El derecho a decir todavía no
El derecho a decir todavía no
** Cassian **
Desperté con Anabella dormida sobre mi pecho y comprendí dos cosas.
La primera: mi brazo izquierdo había dejado de recibir circulación aproximadamente una hora antes.
La segunda: habría permitido que se cayera antes de moverla.
Mi lobo consideró la situación satisfactoria.
*Compañera. Aquí.*
Sí. Aquí.
Anabella respiró profundamente y se acercó un poco más en sueños. El problema de mi autocontrol adquirió inmediatamente características físicas que preferí no analizar.
Cerré los ojos.
Treinta y nueve años. Había dirigido guerras territoriales. Había negociado con presidentes. Había sobrevivido a un atentado a los treinta y dos.
Y una mujer dormida usando mi camiseta me había reducido a esperar inmóvil para no despertarla.
Mi teléfono vibró sobre la mesa de noche.
No lo alcancé.
Volvió a vibrar. Anabella murmuró algo incomprensible. Lo ignoré.
La tercera vibración fue seguida por la voz automática del sistema del penthouse.
—Llamada prioritaria de Niccolas Beaumont.
Anabella abrió los ojos.
Yo consideré seriamente degradar a mi Beta.
—Buenos días —dijo con voz dormida.
—Buenos días.
Miró dónde estaba. Después me miró a mí. Después mi brazo.
—¿Hace cuánto estoy encima de ti?
—No lo sé.
—Tu mano está azul.
—Exageras.
Se incorporó rápidamente. La circulación regresó como una forma de tortura.
—¡Cassian!
—Estoy bien.
—¿Por qué no me moviste?
—Dormías.
Me miró como si acabara de confesar una enfermedad.
—Eso es ridículo.
—Probablemente.
El teléfono vibró otra vez. Anabella lo señaló.
—Tu reino te necesita.
—Es Niccolas. Es peor.
Respondí.
—¿Qué?
—Buenos días para ti también.
—Interrumpiste.
Silencio. Después, una voz demasiado satisfecha.
—¿Interrumpí?
Miré a Anabella. Ella ya estaba poniéndose de pie y parecía estar considerando saltar por el ventanal.
—Termina esa frase y te envío a supervisar nuestras operaciones antárticas.
—No tenemos operaciones antárticas.
—Las tendremos.
Anabella salió de la habitación intentando no reírse.
—¿Qué quieres? —pregunté.
El humor desapareció de la voz de Niccolas.
—Blackwood solicitó formalmente una audiencia soberana.
Me senté.
—¿Arthur?
—El Consejo de la manada. La investigación contra Tatiana ya supera su jurisdicción interna, porque algunos testimonios describen abuso sistemático de autoridad de Luna y posible manipulación de registros.
Mi primer impulso fue rechazar cualquier participación.
El segundo fue recordar que yo no era solo el hombre enamorado de Anabella. También era Rey Alfa.
—No dirigiré personalmente la investigación.
—Pensé lo mismo.
—Conflicto de interés.
—Sí.
—Tú tampoco.
—¿Por ser tu Beta?
—Por conocer demasiado de la historia de Anabella.
Niccolas exhaló.
—Propondré un tribunal de tres Alfas neutrales.
—Hazlo.
—Hay otra cuestión. Arthur volvió a solicitar contacto.
Mi lobo gruñó.
*No.*
—La respuesta sigue siendo la misma.
—Lo sé. Solo quería confirmar que se la informaremos a ella, como acordaron.
—Sí.
Anabella apareció en la puerta con el cabello desordenado y mi camiseta.
Mi capacidad de pensar disminuyó otra vez.
—Te llamo después —dije.
Niccolas guardó silencio.
—Ni una palabra.
—No dije nada.
Corté.
Anabella cruzó los brazos.
—¿Blackwood?
No me gustaba que pudiera identificarlo por mi cara.
—Sí.
Le conté lo esencial mientras desayunábamos. Sin detalles que no hubiera pedido. Sin convertir cada paso de la investigación en una ventana hacia una vida de la que había decidido salir.
—Arthur volvió a pedir contacto —dije finalmente.
Anabella dejó la taza.
La pausa fue breve.
—No.
—Bien.
—Y no pongas esa cara de satisfacción.
—No estoy haciendo nada.
—Tu cara habla.
La influencia de esa mujer sobre mi reputación era irreparable.
—Enviaré la respuesta.
Anabella asintió.
—Gracias.
—Hay algo más. El Consejo de Blackwood solicitó intervención soberana. Yo me apartaré del tribunal.
—¿Por mí?
—Por conflicto de interés.
—Eso significa por mí.
—En parte.
Su mirada se quedó en la mía.
—No quiero ser una razón para que no cumplas con tus responsabilidades.
—No lo eres. Cumplir correctamente significa reconocer cuándo una decisión puede estar contaminada por intereses personales.
—¿Y está contaminada?
La pregunta fue peligrosa.
—Sí.
Anabella bajó la vista hacia su café.
—Ah.
—Mucho.
Me miró otra vez.
—Sigues siendo demasiado honesto.
—No contigo.
