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Las cosas que nadie quiso mirar

Rechazada por el Alfa, Elegida por el Rey — booknet.com · All chapters

Las cosas que nadie quiso mirar

Jack

La primera persona que me dijo que Tatiana maltrataba al personal de la residencia Alfa fue una omega de sesenta y dos años llamada Mara.

No le creí.

Ese fue mi primer error.

No porque pensara que Mara mentía. La conocía desde niño. Había trabajado en la casa de los Blackwood durante más de treinta años y era una de esas personas capaces de recordar quién había roto una ventana a los nueve aunque el responsable se hubiera convertido en Alfa dos décadas después. Pero cuando llegó a mi oficina seis meses después del matrimonio de Arthur, con las manos temblando y una carta de renuncia, mi mente buscó explicaciones más sencillas.

Conflicto de personalidad. Cambio de administración. Resistencia a una nueva Luna.

La misma clase de palabras que utilizamos cuando no queremos mirar una verdad incómoda.

—Me llamó inútil delante de las otras muchachas —dijo Mara.

—Hablaré con ella.

—No, Beta.

Levanté la vista.

—No quiero que hable con ella por mí.

—Entonces, ¿qué quiere?

Mara apretó la carta.

—Irme.

—Después de treinta años.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Después de treinta años.

Debí preguntar más. No lo hice. Mara se marchó. Tatiana me dijo que la edad la había vuelto sensible. Arthur dijo que la residencia era responsabilidad de su Luna. Yo acepté ambas respuestas.

Meses después tenía diecisiete nombres sobre mi escritorio.

Diecisiete personas despedidas, trasladadas o renunciantes. Demasiadas para seguir llamándolo conflicto de personalidad.

Empecé por los registros: horarios, asignaciones, informes disciplinarios. Tatiana había documentado casi todo. Eso era lo extraño. Las personas crueles no siempre eran descuidadas; algunas aprendían a convertir la crueldad en procedimiento.

Retrasos de cuatro minutos tratados como insubordinación. Errores menores convertidos en faltas graves. Una cocinera reasignada porque el postre de una cena estaba “visualmente por debajo del estándar de la Luna”. Un joven omega suspendido durante dos semanas por utilizar un vehículo de servicio para llevar a su madre al hospital.

Todo era formalmente defendible.

Todo olía mal.

La segunda persona que habló fue Julia, una guerrera que había entrenado con Tatiana durante años.

—¿Qué estás buscando? —preguntó cuando la cité.

—La verdad.

Se rió sin humor.

—Llegas tarde.

La frase me tensó.

—Explícate.

Julia miró la puerta cerrada.

—Tatiana siempre odiaba a Anabella.

No esperaba el nombre. Aun así, una parte de mí sí.

—¿Por qué?

—Porque existía.

—Eso no es una respuesta.

—Es la única. Antes de que Arthur reconociera a Anabella como Mate, Tatiana creía que terminaría con él. Todos lo sabíamos.

—Arthur nunca prometió eso.

—No hacía falta. Eran cercanos. Ella era fuerte, hija de una familia importante y el Consejo la adoraba. Después apareció Anabella.

Recordé a Bella con diecinueve años y el rostro iluminado después de reconocer a Arthur. Recordé a Tatiana sonriendo durante la celebración. Había parecido feliz.

—¿Qué hizo?

—Al principio, pequeñas cosas. Comentarios. Comparaciones. Le decía a Anabella que el Consejo esperaba más de una Luna y después iba con Arthur y decía que estaba intentando ayudarla.

Mi estómago se contrajo.

—¿Lo viste?

—Parte.

—¿Y nunca dijiste nada?

Julia me miró.

—Tú tampoco.

El golpe fue merecido.

—¿Algo más?

—La noche del entrenamiento. Cuando Tatiana se lastimó el tobillo.

Recordé a Arthur llevándola a la enfermería y a Anabella sola en el campo.

—No estaba lastimada —dijo Julia.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque entrenó conmigo esa misma noche, dos horas después. Dijo que el sanador la había curado.

—Eso es posible.

—No en dos horas. No había lesión.

El silencio de la oficina se volvió pesado.

—Necesito pruebas.

Julia asintió.

—Lo sé. Pregúntale a Mara por el vestido.

—¿Qué vestido?

—El verde.

El recuerdo apareció. La cena del Consejo. Anabella y Tatiana usando el mismo vestido. Arthur enfadado. Tatiana asegurando que había comentado delante de Anabella cuál había elegido.

