La futura Luna
La futura Luna
A seis días de mi boda descubrí que la mujer que probablemente más me odiaba en el mundo había elegido exactamente el mismo vestido que yo para la cena del Consejo.
No uno parecido, el mismo, mismo diseñador, mismo tono verde esmeralda, mismo escote. La diferencia era que en Tatiana el vestido parecía haber sido concebido como una declaración de guerra contra la estabilidad emocional masculina.
En mí… Bueno yo tenía otras cualidades.
—No mires sus pechos —me dije en voz baja.
—¿Dijiste algo?
Levanté la vista, Arthur estaba frente a mí. Perfecto, como siempre. Traje negro. Camisa blanca. Sin corbata. Dos botones abiertos porque, aparentemente, la decencia era opcional cuando uno tenía sus pectorales.
—Nada.
—Estabas hablando sola.
—Es una costumbre saludable— Arthur arqueó una ceja.
—¿Hablar sola?
—Evita que discuta con otras personas. —No sonrió, Arthur no solía encontrarme tan divertida como yo me encontraba a mí misma. Era una pena.
Yo consideraba que mi sentido del humor era una de mis mejores características. Principalmente porque mi coordinación física definitivamente no lo era.
—Anabella.
La voz llegó detrás de mí. Cerré los ojos durante medio segundo, sonríe, sé amable, no provoques una guerra seis días antes de tu boda.
Me giré, Tatiana caminaba hacia nosotros. Rubia, bronceada, voluptuosa, perfectamente maquillada.
A su lado yo parecía una joven aristócrata enferma de tuberculosis. Mi madre, cuando todavía vivía, decía que mi piel de porcelana era hermosa. Personalmente, siempre había sospechado que “piel de porcelana” era la forma elegante de decir que podía quemarme con la luz de la heladera.
—Tatiana —saludé. Sus ojos azules recorrieron lentamente mi vestido.
—Vaya. —Esperé. —Qué incómodo.
Miré mi vestido. Luego el suyo.
—Sí. Parece que tenemos gustos similares.
Tatiana soltó una pequeña risa.
—No exactamente.
Arthur la miró.
—¿Qué sucede?
—Nada.
Tatiana bajó la mirada, ese gesto, siempre hacía ese gesto. Cabeza inclinada, voz suave, mirada herida. Yo empezaba a sospechar que ensayaba frente a un espejo.
—Tatiana —insistió Arthur.
—Solo que… —suspiró— yo había comentado delante de Anabella que había encargado este vestido para la cena.
Parpadeé.
—¿Qué?
Tatiana levantó inmediatamente ambas manos.
—No importa.
—Tatiana, yo compré este vestido hace tres semanas.
—Lo sé. No quiero discutir.
—No estamos discutiendo.
—Anabella. —La voz de Arthur cambió. Una sola palabra mi nombre. Pero pronunciado con aquella advertencia que conocía demasiado bien.
Miré a mi Mate. —¿Qué?
—No hagas una escena.
Durante dos segundos no supe qué responder. Después miré alrededor. La mitad de los miembros del Consejo ya había entrado en el salón principal de la residencia Alfa. Algunos nos observaban discretamente. Yo no había elevado la voz, no había insultado a nadie, ni siquiera había hecho mi comentario mental sobre los pechos de Tatiana en voz alta.
—No estoy haciendo una escena.
Tatiana tocó suavemente el brazo de Arthur.
—Déjalo. De verdad. Anabella puede usarlo.
Arthur se volvió hacia ella. Su expresión se suavizó y algo pequeño me dolió dentro del pecho. No era la primera vez, ultimamente sucedía con frecuencia.
—No tienes que ceder siempre —dijo Arthur.
Tatiana sonrió con tristeza.
—Es la futura Luna.
La frase parecía amable. No lo era. Yo lo sabía. Ella también.
Arthur, aparentemente, era el único ser vivo en un radio de cien kilómetros que no lo comprendía.
—Exactamente —respondí—. Y como futura Luna creo que podemos sobrevivir ambas utilizando un vestido similar.
Tatiana bajó la cabeza.
—Claro.
Arthur exhaló.
—Anabella. — Ahí estaba otra vez, mi nombre convertido en una reprimenda.
—¿Qué hice ahora?
Sus ojos grises se endurecieron.
—Ese tono.
—Es mi voz, Arthur.
—Sabes perfectamente a qué me refiero.
El vínculo entre nosotros vibró. Dolor. Irritación. La presencia de su lobo. El mío respondió inmediatamente. Liora se movió dentro de mí. Inquieta confundida. ¿Por qué está enojado?
