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El hombre que por fin miró

Rechazada por el Alfa, Elegida por el Rey — booknet.com · All chapters

El hombre que por fin miró

Arthur

Tatiana negó el video durante nueve minutos. Primero dijo que estaba manipulado. Después que el ángulo era engañoso. Luego aseguró que Anabella la había provocado antes de que comenzara la grabación y que golpearse a sí misma había sido una reacción desesperada, no un plan. A los nueve minutos dejó de negar lo que había hecho. Empezó a explicarme por qué había sido necesario. Eso fue peor. Estábamos en mi oficina. Jack permanecía junto a la puerta. No como Beta. Como testigo. Yo había aprendido demasiado tarde el precio de las conversaciones sin testigos.

—Ella te estaba destruyendo —dijo Tatiana.

La miré.

—¿Anabella?

—Tu vínculo con ella. Su debilidad. Su inseguridad. Todo. No podías verlo porque eras su Mate.

—Y tú decidiste ayudarme.

—Alguien tenía que hacerlo.

No reconocí a la mujer frente a mí. O quizá esa era otra mentira que me estaba contando. Quizá la había reconocido muchas veces y había preferido mirar en otra dirección. Tatiana caminó por la oficina con los brazos cruzados.

—El Consejo quería una Luna fuerte. Tú necesitabas a alguien capaz de estar a tu lado. Anabella nunca iba a ser eso.

—Era mi Mate.

Mi lobo se movió con dolor. Tatiana lo sintió. Su expresión cambió.

—Y la rechazaste.

La frase fue un golpe porque era verdad.

—Sí.

—No me culpes ahora por una decisión que tomaste tú.

Jack cerró los ojos un instante. Yo no.

—No te estoy culpando por haberla rechazado.

Tatiana pareció sorprenderse.

—¿No?

—No exclusivamente.

La palabra quedó entre nosotros. Mi culpa no desaparecía porque ella hubiera mentido. Esa era la salida fácil. La versión en la que Tatiana se convertía en monstruo y yo en víctima engañada. No. Yo había tenido siete años para conocer a Anabella. Siete años para creerle. Un vínculo que me permitía sentir su dolor y aun así elegí confiar más en la versión conveniente de otra mujer.

—Tú mentiste —continué—. La manipulaste. La humillaste. Utilizaste mi autoridad para hacerla dudar de sí misma.

—Porque funcionaba.

El silencio fue absoluto. Tatiana también comprendió lo que acababa de decir. Demasiado tarde. Jack apartó la mirada. Yo sentí que algo dentro de mí se volvía frío.

—¿Qué dijiste?

—No quise decir...

—Sí quisiste.

—Arthur.

—Funcionaba.

Repetí la palabra. Ella levantó la barbilla.

—Era fácil. Anabella siempre estaba buscando la forma de no molestarte. Si yo decía algo y después lloraba, tú ya estabas de mi lado antes de preguntar.

Mi lobo rugió. Tatiana retrocedió. No porque yo hubiera avanzado. Porque por fin había sentido cuánto me odiaba a mí mismo.

—¿Cuántas veces?

—¿Qué?

—¿Cuántas veces hiciste algo parecido?

—No llevo una lista.

Jack habló desde la puerta.

—Nosotros sí.

Tatiana se volvió. Él dejó una carpeta sobre la mesa. Declaraciones. Registros. Personal despedido. Gastos. Órdenes de eliminación de grabaciones. La lista de cosas que habíamos decidido no ver durante años había adquirido peso físico. Tatiana abrió las primeras páginas y las cerró.

—Son personas resentidas.

—Diecisiete —dijo Jack.

—Una Luna tiene derecho a administrar su residencia.

—No a golpear al personal.

Su rostro cambió.

—Mara mintió.

Jack no respondió. No era necesario. Tatiana me miró.

—¿Vas a creerle a una omega por encima de tu esposa?

La pregunta atravesó años. Anabella junto al lago. ¿Me conoces? Yo preguntándole si eso era lo mejor que podía inventar. Sentí náuseas.

—Sí —dije.

Tatiana se quedó inmóvil.

—¿Qué?

—Voy a escuchar la evidencia antes de decidir que una persona miente porque su versión me incomoda.

—Así que ahora eres un gran hombre.

—No.

La respuesta salió sin dificultad.

—No lo soy.

Eso pareció herirla más que una defensa.

—Entonces ¿qué quieres?

Miré a Jack. Él asintió. La decisión había sido revisada con el Consejo aquella mañana.

—A partir de hoy quedas suspendida de todas las funciones de Luna mientras se completa la investigación formal.

Tatiana palideció.

—No puedes hacer eso.

—Puedo.

—Soy tu esposa.

—Eso no te da autoridad administrativa automática.

—La ceremonia...

—La ceremonia no elimina el estatuto de la manada.

—Arthur.

—Te trasladarás a la residencia este. Mantendrás seguridad y personal básico. No tendrás acceso a fondos discrecionales, decisiones de personal ni sistemas del Consejo.

—Me estás encarcelando.

