La noche en que mi loba volvió a correr
La noche en que mi loba volvió a correr
La invitación a pasar tres días en una propiedad privada de los Beaumont llegó disfrazada de retiro estratégico.
No me engañó.
Los retiros estratégicos eran una conspiración empresarial para hacer reuniones en lugares donde las personas no podían escapar fácilmente.
—Bosque, lago, habitaciones individuales y comida preparada por un chef —leyó Lucía—. Suena terrible.
—También hay ocho horas diarias de planificación.
—Ah. Ahí está el sufrimiento.
La propiedad se encontraba a dos horas de Silvercrest, lejos de las autopistas y todavía ás lejos de cualquier lugar donde un humano pudiera preguntarse por qué algunas personas desaparecían entre los árboles durante la luna llena.
Era territorio neutral bajo protección directa de la Corona Alfa.
Eso fue lo que me explicó Niccolas.
—¿Corona? —pregunté.
Estábamos en la oficina de Cassian revisando la agenda del viaje.
Niccolas levantó la vista.
Cassian dejó de escribir.
—¿No sabe? —preguntó su Beta.
Miré de uno a otro.
—Odio cuando hacen eso.
—¿Qué cosa?
—Esa conversación silenciosa de lobos poderosos en la que deciden quién va a contarle algo a la loba emocionalmente desactualizada.
Niccolas tosió.
Cassian parecía estar considerando seriamente despedirlo.
—Soy Rey Alfa —dijo finalmente.
Esperé.
—Sí, ya sé que es Alfa.
—No. Rey Alfa.
Silencio.
Miré a Niccolas.
Él asintió.
Volví a Cassian.
—¿Rey?
—Es un título.
—Los títulos generalmente significan algo.
—Coordino el Consejo de Manadas del continente y tengo autoridad de arbitraje sobre conflictos entre territorios reconocidos.
Lo observé.
—Por supuesto.
Cassian frunció el ceño.
—¿Por supuesto?
—Es multimillonario, dueño de medio planeta, Alfa y ahora también Rey. Habría sido extraño que tuviera tiempo para un hobby normal.
Niccolas soltó una carcajada.
Cassian lo miró.
—Sal de mi oficina.
—No terminamos la agenda.
—Terminamos.
Niccolas se fue todavía riendo.
Yo crucé los brazos.
—¿Por qué no me lo dijo antes?
—Nunca preguntó.
—Tampoco le pregunté si era secretamente astronauta.
—No lo soy.
—Qué alivio.
Cassian me observó durante unos segundos.
—¿Le molesta?
La pregunta era seria.
Demasiado.
Pensé en mi antigua manada. En los títulos. En la forma en que el poder podia convertirse en una excusa para exigir obediencia. Después pensé en Cassian esperando en aquella reunión para dejarme hablar.
En la mano extendida dentro del ascensor.
Una opción.
No una orden.
—No —dije.
Algo en su postura se relajó.
—Pero me reservo el derecho a hacer bromas.
—Eso ya lo hacía.
—Ahora tengo más material.
El retiro comenzó un viernes.
La propiedad era enorme.
No una casa.
Una pequeña nación con tejado.
El edificio principal combinaba piedra, madera y ventanales abiertos hacia un lago oscuro rodeado de bosques. Había cabañas independientes, senderos, un centro de reuniones y suficiente seguridad para proteger a una delegación presidencial.
Lucía miró alrededor al bajar del auto.
—¿Puedo renunciar y vivir aquí?
—No.
—¿Puedo secuestrar una habitación?
—Tampoco.
—Tu gestión es muy restrictiva.
Cassian llegó unos minutos después.
No en helicóptero.
Eso me decepcionó un poco.
Solo porque quería molestar a Lucía.
Las reuniones comenzaron esa misma tarde.
Durante seis horas hablamos de expansión, equipos, presupuestos y un conflict regulatorio en Turquía. A las siete, mi cerebro se había convertido en una masa inútil.
La cena fue informal.
Informal, en el mundo de Cassian, significaba que nadie llevaba corbata y el vino costaba más que mi primer alquiler.
Después, algunas personas se quedaron en el salón.
Yo salí.
Necesitaba aire.
El bosque olía distinto a Blackwood.
Eso fue lo primero que noté.
Pino húmedo.
Tierra.
Agua.
Sin recuerdos reconocibles.
Caminé hasta el borde de un sendero iluminado.
Liora se movió.
*Corre.*
Mi corazón se detuvo.
—No.
*Corre.*
—No podemos.
Silencio.
Después una presión contra mi pecho.
No dolor.
Deseo.
Hacía más de tres años que no corría en forma lupina.
Antes del rechazo, transformarme había sido tan natural como respirar. Después, cada intento había terminado con miedo, dolor y una loba que retrocedía hacia un lugar donde yo no podía alcanzarla.
—No puedo —susurré.
*Podemos.*
La misma palabra.
