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La oficina de al lado

Rechazada por el Alfa, Elegida por el Rey — booknet.com · All chapters

La oficina de al lado

Mi nueva oficina tenía una vista espectacular.

También tenía una puerta interna.

Eso fue lo primero que vi.

No el escritorio de madera oscura. No las ventanas. No la biblioteca.

La puerta.

La señalé.

—¿Qué es eso?

Lucía miró.

—Una puerta.

—Gracias.

—Estoy aquí para ayudarte.

—¿Adónde va?

Ella hizo una pausa. Demasiado dramática.

—A una pequeña sala privada de reuniones.

Respiré.

Bien.

—Que tiene otra puerta.

Cerré los ojos.

—¿Adónde?

—A la oficina de Cassian.

Por supuesto.

El universo me odiaba.

—No.

—¿No qué?

—Ciérrala.

—Tiene cerradura.

—Con ladrillos.

—Eso podría afectar la estética.

Me giré hacia ella.

Lucía sonreía.

—No digas nada.

—No dije nada.

—Tu cara.

—Inocente.

—Voy a despedirte.

—No puedes. Negocié mi contrato con Martín.

La traición estaba en todas partes.

La fusión había convertido mi rutina en algo nuevo antes de que pudiera acostumbrarme al nombre de la división: Beaumont Virelli Global Affairs .

Seguía siendo CEO. Seguía dirigiendo a mi gente. Pero ahora formaba parte de un grupo con más de cien mil empleados y una estructura ejecutiva donde cada decisión parecía tener consecuencias en cuatro países.

Mi primera semana estuvo llena de presentaciones. Comités. Presupuestos. Reuniones.

Y Cassian.

Demasiado Cassian.

La puerta interna permaneció cerrada.

Durante exactamente un día.

El martes, a las siete y cuarenta de la mañana, alguien golpeó.

No la puerta principal.

La otra.

Me quedé mirándola.

Volvieron a golpear.

—No existe —murmuré.

—Anabella.

La voz de Cassian atravesó la madera.

Traición arquitectónica.

Abrí.

Estaba de pie en la sala intermedia con una taza.

—Buenos días.

—¿Por qué utiliza esa puerta?

—Es más rápido.

—Hay un pasillo.

—Esta puerta también.

Me entregó el café.

Lo miré.

—¿Qué quiere?

—Nada.

—No confío en las personas que aparecen con café y dicen que no quieren nada.

—Tiene una reunión a las ocho.

—Lo sé.

—No había desayunado.

—Eso no es café.

—También hay comida.

Señaló una bolsa sobre la mesa.

Lo observé.

—¿Instaló un sistema de vigilancia alimentaria?

Cassian frunció el ceño.

—¿Qué?

—Nada. Historia larga.

Tomé el café.

—Gracias.

—De nada.

No se fue.

—¿Algo más?

Sus ojos se detuvieron en mi rostro.

—No.

Se marchó por la puerta de su oficina.

La cerré.

Lucía entró treinta segundos después por la otra.

Miró el café.

Miró la puerta.

Me miró.

—No.

—No dije nada.

—Estabas a punto.

—Solo iba a preguntar si el CEO del conglomerado prepara el desayuno de todos los ejecutivos.

—No lo preparó él.

—Ah. Entonces es menos romántico.

—No es romántico.

—Claro.

—Es un gesto profesional.

—Naturalmente.

—Lucía.

—Tengo una reunión.

Se fue.

Cobarde.

La proximidad produjo cambios pequeños.

Cassian dejó de convocarme formalmente para algunas cosas. Simplemente golpeaba la puerta interna.

Yo hice lo mismo.

Al principio solo por trabajo.

Después, una tarde, entré para preguntarle si tenía aspirinas.

Eso fue un error.

—¿Por qué?

—Porque me duele la cabeza.

—¿Desde cuándo?

—Cassian.

—¿Comió?

—No necesito un interrogatorio.

Se levantó.

—¿Dónde está Lucía?

—En otra reunión.

—Eso explica mucho.

—No necesito supervisión.

—Lo sé.

—Entonces deje de supervisarme.

—Siéntese.

—No.

Me miró.

—Anabella.

—No use esa voz.

—¿Qué voz?

—La de Alfa.

Silencio.

Cassian se quedó completamente inmóvil.

Yo también.

Había dicho la palabra.

Por primera vez.

Sus ojos cambiaron.

—Sabe lo que soy.

No era una pregunta.

—Sí.

—¿Desde cuándo?

—Desde el primer día.

—¿Cómo?

