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No voy a volver a esconderme

Rechazada por el Alfa, Elegida por el Rey — booknet.com · All chapters

No voy a volver a esconderme

La palabra Blackwood permaneció sobre la mesa de la sala de seguridad durante varios segundos después de que Cassian me mostrara el nombre de la sociedad. No era una persona. No era una confesión. Ni siquiera era una prueba completa. Pero era suficiente para abrir una puerta que yo había pasado años intentando cerrar. North Moon Holdings. Una empresa vinculada a los gastos privados de la residencia Alfa. Mi antigua casa. La casa donde había preparado una boda que nunca ocurrió. La casa donde Tatiana había aprendido exactamente qué heridas utilizar.

—No sabemos quién autorizó el pago —dijo Niccolas.

Asentí.

—Lo sé.

—Puede haber administradores, contadores o apoderados.

—Lo sé.

Cassian estaba en silencio. Eso me preocupaba más. Lo miré.

—Di algo.

—Estoy eligiendo una versión útil.

—¿Y la inútil?

—La inútil incluye viajar esta noche a Blackwood.

—No.

—Por eso estoy eligiendo otra.

Niccolas apoyó los codos sobre la mesa.

—La cuenta tuvo acceso desde dos credenciales principales durante los últimos seis meses. Una pertenece a la administración financiera de la residencia. La otra estaba asignada directamente a la oficina de la Luna.

Mi estómago se contrajo.

—Tatiana.

—Probablemente.

Cassian cerró los ojos un segundo.

—No probablemente.

—Cassian —dijo Niccolas.

—Quiero registros completos.

—Ya los pedí.

—Entonces...

—Entonces esperaremos.

La mirada que recibió habría intimidado a la mayoría de las personas. Niccolas tomó café. Yo intenté respirar.

—¿Arthur sabía? —pregunté.

El silencio cambió. Cassian me miró.

—No tenemos evidencia de eso.

La respuesta me alivió y me enfureció al mismo tiempo. No quería que Arthur estuviera involucrado. Tampoco quería seguir preocupándome por lo que Arthur podía o no podía haber hecho.

—Hay otra cosa —dijo Niccolas.

Por supuesto. Las malas noticias siempre viajaban en grupo.

—La oficina del Consejo Continental recibió una solicitud formal de Arthur Blackwood.

Mi cuerpo se quedó completamente quieto. Cassian no apartó la vista de mí.

—¿Para qué?

—Para enviarte una comunicación personal —respondió él—. No pidió tu dirección. No pidió una reunión. Solicitó permiso para hacer llegar una carta si tú aceptabas recibirla.

Liora se movió. No con alegría. No con dolor. Atención. Yo miré mis manos.

—¿Cuándo?

—Hoy.

—¿Y qué respondiste?

Cassian tardó medio segundo.

—Nada todavía.

Levanté la vista.

—¿Por qué?

—Porque no es mi decisión.

La frase me golpeó de una forma extraña. Tan sencilla. Tan poco parecida a todo lo que había vivido antes.

—¿Quieres que diga que no? —preguntó.

Podía haberlo hecho. Una parte de mí quería. Otra quería leer cada palabra que Arthur fuera capaz de escribir. No porque quisiera volver. Porque durante años había imaginado el momento en que entendiera. El problema era que la fantasía siempre terminaba con algo reparado. La realidad no funcionaba así.

—No sé —admití.

Cassian asintió.

—Entonces no respondemos todavía.

Niccolas cerró la carpeta.

—Puedo dejar la solicitud pendiente.

—Hazlo —dije.

Cuando la reunión terminó, regresé a mi oficina y me quedé sola. Lucía entró diez minutos después con dos cafés y una bolsa de medialunas.

—Comida emocional.

—¿Cómo sabes?

—Cassian me escribió.

Lo miré a través de la puerta cerrada.

—Traidor.

—Dijo “asegúrate de que coma”. Muy romántico en idioma multimillonario.

—No estoy de humor.

—Por eso traje azúcar.

Se sentó frente a mí. No preguntó inmediatamente. Otra de las razones por las que la amaba.

—La pista lleva a Blackwood —dije.

Su expresión cambió.

—¿Arthur?

—No sabemos.

—¿Tatiana?

—Probablemente.

—Entonces sí sabemos.

—Lucía.

—Bien. Legalmente no sabemos. Emocionalmente tengo una sentencia.

Sonreí a pesar de todo.

—Arthur pidió enviarme una carta.

Lucía dejó la medialuna.

—Ah.

Mi respuesta ejecutiva había encontrado una sucesora.

—Sí.

—¿La quieres?

—No sé.

—¿Quieres que te diga qué hacer?

—No.

—Excelente. Porque no tengo idea.

Me reí. Después apoyé la cabeza contra el respaldo.

—Tengo miedo de leerla.

—¿De qué?

Pensé.

—De que diga todo lo que necesité escuchar cuando todavía importaba.

Lucía no respondió inmediatamente.

—Y también tengo miedo de que no lo diga.

—Eso parece injusto.

—Mucho.

—Entonces tal vez no tienes que decidir hoy.

—Todos dicen eso últimamente.

—Porque antes intentabas resolver veinte años de emociones antes del almuerzo.