Yo había estado allí. Había visto a Bella hacer un chiste y había visto cómo la sonrisa desaparecía cuando Arthur la reprendió.

Encontré a Mara al día siguiente. Vivía con su hija a veinte kilómetros del asentamiento. Cuando abrió la puerta y me vio, intentó cerrarla.

—No vengo a pedirle que vuelva.

—Entonces no tenemos nada de qué hablar.

—Es sobre Anabella.

La puerta se detuvo.

Mara me dejó entrar.

La historia del vestido era sencilla. Por eso resultaba tan cruel.

—La señorita Anabella lo compró primero —dijo.

—¿Está segura?

Mara me lanzó una mirada ofendida.

—Yo recibí el paquete.

—Entonces, ¿cómo...?

—La Luna Tatiana lo vio.

—Todavía no era Luna.

—Para ella ya lo era. Preguntó dónde lo había comprado. Dos días después llegó otro igual.

Me quedé inmóvil.

—¿Y la historia de que Anabella sabía que Tatiana lo usaría?

—Mentira.

La palabra fue limpia. Sin duda.

—¿Se lo dijo a alguien?

—A la señorita Anabella. Después de la cena.

—¿Y ella?

Mara bajó la mirada.

—Me pidió que no hiciera nada.

Por supuesto. Bella siempre intentaba evitar problemas, especialmente los que podían terminar con Arthur enfadado con ella.

—¿Por qué renunció realmente?

Mara tardó en responder.

—Porque la Luna me golpeó.

El mundo se detuvo.

—¿Qué?

—Una bofetada. La noche antes de irme.

Me puse de pie.

—¿Por qué no lo dijo?

—¿A quién?

La pregunta me dejó sin respuesta.

Mara sonrió con tristeza.

—El Alfa defendía a su Luna incluso antes de que lo fuera. Usted también.

Me senté otra vez. No tenía derecho a sentirme ofendido.

—Lo siento.

—Yo también.

Regresé a Blackwood con una sensación que no desapareció durante días. Necesitaba pruebas. No solo testimonios. Arthur estaba empezando a dudar, lo veía. Pero una duda no era suficiente para destruir un matrimonio, enfrentar a una Luna y aceptar que el rechazo de una Mate había sido construido sobre mentiras.

Busqué registros antiguos. La residencia y las áreas de entrenamiento tenían cámaras de seguridad, pero las grabaciones se eliminaban cada noventa días. La mayoría de los incidentes habían ocurrido años atrás.

La mayoría.

Entonces encontré una orden.

Solicitud de eliminación extraordinaria de archivo.

Fecha: el día del incidente junto al lago.

Solicitante: Tatiana Volkov.

Motivo: privacidad de la futura Luna.

Autorización: Oficina del Alfa.

La firma digital era de Arthur.

Recordé el día. Tatiana con la mejilla roja. Anabella diciendo que ella se había golpeado sola. Arthur preguntando qué era lo mejor que podía inventar.

Yo había estado allí.

Había visto la cara de Bella.

Y había mirado hacia otro lado.

El sistema eliminaba grabaciones del servidor principal, pero la empresa de seguridad externa conservaba copias temporales de respaldo durante los procesos de auditoría. La probabilidad de que existiera algo después de años era mínima.

Llamé igualmente.

Tardaron seis días. Seis días durante los cuales Tatiana despidió a otra empleada. Seis días durante los cuales Arthur evitó hablarme porque sabía que estaba investigando. Seis días durante los cuales empecé a comprender que quizá no estaba buscando una verdad nueva.

Estaba buscando pruebas de algo que Anabella había dicho desde el principio.

El correo llegó a las tres y doce de la madrugada.

Se ha localizado un archivo parcial en almacenamiento histórico.

Descargué el video. La calidad era mala, no tenía audio y el ángulo era lejano.

Suficiente.

Tatiana y Anabella junto al lago. Hablando. Tatiana acercándose. Anabella inmóvil. Después Tatiana levantó su propia mano y se golpeó a sí misma.

Retrocedió.

Arthur apareció segundos después.

Vi el resto.

La distancia no ocultaba nada: Arthur acercándose a Tatiana, Anabella intentando hablar, Tatiana llorando, Arthur girando hacia su Mate.

Cerré los ojos. No pude seguir durante unos segundos.

La puerta de mi oficina se abrió.

