LNCrawler

La cláusula catorce

Rechazada por el Alfa, Elegida por el Rey — booknet.com · All chapters

La cláusula catorce

La cláusula catorce estaba escondida en una nota al pie.

Lo cual, en mi opinión, era exactamente donde se escondían las peores intenciones del mundo jurídico. Nadie desconfiaba de una nota al pie. Eran pequeñas, discretas y parecían demasiado aburridas para destruir una empresa. La gente se equivocaba.

A las ocho y cincuenta de la mañana, Eduardo Virelli estaba sentado al otro lado de una mesa de reuniones con mi informe impreso delante de él. Camila ocupaba la silla a su derecha. Yo estaba frente a ambos intentando no pensar en el hecho de que llevaba menos de veinticuatro horas contratada y ya había sido convocada por el dueño de la compañía.

—Explíquelo —dijo Eduardo.

No parecía enojado.

Tampoco contento.

Eso no ayudaba.

Respiré y abrí mi copia del contrato.

—La versión inglesa establece que cualquier disputa debe resolverse mediante arbitraje en Zúrich. La versión portuguesa mantiene esa referencia en la cláusula principal, pero en la nota al pie del Anexo IV incorpora una excepción para controversias relativas a propiedad intelectual.

Camila frunció el ceño.

—Ese anexo es técnico.

—Exactamente. Por eso nadie lo vinculó con la cláusula de resolución de controversias. Pero la excepción remite a los tribunales ordinarios del domicilio del licenciante.

Eduardo entrelazó las manos.

—Alemania.

—Sí. Y la empresa brasileña está transfiriendo desarrollos propios al proyecto conjunto. Si existe una disputa sobre la titularidad de una innovación creada durante la ejecución del contrato, cada versión permite una vía distinta.

Camila tomó el documento y buscó la nota.

—Esto no estaba en el original alemán.

—No.

—Entonces fue agregado durante la negociación brasileña.

—Eso creo.

—¿Cree?

—No tengo acceso al historial de cambios. Solo puedo afirmar que no está en las otras versiones.

Eduardo me estudió con una intensidad que me recordó demasiado a los ancianos del Consejo. La diferencia era que, por primera vez, no me sentía examinada para comprobar si era suficiente. Me estaba evaluando porque esperaba que supiera de qué hablaba.

Era una sensación extrañamente agradable.

—¿Cuál es el riesgo? —preguntó.

—Que ambas partes firmen creyendo que aceptaron mecanismos distintos. En el mejor de los casos, una disputa procesal larga. En el peor, medidas cautelares simultáneas en jurisdicciones diferentes, bloqueo de activos y una batalla sobre propiedad intelectual antes de discutir siquiera el fondo.

Eduardo se recostó en la silla.

—¿Cuánto tardó en encontrarlo?

—No sé.

Camila me miró.

—¿Cómo que no sabe?

—Dejé de mirar la hora.

Eduardo soltó una risa breve.

—Eso explica por qué no almorzó.

Miré a Camila.

Ella no sonrió, pero vi un pequeño movimiento en la comisura de su boca.

—¿Qué recomienda? —preguntó.

Y allí fue cuando me olvidé de estar nerviosa.

Durante los siguientes veinte minutos expliqué una propuesta de armonización de las tres versiones, una cláusula de prevalencia lingüística limitada, una definición uniforme de propiedad intelectual preexistente y desarrollada durante el contrato, y una fórmula para evitar que cualquiera de las partes utilizara una ambigüedad de traducción como estrategia procesal.

Cuando terminé, la sala quedó en silencio.

Eduardo cerró el informe.

—Camila.

—Sí.

—Quiero que Anabella participe en la llamada con el cliente.

Ella me miró.

—Es su segundo día.

—Entonces tendrá una historia interesante para contar en su tercero.

Yo abrí la boca.

La cerré.

Eduardo se puso de pie.

—La llamada es a las once.

—¿Hoy?

—Generalmente prefiero resolver los problemas antes de que ocurran.

—Sí. Claro. Por supuesto.

—Y coma algo.

—Todos parecen muy interesados en mi alimentación.

—Porque desmayarse frente a un cliente es menos encantador que golpearse con mi escritorio.

Camila bajó la vista para ocultar una sonrisa.

Yo decidí que mi dignidad había muerto y, por lo tanto, ya no podía ser herida.

*****

La llamada duró una hora y doce minutos.