La primera que había utilizado al volver.
Cerré los ojos.
—Aquí no.
*Seguro.*
El bosque.
La propiedad.
Él.
No pregunté cuál de las tres cosas quería decir.
Regresé al salón.
Cassian estaba junto a la chimenea hablando con Niccolas.
Me vio entrar.
La conversación se detuvo.
—¿Todo bien? —preguntó.
—Sí.
Mentira.
Maldición.
Él lo sabía.
—Necesito preguntarle algo.
Niccolas tomó su vaso.
—Desaparezco.
—No hace falta —dije.
—Con ustedes siempre hace falta.
Se fue.
Cobarde número dos.
Cassian esperó.
—¿Puedo correr aquí?
Su expresión no cambió.
Pero algo dentro de sus ojos sí.
—Sí.
—En forma de loba.
—Lo entendí.
—No estoy segura de poder transformarme.
—También lo entendí.
La vergüenza llegó antes de que pudiera detenerla.
—No quiero que nadie me vea si…
—Nadie la verá.
—No puede prometer eso.
—Puedo.
Su tono no fue arrogante.
Fue una declaración práctica.
—Cerraré el sector norte del bosque. La seguridad exterior permanecerá lejos.
—No quiero causar problemas.
—No los causa.
—Cassian.
—Anabella.
Nos miramos.
—No tiene que demostrar nada —dijo—. Si entra y decide volver, vuelve. Si no puede cambiar, no cambia. Nadie tiene derecho a esperar otra cosa.
La garganta se me cerró.
Era absurdo.
Una frase sencilla.
Pero durante años mi valor había estado relacionado con lo que podía ofrecer como futura Luna. Mi fuerza. Mi utilidad. Mi capacidad de cumplir expectativas que nunca había elegido.
Cassian estaba diciendo que podía fallar.
Y seguir estando bien.
—Gracias.
—No me agradezca todavía.
—¿Por qué?
—Hace frío.
—Soy una loba.
—Una loba que todavía lleva un vestido.
Miré mi ropa.
Tenía razón.
Lo odié por eso.
Una hora después estaba en una cabaña cercana al sector norte, vestida con ropa deportiva y preguntándome en qué momento exacto había perdido el juicio. Lucía sabía dónde estaba.
Eso había sido inevitable.
—¿Quieres que vaya contigo?
—No.
—¿Quieres que espere afuera?
—No.
—¿Quieres que prepare chocolate?
—Sí.
—Sabía que era útil.
Caminé sola hasta el bosque.
O eso creía.
No vi a Cassian.
Pero percibí su aroma a cierta distancia.
Madera.
Noche.
Algo difícil de nombrar.
No estaba cerca.
Cumplía su promesa.
Aun así, estaba allí.
Liora lo sabía.
*Seguro.*
—Está bien —susurré.
Avancé.
El sendero desapareció después de algunos metros.
La luna era pequeña entre las ramas.
Me detuve en un claro.
Respiré.
Antes lo hacía sin pensar.
Ahora tuve que recordar.
No el dolor.
La sensación anterior.
El cuerpo abriéndose a otra forma.
La conciencia compartida.
*Liora.*
Ella se acercó.
*¿Quieres?*
Silencio.
Después:
*Sí.*
El cambio comenzó en mis manos.
Dolor.
No el dolor limpio de una transformación normal.
Algo más áspero.
Huesos que recordaban mal.
Músculos tensos.
Caí de rodillas.
—No.
Liora retrocedió.
El cambio se detuvo a mitad.
Mis dedos estaban deformados.
Las uñas, convertidas en garras.
El pánico llegó.
No podía avanzar.
No podía regresar.
—Liora.
Nada.
—Por favor.
El dolor aumentó.
Escuché movimiento entre los árboles.
—¡No!
Mi voz salió mezclada con un gruñido.
Una figura apareció en el límite del claro.
Cassian.
Se detuvo inmediatamente.
No se acercó.
—Anabella.
—Váyase.
—No.
—¡No quiero que me vea así!
Su rostro cambió.
—¿Así cómo?
—Rota.
La palabra salió antes de poder detenerla.
El silencio del bosque fue absoluto.
Cassian dio un paso.
—No está rota.
—No puedo cambiar.
—Todavía.
—Deje de decir eso.
—No.
Otro paso.
—No está rota.
—No sabe lo que se siente.
—No.
Su voz fue tranquila.
—Pero sé lo que veo.
El dolor me dobló.
Cassian se detuvo a varios metros.
—Míreme.
—No puedo.
—Sí puede.
Levanté la cabeza.
Sus ojos habían cambiado.
No humanos.
La presencia del Rey Alfa llenó el claro.
Mi cuerpo reaccionó.
No con miedo.
Liora despertó.
*Él.*
Cassian se quitó la camisa.
Mi cerebro, incluso en medio de una crisis sobrenatural, encontró tiempo para registrar que aquello era profundamente injusto.
