La Luna que consiguió lo que quería
La Luna que consiguió lo que quería
Arthur
Tatiana había cambiado las cortinas del salón principal cuatro veces en ocho meses. La primera porque eran demasiado oscuras, la segunda porque las nuevas parecían baratas y la tercera porque una Luna de su posición no podía recibir a otras manadas en un salón decorado con tonos de la temporada anterior. La cuarta vez dejé de preguntar.
—No me estás escuchando.
Levanté la vista. Tatiana estaba frente a mí con una carpeta de muestras de tela abierta sobre la mesa. Rubia, perfecta e irritada.
—Te escucho.
—Entonces dime cuál prefieres.
Miré las telas. No tenía idea de qué diferencia existía entre una y otra.
—La de la izquierda.
—Esa es la que está puesta ahora.
Cerré los ojos.
—Entonces esa.
Tatiana dejó la carpeta con un golpe.
—No te importa nada de esta casa.
Casa. La palabra me produjo una sensación amarga. La residencia Alfa había sido mi hogar desde niño. Después de casarme con Tatiana, dejó de parecerlo. No porque ella hubiera cambiado muebles ni por las cortinas. Porque Anabella había estado en cada rincón antes de irse: en la biblioteca donde estudiaba tratados, en la cocina robando masa cuando la cocinera preparaba pan, en el salón donde una vez tropezó con una alfombra y fingió durante diez minutos que había sido una maniobra de combate.
Yo había olvidado aquella escena hasta meses después del rechazo.
Entonces empezó a regresar.
Todo regresaba.
Las cosas pequeñas eran las peores.
—Tengo una reunión del Consejo —dije.
Tatiana cruzó los brazos.
—Siempre tienes una reunión.
—Soy Alfa.
—Y yo soy Luna.
Mi lobo se agitó con rechazo. No hacia el título. Hacia ella. Lo hacía desde el día de la ceremonia.
Tatiana había conseguido lo que quería. Se había convertido en mi esposa, en Luna Blackwood. La ceremonia había sido impecable: flores blancas, representantes de seis manadas, Consejo completo, fotografías oficiales. Mi lobo permaneció en silencio durante todo el ritual. No la aceptó. No de verdad.
Yo sí. O intenté hacerlo. Pensé que el tiempo resolvería el resto.
Había estado equivocado sobre muchas cosas. Últimamente eso parecía convertirse en un patrón.
—El Consejo quiere hablar de la sucesión —dije.
Tatiana dejó de mirar las telas.
—Otra vez.
—Sí.
—Ya les dije que no estoy preparada para tener hijos.
—No te lo preguntaron a ti.
Sus ojos se endurecieron.
—Soy la que tendría que llevarlo nueve meses.
—Lo sé.
—Entonces diles que esperen.
—Llevan ocho meses esperando.
—Ocho meses no es nada.
Para mi lobo, cada día era algo. Cada día sin Anabella. Cada día junto a una mujer a la que no había elegido como Mate. No estaba enfermo exactamente, pero era más débil. Nos costaba transformarnos y la recuperación después de una carrera era más lenta. Los médicos no encontraban nada físico.
Yo sabía qué era.
El rechazo.
La decisión que había tomado creyendo que un vínculo podía eliminarse como una cláusula inconveniente.
No podía.
Anabella había aceptado. El vínculo se había roto. Pero mi lobo recordaba.
Yo también.
—Arthur.
Tatiana estaba mirándome.
—¿Qué?
—Otra vez.
—¿Otra vez qué?
—Estás pensando en ella.
El aire cambió.
—No.
—Mientes.
Me puse de pie.
—Tengo una reunión.
—¡Siempre haces eso! Cada vez que menciono nuestro futuro, te vas. Cada vez que hablamos de un hijo, te quedas mirando como si alguien hubiera muerto.
Alguien había muerto. Una parte de mí. No dije eso.
—No estoy hablando de Anabella.
—Pero estás pensando en ella.
Su voz perdió parte de la furia y apareció otra cosa: miedo. Por un instante recordé a la mujer que había conocido años atrás. La amiga que parecía fuerte. La que entrenaba conmigo. La que me escuchaba cuando la presión del Consejo se volvía insoportable.
¿Había existido realmente?
¿O yo había visto lo que quería ver?
—Ella se fue —dije.
—Entonces deja que se vaya.
La frase me hizo reír sin humor.
—Eso intento.
La reunión del Consejo fue peor.
—La manada necesita estabilidad —dijo el anciano Moore.
La misma frase. Años atrás la habían utilizado para hablar de mi Luna. Ahora hablaban de un heredero.
—La tenemos.
Moore me observó.
—¿La tenemos?
Nadie habló. Lo odié.
—Sea directo.
—La productividad territorial cayó un seis por ciento. Las solicitudes de traslado aumentaron. Tres familias antiguas se marcharon a Red River. Los guerreros comentan que su lobo está debilitado.
Mi mandíbula se tensó.
—Los guerreros deberían concentrarse en sus tareas.
—Y la Luna ha reemplazado a once miembros del personal doméstico en ocho meses.
Miré a Jack. Mi Beta permanecía al final de la mesa y no me miró.
—Eso no es asunto del Consejo.
—Lo es cuando las personas despedidas pertenecen a familias de la manada.