La frase salió antes de que pudiera medirla.
Anabella se quedó quieta.
Yo también.
Porque no era completamente cierta.
Seguía ocultando la verdad más grande.
*Compañera.* El vínculo. La razón por la que la había reconocido antes de saber su nombre.
Mi lobo se agitó con impaciencia.
Mara Elian había dicho que esperara. Yo había prometido dejarla elegir.
Pero cada día que Anabella se acercaba por decisión propia hacía más difícil saber cuándo el silencio dejaba de ser protección y empezaba a convertirse en una omisión.
Antes de que pudiera pensar más, el sistema anunció una visita no programada.
—Sandra Valmont solicita acceso al nivel residencial.
Anabella arqueó una ceja.
—¿A las nueve de la mañana?
—No la invité.
—No pregunté.
Su tono era tranquilo. Demasiado tranquilo.
—Anabella.
—Estoy bien.
—Mientes.
—Ahora no.
Tenía razón.
—No tienes que irte —dije.
—Sí tengo. Llevo tu camiseta y no quiero que la primera conversación seria con Sandra desde su visita a mi oficina incluya este nivel de evidencia circunstancial.
La miré.
Anabella miró la camiseta.
Después ambos entendimos al mismo tiempo.
Su rostro se volvió rojo.
—No digas nada.
—No iba a hacerlo.
—Tu cara sí.
Se marchó a la habitación de invitados para cambiarse.
Sandra tuvo que esperar doce minutos.
No me produjo culpa.
Cuando entró al salón, Anabella ya se había ido por el ascensor privado.
Sandra vestía un traje blanco y una expresión controlada.
—No sabía que tenías compañía.
—No es asunto tuyo.
—No dije que lo fuera.
—Lo pensaste.
La vi comprender que aquella frase no me pertenecía originalmente.
—Necesito hablar contigo —dijo.
—Tienes una oficina de la fundación.
—Esto es personal.
—Entonces será breve.
Sandra se sentó sin que la invitara.
—Mi padre recibió una comunicación de tu equipo jurídico rechazando formalmente cualquier conversación sobre una alianza matrimonial.
—Correcto.
—Fue innecesariamente definitivo.
—Era el objetivo.
Su mandíbula se tensó.
—Cassian, nuestras familias llevan años hablando de esto.
—Tu familia lleva años hablando de esto. Yo llevo años diciendo no.
—Las circunstancias cambian.
—Mi respuesta no.
—¿Por ella?
No necesitaba preguntar a quién se refería.
—Mi vida privada no es una negociación con la familia Valmont.
—Una mujer rechazada, sin manada y sin sangre soberana no entiende lo que implica estar a tu lado.
El poder salió de mí antes de que pudiera detenerlo. Las ventanas vibraron.
Sandra palideció.
—No vuelvas a hablar de Anabella como si su valor pudiera medirse por quién la rechazó.
—Yo no…
—Sí lo hiciste.
Se puso de pie.
—Estás reaccionando de forma emocional.
—Sí.
La admisión la desarmó.
—Y aun así mi respuesta sigue siendo racionalmente idéntica: no habrá matrimonio entre nosotros. Nunca.
Sandra me observó con algo que ya no era seguridad. Era humillación.
—Esto va a afectar alianzas.
—Entonces eran alianzas demasiado frágiles.
—Mi padre no aceptará…
—Tu padre no decide con quién comparto mi vida.
Sandra tomó su bolso. Antes de marcharse, se detuvo.
—Ella no durará.
Mi lobo se lanzó hacia delante.
Yo permanecí quieto.
—Sal.
La puerta se cerró.
Llamé a Niccolas.
—Sandra acaba de salir.
—¿Qué hizo?
—Vino a discutir la negativa formal.
—¿Y?
—La conversación terminó.
—Eso no responde.
—Dije nunca.
Silencio.
—Ah.
—No hagas eso.
—¿Qué?
—Usar la respuesta ejecutiva de Anabella.
—Paso demasiado tiempo con ustedes.
Esa tarde, a las cinco y dieciséis, el equipo de comunicación me envió una alerta.
Un portal financiero había publicado una nota.
**BEAUMONT Y VALMONT: LA ALIANZA QUE PODRÍA TERMINAR EN LA BODA MÁS PODEROSA DEL CONTINENTE**
La fotografía era antigua. Sandra y yo en una gala de hacía tres años.
Las fuentes, anónimas.
La información, falsa.
Me puse de pie.
—Niccolas.
—Ya lo vi.
—Quiero un desmentido inmediato.
—Legal está preparando…
—Ahora.
Abrí la puerta interna hacia la oficina de Anabella.
Vacía.
Llamé. No respondió.
Entonces vi el mensaje de Lucía.
*Anabella acaba de leer la noticia.*
Mi lobo rugió.
No porque dudara de mí.
Porque sabía exactamente qué herida acababan de tocar.
*****
Cassian dijo "nunca" con todas las letras, pero el rumor llegó antes que su explicación. La diferencia con el pasado será crucial: ¿Anabella creerá lo que una nota sugiere, o hará algo que antes no se atrevía a hacer y preguntará directamente?