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Mi mejor amiga descubrió que soy un monstruo

Rechazada por el Alfa, Elegida por el Rey — booknet.com · All chapters

Mi mejor amiga descubrió que soy un monstruo

La policía llegó siete minutos después.

Fueron los siete minutos más largos de mi vida.

El ladrón permaneció en el suelo con las manos visibles y una expresión que indicaba que estaba reconsiderando seriamente sus elecciones profesionales. Lucía permaneció junto a la cocina con el teléfono en una mano y la boca ligeramente abierta. Yo permanecí entre ambos fingiendo que no acababa de lanzar a un hombre adulto contra una pared como si pesara lo mismo que una almohada decorativa.

Era un plan débil. Aun así, me aferré a él. Cuando los agentes se llevaron al intruso, uno de ellos observó la estantería ladeada.

—¿Cómo ocurrió eso?

—Adrenalina —respondí. Lucía tosió, la miré. —Mucha adrenalina.

El agente asintió de una forma que sugería que no me creía, pero tampoco quería convertir el informe en algo más complicado de lo necesario.

Después cerramos la puerta. Nos quedamos solas. Silencio. Lucía cruzó los brazos.

—Bueno.

—Bueno.

—Tiraste a un hombre de cien kilos por el aire.

—No creo que pesara cien.

—Anabella.

—Noventa.

—Tus ojos cambiaron de color.

—La iluminación era mala.

—Brillaron.

—LED.

—Gruñiste.

—Tengo reflujo.

Lucía me miró durante cinco segundos. Después se sentó.

—Voy a darte una oportunidad para dejar de insultar mi inteligencia.

Me apoyé contra la mesa. No sabía qué hacer.

Las reglas eran claras. Los humanos no debían conocer nuestra existencia. Las manadas se encargaban de mantener el secreto y los incidentes se manejaban a través de redes de influencia que alcanzaban policías, hospitales, empresas y gobiernos. Yo ya no pertenecía a una manada, pero seguía obligada por las mismas normas.

También era consciente de una verdad más simple. Lucía acababa de ver demasiado. Y era mi amiga. Mi primera amiga verdaderamente mía. No heredada de una manada. No vinculada a Arthur. No elegida porque nuestros padres se conocían.

Lucía. La mujer que aparecía con café cuando yo no pedía ayuda y se quedaba en silencio cuando sí la necesitaba.

—No soy humana —dije.

Su expresión no cambió.

—Eso ya lo había considerado.

—Lucía.

—Estoy procesando.

Respiré.

—Soy una mujer lobo.

Silencio. Un segundo. Dos. Tres.

—¿Como… un hombre lobo?

—Sí.

—Pero mujer.

—Esa es generalmente la parte que indica la palabra “mujer”.

—No me corrijas ahora. Estoy intentando aceptar que mi vecina es un lobo.

—No soy un lobo todo el tiempo.

—Excelente. Eso ayuda muchísimo.

Se levantó de golpe.

—¿Te conviertes en uno?

—Sí.

—¿Uno grande?

—Sí.

—¿Cuánto de grande?

Le mostré con la mano aproximadamente la altura de Liora en forma lupina. Lucía volvió a sentarse.

—Necesito vino.

—Ya bebimos vino.

—Necesito vino para después del vino. —Le serví agua. —Esto no es vino.

—Lo sé.

—Me engañaste.

—Por tu bien.

—Eres una criatura sobrenatural controladora.

—Eso fue rápido.

Lucía bebió el agua de todas formas. Después empezaron las preguntas. Muchas preguntas.

Si la plata realmente nos hacía daño. Sí, en cantidades suficientes. Si la luna llena nos obligaba a transformarnos. No. Si mordíamos a humanos para convertirlos. No, y esa idea nos resultaba particularmente irritante. Si podía leer pensamientos. No. Si había vampiros.

—No que yo sepa.

—Eso no sonó convincente.

—Porque el mundo es grande y yo ya aprendí a no decir “imposible”.

—¿Sirenas?

—Lucía.

—Estoy haciendo ciencia.

—Estás haciendo una lista de criaturas de Netflix.

—La ciencia empieza con preguntas.

A la una de la mañana seguíamos sentadas en el suelo de la cocina. Entonces llegó la pregunta que había estado evitando.

—¿Quién es Liora?

Miré mi vaso.

—Mi loba.

—Pensé que tú eras la loba.

—Es complicado.

—Tengo tiempo.

Le expliqué. No todo. No todavía.

Le hablé de la dualidad. De la presencia interna. De cómo cada licántropo desarrollaba una conexión con su forma lupina que era más profunda que un cambio físico. Le expliqué que Liora había sido mi compañera desde la adolescencia, una conciencia vinculada a la mía.

