Episodio 4: Reinicio
Athena,Limpié mis lágrimas con manos temblorosas. No entendía por qué me dolía de esa manera tan atroz, cuando yo misma, justo al despertar, había decidido separarme de Mason. Supongo que, en lo más profundo de mi ser, esperaba que él me suplicara que me quedara a su lado, que me prometiera que iba a cambiar y que todo quedaría solucionado. En su lugar, se apareció en nuestro «hogar» sujetando la mano de su amante embarazada, con los papeles del divorcio en la mano y completamente listo para comenzar su nueva vida. Todo eso, sin contar el inmenso vacío que se instaló en mi alma al confirmar que jamás iba a poder tener hijos.
Ese fue su golpe final, el más demoledor. Claramente, ante toda la pesadilla que estaba viviendo, quedar embarazada no era mi prioridad inmediata, pero obviamente soñaba con ser madre algún día. Ahora solo sería eso: un sueño inalcanzable.
Expulsé el aire de mis pulmones con pesadez y puse el auto en marcha. El primer lugar que me vino a la cabeza fue la casa de mis padres; sabía muy bien que no existía otro refugio en el mundo mejor que mi hogar, pero las lágrimas no paraban de brotar y no quería preocupar a mis padres. Además, en serio necesitaba un momento a solas, necesitaba reencontrarme a mí misma, necesitaba un verdadero reinicio en mi vida.
Conduje sin rumbo fijo buscando entre algunos hoteles que conocía, pero cada vez que veía la cantidad de personas que entraban y salían, me daba pavor y me iba al siguiente. Entonces recordé las cabañas cerca de la playa. Era el plan perfecto, pues me permitía salir de la ciudad y al no estar en temporada alta seguro había un lugar para mí y mucha soledad.
Me detuve en una gasolinera, llené el tanque y compré una botella de tequila. Lloré durante todo el camino; no era un llanto desgarrador ni escandaloso, sino uno silencioso, denso y con un peso emocional que me ahogaba el pecho. Eran lágrimas que brotaban directo del alma, y esas eran las que dolían con más fuerza.
Obviamente había elegido mal. Mason no era el príncipe que creí. Golpeé el volante con fuerza.
—¡Maldito seas! Solo una basura como tú desecha a su esposa al enterarse que no puede tener hijos. Había leído de malos hombres, pero este miserable les ganaba a todos.
Después de una hora y media de trayecto, me detuve en la entrada de las cabañas. Bajé del auto y caminé hacia el interior del recinto, sintiendo cómo mis zapatos se hundían en la arena. Me sacudí un poco el pijama antes de cruzar el umbral y fui directo a lo que parecía ser la recepción.
Toqué la campanilla que estaba sobre el mostrador y esperé, fingiendo que nada pasaba, que nada me dolía por dentro, que no me estaba derrumbando a pedazos. A los pocos minutos salió una señora limpiándose las manos con el delantal y con cara de asombro.
—Buenas tardes, señorita. ¿En qué le puedo ayudar? —Su voz era sumamente dulce y olía a condimentos de cocina. Su cabello iba recogido en una cola alta; sus ojos lucían cansados, pero su sonrisa era cálida y radiante.
—¿Tienen cabañas disponibles? —logré pronunciar sin romper en llanto.
—Sí, tenemos unas con vista al mar…
—Bien, quiero una, la que esté más apartada, por lo que queda del fin de semana —la interrumpí, sintiendo cómo el dolor quemaba en mi pecho.
La señora me observó detenidamente a los ojos y pareció entender de inmediato que no iba buscando las vistas, sino la paz absoluta que en ese momento su posada me ofrecía.
—Tengo la perfecta para ti. —Tomó unas llaves y me guio hacia la parte trasera de la propiedad—. En nuestros precios se incluyen las tres comidas, todas hechas por nosotros mismos. ¿Eres alérgica a algo?
—No.
—Bien, el almuerzo se nos atrasó un poco por un pedido especial de uno de nuestros huéspedes, pero en una hora se lo llevaremos a la habitación.
—Muchas gracias, pero en este momento no tengo nada de hambre y… —La señora se giró para mirarme con ternura.
—Te daré un gran consejo. No importa lo triste, molesta o mal que te sientas, nunca dejes de comer, porque una buena comida no solo alimenta tu estómago, también reconforta el alma. —Me regaló una sonrisa comprensiva—. Llegamos.
Salimos al patio trasero de la casa, el cual daba justo al mar. Aquello me pareció una vista profundamente reconfortante. Alineadas a la orilla de la playa se encontraban unas hermosas cabañas de madera. El sol de la tarde las bañaba con un cálido color dorado, y me sentí terriblemente mal de que ese lugar fuera tan espectacular mientras yo solo tenía ganas de encerrarme a llorar.
—La tuya es la que está al fondo. La última. —La señora la señaló con la mano—. Puedes acercar tu auto si lo deseas o puedes dejarlo aquí, frente a la casa principal. En la habitación encontrarás todo lo que necesites. La clave del wifi está junto a los controles.
—Muchas gracias… —me quedé observándola fijamente; la verdad, no recordaba si me había dicho su nombre.
—Bety, soy Bety.
Forcé una leve sonrisa, tomé la llave y fui a buscar mi auto. O mejor dicho, fui a buscar la botella de licor que había dejado en el asiento.
No tenía intenciones de comer, sino de beber y olvidar.
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RhysOdiaba la ciudad y todos sus ruidos ensordecedores. Después de haber vivido bajo tanto estrés y terminar enfermo, haberme tomado un tiempo para mí había sido una de las mejores decisiones de mi vida.
