El límite de mi paciencia
El límite de mi paciencia
Cassian
Despertar con Anabella entre mis brazos fue un error estratégico. No porque no quisiera hacerlo otra vez. Precisamente por eso. Había pasado la noche repitiéndome que dormir significaba dormir. Que ella había puesto un límite claro. Que mi lobo podía dejar de comportarse como si compartir una almohada constituyera una ceremonia de apareamiento reconocida por el Consejo. A las seis de la mañana, después de cuatro horas de sueño interrumpido por el aroma de mi Mate y el peso de su cuerpo contra el mío, concluí que el autocontrol era una habilidad sobrevalorada.
No hice nada. Eso debía quedar registrado. Absolutamente nada. Ni cuando se giró dormida y escondió el rostro contra mi pecho. Ni cuando su pierna quedó sobre la mía. Ni cuando mi lobo anunció, por décima vez: Nuestra.
—Silencio —murmuré.
Anabella se movió.
—¿Qué?
—Nada.
Abrió un ojo.
—¿Hablas solo?
—No.
—Mientes.
Cerró el ojo otra vez. Cinco segundos después sonrió.
—Buenos días.
—Buenos días.
—¿Dormiste?
—Sí.
Ella abrió los dos ojos.
—Mientes peor que yo.
—Dormí algo.
—¿Cuánto?
—No es relevante.
—Cassian.
—Cuatro horas.
Se incorporó.
—¿Por qué?
No iba a responder eso. La forma en que me miró indicó que sabía exactamente por qué. Su piel se volvió rosada. Mi lobo se sintió muy satisfecho.
—Voy a hacer café —dije.
—Cobarde.
—Mucho.
El momento terminó cuando mi teléfono vibró. Niccolas. No llamaba a las seis y doce por asuntos agradables. Contesté.
—Habla.
—Tenemos confirmación sobre North Moon Holdings.
Todo dentro de mí se volvió frío. Anabella lo vio. Se sentó.
—Sigue.
—La cuenta utilizada para pagar a la consultora fue autorizada con una credencial asignada a la oficina de Tatiana Blackwood.
Miré a Anabella. Ella ya sabía. No porque pudiera escuchar la llamada. Porque mi cara la había traicionado.
—¿Directamente? —pregunté.
—La credencial, sí. Falta confirmar quién la utilizó físicamente. La autenticación secundaria se hizo desde un dispositivo registrado en la residencia este.
—¿Dónde está Tatiana?
—Suspendida de funciones. Bajo investigación interna.
—Eso no respondió.
—Dentro del territorio Blackwood según registros de seguridad.
Anabella extendió la mano. Le di el teléfono y activé el altavoz.
—Niccolas —dijo.
—Buenos días.
—No lo son.
—Correcto.
—¿Arthur sabía?
—No tenemos nada que lo indique. De hecho, su Beta inició una auditoría paralela sobre los mismos fondos.
Anabella cerró los ojos. Alivio. O algo parecido. Lo odié. No que se sintiera aliviada. Que todavía existiera una parte de ella obligada a preguntarse si el hombre que la había roto podía estar intentando vigilarla.
—Quiero todos los registros —dije.
—Los tendrás.
—Y quiero notificación formal al Consejo Blackwood.
Anabella levantó una mano. Me detuve.
—¿Qué?
—Antes quiero hablar con Seguridad y Legal.
—Tenemos una transferencia desde una cuenta controlada por Tatiana.
—Tenemos una credencial.
—Anabella.
—Cassian.
Nos miramos. Niccolas permaneció en silencio. Cobarde inteligente.
—No quiero una guerra de manadas basada en una credencial digital —dijo ella.
—No voy a iniciar una guerra.
—Tu cara tiene otro plan.
—Mi cara no toma decisiones políticas.
—Tu cara invade países.
Niccolas tosió.
—Sigo aquí.
—Lo sabemos —dijimos los dos.
La investigación avanzó durante el día. El dispositivo que había autorizado el pago pertenecía a una tableta de uso administrativo de la residencia este. Tatiana tenía acceso. También su asistente personal, dos contadores y un administrador. Suficiente para sospechar. No suficiente para condenar. Lo odiaba. A las once, Seguridad encontró algo más. La consultora que había recibido el pago no solo había intentado comprar la agenda de Anabella. También había solicitado información sobre su relación con Beaumont Crown, sus apariciones públicas y su historial de residencia.
No era vigilancia aleatoria. Era perfil psicológico.
—Quieren saber cómo presionarla —dijo Elena.
Mi lobo rugió. Anabella estaba sentada frente a mí.
—O cómo asustarme.
—Es lo mismo.
—No.
La miré.
—No es lo mismo. Presionarme significa esperar una reacción concreta. Asustarme puede ser suficiente por sí mismo.
—¿Para qué?
