El primer beso que elegí
El primer beso que elegí
Después de mi primera cita con Cassian, ambos nos convertimos en personas extremadamente maduras.
Lo evitamos durante dos días.
No completamente. Eso habría sido difícil considerando que nuestras oficinas compartían una sala y una puerta construida aparentemente por un arquitecto enemigo de mi estabilidad emocional. Pero redujimos nuestras conversaciones a trabajo.
—El informe de Lisboa.
—Sobre su escritorio.
—Gracias.
—De nada.
Adultos. Profesionales. Patéticos.
El lunes, Lucía entró en mi oficina, observó la puerta interna cerrada y suspiró.
—No puedo trabajar en estas condiciones.
—¿Qué condiciones?
—Tensión sexual no resuelta a menos de diez metros de mi escritorio.
Casi me atraganté con el café.
—No hay tensión sexual.
—Anabella.
—No use mi nombre así.
—Ahora entiendo por qué todos lo hacen.
—Vete.
—¿Lo besaste?
—No.
—¿Quieres?
—Tengo trabajo.
—Eso es un sí con Excel.
La puerta interna se abrió. Cassian apareció. Lucía sonrió.
—Buenos días.
—Lucía.
—Me iba.
—Excelente.
—Cobardes los dos —murmuró al salir.
Cassian la escuchó. Por supuesto.
Me miró. Yo miré mi pantalla.
—¿Necesita algo?
—Sí.
Levanté la vista. Error. Estaba sin saco otra vez y empezaba a sospechar que lo hacía deliberadamente.
—¿Qué?
—El comité de París adelantó la reunión. Será a las cuatro.
—Bien.
Trabajo. Claro. Sentí una decepción tan absurda que quise discutir conmigo misma.
Cassian no se fue.
—¿Algo más? —pregunté.
—Sí. ¿Está incómoda conmigo?
Directo. Naturalmente.
—No.
—Miente.
—Todos necesitan dejar de decirme eso.
—Podría empezar a mentir mejor.
Me levanté.
—No estoy incómoda con usted.
—Entonces conmigo no.
—No dije eso.
—Dijo exactamente eso.
Odiaba negociar con un hombre que escuchaba las palabras.
—Estoy incómoda conmigo.
Cassian se quedó quieto.
Ya estaba dicho.
—Quería que me besara.
Sus ojos cambiaron. Mi pulso también.
—Lo sé.
—¿Cómo que lo sabe?
—Me lo dijo.
—Dije que quería, pero...
—Eso sigue significando que quería.
—No sea lógico ahora.
—Intentaré.
Me reí a pesar de mí misma.
—No sé cómo hacer esto.
La expresión de Cassian se suavizó.
—Yo tampoco.
Lo miré.
—Usted ha tenido citas.
—Sí.
—Relaciones.
—No.
—¿Nunca?
—No una que merezca ese nombre. He tenido encuentros. No relaciones.
La honestidad me produjo una punzada extraña. Celos. Ridículo. Pasado. Nada mío.
Liora gruñó.
—No —murmuré.
Cassian arqueó una ceja.
—¿Qué dijo?
—Nada importante.
No otras.
Cerré los ojos.
—Mi loba necesita aprender conceptos temporales.
Cassian entendió. Una sonrisa apareció lentamente.
—¿Está celosa?
—No.
Sí.
—Cállate —dije en voz alta.
Cassian se rió. No una sonrisa. Una risa real.
Lo señalé.
—Esto es humillante.
—Para usted.
—Lo odio.
—No parece.
Otra vez.
Esta vez no aparté la mirada.
—No —admití.
El humor desapareció.
El teléfono de Cassian sonó. No atendió.
—La reunión de París —dije.
—Faltan seis horas.
Di un paso atrás. No por miedo, sino por necesidad de aire.
—Trabajo.
Él me observó y después asintió.
—Trabajo.
La reunión de París fue un desastre, no por nosotros, sino por un ministro adjunto que decidió cambiar tres condiciones después de seis semanas de negociación y después pareció sorprendido cuando las otras partes reaccionaron. Terminamos a las nueve de la noche.
—Necesito correr —dije.
Lucía recogía sus cosas.
—¿En gimnasio o con cuatro patas?
—Cuatro.
