La mujer que hablaba como si ya hubiera ganado
La mujer que hablaba como si ya hubiera ganado
Conocí a Sandra Valmont un martes a las once de la mañana. La odié a las once y siete. No fue inmediato. Quiero dejar eso claro porque estaba intentando convertirme en una persona madura que no juzgaba a otras mujeres por su cabello, su ropa o la forma en que miraban al hombre que una todavía no admitía que le interesaba. Le di siete minutos completos. Me pareció generoso.
La reunión era sobre un proyecto de infraestructura social financiado por tres fundaciones privadas. Beaumont Crown aportaba tecnología y logística; la Fundación Valmont, capital; mi división coordinaba contratos, relaciones gubernamentales y equipos internacionales. Yo esperaba abogados.
Recibí a Sandra.
Entró en la sala como si la hubieran construido para ella. Rubia, ojos azules, piel dorada, vestido blanco de corte perfecto. Hermosa. No se parecía exactamente a Tatiana —eso habría sido demasiado sencillo—, pero había algo en la combinación de cabello rubio, seguridad absoluta y una sonrisa que no alcanzaba los ojos que hizo que mi cuerpo recordara antes que mi mente.
Liora gruñó.
No.
—No empieces —murmuré.
Lucía, a mi lado, giró la cabeza.
—¿Liora?
—Sí.
—¿Qué dijo?
—Que no.
Lucía observó a Sandra acercarse.
—La loba tiene buen instinto.
—No la conoces.
—Tú tampoco. Estoy dispuesta a asumir riesgos.
Sandra saludó primero a Niccolas con dos besos y una familiaridad evidente. Después a Martín. Luego a mí.
—Anabella Salvatore.
No fue una pregunta.
—Sandra Valmont.
—He escuchado mucho sobre usted.
La frase podía ser amable. No sonó así.
—Espero que al menos la mitad sea legal.
Parpadeó. Lucía bajó la cabeza para ocultar una sonrisa.
Sandra recuperó la suya.
—Cassian habla muy bien de su trabajo.
Mi pulso hizo algo ridículo.
—Es bueno saberlo.
—No suele hacerlo.
—¿Hablar bien de las personas?
—Hablar de ellas.
Ahí estaba. Algo pequeño. Una aguja envuelta en seda.
Antes habría empezado a buscar qué había hecho mal. Esta vez sonreí.
—Entonces me siento profesionalmente honrada.
Cassian entró dos minutos después. Lo supe porque Liora dejó de prestar atención a Sandra.
Él.
Sí. Ya habíamos establecido eso.
Cassian saludó a la sala. Cuando vio a Sandra, su expresión no cambió.
—Sandra.
—Cassian.
Ella se acercó demasiado. No lo tocó, pero lo hizo con la seguridad de alguien que creía conocer exactamente el espacio que podía ocupar. Mi estómago se tensó.
No tenía derecho.
Cassian no era mío. Ni yo suya. No había nada entre nosotros salvo trabajo, cafés, una carrera en el bosque, una danza, un ascensor y aproximadamente ciento cuarenta pensamientos que prefería no analizar.
Nada.
Liora gruñó otra vez.
No.
—Estoy de acuerdo —susurré.
—¿Con qué? —preguntó Lucía.
—Con nada.
La reunión comenzó. Sandra era inteligente. Eso me molestó. Habría sido más fácil si fuera solo una heredera caprichosa con una cartera cara y cero capacidad para leer un presupuesto. No lo era. Conocía los proyectos de la fundación, entendía estructuras financieras y hacía buenas preguntas. También interrumpía a personas que consideraba menos importantes y tenía una habilidad extraordinaria para convertir sus opiniones en hechos sin avisar a nadie.
—Cuando Cassian y yo discutimos esto en Ginebra el año pasado... —dijo en un momento.
Levanté la vista.
Cassian la miró.
—No discutimos este proyecto.
