comida… —gritó desde el suelo.

—No me diste absolutamente nada. No compraste una casa, me trajiste a la tuya para poder echarme en cara todos los días que era tuya y no mía. ¿Comida? ¿Cuándo te pedí dinero para hacer el mercado? Idiota, siempre lo compré con mi propio dinero. Lo único que me diste en estos años fueron infidelidades y pura miseria.

Subí a mi cuarto con pasos firmes y tomé lo único que realmente me importaba sacar de ese maldito lugar: mi título de Licenciada en Economía. Nunca lo enmarqué porque no quería hacer sentir menos a Mason con mis logros, y ahora era capaz de ver la tremenda tonta que fui.

Abrí mi maleta: guardé mis libros más valiosos y la copia de mi divorcio, las únicas cosas que realmente eran importantes. No metí ropa, zapatos, maquillaje o productos de higiene. Cerré mi equipaje y bajé las escaleras con la cara en alto. Yo no le había fallado a la relación, no le había faltado a él como esposa y eso era lo más triste, porque en realidad me había faltado el respeto a mí misma al quedarme tanto tiempo.

Llegué a la sala, tomé las llaves de la casa que estaban en la mesa y se las tiré a la cara, rasguñándole la piel. No le di importancia a sus quejidos y pasé sobre él golpeándolo ligeramente con mi maleta. Salí de allí sintiendo que el aire volvía a mis pulmones y caminé por el corto camino de piedras que había en la entrada.

Melanie estaba con los brazos cruzados caminando de un lado al otro impaciente. Al verme salir se detuvo y sonrió con malicia al ver mi equipaje.

—Nunca lo mereciste de verdad —se atrevió a decirme con suficiencia.

—Te mandaría al infierno, pero veo que tú solita te metiste en él.

Metí mi maleta en mi auto con firmeza, me subí al vehículo y me alejé de esa maldita casa para siempre. Cuando estuve lo suficientemente lejos de ese infierno, me estacioné a un lado, me detuve por completo y rompí en un llanto desgarrador, liberando todo el dolor acumulado. Debí haber notado las banderas rojas desde el principio. Debí escuchar a las personas que de verdad me amaban, pero me cegué con una ilusión vacía.

Al final, papá siempre tuvo toda la razón.

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Como me duele Athena, se defendió desde el dolor. ¿Les va gustando la historia?