Y después le dije que ya no podía sentirla. Lucía dejó de bromear.

—Desde cuándo.

No fue una pregunta.

—Desde que me fui.

—Eso no es toda la verdad. —La miré. Sus ojos estaban llenos de una tristeza cuidadosa. —La carta era de él, ¿verdad?

Mi pecho se tensó.

—Sí.

—El “algo así como un ex”.

—Sí.

—¿También es…?

—Un lobo.

—¿Y te hizo esto?

Durante meses había evitado decir las palabras en voz alta. Tal vez porque decirlas las volvía demasiado reales.

—Era mi Mate.

Lucía esperó.

—La persona que nuestra especie considera destinada para nosotros.

—¿Alma gemela?

—Más o menos.

—Y te dejó.

—Me rechazó.

Algo en la expresión de Lucía cambió.

—¿Se puede hacer eso?

—Sí.

—¿Y duele?

Me reí una vez.

Sin humor.

—Mucho.

—¿Por eso Liora se fue?

—Creo que se escondió.

—Porque estaba herida.

Asentí. Lucía se quedó callada. Después se acercó y me abrazó. No dijo que todo estaría bien. No dijo que él no me merecía. No intentó arreglarlo. Solo me abrazó.

Y, contra toda lógica, aquello fue peor para mi autocontrol. Lloré.

Lloré por Arthur, pero no solamente por él. Lloré por Liora. Por mis padres. Por la boda que nunca ocurrió. Por todos los días en los que me había despertado convencida de que estaba rota de una manera que nadie podía comprender.

Lucía me sostuvo hasta que terminé. Después me entregó un pañuelo.

—Tengo una pregunta final.

Me soné la nariz.

—¿Qué?

—¿Puedes oler cuando alguien miente?

La miré.

—No exactamente.

—Gracias a Dios.

—¿Por qué?

—Nada.

—Lucía.

—No es importante.

—¿Qué hiciste?

—Quizá te dije que tu lasaña era buena.

La observé.

—Eres una persona horrible.

—Estabas triste.

—¡Me serví dos veces!

—Eso fue decisión tuya.

Y así, a las dos y diecisiete de la mañana, después de confesarle a una humana uno de los secretos más protegidos de mi especie, terminamos discutiendo sobre una lasaña.

Fue extrañamente perfecto.

*****

Durante los días siguientes esperé que Lucía se alejara. No lo hizo. Al contrario. Se volvió insoportablemente curiosa.

Me enviaba fotografías de perros enormes preguntando: **¿Así?**

Yo respondía: **No.**

Me enviaba otra.

**¿Así?**

**No.**

La número veintidós era un oso.

**Eso ni siquiera es un lobo.**

**Quería probar tus límites.**

*****

Dos semanas después, el propietario de mi edificio anunció un aumento de alquiler del treinta por ciento. Lucía apareció con una botella de vino y una carpeta.

—Tengo una propuesta.

—No.

—No sabes cuál es.

—La carpeta me da miedo.

—Podemos alquilar juntas.

Parpadeé.

—¿Qué?

—Un departamento más grande. Dos habitaciones. Mejor cocina. Menos posibilidades de que un delincuente abra la puerta con una cuchara.

—Era una herramienta.

—No mejora la historia.

Miré la carpeta.

—¿Estás segura?

Lucía se encogió de hombros.

—Ya sé que eres una loba. Tú ya sabes que miento sobre lasañas. No veo qué más podemos descubrir que arruine la convivencia.

Sonreí.

—Roncas.

—Eso es difamación.

—Te escuché desde mi departamento.

—Superoído. Prueba inadmisible.

Nos mudamos un mes después.

El departamento tenía ventanas enormes, una cocina que funcionaba y un pequeño balcón desde el que se veía la ciudad. La primera noche comimos pizza sentadas en el suelo porque todavía no había llegado el sofá.

Lucía levantó su vaso.

—Por las segundas vidas.

La miré. Pensé en el vacío que había dejado Blackwood. Después miré alrededor. Cajas. Pizza. Una amiga que conocía mi peor secreto y se había quedado. Levanté mi vaso.

—Por elegirlas.

No lo sabía entonces, pero aquella noche fue la primera vez que Liora volvió a acercarse lo suficiente para que pudiera sentir algo más que silencio.

No fue una voz. Ni una palabra. Solo una sensación tibia en el centro del pecho. Como si, muy lejos, alguien hubiera abierto los ojos.

*****

***Ya son oficialmente roommates. Y Liora, aunque todavía muy lejos, está empezando a regresar. ¿Creen que la amistad puede sanar una parte del daño que dejó un vínculo de Mate roto?***