Sandra sonrió.
—No este en particular. Hablábamos de la necesidad de consolidar las alianzas entre nuestras familias.
Silencio. No completo, pero suficiente.
Algo frío bajó por mi espalda.
Alianzas entre familias. La frase era antigua. Muy de manada. Muy política. Muy parecida a matrimonio.
No miré a Cassian. No quería. Me concentré en mis documentos.
—Podemos volver al presupuesto —dije.
Mi voz sonó perfectamente normal. Estaba orgullosa.
La reunión continuó hasta que Sandra volvió a hacerlo.
—Cuando una ocupa una posición como la de Cassian, ciertas decisiones personales nunca son realmente personales. Las uniones correctas pueden estabilizar generaciones. Mi padre siempre ha creído eso.
Cassian dejó el bolígrafo.
—Tu padre cree muchas cosas.
Sandra sonrió.
—Y a veces tiene razón.
—No sobre mi vida privada.
La temperatura de la sala descendió. Yo miré un gráfico que ya había leído cuatro veces. No me importaba. Absolutamente nada. Liora estaba caminando dentro de mi cabeza como una criatura ofendida.
No.
—Deja de decir eso.
—¿Perdón? —preguntó Martín.
Había hablado en voz alta. Fantástico.
—La cláusula nueve —dije.
—No estábamos hablando de la cláusula nueve.
—Por eso. Deberíamos.
Lucía se tapó la boca con la mano.
La reunión terminó treinta minutos después. Recogí mis documentos con una eficiencia que habría impresionado a un equipo de evacuación.
—Anabella.
Cassian.
No.
—Tengo otra reunión.
—No aparece en su agenda.
Miré a Lucía. Traición.
—Puedo crear una.
—Cinco minutos.
Sandra seguía en la sala.
—Cassian, nuestro almuerzo...
—Niccolas te acompañará.
El rostro de Sandra cambió muy poco, pero lo vi.
—Pensé que vendrías.
—No.
Una palabra. Sin explicación. Sin culpa.
Sandra me miró y sonrió.
—Por supuesto.
Se marchó con Niccolas. Lucía tardó exactamente tres segundos en desaparecer también.
—Cobarde —murmuré.
—¿Qué ocurre? —preguntó Cassian.
—Nada.
—Anabella.
—No use mi nombre como interrogatorio.
—Entonces deje de responder como sospechosa. Está molesta.
—No.
—Sí.
—Qué conversación productiva.
Cassian dio un paso hacia mí. No demasiado. Suficiente.
—¿Sandra dijo algo?
—Muchas cosas. Es una participante activa en las reuniones.
—Anabella.
—Cassian.
—¿Qué cree que existe entre Sandra y yo?
El corazón me golpeó. No quería responder. Eso ya era una respuesta.
—No es asunto mío.
Su mandíbula se tensó.
—No pregunté eso.
—Es la respuesta que tengo.
Me dirigí hacia la puerta. Cassian habló detrás de mí.
—No existe nada.
Me detuve. No me giré.
—No tiene que explicarme.
—Quiero hacerlo.
Silencio.
—Nuestras familias conocen desde hace años la propuesta de los Valmont. Nunca la acepté. Nunca hubo compromiso. Nunca hubo una relación.
Me volví lentamente. Cassian estaba completamente serio.
—Sandra parece pensar otra cosa.
—Sandra piensa que insistir transforma una negativa en una negociación.
—Eso suena agotador.
—Lo es.
Quise sonreír. No lo hice.
—Entonces está claro.
—¿Lo está?
—Sí.
—Bien.
No se movió. Yo tampoco.
—¿Por qué le importa que esté claro para mí? —pregunté.
Error enorme.
Cassian me miró durante varios segundos y la habitación pareció hacerse más pequeña.
—Porque me importa lo que usted piense de mí. Más de lo que debería ser conveniente.
No había humor ni salida profesional. Solo verdad.