—Soy eficiente.

—Eres agotadora.

La abracé. No resolvió nada. Ayudó. Dos días después, debía participar en una conferencia sobre expansión internacional y riesgos contractuales. Cassian sugirió cancelar. No ordenó. Sugirió. Con una cara que convertía la palabra sugerencia en una amenaza a la gramática.

—Voy a ir —dije.

Estábamos en su oficina. Él revisaba el nuevo plan de seguridad como si estuviera preparando una evacuación presidencial.

—Hay demasiada exposición.

—Es una conferencia profesional.

—Precisamente.

—Eso no significa nada.

—Significa que tu horario es público.

—El evento ya es público. Cancelar ahora confirma que algo ocurre.

—Algo ocurre.

—Y no voy a esconderme por eso.

Su mandíbula se tensó.

—No es esconderse.

—Para mí sí.

Silencio. Cassian dejó el documento.

—Bien.

Parpadeé.

—¿Bien?

—No me gusta.

—Lo sé.

—Voy a estar allí.

—Eso suena sospechosamente a escolta.

—También soy orador principal.

—Conveniente.

—Acepté la invitación hace tres meses.

—Menos conveniente.

—Anabella.

—Bien.

La conferencia se celebró en un hotel del centro. Humanos, ejecutivos, diplomáticos y varios lobos mezclados entre ellos sin que la mayoría de los presentes supiera que algunas discusiones comerciales podían terminar con alguien marcando territorio literalmente. Todo transcurrió normal durante dos horas. Después llegó la pregunta. No en el escenario principal. En una mesa redonda privada con representantes de empresas dirigidas por manadas. Un Alfa de Europa oriental, Viktor Drazic, revisó mi perfil y levantó la vista.

—Aquí dice que no pertenece a ninguna manada reconocida.

El ambiente cambió. Los humanos presentes no entendieron la importancia. Los lobos sí. Cassian estaba al otro extremo de la mesa. No habló. Esperó. Yo también entendí la elección. Podía responder sola.

—Es correcto.

Viktor frunció el ceño.

—¿Rogue?

La palabra fue deliberada. En algunas regiones significaba criminal. En otras, simplemente lobo sin afiliación. En todas, llevaba prejuicio.

—Sin manada —corregí.

—La diferencia es administrativa.

—No. La diferencia es que no he cometido ningún delito ni he sido expulsada por conducta. Elegí abandonar mi antigua manada.

—Una loba sola puede ser un riesgo de estabilidad en acuerdos sensibles.

Mi estómago se tensó. Antes, esas palabras habrían despertado la voz de Tatiana. No eres suficientemente fuerte. No perteneces. Liora se levantó dentro de mí. Firme.

—Mi estabilidad se mide por mi trabajo, mis decisiones y mis resultados —respondí—. No por el apellido de un Alfa detrás del mío.

Viktor arqueó una ceja.

—La estructura de manada existe por razones.

—También las empresas. Y aun así no asumo que una persona sea competente solo porque tiene un organigrama.

Alguien ocultó una sonrisa. Viktor no.

—En mi territorio, una loba de su edad sin vínculo sería considerada una anomalía.

Mi cuerpo se enfrió. Cassian se movió. Solo un poco. Yo levanté una mano. No para callarlo. Para decirle que estaba bien. Él se detuvo.

—En el mío —dije—, un hombre que pregunta por el vínculo privado de una mujer durante una reunión comercial sería considerado maleducado.

Silencio. Después Niccolas tosió para ocultar una risa. Viktor me miró durante varios segundos.

—Punto concedido.

La reunión continuó. Cuando terminó, Cassian esperó a que salieran los demás.

—Estuve a tres segundos.

—Lo sé.

—Dos.

—También lo sé.

—No me gusta ese hombre.

—Eso es mutuo.

Se acercó.

—¿Estás bien?

La pregunta era diferente ahora. No significaba: ¿puedes seguir trabajando? Significaba: ¿qué hizo eso dentro de ti?

—Sí.

Pensé.

—No. Un poco de ambas.

—Mejor respuesta.

—Estoy aprendiendo.

—Lo vi.

Su orgullo me calentó el pecho.

—No necesitaste salvarme.

—No.

—¿Fue horrible?

—Extremadamente.

Sonreí.

—Gracias por esperar.

Cassian tomó mi mano.

—Siempre.

La palabra ya no me asustaba tanto. Esa noche, de regreso en la torre, encontré un sobre sobre mi escritorio. Sin remitente visible. Sello del Consejo Continental. Mi corazón se detuvo. Lucía apareció detrás de mí.

—¿Es...?

Asentí. Arthur. La solicitud seguía pendiente. Pero la carta ya había llegado al Consejo, cerrada, esperando mi decisión. Podía devolverla sin abrir. Podía dejarla allí. Podía leerla. Liora se movió. No me dijo qué hacer. Por primera vez, agradecí su silencio. Porque esta elección también era mía.

*****

***Anabella ya no deja que otros definan su valor por tener o no una manada. Ahora tiene en sus manos una carta de Arthur que puede abrir, devolver o ignorar. ¿Ustedes la leerían, aunque supieran que ninguna disculpa puede cambiar el pasado?***

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