Me encogí de hombros.

—No soy humana.

La frase quedó entre nosotros.

Cassian no reaccionó como esperaba.

No fingió sorpresa.

No preguntó.

Simplemente me miró con una intensidad que hizo que Liora despertara.

—Lo sabía —dije.

—¿Qué?

—Sabía que usted sabía.

—Niccolas me lo dijo.

—Traidor.

—Eso parece común en esta empresa.

Cassian dio un paso.

—¿De verdad no tiene manada?

La pregunta me cerró el pecho.

—No.

Su expresión se endureció.

—No necesito lástima.

—No es lástima.

—Entonces no ponga esa cara.

—¿Qué cara?

—La de querer resolverlo.

Cassian se detuvo.

Había acertado.

—No todo se puede resolver —dije.

—Lo sé.

Su voz cambió.

Más baja.

—Eso no significa que me guste.

Liora se acercó.

Seguro.

Mi respiración se detuvo.

Cassian lo notó.

—¿Qué ocurre?

—Nada.

—Anabella.

Seguro.

La palabra volvió.

Clara.

Mi loba.

Hablando de él.

No.

No necesariamente.

Podía hablar de la habitación. Del lugar. De la torre. De la aspirina.

Probablemente no de la aspirina.

—Mi loba —dije antes de decidir si quería hacerlo.

Cassian no se movió.

—¿Qué pasa con ella?

—Está… volviendo.

Algo apareció en su rostro.

Emoción.

Tan rápida que casi no la vi.

—Eso es bueno.

—Sí.

—¿Puede transformarse?

—No.

—Todavía.

La palabra me golpeó.

Todavía.

No nunca .

No rota .

Todavía.

Tragué saliva.

—Todavía.

Cassian abrió un cajón.

Sacó un frasco de aspirinas.

—Coma.

—Eso no es una aspirina.

—Primero comida.

—Es insoportable.

—Lo sé.

Tomé la bolsa del desayuno que todavía estaba en mi oficina.

Comimos en la sala intermedia.

No fue una cita.

Quiero dejarlo claro.

Había contratos sobre la mesa. Una computadora abierta. Dos teléfonos que sonaron seis veces.

Absolutamente profesional.

Hasta que Cassian preguntó:

—¿Por qué Relaciones Internacionales?

Lo miré.

—¿Qué?

—Podría haber estudiado cualquier cosa.

La pregunta me recordó a Eduardo.

Mi primer día.

Otra vida.

—Cuando era niña creía que las guerras empezaban porque las personas no se entendían.

Cassian apoyó los antebrazos sobre la mesa.

—¿Y ahora?

Sonreí.

—Ahora creo que muchas veces se entienden perfectamente. Solo quieren cosas diferentes.

Sus ojos no se apartaron de mí.

—Eso explica por qué negocia como lo hace.

—¿Eso es un elogio?

—Sí.

—Está perdiendo facultades.

—Probablemente.

Me reí.

Cassian también.

Más.

No mucho.

Pero suficiente.

Y en esa pequeña sala entre nuestras oficinas, durante veinte minutos, dejó de parecer el rey invisible de un mundo que yo había abandonado sin saber que él existía.

Solo fue un hombre.

Malhumorado.

Inteligente.

Extrañamente atento.

Peligrosamente atractivo.

Ese último pensamiento fue innecesario.

Lo eliminé.

No funcionó.

Las semanas siguientes construyeron una rutina que no habíamos acordado.

Café por la mañana.

Reuniones.

Discusiones.

Algún almuerzo compartido cuando Lucía decidía que ambos éramos incapaces de mantenernos vivos sin intervención.

Cassian seguía siendo difícil.

Yo también.

Eso ayudaba.

No intentaba impresionarlo.

Él no intentaba ser encantador.

Tal vez por eso cada pequeña cosa importaba más.

La primera vez que me defendió frente a otro directivo, me enfadé.

El presidente de una unidad regional cuestionó mi autoridad durante una reunión.

—Esta decisión debería tomarla alguien con experiencia real en el grupo.

Yo abrí la boca.

Cassian habló primero.

—La está tomando alguien con experiencia real.

—No me refería…

—Sé exactamente a qué se refería.

La sala quedó en silencio.

El directivo retrocedió.

Después de la reunión entré en la oficina de Cassian.

Sin golpear.

—No vuelva a hacerlo.

Él levantó la vista.

—¿Qué?

—Responder por mí.

—No respondí por usted.

—Sí.

—Corregí una falta de respeto en mi comité.

—Podía hacerlo yo.

