Ella siempre necesita ser salvada
Ella siempre necesita ser salvada
Tatiana se cayó durante el entrenamiento. El problema fue que yo estaba cerca, eso fue suficiente para convertirme en culpable.
—¡Tatiana!
Arthur cruzó el campo en menos de tres segundos. Yo permanecí inmóvil, con una botella de agua en una mano y una expresión que probablemente decía: No puede estar sucediendo esto otra vez.
Tatiana estaba sentada en el suelo, sostenía su tobillo. Tres minutos antes había estado peleando contra dos guerreros simultáneamente, ahora parecía una princesa de cuento esperando que alguien la rescatara de una torre. Solo faltaba el dragón, aunque, considerando la expresión de Arthur al mirarme, quizá el dragón era yo.
—¿Qué ocurrió? —preguntó.
Tatiana negó rápidamente con la cabeza.
—Nada.
—Tatiana.
—Fue un accidente.
Arthur miró hacia mí.
—Anabella.
Suspiré.
—Buenos días para ti también.
—¿Qué pasó?
—No lo sé.
—Estabas aquí.
—También hay un árbol detrás de ella. Quizá deberíamos interrogarlo.
Jack tosió para ocultar una risa. Arthur no encontró gracioso el comentario, como era habitual. Tatiana apretó los labios.
—Me distraje cuando Anabella me llamó.
Mi cabeza giró hacia ella.
—Yo no te llamé.
—Bella —murmuró Jack.
Una advertencia, lo miré. Él negó ligeramente con la cabeza. Arthur ya estaba molesto. Fantástico.
—Te escuché decir mi nombre —insistió Tatiana.
—Estaba hablando con Julia.
Julia, una de las guerreras, levantó la mano desde varios metros de distancia.
—Es verdad.
Tatiana parpadeó. Una vez. Dos. Después sonrió.
—Entonces debí confundirme.
Arthur frunció el ceño.
—De cualquier manera, deberías tener más cuidado durante los entrenamientos.
Tardé unos segundos en comprender que me hablaba a mí.
—¿Yo?
—Sabes que Tatiana se está preparando para el torneo regional.
—Arthur, estaba tomando agua.
—No estoy diciendo que lo hayas hecho intencionalmente.
Sentí calor en el rostro.
—Qué alivio.
Tatiana se puso de pie rápidamente.
—Por favor, no discutan por mí.
Nadie estaba discutiendo por ella. Pero, de alguna manera, cinco segundos después, Arthur la llevaba en brazos hacia la enfermería. En brazos, su tobillo no estaba roto. Lo sabía porque acababa de verla apoyar el pie cuando pensó que nadie miraba.
Yo miraba, siempre estaba empezando a mirar. Y cuanto más observaba, más cosas veía.
—Bella.
Jack se acercó.
—Estoy bien.
—No pregunté.
—Pero ibas a hacerlo.
—En realidad iba a decirte que dejes de apretar la botella.
Miré mi mano, la botella plástica estaba completamente deformada.
—Ah.
La solté. Jack observó la puerta por donde Arthur había desaparecido.
—Faltan cinco días.
—Lo sé.
—¿Estás segura?
Lo miré.
—¿De qué?
Jack guardó silencio, no necesitaba terminar la pregunta. Mi estómago se contrajo.
—Arthur es mi Mate.
—Eso tampoco responde.
—Sí responde.
—No, Bella. —Su voz fue extrañamente suave.
—Solo significa que la Diosa los unió. —Tragué saliva. —Y nosotros elegimos qué hacer con ese vínculo —terminó.
—¿Estás intentando decirme algo?
Jack sostuvo mi mirada durante varios segundos. Después negó con la cabeza.
—No.
Mintió, yo lo supe. Él supo que yo lo sabía, pero ninguno dijo nada. Porque algunas verdades son insoportables cuando todavía no estás preparada para escucharlas.
*****
Aquella tarde tenía una reunión con el Consejo. Arthur llegó cuarenta minutos tarde, con Tatiana. No comenté nada, lo consideré un avance espiritual.
—El acuerdo con la manada Red River está casi cerrado —expliqué mientras proyectaba el documento sobre la pantalla—. Solo queda resolver la cláusula sobre el tránsito comercial en territorio neutral.
Uno de los ancianos leyó el documento.
—¿Quién hizo la traducción?
—Yo.
