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Lo que hacemos después de un beso

Rechazada por el Alfa, Elegida por el Rey — booknet.com · All chapters

Lo que hacemos después de un beso

La mañana después de enterarme de que Arthur quería hablar conmigo tuve tres reuniones, un almuerzo con inversores y una discusión de cuarenta minutos sobre una cláusula de confidencialidad.

Fue perfecto.

No porque disfrutara discutir sobre jurisdicción aplicable —aunque, para mi vergüenza, a veces sí—, sino porque trabajar era una actividad que tenía principio, método y resultados posibles. Las emociones, en cambio, parecían administradas por un comité sin experiencia que se reunía sin agenda.

A las seis de la tarde cerré la última carpeta y me quedé mirando la puerta interna de mi oficina.

Cassian no había aparecido en tres horas.

No era extraño.

Era el dueño de un conglomerado internacional, Rey Alfa y, según información reciente, una persona que probablemente tenía más responsabilidades que un jefe de Estado con problemas de control.

Aun así, miré la puerta.

Lucía entró por la principal.

—No.

La miré.

—¿No qué?

—No vas a convertirte en la clase de mujer que mira una puerta esperando que un hombre aparezca.

—No estaba haciendo eso.

—Llevas cuarenta segundos mirando madera.

—Estaba pensando.

—En un hombre detrás de la madera.

—Tengo trabajo.

—Ya terminaste.

Odiaba que mi asistente conociera mi agenda.

—¿No tienes una vida?

—Sí. La estoy posponiendo para disfrutar de la tuya.

Se dejó caer en la silla frente a mi escritorio.

—Entonces.

—Entonces qué.

—Besaste a Cassian Beaumont.

—Ya hablamos de eso.

—No lo suficiente.

—Para ti nunca sería suficiente.

—Correcto. Ahora también sé que tu ex Mate pidió contactarte y que tú dijiste que no. Es un día emocionalmente rentable.

Suspiré.

—No quiero hablar de Arthur.

La expresión de Lucía cambió inmediatamente.

—Bien.

Eso era una de las cosas que más amaba de ella. Podía burlarse de mí hasta que amenazara con arrojarla por una ventana, pero sabía detenerse cuando la broma dejaba de ser segura.

—Quiero hablar de Cassian —añadí.

Su sonrisa regresó.

—Excelente elección.

—No sé qué estamos haciendo.

—Besar.

—Lucía.

—Lo siento. Continúa.

Me recliné en la silla.

—Nunca tuve esto.

—¿Una relación?

—Una relación normal. Arthur era mi Mate. Todo estaba decidido antes de que aprendiéramos a conocernos como adultos. Nunca hubo una conversación sobre si estábamos saliendo o si queríamos algo serio. Simplemente... era el futuro.

Lucía permaneció en silencio.

—Con Cassian no sé cuáles son las reglas.

—Tal vez porque no hay reglas universales.

—Eso es poco útil.

—Lo sé. También me molesta.

La puerta interna se abrió.

Ambas miramos.

Cassian apareció.

Lucía se puso de pie.

—Mi trabajo aquí ha terminado.

—No hiciste nada —dije.

—Exactamente. Soy muy eficiente.

Pasó junto a Cassian, le dio una palmada en el brazo como si no fuera el hombre más poderoso del mundo sobrenatural y desapareció.

Él la siguió con la mirada.

—Tu asistente es extraña.

Lo señalé.

—Dijiste "tu".

Cassian volvió a mirarme.

—Tú empezaste.

—Fue accidental.

—Lo repetiste esta mañana.

—¿Llevas la cuenta?

—De algunas cosas.

Mi estómago hizo algo completamente innecesario.

—Bien —dije—. Entonces supongo que ahora somos personas que se tutean.

—Podríamos firmar un acuerdo.

—No bromees con contratos. Soy vulnerable.

La sonrisa que apareció en su rostro hizo que Lucía tuviera razón respecto de la puerta y yo odiara a ambas.