—Eso sigue siendo una frase rara.
Había empezado a utilizar la propiedad Beaumont una vez por semana. A veces Cassian estaba. A veces no. Nunca preguntaba cuándo iría ni aparecía sin avisar.
Aquella noche le envié un mensaje desde el ascensor.
Voy al bosque.
La respuesta llegó antes de que alcanzara el estacionamiento.
Estoy allí.
Mi corazón reaccionó. Liora también.
Rápido.
—Traidoras las dos.
El bosque estaba oscuro cuando llegué. Cassian esperaba junto a la cabaña con ropa deportiva y el cabello ligeramente desordenado. Sin traje. Era una versión de él que todavía me sorprendía.
—¿Mal día? —preguntó.
—Francia.
Asintió como si explicara todo.
—Entiendo.
—No creo.
—Tengo empresas francesas.
—Entonces mis condolencias.
Nos internamos en el bosque por caminos separados para transformarnos. La segunda vez fue más fácil. No indolora, pero Liora ya no tenía miedo de quedar atrapada.
Corrimos.
El lobo de Cassian era más rápido que nosotras. Mucho. No presumía, lo cual lo hacía peor. Liora intentó alcanzarlo durante casi una hora. No pudo y se ofendió personalmente.
Otra.
—No.
Otra.
—Estoy muriendo.
El lobo negro nos observó. Juro que parecía divertido.
Él ríe.
—También lo odio.
No.
—Tú también eres una traidora.
Regresamos al claro. Después de transformarnos, nos encontramos junto a la cabaña, vestidos nuevamente y con el tipo de cansancio que volvía innecesarias muchas defensas. Cassian encendió un fuego pequeño en la terraza exterior y yo me senté con una manta sobre los hombros.
La pregunta salió sin plan.
—¿Por qué nunca me preguntó quién me rechazó?
Cassian se quedó inmóvil. Muy inmóvil.
—Porque no tiene que contármelo.
—Pero quiere saber.
—Sí.
La honestidad. Siempre.
Miré el fuego.
—Se llamaba Arthur Blackwood.
Cassian no reaccionó. Eso fue extraño.
—Era Alfa.
—Lo imaginaba.
—¿Por qué?
—Usted fue preparada para ser Luna.
Lo miré.
—¿Cómo sabe eso?
Un segundo. Demasiado.
—Niccolas encontró referencias durante la revisión de la fusión.
No era toda la verdad. Lo sentí.
—Me investigó.
Cassian no mintió.
—Sí.
El calor del fuego pareció desaparecer.
—¿Cuánto?
—Registros públicos y de manada. Nada médico. Nada de vigilancia. Nadie habló con sus conocidos.
Me puse de pie.
—¿Por qué?
Cassian también.
—Porque cuando la conocí su loba casi no estaba y no sabía si alguien podía estar buscándola o si estaba en peligro.
—No era asunto suyo.
—No.
La respuesta me detuvo.
—Entonces, ¿por qué?
Su mandíbula se tensó.
—Porque me importó.
—No me conocía.
—Lo sé.
—Eso no tiene sentido.
—También lo sé.
Lo miré. Había algo detrás de sus palabras, una verdad más grande que todavía no podía ver.
—Debería habérmelo dicho.
—Sí.
—Estoy enfadada.
—Tiene derecho.
—Deje de responder correctamente.
Una sombra de sonrisa apareció.
—Intentaré.
Quise mantener el enojo. Realmente. Pero Cassian no se defendía. No me decía que lo había hecho por mi bien como si eso eliminara mi derecho a sentirme invadida.
—¿Qué sabe?
La sonrisa desapareció.
—Lo suficiente.
—¿Sobre Tatiana?
Su lobo se movió bajo la piel. Lo vi en sus ojos.
—Sí.
—¿Sobre el rechazo?
—Sí.
—Entonces sabe que fui una idiota durante siete años.
Cassian dio un paso hacia mí.
—No.
—Yo no vi...
—No.
La autoridad en su voz fue distinta. No una orden. Convicción.
—Confiar en alguien no la hace idiota. Que esa persona utilice su confianza contra usted habla de él, no de usted.
Las lágrimas llegaron. Odiaba llorar frente a él. Parecía suceder con una frecuencia estadísticamente preocupante.