—¿Completa?
—Sí.
—Son ciento cuarenta y tres páginas.
—Lo sé.
—En francés.
—También lo sé.
El anciano me miró por encima de sus gafas.
—Impresionante.
Sonreí.
—Gracias.
Arthur no dijo nada, pero sentí algo a través del vínculo. Orgullo. Mi corazón, el traidor, respondió inmediatamente, lo miré, nuestros ojos se encontraron, por un instante volvió a ser como antes. Arthur y yo. Mates. El resto del mundo desapareció, entonces Tatiana se inclinó hacia él.
—¿Podemos hablar después?
Arthur apartó la vista de mí.
—Claro.
La conexión se rompió, otra vez. Continué con la presentación. Al finalizar, los miembros del Consejo aprobaron mi propuesta, estaba guardando mis documentos cuando Tatiana se acercó.
—Eres muy buena en esto.
—Gracias.
—Yo no podría estar sentada tantas horas.
—Cada persona tiene diferentes habilidades.
—Exactamente.
Su sonrisa se amplió.
—Yo siempre pensé que una Luna debía ser más… física.
La miré.
—¿Física?
—Fuerte.
—Entiendo.
—No quería ofenderte.
—No me ofendiste.
Eso pareció molestarla.
—Arthur tendrá muchas responsabilidades.
—Lo sé.
—Necesitará una mujer fuerte a su lado.
Cerré lentamente mi computadora portátil.
—Tatiana.
—¿Sí?
—Voy a decirte algo y quiero asegurarme de que no haya ninguna confusión.
Su sonrisa desapareció.
—Arthur es mi Mate.
Silencio.
—Dentro de cinco días será mi esposo.
Sus ojos azules se enfriaron. Ahí estaba. Por fin. La verdadera Tatiana. Duró menos de un segundo, pero la vi.
—Nunca dije lo contrario.
—No necesitas hacerlo.
—Creo que eres insegura.
Sonreí.
—Probablemente. —Parpadeó. No esperaba que lo admitiera. —Pero ser insegura no significa ser estúpida.
La puerta se abrió. Arthur entró. La transformación de Tatiana fue instantánea, sus ojos se llenaron de lágrimas, retrocedió.
—Lo siento, Anabella. —Me quedé helada. Arthur miró de ella hacia mí.
—¿Qué sucedió?
—Nada —dijo Tatiana rápidamente.
—Tatiana.
—Fue mi culpa. No debería haber hablado.
Yo la miré, impresionada, sinceramente impresionada. La mujer era buena, muy buena.
—Anabella —dijo Arthur. Ahí estaba, otra vez.
—No —respondí.
—¿No qué?
—No voy a participar.
Tomé mi computadora.
—Tatiana acaba de decirme que una Luna debe ser fuerte. Yo le recordé que tú eres mi Mate.
Arthur frunció el ceño.
—¿Y?
—Eso es todo.
Tatiana comenzó a llorar. Juro por la Diosa, llorar. Arthur la miró, después me miró a mí. Y algo dentro de mí supo exactamente qué ocurriría. Aun así dolió cuando sucedió.
—Discúlpate.
Lo miré.
—¿Qué?
—Escuchaste.
—Arthur…
—Tatiana intenta ayudarte desde hace meses.
Solté una pequeña risa, no porque fuera gracioso. Porque algunas situaciones son tan absurdas que el cerebro tiene dos opciones. Reír o cometer un delito.
—¿Ayudarme?
—A prepararte.
—¿Para qué?
—Para ser Luna.
El silencio fue absoluto. Tatiana bajó la mirada. Yo miré al hombre con quien iba a casarme en cinco días.
—¿Consideras que no estoy preparada?
—No dije eso. — Arthur exhaló.
—Entonces dilo.
—Anabella.
—Dilo.
Sus ojos grises se endurecieron.
—Tatiana tiene características que tú no tienes.
Ahí estaba, la primera grieta verdadera. Sentí a Liora encogerse dentro de mí.
—Entiendo.
—No lo dije para herirte.
—No.
Sonreí. No sé cómo pero lo hice.
—Por supuesto que no.
Me alejé, Arthur no me siguió y esa fue la parte que más dolió.
*****
*** Arthur acaba de decir una de esas frases que una nunca olvida. ¿Creen que ya está confundido… o que sabe perfectamente lo que está haciendo?***