—Tatiana dirige la residencia.
—Precisamente.
Me levanté.
—La reunión terminó.
—Arthur.
—Terminó.
El poder Alfa llenó la sala y los ancianos se callaron. Antes me habría producido satisfacción. Ahora solo cansancio.
Jack me siguió hasta mi oficina.
—No —dije antes de que hablara.
—No dije nada.
—Lo ibas a hacer.
Cerró la puerta.
—El Consejo tiene razón en algo. La gente está incómoda con Tatiana.
—Porque es nueva.
—Lleva ocho meses.
—Eso sigue siendo nuevo.
Jack me observó.
—¿Sabes cuántas personas despidió?
—Once.
—Diecisiete.
Fruncí el ceño. Me explicó que once habían sido empleados directos de la residencia y seis habían sido reasignados antes de terminar expulsados de otros puestos.
—¿Por qué?
—Esa es una excelente pregunta.
—¿Qué estás insinuando?
—Nada todavía. Estoy revisando algunas cosas.
—¿A espaldas de mi Luna?
Su expresión cambió.
—Estoy haciendo mi trabajo como Beta.
Mi lobo se movió. No para defender a Tatiana. Eso me enfureció más.
—No conviertas rumores en una investigación.
—No lo haré.
Jack se dirigió a la puerta y se detuvo.
—Arthur, ¿cuándo fue la última vez que hablaste con Anabella?
El golpe fue inmediato.
—No es asunto tuyo.
—Entonces hace mucho.
—Jack.
—Solo pregunto porque sigues actuando como si la decisión que tomaste hubiera terminado el día que ella se fue.
—Aceptó el rechazo. El vínculo se rompió. Entonces terminó.
Jack me miró con una tristeza que me dio ganas de golpear algo.
—¿De verdad?
Se fue.
Abrí el cajón inferior del escritorio. Las copias de mis cartas estaban allí. Algunas habían sido entregadas. Otras no. Ninguna respondida. La última la había enviado hacía cinco meses y después me obligué a detenerme, no porque dejara de pensar en ella, sino porque comprendí que cada carta era otra forma de pedirle que cargara con mi culpa.
Anabella no me debía alivio.
Había tardado demasiado en entenderlo.
Mi teléfono vibró. Era un enlace enviado por uno de los miembros del Consejo.
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Ya conocía la noticia. Había seguido la carrera de Anabella desde lejos más de lo que admitiría. Analista. Jefa. CEO. Cada ascenso era una mezcla de orgullo y dolor. Yo había pasado años escuchando que no era una Luna suficientemente fuerte. El mundo humano había tardado menos de tres años en convertirla en directora ejecutiva.
Abrí la nota. Había una fotografía del evento de presentación. Anabella estaba en el centro, cabello castaño, ojos verdes, sonrisa segura. No la reconocí durante un segundo, no porque hubiera cambiado físicamente, sino porque ocupaba el espacio de una forma distinta.
Sin pedir permiso.
A su lado estaba un hombre: alto, cabello oscuro, traje negro. Cassian Beaumont.
Mi lobo despertó con violencia. Un rugido atravesó mi mente. Dolor. Furia. Pérdida.
Amplié la fotografía. Cassian no tocaba a Anabella. Ni siquiera la miraba directamente. Pero su cuerpo estaba orientado hacia ella.
Protección.
Atención.
Un Alfa reconocía esas cosas.
Busqué el nombre completo y abrí una base privada de las manadas. Mi cuerpo se quedó frío.
Cassian Lucien Beaumont. Alfa soberano de Beaumont. Presidente del Consejo Continental de Manadas. Rey Alfa.
Me levanté tan rápido que la silla cayó.
Anabella estaba trabajando con el Rey Alfa. No solo trabajando: su empresa acababa de fusionarse con la suya. Vivían en la misma ciudad. Compartían una estructura ejecutiva.
La puerta se abrió. Tatiana entró sin golpear.
—¿Qué ocurrió?
Cerré la pantalla demasiado tarde. Vio la fotografía y su rostro cambió solo un segundo. Pero lo vi.
No tristeza. No inseguridad.
Odio.
Puro. Frío. Dirigido a Anabella.
—¿Por qué estás mirando eso? —preguntó.
La observé. Por primera vez en años, una parte de mí no escuchó la pregunta. Escuchó el tono.
Y recordó.
Todavía la defiendes.
Tatiana se acercó.
—Arthur.
Cerré la computadora.
—¿Qué problema tienes con ella?
Se quedó quieta.
—¿Qué?
—Anabella.
—Ninguno.
Demasiado rápido.
—Acabas de mirarla como si quisieras atravesar la pantalla.
—Estás imaginando cosas.
La frase me golpeó porque yo la había utilizado. No exactamente esas palabras, pero demasiadas veces.
Estás creando un problema donde no existe.
Tus inseguridades.
Tatiana intenta ayudarte.
El rostro de Anabella apareció en mi memoria.
¿Me conoces?
Tatiana tomó la carpeta de telas.
—No voy a discutir por ella otra vez.
Otra vez.
La palabra quedó suspendida.
La vi salir. Después miré la puerta cerrada y, por primera vez, no intenté convencerme de que Anabella había sido insegura.
Me permití pensar algo mucho peor.
¿Y si había tenido razón?