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Cartas que no deberían llegar

Rechazada por el Alfa, Elegida por el Rey — booknet.com · All chapters

Cartas que no deberían llegar

No abrí la carta. Durante exactamente cuarenta y siete minutos.

La dejé sobre la mesa de la cocina, preparé té, lavé una taza que ya estaba limpia, organicé tres veces los cubiertos y busqué en internet cuánto tiempo podía sobrevivir una persona ignorando una carta de su ex-Mate.

La respuesta no apareció. Internet tenía fallas importantes.

A las once y doce de la noche, Lucía llamó a mi puerta.

—Traje helado.

Abrí.

—¿Por qué?

—Porque es jueves.

—Eso no responde.

—Los jueves necesitan apoyo emocional.

Entró, dejó dos potes sobre la mesa y vio el sobre. Se detuvo.

—¿Qué es eso?

—Papel.

—Gracias, investigadora.

—No quiero hablar de eso.

Lucía miró la carta. Después me miró a mí.

—Perfecto. —Abrió el helado. —No hablamos. —Eso fue todo.

No preguntó. No insistió. No intentó convertir mi silencio en una confesión. Se sentó en el sofá y comenzó a contarme que su jefa había utilizado la palabra “sinergia” diecisiete veces durante una reunión de cuarenta minutos y que ella consideraba aquello un crimen contra el idioma.

A los diez minutos yo estaba riendo.

A los veinte, la carta seguía sobre la mesa.

A los treinta, Lucía se quedó dormida con una cuchara en la mano.

La cubrí con una manta.

Después volví a la cocina.

Abrí el sobre.

**Bella:**

Cerré los ojos. Solo una palabra y ya dolía. Continué.

**Sé que me pediste que no volviera a llamarte así. No sé cómo llamarte de otra manera.**

Sentí rabia, luego tristeza. Después rabia otra vez. Era una combinación poco elegante pero efectiva.

**No voy a pedirte que regreses. Sé que no tengo derecho. Solo necesito saber que estás bien. Jack dice que lo estás, pero no quiere decirme dónde vives. No lo culpo.**

Bien por Jack.

**Tatiana y yo todavía no hemos realizado la ceremonia. El Consejo insiste, pero todo se volvió más complicado de lo que esperaba. Mi lobo no está bien. Yo tampoco.**

Me detuve. La parte más vergonzosa fue que una fracción de mí quiso preocuparse. Odié esa fracción.

**No espero que me perdones. Solo quiero que sepas que pienso en ti. Todos los días.**

La carta terminaba allí. Sin explicación. Sin una verdadera disculpa. Sin una sola palabra sobre lo que había hecho.

Arthur seguía pensando en su dolor. En su lobo. En su dificultad. Incluso cuando intentaba acercarse a mí, la historia todavía empezaba con él.

Doblé la carta. La guardé nuevamente en el sobre. No respondí.

*****

A la mañana siguiente, Lucía despertó en mi sofá con una línea roja marcada en la mejilla y una dignidad comparable a la mía después de golpearme con el escritorio de Eduardo.

—¿La abriste?

Me quedé quieta.

—Dijiste que no hablaríamos.

—Eso fue ayer.

—Eres una estafadora emocional.

—Lo sé. ¿La abriste?

—Sí.

Lucía esperó. Yo respiré.

—Era de alguien de mi vida anterior.

—¿Un ex?

La palabra no era exacta. Tampoco era incorrecta.

—Algo así.

—¿Te hizo daño?

No preguntó si me había dejado. No preguntó si todavía lo amaba. Preguntó lo importante.

—Sí.

Lucía asintió.

—Entonces no merece una respuesta solo porque escribió una carta bonita.

La miré.

—No fue especialmente bonita.

—Peor todavía.

Sonreí.

—Gracias.

—Para eso estoy. También para juzgar tus zapatos.

—Eso no te lo pedí.

—Los verdaderos amigos ofrecen servicios no solicitados.

La vida siguió. O intentó hacerlo.

Una semana después recibí otra carta. Luego otra. No abrí la segunda. La tercera tampoco.

Las guardé en una caja dentro del armario porque tirarlas me parecía demasiado definitivo y conservarlas en la cocina me parecía demasiado patético.

Elegí una forma intermedia de cobardía.

*****

En el trabajo, el período de prueba terminó un viernes lluvioso. Eduardo me llamó a su oficina a las cuatro de la tarde.