Participaron nueve personas desde tres países. Los abogados alemanes negaron haber autorizado la excepción. El equipo brasileño afirmó que había sido incorporada durante una videoconferencia. Durante quince minutos, todos hablaron al mismo tiempo.

Yo escuché.

Era una habilidad que había aprendido en la manada. Cuando dos Alfas discutían, hablar más fuerte casi nunca servía. Había que esperar hasta que cada uno revelara qué era lo que realmente temía perder.

El equipo alemán temía perder control sobre su tecnología.

El brasileño temía convertirse en un simple ejecutor sin derechos sobre lo que desarrollara.

Ninguno estaba discutiendo realmente por una nota al pie.

—Perdón —intervine finalmente.

Nueve rostros aparecieron en la pantalla.

Durante medio segundo quise desaparecer.

No lo hice.

—Creo que estamos intentando resolver una diferencia jurídica antes de resolver una diferencia conceptual.

El abogado principal alemán frunció el ceño.

—Explíquese.

Lo hice.

No hablé de quién tenía razón. Hablé de propiedad, incentivos, control y previsibilidad. Propuse separar la tecnología preexistente de las innovaciones conjuntas y crear un mecanismo de licencia cruzada para determinados desarrollos. Camila intervino después con la estructura jurídica. Eduardo cerró la negociación.

Al finalizar, el cliente pidió una propuesta revisada para el día siguiente.

Cuando se apagó la pantalla, yo me quedé mirando mi cuaderno.

—¿Respiró en algún momento? —preguntó Eduardo.

Levanté la cabeza.

—Creo que sí.

—No estoy seguro.

Camila cerró su computadora.

—La reunión estuvo bien.

La miré.

Aquello, viniendo de ella, sonaba como una ovación de pie.

—Gracias.

—Pero habló demasiado rápido al principio.

Ahí estaba.

El equilibrio natural del universo había sido restaurado.

—Lo tendré en cuenta.

—Y no vuelva a decir “creo” cuando tiene evidencia.

Parpadeé.

—¿Perdón?

—Dijo “creo que la excepción fue agregada durante la negociación”. Tenía tres versiones y el historial parcial del documento. No estaba adivinando. Estaba formulando una conclusión profesional.

La observé.

—Entiendo.

Camila recogió sus cosas.

—Bien.

Cuando salió, Eduardo esperó unos segundos.

—Le agrada.

—¿Esa es su forma de demostrarlo?

—Sí.

—Qué alivio. Pensé que quería matarme.

—También puede querer eso. Las dos cosas no son incompatibles aquí.

Me reí. Eduardo se quedó mirándome.

—¿Qué?

—Nada.

—Eso no fue nada.

Su expresión se suavizó.

—Hace mucho que este departamento no se ríe así.

No supe qué responder. Así que hice lo que hacía cada vez que algo se volvía demasiado emocional.

—Puedo intentar reírme menos.

—Ni se le ocurra.

*****

Aquel día almorcé.

Principalmente porque Camila dejó un sándwich sobre mi escritorio sin decir una palabra y porque yo valoraba mi supervivencia.

Las semanas siguientes fueron una mezcla de contratos, correcciones, reuniones y la extraña sensación de descubrir una versión de mí misma que había estado esperando espacio para existir. Cometí errores. Envié una vez un correo interno con un comentario sobre una cláusula que decía “esto parece escrito por un mapache con acceso a un diccionario jurídico”.

El problema fue que no era interno.

El cliente respondió:

**Coincidimos con su evaluación.**

Camila no me habló durante veinte minutos.

Después me prohibió utilizar animales en comentarios profesionales.

Lucía imprimió el correo y lo pegó en mi heladera.

—Para la posteridad —dijo.

—Para mi juicio disciplinario.

—También.

*****

Al final del primer mes, Eduardo comenzó a llamarme a reuniones que no correspondían a mi cargo. Al segundo, Camila me entregaba los contratos más complejos sin explicaciones innecesarias. Al tercero, dejé de contar los días desde que había abandonado Blackwood.

Hasta que una noche, al regresar a mi departamento, encontré un sobre debajo de la puerta.

No tenía sello.

No tenía remitente.

Solo mi nombre.

Anabella.

Con una caligrafía que conocía demasiado bien.

Arthur.

*****

*** Arthur vuelve a tocar la puerta sin aparecer físicamente. ¿Les parece una señal de arrepentimiento real o todavía está pensando demasiado en sí mismo?***