No lo sabía. Últimamente nunca lo sabía. Tatiana volvió a tocar su brazo, yo miré sus dedos. Después miré a Arthur, él no se apartó. Algo oscuro y desagradable se instaló en mi estómago.
—Voy a entrar —dije.
—Anabella…
—No quiero hacer una escena.
Esta vez sí utilicé el tono. Me alejé antes de que pudiera detenerme. Solo conseguí avanzar tres pasos, mi tacón se enganchó en la alfombra, mi cuerpo se inclinó hacia delante, agité los brazos. Durante un instante espantoso tuve una visión profética de mí misma cayendo de cara frente al Consejo completo.
La futura Luna, majestuosa, elegante, con la nariz incrustada en una alfombra persa. Conseguí recuperar el equilibrio, me quedé quieta. Respiré.
—Nadie vio eso —susurré.
—Yo sí.
Me giré. Jack, el Beta de la manada, estaba apoyado contra una columna. Sonriendo.
—No sé de qué hablas.
—Por supuesto.
—Fue una maniobra.
—Impresionante.
—Entrenamiento avanzado de combate.
Jack comenzó a reír. Por primera vez aquella noche, sonreí de verdad.
—Vamos, Bella.
Me ofreció el brazo. Lo acepté. Antes de entrar al salón miré una última vez hacia Arthur. Seguía con Tatiana, ella le decía algo, Arthur inclinaba la cabeza para escucharla. Demasiado cerca. Mi sonrisa desapareció.
Liora volvió a inquietarse. Mate. Sí. Arthur era nuestro Mate, dentro de seis días sería mi esposo. Entonces, ¿por qué cada vez que miraba a Tatiana parecía olvidarse de que yo existía?
******
La cena fue un desastre.
No oficialmente.
Oficialmente fue perfecta.
Extraoficialmente, pasé dos horas observando cómo Tatiana conseguía instalarse al lado de Arthur en cada conversación.
Si Arthur se movía, Tatiana aparecía.
Si Arthur hablaba, Tatiana escuchaba.
Si Arthur respiraba…
Bueno.
Probablemente ella encontraba la manera de felicitarlo por su técnica.
Intenté ignorarlos.
Realmente lo intenté.
Pero el vínculo no ayudaba.
Podía sentir a Arthur.
Su irritación cuando un miembro del Consejo discutía con él.
Su orgullo cuando hablaban de la expansión territorial.
Su satisfacción cuando Tatiana comentó algo sobre seguridad.
Tatiana era una guerrera excepcional.
Nadie podía negarlo.
Había entrenado desde niña.
Era fuerte.
Rápida.
Estratégica.
Exactamente el tipo de mujer que muchos miembros tradicionales del Consejo imaginaban como Luna.
Yo no era una guerrera.
Podía defenderme.
Todos los lobos de la manada recibíamos entrenamiento.
Pero mi verdadera fortaleza estaba en otro lugar.
Hablaba cinco idiomas.
Tenía una licenciatura en Relaciones Internacionales.
Había desarrollado nuevos acuerdos comerciales con tres manadas vecinas.
Había traducido personalmente tratados que llevaban años estancados.
Sabía negociar.
Escuchar.
Detectar contradicciones.
Pero ninguna de esas habilidades parecía tan impresionante cuando Tatiana podía derribar a un hombre de cien kilos con una llave de piernas.
—La Luna debe ser capaz de proteger a la manada —comentó uno de los ancianos.
Mi tenedor se detuvo.
Tatiana sonrió.
—Anabella tiene muchas otras cualidades.
Otra vez.
Aquella dulzura falsa.
—No estamos hablando de Anabella —respondió el anciano.
—Por supuesto que sí —dijo Tatiana rápidamente—. Será nuestra Luna.
Nuestra.
Sentí un escalofrío.
Arthur la miró.
—Tatiana.
—Lo siento.
—No hiciste nada.
Yo observé mi plato.
No hice nada.
No dije nada.
Y, aun así, al final de la cena fui yo quien terminó sintiéndose culpable.
Aquella noche, acostada en mi habitación, miré el vestido de novia colgado frente a la ventana.
Seis días.
Solo seis días.
Después todo sería diferente.
Arthur sería mi esposo.
Yo sería su Luna.
Tatiana tendría que comprender finalmente cuál era su lugar.
Cerré los ojos.
Liora permaneció en silencio.
Y por primera vez desde que había reconocido a Arthur como mi Mate…
Una pregunta que me había negado a formular apareció claramente en mi mente.
¿Y si Tatiana ya sabía perfectamente cuál era su lugar?
¿Y si era yo la que no entendía el mío?
*****
*** Primera bandera roja de Arthur oficialmente detectada. La pregunta es: ¿cuántas más creen que va a ignorar nuestra Sunshine antes de abrir los ojos?***