Episodio 7: Revelación
Athena, tres semanas después,Me sorprendió lo mucho que habíamos avanzado en la restauración del apartamento. Teniendo en cuenta que cuando papá evaluó el sitio, estaba peor de lo que se veía. Pero, con mucho amor y muchísimo trabajo, estábamos logrando un milagro.
También había pasado por el juzgado y confirmado que, en efecto, era una mujer soltera.
Después de eso, me concentré en trabajar y comprar muebles para mi pequeño refugio. Incluso entre todo el caos del apartamento había logrado tener tiempo para mí. No hacía nada especial, caminaba, iba al cine y recorría tiendas.
Lo más importante: me reencontraba y me enamoraba de mí misma.
Es increíble cómo al estar en pareja las líneas de nuestra individualidad se van borrando hasta fusionarse. Tal vez fue por la preocupación de terminar la universidad o por el tema del embarazo, pero me había olvidado de mí, de mis gustos y del amor propio. Definitivamente, tuve que cancelar la boda cuando Mason, enojado, me dijo todas esas cosas ofensivas por haber elegido otro vestido. Lamentablemente, no fue hasta ahora que fui capaz de darme cuenta de lo controlador y manipulador que era ese malnacido.
—¿Aló? Tierra llamando a Athena —la voz de Alexa me sacó de mi ensimismamiento.
Sacudí suavemente la cabeza y la miré. Ella daba pequeños golpecitos en el marco de mi puerta.
—Lo siento, ¿me decía algo?
—Sí, la nena de Romi ya nació. —Alexa me mostró su teléfono y me enseñó una foto—. Ella está bien, el papá no para de llorar y agradecerle a su esposa por darle una hija sana y hermosa. Algunas chicas y yo iremos a visitar a Romi en la hora del almuerzo. ¿Quieres venir?
Pestañeé un par de veces procesando la pregunta. Más bien, me quedé pensando en una excusa para no ir. No era por ser mala compañera, es que este tema me ponía sensible. Le di tantas vueltas que no supe qué debía hacer.
—No lo sé, tengo mucho trabajo y…
—Sé que no pasas por un buen momento —me interrumpió Alexa. Entró y cerró la puerta de cristal—. Puedes encerrarte en una cueva y evitar al resto del mundo y sus emociones, o puedes salir de tu zona de confort y comerte el universo. Entiendo que enterarte de esa forma tan cruel y despreciable de que eres estéril te pone triste. Yo no imagino una vida sin mi hijo, pero ¿quién dijo que por ser así no puedes tener hijos propios?
—¿De qué hablas? —pregunté confundida.
—Hasta donde sabes, el perro infiel, basura andante de tu ex preñó a esa mujer. Pero no sabes cuál es tu problema con exactitud. —Alexa se sentó y siguió hablando con ánimo—. Tal vez tus óvulos no puedan fecundar, pero tu útero está bien.
Me quedé analizando sus palabras. Tenía razón: las razones por las que no podía quedar embarazada eran un misterio… Aunque no estaba segura de si quería abrir esa caja de Pandora.
—Me da miedo lo que me puedan decir —confesé con un hilo de voz.
—Sin importar nada de lo que digan, siempre te quedan las maravillosas opciones de rentar un vientre o adoptar un bebé.
Asentí. Estaba descubriendo el poder de tener una amiga; no solo me ayudaba a llevar mi carga escuchándome, sus consejos sin filtros eran maravillosos.
»La única que puede decidir su futuro eres tú. Mason es un maldito desgraciado, pero no importa, él no maneja la verdad absoluta. Y verte triste y llena de dolor es darle el gusto a esa basura.
Expulsé el aire de mis pulmones.
—Tienes razón.
—Siempre la tengo, amor.
—Pero no forzaré nada, ni me estresaré por algo que no puedo controlar. Dejaré todo en manos del destino.
—Me parece una decisión acertada. Bien, mañana le encontraremos la cura al cáncer —bromeó Alexa poniéndose de pie—. Entonces, ¿cuento contigo para ir a ver a Romi?
—No tengo nada que darle.
—Amor, eso no es problema. No necesitas gran cosa. —Alexa colocó su mano en la comisura, como para tapar lo que iba a decir, y susurró—. El regalo más útil que le puedes dar a una mamá son pañales. Nunca se tienen demasiados pañales, y lo mejor es que los venden en la tienda dentro de la clínica.
Suspiré y miré la hora en el reloj de mi computadora. Faltaba poco más de media hora para salir a almorzar.
—De acuerdo, pero me adelantaré para comprarle un regalo bonito.
—Así se habla, amor. —Alexa sonrió satisfecha de haberme convencido. Antes de dejar mi oficina, me guiñó el ojo y añadió—. Y como tu jefa directa, te autorizo a que tomes hora y media de almuerzo.
—Muchas gracias, jefa. —Sonreí dejando el expediente que estaba revisando en la mesa y comencé a recoger mis cosas.
—Lo descontaré de tus horas extras, amor. —Alexa se fue de mi oficina caminando victoriosa.
Decidí que no saldría con mi cartera y todo el perolero que una siempre carga encima. Quería irme ligera; con este calor lo que menos deseaba era andar con las manos ocupadas. Tomé mi celular, mi identificación, algo de efectivo, mi tarjeta y la llave del auto.
Salí con calma de mi oficina, cerré la puerta, pero antes de poder avanzar me percaté de que no tenía idea de a qué clínica debía ir. Le mandé un mensaje a Alexa para que me enviara la dirección y fui a mi auto.
