La mujer que estoy eligiendo
La mujer que estoy eligiendo
La fotografía apareció en internet antes de que llegáramos al automóvil.
Cassian y yo saliendo de Beaumont Crown de la mano.
Yo mirándolo.
Él mirando a los periodistas como si estuviera evaluando cuáles podían desaparecer sin provocar una investigación.
El titular más repetido fue sorprendentemente prudente.
CASSIAN BEAUMONT DESMIENTE RUMORES CON SANDRA VALMONT Y SE DEJA VER JUNTO A ANABELLA SALVATORE.
Lucía me envió diecisiete capturas.
Después una nota de voz de cuarenta y tres segundos en la que solo gritaba.
Apagué el teléfono.
—¿Problemas? —preguntó Cassian desde el asiento del conductor.
—Mi asistente está experimentando una crisis profesional.
—¿Lucía?
—Sí.
—Eso es su estado natural.
Lo miré.
—Estás aprendiendo.
La semana siguiente fue extraña.
No porque nuestra relación cambiara en privado. Seguíamos discutiendo por reuniones, horarios y el hecho de que Cassian consideraba que dormir cinco horas era una actividad recreativa aceptable.
Cambió el mundo alrededor.
Las personas miraban.
Algunas preguntaban.
Otras fingían no hacerlo y, por alguna razón, eran las más obvias.
Yo había pasado años construyendo una identidad profesional que no dependía de un hombre. La idea de convertirme repentinamente en “la mujer de Cassian Beaumont” me irritaba.
El primer periodista que me preguntó en una conferencia si mi cercanía con el presidente del grupo había influido en la fusión recibió una respuesta educada.
—La operación fue aprobada por dos Consejos, auditores externos y organismos regulatorios en tres jurisdicciones. Si el señor Beaumont tiene poder suficiente para manipularlos a todos porque me encuentra atractiva, sugiero que su próxima investigación se centre en eso.
La sala se rió.
Cassian, sentado al otro lado del escenario, no.
Esperó hasta que salimos.
—¿Me encuentras atractivo?
Me detuve.
—Eso fue lo que entendiste de toda la respuesta.
—Fue la parte nueva.
—Eres un hombre simple.
—En algunas cosas.
—No voy a alimentar tu ego.
—Demasiado tarde.
Lo dejé caminando detrás de mí con una sonrisa.
Aun así, la exposición tenía un lado menos divertido.
Sandra dejó de asistir a algunas reuniones del proyecto y comenzó a enviar representantes. La Fundación Valmont emitió un comunicado frío aceptando la aclaración de Beaumont Crown y negando haber iniciado rumores.
No les creí completamente.
Tampoco tenía pruebas.
Cassian no habló de ella salvo por cuestiones de trabajo.
Eso ayudó.
Lo que no ayudaba era mi propia cabeza.
Una noche estábamos en su penthouse, sentados en el sofá después de cenar, cuando la pregunta apareció sin invitación.
—¿Soy una reacción?
Cassian bajó el libro que estaba leyendo.
—¿A qué?
—A nada específico.
—Entonces necesito más información.
Me acomodé frente a él.
—Pasaste años sin querer una relación. Conociste a muchas mujeres. Sandra estuvo alrededor durante mucho tiempo. Y de pronto aparezco yo.
Sus ojos se fijaron en los míos.
—Sí.
—No digas sí como si eso ayudara.
—Estoy escuchando.
Respiré.
—No quiero ser una elección hecha porque algo más no funcionó. No quiero ser el plan B de nadie otra vez.
La frase salió más pequeña de lo que quería.
Cassian dejó el libro sobre la mesa.
—Ven aquí.
—Eso sonó como una orden.
—Por favor.
Me acerqué y me senté a su lado.
Él no intentó tocarme inmediatamente.
—Sandra nunca fue un plan A.
—Lo sé.
—No. Creo que entiendes los hechos, pero no lo que significan para mí.
Esperé.
Cassian respiró lentamente.
—Antes de ti no estaba esperando a otra mujer. No había una relación que fracasó ni un proyecto de vida que necesitara reemplazo. Había trabajo. Responsabilidades. Encuentros ocasionales que terminaban donde empezaban.
—Eso sigue siendo muchas mujeres.
—Sí.
Aprecié que no intentara convertir su pasado en algo más limpio para tranquilizarme.
—Pero ninguna era una opción que descarté para elegirte después —continuó—. No eres la siguiente persona en una lista.
Mi garganta se cerró un poco.
—Entonces ¿qué soy?
La pregunta era peligrosa.
Cassian lo supo.
Yo también.
Su lobo apareció brevemente en sus ojos.
Durante un segundo sentí algo dentro de mí responder.
Liora.
Cerca.
Atenta.
Cassian eligió las palabras con un cuidado que no comprendí del todo.
—La primera mujer con la que quiero un mañana.
Mi respiración se detuvo.
No dijo para siempre.
No dijo destino.
No dijo Mate.
Un mañana.
Algo que se construía un día después del otro.
Eso me pareció más real que cualquier promesa absoluta.
—Eso fue peligrosamente romántico.
—No se lo cuentes a Niccolas.
—Voy a grabarlo.
—Anabella.
Me reí y lo besé.
La conversación no desapareció. Se transformó.
Cassian me tomó por la cintura y me acercó hasta que terminé sobre sus piernas. Esta vez no hubo sorpresa ni miedo inmediato. Habíamos aprendido un poco el lenguaje del otro.
—¿Bien? —preguntó contra mi boca.
—Sí.
Lo besé otra vez.