Cassian se acercó, pero se detuvo al otro lado del escritorio.

—Quería hablar contigo.

—Eso parece contagioso hoy.

—Sobre nosotros.

Mi cerebro, que había negociado bajo presión internacional, decidió abandonar su puesto.

—Ah.

—Ah —repitió.

—No te burles.

—No lo haría.

—Lo estás haciendo con los ojos.

—Aprendí de ti.

Me puse de pie porque estar sentada mientras él decía nosotros me parecía una desventaja táctica.

—Yo también quería hablar.

—Bien.

—No sé qué estamos haciendo.

Cassian asintió como si le hubiera presentado una cuestión perfectamente razonable.

—Estamos conociéndonos.

—Eso suena muy adulto.

—Tengo treinta y nueve años.

—Yo casi treinta. No parece estar ayudando a ninguno.

La comisura de su boca se movió.

—Quiero seguir viéndote fuera del trabajo.

La claridad me tranquilizó más de lo que esperaba.

—Yo también.

—No quiero que nuestra relación personal afecte tu autoridad en la empresa.

—Yo tampoco.

—Si alguna decisión involucra directamente a tu división, seguirán existiendo los mismos controles y el Consejo tendrá la última palabra cuando corresponda.

—Cassian.

—¿Qué?

—Esto empieza a parecer un contrato.

—Dijiste que eras vulnerable.

Me reí.

—Y si esto sale mal —continuó—, tu trabajo sigue siendo tuyo.

La risa desapareció.

Cassian sostuvo mi mirada.

—No estoy diciendo que vaya a salir mal. Estoy diciendo que nunca tendrás que permanecer conmigo por miedo a perder algo que construiste.

Durante un instante no pude responder.

Arthur había sido Alfa. Mi futuro como Luna, mi posición y mi vínculo estaban unidos a él hasta el punto de que, cuando me rechazó, sentí que perdía todo al mismo tiempo.

Cassian estaba separando las cosas antes de que yo tuviera que pedirlo.

—Gracias.

—No debería ser extraordinario.

—No. Pero para mí todavía lo es.

Rodeé el escritorio. Quedé frente a él.

—¿Puedo agregar una condición?

—Depende.

—Cuando estemos trabajando, si hago algo mal, me lo dices.

—Lo hago ahora.

—Con entusiasmo, sí. Pero no quiero que nadie piense que estoy aquí porque...

No terminé.

Cassian sí entendió.

—Porque me gustas.

Mi rostro se calentó.

—Podrías haber utilizado una formulación más neutral.

—No quería.

—Eres difícil.

—Lo sé.

—Y arrogante.

—A veces.

—Muchas veces.

—Probablemente.

—Y me gustas también.

Eso lo calló.

Disfruté el momento.

—¿Nada? —pregunté.

Cassian dio un paso.

—Estoy pensando.

—Eso puede ser peligroso.

—En si besarte en tu oficina viola nuestro acuerdo recién negociado.

—Todavía no está firmado.

—Excelente punto.

Me besó.

No como en el bosque. Allí había habido emoción, confesiones y una cantidad excesiva de vulnerabilidad cerca de un fuego. Esta vez fue un beso breve, casi cotidiano, y precisamente por eso me afectó de una forma diferente.

Cuando se apartó, seguíamos de pie entre mi escritorio y una biblioteca llena de documentos.

—Eso fue poco profesional —dije.

—Gravemente.

—Podría denunciarte.

—Lucía investigaría.

—Y probablemente me encontraría culpable.

—Sin duda.

El resto de la semana construimos algo que no tenía nombre y que, por primera vez, no necesitaba uno inmediato.

Tomábamos café por la mañana. A veces almorzábamos juntos. Una noche fuimos a caminar después del trabajo y terminamos discutiendo durante media hora sobre si comprar libros digitales contaba como tener una biblioteca.

—No huelen a libro —dije.