—Arthur no era completamente malo.
Cassian se quedó quieto.
—No dije que lo fuera.
—Lo amé.
La frase dolió, pero podía decirla.
Cassian respiró lentamente.
—Lo sé.
—Una parte de mí probablemente siempre va a recordar quién era antes de todo.
Su rostro permaneció controlado. Solo sus manos se cerraron.
—Lo sé.
—¿Eso no le molesta?
—Sí.
Parpadeé.
—Ah.
—Mucho.
Me reí entre lágrimas.
—Eso fue inesperado.
Cassian dio otro paso.
—Puedo entender algo y odiarlo al mismo tiempo.
—¿Está celoso de un vínculo roto?
—Estoy celoso de siete años de su vida que otro hombre tuvo y no supo valorar.
Mi corazón se detuvo.
Cassian cerró los ojos un instante.
—Eso sonó peor en voz alta.
—Un poco.
—Lo retiro.
—No.
Abrió los ojos.
Yo estaba cansada. De Francia. Del pasado. De tener miedo cada vez que quería algo.
Liora se acercó.
Queremos.
Sí.
Esta vez sí.
Di un paso. Cassian no se movió. Di otro y quedé frente a él. Su respiración cambió.
—Anabella.
—La otra noche retrocedí.
—Lo sé.
—No porque no quisiera.
—Lo sé.
—Deje de decir que lo sabe todo.
—Bien.
Levanté una mano y toqué su rostro. Cassian cerró los ojos durante medio segundo. El gesto me dio valor.
—Ahora no quiero retroceder.
Sus ojos encontraron los míos.
—¿Está segura?
—Sí.
No me besó.
Todavía no.
Esperó.
Entonces comprendí. Había dicho que quería, pero esta vez él me estaba dejando elegir incluso el último paso.
Así que lo hice.
Me puse de puntillas.
Y besé al Rey Alfa.
Durante exactamente un segundo, Cassian no reaccionó. Después una de sus manos se apoyó en mi cintura y la otra en mi nuca. No me arrastró hacia él ni tomó más de lo que yo había ofrecido. Pero cuando comprendió que no iba a alejarme, el beso cambió.
Calor.
Hambre contenida.
Años de una tensión que, objetivamente, solo llevaba meses pero mi cuerpo parecía recordar de otra vida.
Liora aulló. El lobo de Cassian respondió, no afuera, sino dentro de él. Lo sentí.
Algo se encendió entre nosotros. Una corriente más profunda que la atracción.
Me aparté apenas, sin aire. Cassian apoyó la frente contra la mía y cerró los ojos.
—Dime que estás bien.
—Estoy bien.
—Otra vez.
Sonreí.
—Estoy bien.
Abrió los ojos. Había algo casi salvaje en ellos y, al mismo tiempo, mucho control.
—Bien —murmuró.
—¿Eso es todo?
—No.
Volvió a besarme. Esta vez fui yo la que se rió contra su boca.
—¿Qué? —preguntó.
—Nada. Estoy besando a un Rey.
Cassian me miró.
—No aquí.
—¿Qué?
—Aquí soy solo Cassian.
La frase me golpeó más que el beso.
Solo Cassian. El hombre que llevaba café. El que esperaba. El que corría detrás de mi loba sin intentar dirigirla.
Lo besé otra vez.
Por elección.
Por deseo.
Por mí.
Cuando regresé a casa, Lucía estaba despierta. Naturalmente. Me miró, miró mi boca y volvió a mirarme.
—Oh.
—No.
—Oh.
—No empieces.
—¡LO BESASTE!
—Los vecinos.
—¡QUE SE ENTEREN!
Me reí mientras intentaba taparle la boca. Por primera vez en años, hablar de un hombre no me produjo vergüenza ni dolor.
Me produjo felicidad.
Pequeña. Nueva. Aterradora. Mía.
Esa noche, antes de dormir, Liora se acomodó dentro de mí.
Elegimos.
Abrí los ojos.
No nos eligió .
No destino .
No Mate .
Elegimos.
Sonreí en la oscuridad.
—Sí.
Y al otro lado de la ciudad, un hombre al que todavía no sabía que el destino me había unido recibió un mensaje de Niccolas.
Tenemos un problema en Blackwood.