Entré convencida de que algo terrible había ocurrido.

Esa era otra costumbre que necesitaba abandonar: asumir que cada reunión inesperada terminaría con alguien explicándome por qué yo no era suficiente.

—Siéntese —dijo.

Me senté. Eduardo colocó una carpeta frente a mí.

—Contrato permanente.

Parpadeé.

—¿Qué?

—No suelo repetir sustantivos, Anabella.

Abrí la carpeta.

El salario era superior al inicial. También el cargo.

—Analista Senior de Contratos Internacionales.

—Sí.

—Pero llevo tres meses.

—También sé contar.

—No tengo la antigüedad.

—Tiene los resultados.

Levanté la vista.

—Camila estuvo de acuerdo.

Eso me sorprendió más.

—¿En serio?

—Después de discutir conmigo cuarenta minutos sobre si debía esperar otros seis meses.

—Ah.

—Ganó veinte minutos. Yo seis meses.

Me reí.

Eduardo apoyó los codos sobre el escritorio.

—No se acostumbre a pedir permiso para ser buena en algo.

La sonrisa desapareció de mi rostro.

—Yo no…

—Sí.

No fue cruel.

Por eso dolió más.

—Cada vez que reconoce una habilidad, inmediatamente explica por qué quizá no merece usarla. Cada vez que alguien la felicita, busca un error para equilibrar la balanza.

Bajé la mirada.

—No me había dado cuenta.

—Lo sé.

Silencio.

—¿Quién le enseñó eso?

El nombre apareció en mi mente. Arthur. Pero no era justo culparlo de todo.

También estaban el Consejo, las comparaciones, mis propios miedos, años intentando ser una Luna que otros pudieran aprobar.

—No sé —mentí.

Eduardo no insistió.

—Pues desapréndalo.

Empujó la carpeta hacia mí.

—Firme.

Lo hice.

*****

Esa noche Lucía decidió que había que celebrar.

Celebrar, en su idioma, significaba vino barato, comida china y música demasiado alta en mi departamento.

A las once, alguien golpeó la puerta del vecino del piso de abajo para pedir silencio.

A las once y cinco, Lucía intentó bajar el volumen.

A las once y seis, tiró accidentalmente una copa.

A las once y siete, yo escuché algo en el pasillo.

No un golpe. Una respiración. Demasiado lenta. Demasiado controlada. Mi cuerpo se tensó. La música seguía sonando. Lucía estaba agachada recogiendo vidrio.

—No te muevas —dije.

Ella levantó la cabeza.

—¿Qué?

Volví a escuchar. Alguien junto a la puerta. Un aroma desconocido atravesó el marco. Sudor. Metal. Adrenalina. No necesitaba a Liora para reconocer peligro. Apagué la música.

—Anabella, ¿qué pasa?

La manija descendió lentamente. La puerta estaba cerrada. Alguien intentó abrirla una vez. Dos. Después escuchamos el golpe de una herramienta contra la cerradura.

Lucía palideció.

—Llama a la policía —susurré.

—¿Y tú?

La cerradura cedió. Todo ocurrió demasiado rápido.

La puerta se abrió. Un hombre entró con una barra metálica en la mano. Yo me moví antes de pensar. Le sujeté la muñeca. Él intentó golpearme. Lo lancé contra la pared. No empujé. No forcejeé. Lo lancé.

Su cuerpo atravesó dos metros de pasillo interior y chocó contra una estantería. El mueble se inclinó. Yo lo sujeté con una mano. Durante un segundo nadie habló. El intruso me miró. Yo lo miré. Lucía me miró.

—Bueno —dijo ella finalmente—. Tengo varias preguntas.

El hombre intentó levantarse. Giré la cabeza. Algo ardió detrás de mis ojos. El intruso se quedó completamente inmóvil. Lucía dejó caer el teléfono.

—Anabella.

No necesitaba un espejo para saber lo que había visto. Mis ojos. No verdes. No humanos.

Por primera vez desde el rechazo, una presencia lejana se movió en la oscuridad de mi mente. Débil. Herida. Pero viva.

Peligro.

Mi respiración se detuvo.

—Liora.

Lucía abrió mucho los ojos.

—¿Quién demonios es Liora?

*****

*** Lucía ya conoce el secreto. Personalmente, creo que su reacción fue mucho más tranquila de lo esperable. ¿Qué pregunta le habrían hecho ustedes primero a una mujer lobo?***