—Lo sé.

—Entonces déjeme.

Cassian me observó.

—Bien.

—¿Bien?

—La próxima vez esperaré.

—Ah.

—A menos que vuelva a faltarle el respeto.

—Cassian.

—Intentaré esperar.

Lo miré.

—Eso no es lo mismo.

—Es lo máximo que puedo ofrecer.

Quise discutir.

No pude.

Porque una parte de mí, una parte muy pequeña y profundamente inconveniente, estaba conmovida.

Arthur me había protegido muchas veces.

De amenazas.

De enemigos.

De situaciones que él consideraba peligrosas.

Pero nunca había comprendido que podía defenderme sin quitarme la oportunidad de defenderme sola.

Cassian parecía estar aprendiendo.

Eso era diferente.

Una noche nos quedamos trabajando hasta tarde.

Lucía se había ido.

Niccolas también.

La torre estaba silenciosa.

Yo revisaba un contrato en mi oficina cuando escuché un golpe suave en la puerta interna.

—Pase.

Cassian apareció sin saco, con las mangas de la camisa remangadas.

Mi cerebro dejó de ser útil durante aproximadamente dos segundos.

—¿Qué?

—Nada.

—Me está mirando.

—No.

—Sí.

Bajé la vista al contrato.

—¿Qué necesita?

—Terminar.

—Excelente objetivo.

—Usted también.

—Estoy trabajando.

—Son las once.

Miré el reloj.

Ah.

—No me di cuenta.

—Lo sé.

Cerró mi computadora.

Lo miré.

—Eso fue valiente.

—Váyase a casa.

—Es mi computadora.

—Y esta es mi torre.

—No use capitalismo como argumento.

—Funciona con frecuencia.

Me puse de pie.

Tomé el bolso.

—Tirano.

—Adicta al trabajo.

—Hipócrita.

—Probablemente.

Caminamos juntos hacia el ascensor.

Cuando las puertas se abrieron, entré.

Cassian también.

—Mi auto está abajo —dijo.

—El mío también.

—La llevaré.

—No.

—Es tarde.

—Sé conducir de noche.

—No dije que no supiera.

—Entonces…

El ascensor se detuvo.

Las luces parpadearon.

Después se apagaron.

Oscuridad.

Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente.

No por el ascensor.

Por un recuerdo.

El vínculo rompiéndose.

La ausencia.

La sensación de estar encerrada dentro de un cuerpo sin Liora.

Mi respiración se volvió demasiado rápida.

—Anabella.

La voz de Cassian llegó desde la oscuridad.

—Estoy bien.

Mentira.

—No.

Una luz de emergencia se encendió.

Cassian estaba frente a mí.

No me tocó.

Eso fue lo primero que noté.

Podría haberlo hecho.

No lo hizo.

—Míreme.

Lo hice.

—Respire.

—No necesito…

—Lo sé.

Su voz era tranquila.

—Hágalo conmigo.

Respiró.

Lento.

Yo seguí el ritmo.

Una vez.

Dos.

Liora apareció.

Seguro.

Cassian extendió una mano.

No hacia mí.

La dejó entre nosotros.

Una opción.

Yo la miré.

Después coloqué la mía sobre la suya.

El contacto recorrió mi cuerpo.

La misma descarga del primer día.

Más fuerte.

Liora se lanzó hacia la superficie.

Por un instante escuché un aullido.

No de dolor.

De reconocimiento.

Después desapareció.

Las luces regresaron.

El ascensor volvió a moverse.

Yo retiré la mano.

Cassian parecía haber dejado de respirar.

—Gracias —dije.

Su mirada estaba fija en mí.

—Siempre.

La palabra fue demasiado rápida.

Demasiado sincera.

Las puertas se abrieron.

Salí.

No pregunté qué había ocurrido.

No pregunté por qué Liora había reaccionado así.

No pregunté por qué, cuando Cassian dijo siempre , una parte de mí quiso creerle.

Esa noche, mientras me acostaba, Liora habló una vez más.

Él.

Me senté en la cama.

—¿Él qué?

Silencio.

—Liora.

Nada.

Me cubrí el rostro con las manos.

—Fantástico. Ahora mi loba también utiliza suspenso.

En la habitación de al lado, Lucía roncaba.

La ciudad brillaba detrás de las ventanas.

Y yo no sabía que, en su penthouse al otro lado de Silvercrest, Cassian estaba despierto por exactamente la misma razón.

Porque durante un segundo, en aquel ascensor, mi loba había sentido el vínculo.

Y él lo había sentido responder.