Arthur.

Cabello rubio desordenado, sin saco, ojos cansados.

—¿Qué haces aquí a esta hora?

No respondí. Miró la pantalla.

—¿Qué es eso?

Mi primera reacción fue cerrar la computadora.

Protegerlo.

Otra vez.

No.

Ya habíamos protegido demasiado a las personas equivocadas.

Giré la pantalla.

—Siéntate.

Arthur frunció el ceño.

—Jack.

—Siéntate.

Lo hizo.

Reproduje el video una vez. No habló. Lo reproduje otra. Arthur dejó de respirar.

—No.

—Sí.

—No.

Se levantó.

—Está manipulado.

—No.

—¿Quién te dio esto?

—La empresa de seguridad.

—No.

Su voz cambió. No autoridad.

Pánico.

—Anabella dijo...

Se detuvo.

—Dijo exactamente lo que ocurrió —terminé.

Arthur me miró. El color había desaparecido de su rostro.

—Tatiana...

—Mintió.

La palabra cayó entre nosotros.

—Y no fue una sola vez.

Abrí la carpeta. Los nombres. Los testimonios. El vestido. El entrenamiento. Los despidos. Mara. Cada página era otra grieta.

Arthur no leyó todo. No podía. Se sentó y durante varios minutos solo miró el video detenido en la pantalla: Tatiana con la mano levantada contra su propio rostro.

—Yo le dije...

Su voz se quebró. Nunca había escuchado la voz de mi Alfa quebrarse.

—¿Qué?

—Le pregunté si eso era lo mejor que podía inventar.

Cerró los ojos.

—Anabella me preguntó si la conocía. Y yo...

Se llevó las manos al rostro. Su lobo lanzó un aullido interno tan fuerte que lo sentí a través de la jerarquía de la manada.

Dolor. Furia.

Arthur cayó de rodillas.

—Alfa.

Me moví. Él levantó una mano.

—No.

Intentó respirar.

—Todo este tiempo.

—No sabemos todo todavía.

Arthur soltó una risa rota.

—¿Necesitas más?

No. No necesitaba. Él tampoco.

—Yo la rechacé —dijo.

No había respuesta para eso.

—La rechacé por ella.

Miró la pantalla.

—La elegí a ella. Y Anabella tenía razón.

La verdad no sonó liberadora.

Sonó como una sentencia.

Arthur se levantó de golpe.

—¿Dónde está?

—¿Tatiana?

—Anabella.

Ahí estaba. La reacción que temía.

—No.

Arthur me miró.

—¿Qué?

—No vas a ir tras ella así.

La autoridad Alfa presionó contra la habitación. Yo permanecí de pie.

—Soy tu Beta.

—Entonces dime dónde está.

—No.

—Jack.

—No sabes dónde vive. Y aunque lo supiera, no te lo diría.

Sus ojos cambiaron.

—Es mi Mate.

—No.

La palabra salió antes de que pudiera suavizarla.

Arthur se quedó inmóvil.

—Ya no.

El poder desapareció de la habitación. Lo vi recibir la frase.

—Aceptó tu rechazo —continué—. Se fue porque no podía respirar aquí. Descubrir la verdad no deshace lo que hiciste.

—Tengo que hablar con ella.

—Tú quieres hablar con ella.

—Necesita saber que ahora le creo.

—¿Años después? ¿Después de casarte con la mujer que la destruyó?

Arthur retrocedió como si lo hubiera golpeado.

Me dolió. Era mi amigo. Pero también había sido su Beta cuando Anabella necesitaba que alguien dijera la verdad.

No volvería a callarme.

—Si algún día hablas con ella —dije— será porque ella lo permite. No porque tu culpa necesite una respuesta.

Arthur miró el video. Después la carpeta.

—Voy a encontrarla.

—Probablemente.

—Y voy a pedirle perdón.

—Hazlo. Pero entiende algo primero.

Levantó la vista.

—Puede perdonarte y no volver.

Arthur cerró los ojos. Su lobo aulló otra vez. Esta vez no de furia.

De miedo.

Porque por fin entendía que la verdad podía llegar demasiado tarde.

*****

***Jack encontró la prueba que cambia todo. Arthur sabe ahora que Anabella dijo la verdad desde el principio, pero saberlo no le devuelve el vínculo ni borra sus decisiones. ¿Su arrepentimiento puede convertirse en algo genuino, aunque Anabella jamás vuelva con él?***