Yo no supe qué hacer con ella.
—Tengo una reunión —dije.
Cobarde.
Sí. Esta vez la cobarde era yo.
Lucía me esperaba a diez metros.
—¿Escuchaste? —pregunté.
—No.
—Mientes.
—Solo la parte en que dijo que no existe nada con Sandra.
—Eso es escuchar.
—La puerta estaba abierta.
—La cerraste al salir.
—Instinto.
Caminamos hasta el ascensor.
—Se parece un poco a Tatiana —dije en voz baja.
Mi mejor amiga dejó de bromear.
—Sandra.
Asentí.
—No exactamente. Pero... algo.
—Y pensaste que la historia se repetía.
—No.
Lucía me miró.
—Sí. Tal vez.
—Pero Cassian no es Arthur.
La frase dolió, no porque fuera falsa, sino porque empezaba a ser demasiado cierta.
—Todavía no sé quién es Cassian.
—No. Pero parece estar haciendo un esfuerzo bastante ridículo para que lo descubras.
Aquella tarde, Sandra apareció en mi oficina sola y sin cita. Lucía intentó detenerla. Sandra entró igualmente.
—Solo serán cinco minutos.
Me recosté en la silla.
—Tiene cuatro.
Su sonrisa se tensó.
—Entiendo por qué le agrada a Cassian. Es diferente de las mujeres que suelen rodearlo.
Ahí estaba: la versión sofisticada de no perteneces aquí . Había escuchado ese idioma antes.
—¿Necesita algo relacionado con el proyecto?
—Solo quería evitar malentendidos.
—Excelente. Yo también.
Sandra cruzó las piernas.
—Cassian y yo hemos sido considerados una unión conveniente durante años.
—Él acaba de explicarme que no existe ningún compromiso.
Su expresión se congeló solo un instante.
—Cassian es muy privado.
—No pareció ambiguo.
—Las personas como nosotros tienen responsabilidades que a veces requieren tiempo para aceptar.
Personas como nosotros. Sangre antigua. Familia noble. Jerarquía. La Anabella de Blackwood habría sentido que debía competir.
Yo estaba cansada de competencias que no había aceptado.
—Sandra, si Cassian algún día decide casarse con usted, será una conversación entre ustedes dos.
Ella sonrió.
—Exactamente.
—Y si decide no hacerlo, también.
La sonrisa desapareció.
—¿Qué intenta decir?
—Que no voy a disputar un hombre como si fuera un territorio.
Silencio.
—Entonces no tiene de qué preocuparse —dijo.
—No estaba preocupada.
Mentira parcial. Pero sonó bien.
Sandra se puso de pie y, antes de salir, se detuvo.
—Cassian tiene una vida complicada. Una mujer sin manada podría encontrarla... difícil.
El golpe fue preciso. Mi cuerpo se tensó.
Liora gruñó.
No hacia Sandra.
Por mí.
Protección.
Me puse de pie lentamente.
—Le quedan diez segundos para salir de mi oficina.
Sandra me miró.
—No quise ofenderla.
—Entonces debe trabajar mucho en sus habilidades diplomáticas.
Se fue. La puerta se cerró.
Respiré una vez. Dos.
Liora seguía allí.
No pequeña.
Mis ojos se llenaron de lágrimas, no de tristeza, sino de algo parecido a orgullo.
—No —susurré—. Ya no.
Después Lucía me contó que, al otro lado del pasillo, Sandra se había detenido junto a ella.
—¿Quién es ella realmente? —preguntó.
Lucía sonrió.
—La mujer a la que acaba de subestimar.
*****
***Sandra intentó utilizar exactamente la herida que dejó Tatiana: hacer sentir a Anabella que no pertenece. Esta vez no funcionó. Pero Sandra ya entendió que Cassian mira a Anabella de una forma distinta. ¿Retrocederá o acaba de encontrar un nuevo objetivo?***