Venir a esta posada se había convertido en mi mayor refugio y secreto. Sobre todo para protegerlo de mi madre, pues esa mujer no entendía que era la principal fuente de estrés en mi existencia. Por eso, para ocultar este rincón tan especial, me desconectaba por completo del mundo: apagaba mi móvil y desactivaba el GPS de mi auto. Tampoco le avisaba a Mabel a dónde iba ni cuándo pensaba desaparecer.
Detuve el vehículo en la entrada de la posada y me sorprendió ver otro auto estacionado. Bety no me había comentado que tuviera otro huésped. Tampoco es que me importara demasiado; mientras no fuera una molestia para mi tranquilidad, todo estaría bien.
Apenas bajé del auto, Bety y su hija Rafaela salieron a recibirme. Bety lo hacía por un genuino aprecio, ya que con los años nos habíamos vuelto bastante cercanos; además de ser una mujer amable y muy respetuosa del espacio ajeno, cocinaba de maravilla. Su hija, por otro lado, era un auténtico fastidio: siempre me miraba con deseo explícito y, si por ella fuera, hacía siglos que se habría metido en mi cama.
Supongo que nada en esta vida es perfecto.
—Joven. ¿Qué tal el viaje? —Bety me regaló una amplia y sincera sonrisa.
—Agotador, como siempre. ¿La comida está lista?
—Sí, sí, la terminé hace un rato —me informó con calma.
—Ya mismo te la sirvo y la llevo a tu cuarto —soltó Rafaela, usando un tono de voz coqueto y extraño.
Si ella supiera que no era la primera ni la última mujer en querer lanzarse a mis brazos, o lo mucho que odiaba esa actitud tan desagradable de las mujeres fáciles y resbalosas, no me jodería tanto la paciencia.
—Muchacha —la reprendió Bety con firmeza—. Ve con tus hermanos.
Rafaela se quejó entre dientes, pero se retiró, devolviéndome esa paz que tanto venía a buscar. Por desgracia, sabía que la calma no me duraría mucho.
—¿Hay otro huésped? —indagué, más que nada para despejar el ambiente sofocante que había dejado Rafaela.
—Sí, una muchacha. La pobre cargaba con una pena tan pesada que parecía que en cualquier momento se iba a doblar a la mitad por el dolor.
—Pues ojalá no vaya a hacer algo estúpido. Eso me arruinaría por completo el fin de semana.
—Joven, no diga eso. Nadie se salva de sufrir por un corazón roto. —Bety se encaminó hacia el interior de la casa y supe que debía seguirla—. Es una verdadera pena, es una joven tan hermosa, pero con una mirada tan devastada que le rompe el corazón a cualquiera.
Poco o nada podían importarme las penas que agobiaban a esa desconocida. Yo solo quería comer algo divino, darme un buen baño de agua caliente y dormir hasta tarde. Tal vez nadar un poco al día siguiente o simplemente tirarme en la arena a no hacer nada. No quería quedar atrapado en medio de una loca triste y la pobre Bety, que no tenía nada más interesante de qué hablar.
»Bien, joven. ¿Qué va a querer tomar?
Miré mi plato de comida y el estómago me protestó de inmediato por el hambre. El tostón crujiente, el salteado de mariscos y la paella lucían espectaculares. Adoraba comer mariscos y, como no tenía muchas oportunidades de disfrutarlos así, cada vez que venía a la posada me atascaba con mi comida favorita.
—No se preocupe, traje un vino que queda perfecto con este plato. —Me acerqué y tomé la bandeja con ambas manos—. Iré a comer a la habitación.
—¡Buen provecho! —Bety se despidió agitando la mano con su peculiar sonrisa.
Regresé a mi auto, tomé la botella de vino que traía en el asiento y caminé con calma hacia mi cuarto, el cual solía alquilar de forma permanente.
Suspiré lleno de frustración al ver las luces encendidas de la cabaña de al lado. Eso quería decir que la loca triste se hospedaba justo al lado mío. Sentí la punzada leve de un dolor de cabeza que intenté espantar de inmediato.
«Vine a disfrutar y a tener paz. No me importa el resto del mundo» , pensé con absoluta determinación. Entré a mi habitación, dejé la bandeja de comida y la botella sobre la mesa.
De pronto, escuché el crujido de la puerta de la loca triste. Llevado por una arrolladora e inevitable curiosidad, me asomé por la ventana. La mujer se sentó en los escalones de la entrada de su cabaña sosteniendo una botella de licor.
Le dio un largo sorbo y se quedó contemplando la inmensidad del mar. Podía notar desde mi posición que estaba llorando desconsoladamente, con los hombros convulsos. Bety había dicho que se trataba de un corazón roto y deseé sinceramente que solo fuera eso. No hacía mucho tiempo yo había estado sumido en una tristeza igual de profunda al enterarme de mi enfermedad; genuinamente creí que me iba a morir y me preparé para lo peor, por lo que no le deseaba a nadie sentir semejante nivel de desesperación.
Sentí una inmensa pena por esa chica. Nadie merecía estar tan profundamente triste.
Tomé la botella de vino de la mesa e instintivamente quise salir a acompañarla, pero si ella había llegado hasta este rincón remoto era buscando consuelo, y yo no iba a ir a estorbarle. En ese instante, el cielo nocturno se iluminó de golpe y un fuerte trueno resonó a lo lejos.
Era bastante extraño que lloviera por esta zona. Me alejé de la ventana y me senté a comer en silencio. Ella no era mi problema y yo también había viajado hasta allí en busca de paz.
════∘◦✧◦∘════Oh, Dios querido, Rhys y Athena están en el mismo lugar... ¿Será que se conocerán allí?Mis bonitos amores, no se olviden de darle me gusta (❤️) a la novela, porfis...