—Eso no es un argumento.

—Es el argumento principal.

—Es irracional.

—Tienes tres helicópteros. No acepto críticas sobre racionalidad financiera.

Descubrí que Cassian enviaba mensajes demasiado breves.

Llegué.

Come.

Reunión 14:00.

Yo empecé a responder deliberadamente con exceso de palabras.

Estimado señor Beaumont: acuso recibo de su comunicación de una sílaba y procedo a confirmar que ingeriré alimentos conforme a las mejores prácticas internacionales. Saludos cordiales.

Su respuesta llegó treinta segundos después.

Insoportable.

Sonreí durante una reunión y Martín me preguntó si había encontrado un error en el presupuesto.

—Algo así.

Eduardo se enteró sin que yo le contara.

Naturalmente.

Me invitó a cenar el domingo y esperó hasta el postre para preguntar:

—¿Es serio?

Casi me atraganté con agua.

—¿Qué?

—Cassian Beaumont.

—¿Cómo sabe?

—Anabella.

—No use mi nombre así. Ya hay demasiadas personas haciéndolo.

Eduardo sonrió.

—No soy ciego.

—No sé si es serio.

—¿Te hace feliz?

La pregunta me tomó desprevenida.

—Sí.

—¿Te hace más pequeña?

Lo miré.

—No.

—Bien.

—¿Eso es todo?

—No. Si te lastima, tengo recursos.

Me reí.

—Cassian tiene más.

Eduardo tomó vino.

—Tengo paciencia.

—Eso fue inquietante.

—Era la intención.

Después su expresión se volvió más suave.

—No desaparezcas dentro de la vida de otro hombre, Anabella. No importa cuánto lo ames algún día.

La palabra amor quedó entre nosotros.

No estaba allí todavía.

O quizá estaba creciendo en un lugar donde yo todavía no quería mirar.

—No lo haré —dije.

Y lo creía.

Había tardado años en construir una vida que me pertenecía. No iba a entregarla a nadie, ni siquiera a un hombre que me miraba como si el resto de una habitación perdiera importancia.

El jueves por la tarde, Cassian apareció en mi oficina con una propuesta.

—Cena mañana.

—Eso sonó como una orden.

—Quiero cocinar.

Lo miré con sospecha.

—¿Uno de los cuatro platos?

—Sí.

—¿Cuál?

—Pasta.

—El más fácil.

—Puedes rechazar la invitación.

—No dije que fuera a hacerlo.

—Entonces mañana, ocho.

—¿Restaurante?

—Mi casa.

Mi corazón aceleró.

Cassian lo oyó. Claro que lo oyó.

—Solo cena —dijo.

La frase no eliminó la tensión. La hizo peor.

—No estaba pensando otra cosa.

Mentira.

Liora se movió.

Sí.

—Tú no ayudas —murmuré.

Cassian arqueó una ceja.

—¿Liora?

—Está desarrollando opiniones sobre mi agenda.

—¿Favorables?

—No te emociones.

Sonrió.

El viernes a las siete y media, Lucía me encontró frente al armario.

—¿Qué te pones?

—Ropa.

—Excelente. La evolución humana continúa.

—Es una cena.

—En el penthouse de un Rey Alfa.

—Que cocina cuatro platos.

—Tres si incendias uno.

La miré.

—Eso ocurrió una vez.

—La espuma llegó al techo.

Cerré el armario.

—No voy a incendiar la cocina de Cassian.

Lucía sonrió.

—Eso, querida amiga, es exactamente lo que diría una mujer a punto de incendiar la cocina de Cassian.

* ****

*** Anabella y Cassian acaban de hacer algo poco habitual en las novelas: hablar de lo que están construyendo antes de asumir que ambos entienden lo mismo. Ahora viene una cena en casa del Rey Alfa. ¿Qué puede salir mal? Considerando el historial culinario de Anabella, la respuesta correcta es "muchas cosas".***