—¿Qué hace?
—Le voy a mostrar algo.
—¿Ahora?
—Confíe en mí.
La palabra confianza me habría hecho retroceder años atrás. Esta vez no. Cassian cambió.
Rápido.
Poderoso.
Sin vacilación.
Donde había estado el hombre apareció un lobo enorme.
Negro.
No marrón oscuro.
Negro como la noche entre los árboles, con reflejos plateados bajo la luna y ojos del mismo azul grisáceo de Cassian.
Era más grande que cualquier lobo que hubiera visto.
Rey.
La palabra apareció sin que nadie la dijera.
Liora se lanzó hacia la superficie.
No con miedo.
Con un sonido que no había escuchado en años.
Un gemido.
Reconocimiento.
El lobo de Cassian se acostó.
A varios metros.
Bajó la cabeza.
No dominación.
No orden.
Espera.
Liora empujó.
El dolor regresó.
—No puedo.
El lobo levantó la cabeza.
Sus ojos se mantuvieron en los míos.
*Podemos.*
Liora.
Esta vez no retrocedí.
El cambio me atravesó.
Grité.
Después ya no tuve voz humana.
El mundo explotó en olores.
Tierra.
Árboles.
Agua.
Cassian.
Caí sobre cuatro patas.
Durante un segundo no entendí.
Miré mis patas.
Pelaje castaño oscuro.
Mis patas.
Liora.
Nosotras.
Habíamos cambiado.
Un aullido salió de mi pecho.
No pude detenerlo.
Dolor.
Alegría.
Pérdida.
Regreso.
Todo junto.
El lobo negro se puso de pie.
No se acercó.
Esperó.
Yo di un paso.
Después otro.
Y corrí.
La primera carrera fue torpe.
La segunda no.
El bosque volvió a pertenecerme.
Mis músculos recordaron antes que mi mente. Salté sobre una raíz, giré entre los árboles y sentí el viento atravesar mi pelaje.
Liora estaba allí.
No dentro de mí.
Conmigo.
*Casa.*
Corrimos.
El lobo de Cassian lo hizo detrás.
Nunca delante.
Nunca intentando dirigir.
Simplemente allí.
Cuando mis fuerzas fallaron, regresamos al claro.
La transformación de vuelta fue más difícil.
Desperté humana, temblando, envuelta en una manta que no recordaba haber visto. Cassian estaba vestido otra vez.
Gracias a todos los dioses disponibles.
Se encontraba de espaldas.
También gracias.
—¿Está bien? —preguntó.
Lloré.
No pude evitarlo.
—Sí.
Mi voz se quebró.
Cassian no se giró.
—¿Puedo acercarme?
La pregunta me destruyó un poco más.
Asentí.
Después recordé que no podía verme.
—Sí.
Se giró.
Se acercó lentamente.
Yo estaba sentada en el suelo, envuelta en una manta, con el cabello lleno de hojas y probablemente la apariencia general de una persona que había perdido una pelea con un arbusto.
Cassian se arrodilló frente a mí.
—Lo hizo.
Negué con la cabeza.
—Lo hicimos.
Liora se movió.
*Él.*
Miré a Cassian.
—Gracias.
—No hice nada.
—Estuvo.
Eso lo silenció.
Durante un instante pensé que iba a tocarme.
No lo hizo.
Yo sí.
Tomé su mano.
Cassian dejó de respirar.
—Estuvo —repetí.
Sus dedos se cerraron alrededor de los míos.
—Siempre que me quiera allí.
El corazón me dolió.
Pero no como antes.
De una forma nueva.
Una forma que daba miedo porque podía crecer.
Regresé a la cabaña a las dos de la mañana.
Lucía me esperaba con chocolate caliente y una expresión de interrogatorio federal.
Me vio.
Miró la manta masculina.
Miró mis pies descalzos.
—Antes de que digas algo…
—¿Te fuiste al bosque con tu jefe, terminaste desnuda y volviste usando su manta?
Cerré los ojos.
—Cuando lo dices así, parece otra cosa.
—¿Hay una forma de decirlo que parezca menos otra cosa?
—Me transformé.
Lucía se quedó inmóvil.
—¿Qué?
Sonreí.
Las lágrimas regresaron.
—Liora volvió.
La taza cayó sobre la mesa.
Lucía me abrazó tan fuerte que casi perdí el equilibrio.
—¡Volvió!
—Sí.
—¿La viste?
—Técnicamente, era ella.
—¿Era grande?
—Lucía.
—Es una pregunta válida.
Me reí contra su hombro.
Aquella noche dormí mejor que en años.
Antes de cerrar los ojos, sentí a Liora acomodarse dentro de mí.
Presente.
Cansada.
Viva.
*Él nos encontró.*
Abrí los ojos en la oscuridad.
—Nos encontró en el bosque.
Silencio.
Intenté convencerme de que eso era lo que quería decir.
No funcionó del todo.