Sus manos recorrieron mi espalda, lentas y firmes. Yo deslicé los dedos por su cabello y descubrí que el hombre que parecía controlar todo podía perder parte de esa perfección si una tiraba ligeramente.
El sonido que hizo fue una información valiosa.
Sonreí.
Cassian abrió los ojos.
—No.
—¿No qué?
—Esa cara.
—¿Qué cara?
—La de una negociadora que acaba de descubrir una ventaja.
—No sé de qué hablas.
Lo repetí.
Su mano se tensó en mi cintura.
—Anabella.
—Sí.
—Estás jugando con algo que no comprendes.
El tono bajo de su voz hizo que mi cuerpo reaccionara.
—Tal vez quiero aprender.
Sus ojos se oscurecieron.
El beso siguiente eliminó cualquier posibilidad de conversación coherente durante varios minutos.
Esta vez permití más. Sus labios en mi cuello. Sus manos bajo el borde de mi camiseta, sobre la piel de mi espalda. El contacto hizo que Liora se acercara con una intensidad nueva.
Más cerca.
Yo también quería.
Pero cuando Cassian me levantó apenas para acomodarme mejor contra él, recordé lo real que podía volverse aquello y mi respiración cambió.
No pánico.
Solo límite.
—No estoy lista para todo —dije.
Cassian se detuvo.
Apoyó la frente contra la mía.
—No necesito todo.
La respuesta llegó sin frustración.
—¿No?
—Necesito que estés aquí porque quieres.
Mi corazón dolió de una forma dulce y peligrosa.
—Quiero.
—Entonces eso es suficiente.
Nos quedamos así. Cerca. Demasiado cerca para fingir que era inocente, pero sin convertir el deseo en una carrera hacia algo que yo todavía no estaba preparada para dar.
Más tarde, acostada junto a él sobre el sofá con la cabeza en su pecho, comprendí que estaba aprendiendo algo que nadie me había explicado.
La intimidad no era una puerta que se abría una sola vez.
Eran muchas.
Y yo podía elegir cuáles abrir.
Liora se movió.
Nuestro.
Abrí los ojos.
—¿Qué?
Cassian miró hacia abajo.
—¿Qué pasa?
—Liora dijo algo.
Su cuerpo se quedó muy quieto.
—¿Qué?
Dudé.
—“Nuestro”.
El corazón de Cassian cambió de ritmo debajo de mi oído.
Lo noté.
—Eso te puso nervioso.
—No.
Me incorporé.
—Mientes peor que yo.
—Puede significar muchas cosas.
—¿Como qué?
—Este lugar. La relación. La manta.
Miré la manta.
—Mi loba se está volviendo territorial con textiles.
—Es posible.
Lo observé.
Había algo que no me estaba diciendo.
Otra vez.
No era una mentira exactamente. Pero era una puerta cerrada.
Antes de que pudiera insistir, el teléfono de Cassian sonó.
Miró la pantalla.
Su expresión cambió.
—Niccolas.
Respondió.
Yo escuché solo una parte.
—¿Cuándo?
Silencio.
—¿Qué obtuvieron?
Otro silencio.
Cassian se puso de pie.
El hombre del sofá desapareció. El Rey Alfa regresó.
—Bloquéalo. Conserva todos los registros. Quiero nombres antes de una hora.
Cortó.
—¿Qué pasó?
Me miró.
Durante un segundo vi la batalla interna. Protegerme ocultando o protegerme diciendo la verdad.
Eligió.
—Alguien intentó comprar acceso a tu agenda privada.
El calor desapareció de mi cuerpo.
—¿Qué?
—Un contratista externo recibió una oferta para entregar tus desplazamientos, reservas y dirección residencial.
Me puse de pie.
—¿Lo hizo?
—No. Informó a Seguridad.
—¿Quién?
—Todavía no sabemos.
—Sandra.
—No tenemos pruebas.
—Tatiana.
Su mandíbula se tensó.
—Tampoco.
—Entonces ¿qué hacemos?
Cassian dio un paso hacia mí.
—Primero, nada que no quieras.
La frase importó incluso en ese momento.
—Necesito revisar la seguridad de tu departamento. Podemos asignar protección visible o discreta. Cambiar rutas. Un conductor seguro.
—No quiero dos guardias siguiéndome al baño.
—Yo tampoco quiero eso.
—Mientes.
—Bien. Preferiría seis.
Lo miré.
—No ayuda.
—Estoy moderándome.
Respiré.
El miedo estaba allí. Pero ya no era la Anabella que huía sola con dos maletas.
—Sistema de seguridad nuevo en casa. Conductor para trayectos nocturnos y cuando haya eventos públicos. Protección discreta en la torre.
Cassian asintió.
—Y me informas de todo.
—Sí.
—Incluso si crees que va a asustarme.
—Sí.
—No compras otra empresa para resolverlo.
La comisura de su boca se movió.
—Depende de la empresa.
—Cassian.
—Bien.
Niccolas volvió a llamar.
Esta vez Cassian puso el altavoz.
—Encontramos el intermediario —dijo.
—¿Quién?
—La solicitud salió de una consultora de relaciones privadas que trabaja para varias familias de manada.
—Nombre.
Niccolas respiró.
—Uno de sus clientes principales es la Fundación Valmont.
El silencio llenó la habitación.
No era una prueba contra Sandra.
Todavía.
Pero era una dirección.
Cassian me miró.
Su lobo apareció en sus ojos.
No violencia.
Promesa.
Y por primera vez desde que conocía al Rey Alfa, comprendí que su posesividad no era lo que más debía preocuparme.
Lo verdaderamente peligroso era que alguien acababa de darle una razón.