—No. Puedes salir del territorio si solicitas autorización mientras dure la investigación.

—¿Autorización?

—Hay denuncias abiertas.

Su rostro se transformó. La mujer elegante desapareció. Apareció la furia.

—Todo por ella.

Mi lobo se movió.

—No.

—¡No mientas! Desde que viste esa fotografía no haces otra cosa que pensar en Anabella. ¿Crees que si me destruyes ella va a volver?

El dolor fue inmediato.

—No.

Tatiana se rió.

—Claro que lo crees.

—No.

La palabra salió más fuerte. Jack me observó.

—Sé que no va a volver.

Decirlo en voz alta fue distinto. Más definitivo. Tatiana dejó de sonreír.

—Entonces eres más patético de lo que pensaba.

Tal vez.

—Puede perdonarme y no volver —dije.

Jack bajó la mirada. Yo había repetido sus palabras porque necesitaba escucharlas de mi propia boca.

—Puede no perdonarme nunca. Puede amar a otro hombre. Puede construir una vida donde mi nombre no tenga ningún lugar. Nada de eso cambia lo que hiciste. Y nada de lo que hiciste cambia lo que hice yo.

Tatiana me observó con odio.

—Te eligió primero el destino y aun así no fuiste suficiente para ella.

Mi lobo rugió.

—No vuelvas a hablar de ella como si fuera un premio que alguien gana.

—¿Ahora la defiendes?

—Ahora la escucho.

Demasiado tarde. Pero al fin. Tatiana recogió su bolso.

—Esto no terminó.

—No.

Ella esperaba miedo. No lo encontró.

—La investigación continúa.

Se marchó. La puerta se cerró. Yo me senté. Durante un largo minuto, Jack no dijo nada.

—¿Estás bien? —preguntó al fin.

Me reí sin humor.

—No.

—Bien.

Levanté la vista.

—¿Bien?

—Sería preocupante que estuvieras bien.

Tenía razón. Odiaba eso.

—Quiero reparar lo que pueda en la manada.

Jack asintió.

—Eso sí puedes hacerlo.

—Reincorporar a quienes fueron despedidos injustamente. Compensarlos. Revisar cada sanción.

—Ya empecé.

—Por supuesto.

—Alguien tenía que hacerlo mientras tú descubrías las cortinas.

Lo miré. Por primera vez en días, casi sonreí. Después pensé en Anabella.

—También quiero pedirle perdón.

Jack dejó de sonreír.

—Eso es diferente.

—Lo sé.

—¿Lo sabes de verdad?

—No voy a presentarme en Silvercrest.

Su cuerpo se relajó un poco.

—Bien.

—Voy a solicitar contacto por la vía del Consejo Continental.

—Cassian Beaumont.

—Sí.

El nombre hizo reaccionar a mi lobo. No conocíamos al hombre personalmente. Conocíamos el poder. Y las fotografías. Demasiadas fotografías de Anabella sonriendo cerca de él.

—No me gusta —dije.

Jack me miró.

—No tiene que gustarte.

—Lo sé.

—Y si está con él...

—Lo sé.

—Arthur.

—¡Lo sé!

El silencio cayó. Respiré.

—Perdón.

Jack arqueó una ceja.

—Eso también es histórico.

—No lo arruines.

Esa tarde redacté la solicitud. No para Anabella. Para la oficina del Rey Alfa. Formal. Breve. Sin exigencias.

Solicito autorización para remitir una comunicación personal a la señora Anabella Salvatore. Comprendo que no existe obligación de recibirla ni responderla. No intentaré contacto directo sin su consentimiento.

Leí el texto durante una hora. Podía haber escrito más. Quería escribir más. Quería explicar que ya sabía. Que lo sentía. Que había sido un idiota. Que cada día recordaba una cosa nueva que había roto sin comprender su valor. Pero incluso mi arrepentimiento podía convertirse en otra carga si lo arrojaba sobre ella sin permiso. Envié la solicitud. Dos horas después recibí confirmación de recepción. No respuesta. Eso era todo lo que merecía. Esa noche regresé a la residencia Alfa y encontré el salón sin una de las nuevas cortinas. El personal había comenzado a retirar cambios ordenados durante la gestión de Tatiana mientras el Consejo auditaba gastos.

La ventana estaba desnuda. Por primera vez en meses, entraba luz. Me quedé de pie mirándola. Mi teléfono vibró. No era el Consejo. Era un aviso de Finanzas. Una de las sociedades utilizadas para gastos discrecionales de la residencia había realizado movimientos no autorizados durante los últimos dos meses. North Moon Holdings. Fruncí el ceño. El acceso principal había estado bajo la administración de la Luna. Tatiana. Abrí el detalle. Pagos a una consultora privada. Servicios de información. Mi cuerpo se quedó frío.

Llamé a Jack.

—Necesito que vengas.

—¿Qué pasó?

Miré los movimientos. Silvercrest. Consultora. Información privada.

—Creo que Tatiana no estaba esperando a que yo descubriera la verdad.

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