Me senté en mi lugar poniendo el motor en marcha cuando me llegó la respuesta de Alexa. Me tomé un segundo para procesarlo.
La clínica donde estaba Romi era la misma donde Mason y yo nos habíamos realizado el estudio. Era tonto, hace dos días me escribieron para confirmar la cita, pero no fui capaz de responder.
¿Acaso el destino se burlaba de forma cruel de mi pena?
Puse el auto en marcha y conduje directo a mi destino.
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El temporizador que había puesto en mi celular llegó a su final y yo estaba a mitad de la tienda con el carrito de compra completamente vacío. Apagué la alarma y suspiré. La tienda no era muy grande, de hecho, solo tenía cuatro pasillos. La había recorrido tres veces, pero había demasiadas opciones: ropita, vestidos, cintas para el cabello, teteros, chupones, juguetes, zapatos tejidos…
Era imposible decidirse por algo y me había quedado sin tiempo. Me fui a la parte de los pañales creyendo que sería más fácil, pero no. Allí había muchísimas más opciones. Tomé dos paquetes que decían "recién nacido" y me fui a la caja a pagar.
Tomé varios chocolates y unas galletas de leche. Estaba lista para pagar cuando vi algo rosado detrás del mostrador.
—¿Qué es eso?
—Es como un álbum de fotos. —La chica se agachó, lo tomó y me lo mostró—. Es para llenarlo con cada cosa que aprenda el bebé o algo así.
—Me lo llevo. —El corazón se me llenó de ternura al pasar las páginas.
Recién nacido. Mis papitos. Mi primer mes de vida, así hasta el año. Primeros pasos, primera comida, primera sonrisa. En la portada había espacio para poner un poco de cabello y la pulsera de identificación que le ponen a los bebés.
—Es hermoso, se lo llevan mucho. —La chica me dijo el monto y tomó mi tarjeta—. Hace poco una mujer tuvo cinco hijos.
—¡Cinco! —repetí asombrada.
—Sí, fue el mayor evento ese día. Vino hasta la prensa. —Me devolvió la tarjeta y empacó todo en una bolsa de regalo—. Los bebés son hermosos, hasta que lloran y lloran, y nunca más dejan de hacerlo.
—¿Tienes hijos?
—No y no quiero tener jamás. —Alcé las cejas sin comprender por qué se quejaba tanto si no tenía hijos. La chica entendiendo mi confusión suspiró y me explicó—. Mi mamá acaba de tener su segundo hijo. Tengo dieciocho años y ella decide tener otro hijo. Literalmente, cuando mi hermanito sea adolescente, yo voy a estar con un pie dentro de mi tumba.
Hice los cálculos y sonreí.
—Solo tendrás treinta y seis años.
—Exacto, una vieja.
La miré un par de segundos y solté una carcajada. No estaba segura de cuándo fue la última vez que reí así, pero estaba agradecida con la chica.
—Muchas gracias por todo. —Tomé mi bolsa y salí de la tienda.
Yo estaba más cerca de esa edad que tanto le asustaba y me sentía muy bien. Feliz por tener la oportunidad de experimentar cosas que otras personas nunca pudieron hacer. Recordé a mi amado primo; crecimos juntos, era mayor que yo por unos meses. Nos llevábamos de maravillas; cuando estaba con él me sentía inteligente, valiente y temeraria… Quizás ese fue el problema.
Él era demasiado temerario. Una mañana salió en su moto y no regresó más a casa. Fue hace tanto, pero el dolor sigue allí en la periferia de mi corazón, una punzada que me recuerda a diario vivir al máximo.
Bajé del ascensor en el piso que Alexa me había indicado. Me detuve a confirmar qué pasillo debía tomar cuando escuché que alguien me llamaba por mi apellido de casada.
—¿Señora Horvat?
Me volteé y observé al doctor que nos hizo los estudios. Sentí que el estómago se me revolvió, pero me mantuve firme.
—Doctor Birkeland —murmuré sin mucho ánimo. Al que no quería ver, vengo a topármelo de frente, genial—. Por favor, solo Athena, ya no soy la señora Horvat.
—Lamento escuchar eso, Athena —Me regaló una sonrisa amable—. Justo voy al consultorio. ¿Vienes?
—No, creo que hay una confusión, yo... —levanté ligeramente la barbilla—. Yo no confirmé la cita. Además, ya no es necesaria.
El doctor bajó la mirada a mi vientre y luego me observó.
—¿Está embarazada?
—¿Qué? No, para nada. —Negué con la cabeza sintiendo cómo mis mejillas se ponían rojas.
«¿Cómo iba a embarazarme? ¿No se supone que usted tiene los resultados de mis estudios?», pensé irritada.
»Mason tenía la urgencia de tener hijos y los encontró en otro lado.
El doctor sacudió la cabeza y me observó con auténtica confusión:
—Espere, no le entiendo.
—No es difícil de hacerlo —le regañé molesta—. Mason embarazó a una de sus tantas amantes.
El doctor Birkeland me lanzó una pesada mirada que no supe entender, y la verdad, ya no me interesaba hacerlo.
—Es que eso es simplemente imposible. —El doctor se acercó a mí—. Su esposo es infértil. Es la razón por la que no podían tener hijos.
════∘◦✧◦∘════Uff, ya explotó la bomba. Es hora de la venganza...Chicas hermosas, recuerden darle me gusta a la historia. Les mando un abrazo gigante como una galaxia