Ella pensó.
—Para hacerme dudar. Alejarme. Reaccionar mal en público. Parecer inestable.
Niccolas apoyó un archivo sobre la mesa.
—Hay una tercera posibilidad.
—¿Cuál?
—Preparar una campaña.
Mi paciencia dejó de existir.
—Explícate.
—La consultora también trabaja con reputación privada. Si alguien quisiera filtrar información seleccionada sobre Anabella, ya tendría el material.
Anabella se recostó en la silla.
—Rechazada. Sin manada. Relación con el CEO después de una adquisición.
—Exacto.
—Pueden convertir mi vida en una historia muy conveniente.
—Pueden intentarlo —dije.
Ella me miró.
—No puedes comprar internet.
—No todo.
—Cassian.
—Era una observación.
Niccolas me señaló.
—No hagas nada extraño.
—Define extraño.
—Nada que requiera tres abogados y una comisión regulatoria.
—Eso es demasiado amplio.
La reunión terminó con protocolos, no venganza. Otra prueba de mi crecimiento personal. A las dos de la tarde, Sandra solicitó verme. La recibí solo porque Anabella dijo que rechazarla podía eliminar una fuente de información. No porque quisiera. Sandra entró en mi oficina con una expresión controlada.
—Me informaron que mi fundación está siendo revisada.
—Una consultora vinculada a ella aparece en una investigación de seguridad.
—Ya te dije que no pedí la agenda de Anabella.
—Y yo no dije que lo hicieras.
—Pero lo piensas.
—Pienso muchas cosas.
Se sentó sin invitación.
—Mi padre está furioso por la auditoría.
—Tu padre puede llamar a Legal.
—Cassian.
—Sandra.
Respiró.
—Cometí un error al investigarla.
Eso me sorprendió.
—Sí.
—No necesitabas disfrutarlo.
—No lo hice.
—Mientes.
Demasiado tiempo con Anabella. Sandra miró hacia la ventana.
—Quería entender por qué habías cambiado.
—No cambié por ella.
—Claro que sí.
—No de la forma que crees.
—Antes no te importaba lo que nadie pensara de tu vida privada. Ahora desmientes rumores, apareces de la mano con una mujer frente a periodistas y revisas las cuentas de una fundación porque alguien pidió información sobre ella.
—No estamos revisando tus cuentas porque investigaste su pasado. Estamos revisándolas porque alguien intentó comprar datos de seguridad.
—No fui yo.
La observé.
—Entonces ayúdanos a demostrarlo.
Sandra se quedó quieta.
—¿Qué quieres?
—Lista completa de personas que tuvieron acceso al informe sobre Anabella. Correos. Reuniones. Cualquier contacto con consultores externos.
—Eso es invasivo.
—Sí.
La ironía no se perdió. Sandra apretó la mandíbula.
—Bien.
Se puso de pie. Antes de llegar a la puerta se detuvo.
—No va a sobrevivir a tu mundo.
Mi lobo apareció en mis ojos. Sandra lo vio.
—No vuelvas a decir eso.
—No es un insulto. Es una realidad. Consejo, alianzas, familias, enemigos. Ella ya sufrió por una manada pequeña. ¿Qué crees que ocurrirá cuando toda la estructura de poder te vea elegir a una loba sin apellido político?
—Mi mundo se adaptará.
Sandra sonrió sin humor.
—Eso es exactamente lo que un hombre poderoso dice antes de descubrir que incluso él tiene límites.
—Entonces los descubriremos.
—¿Y si el límite es ella?
Me puse de pie.
—Sal de mi oficina.
Se marchó. Yo permanecí frente a la ventana durante varios minutos. No porque sus palabras me hubieran hecho dudar de Anabella. Porque contenían una verdad incómoda. Mi posición podía convertirla en objetivo. Ya lo estaba haciendo. La diferencia era que no podía resolverlo renunciando a ella en su nombre. Eso también sería elegir por ella. Anabella entró sin golpear veinte minutos después.
—Lucía dice que tienes cara de asesinato corporativo.
—Lucía necesita trabajar.
—Lo hace. Muy bien. Por eso tiene tiempo para evaluar tu cara.
Se acercó.
—¿Sandra?
—Admitió que investigarte. Niega lo demás. Entregará sus registros.
—¿La crees?
—En una parte.
—Yo también.
La miré.
—¿Por qué?
—Porque si hubiera comprado mi agenda, creo que habría intentado justificarlo como hizo con el informe.
—Eso no significa que sea inocente.
—No.
Se apoyó contra mi escritorio.
—¿Qué más dijo?
—Nada importante.
Anabella entrecerró los ojos.
—Mientes.
—Dijo que no sobrevivirías a mi mundo.
Su rostro cambió.
—Ah.
—No pienso permitir...
Levantó una mano.
—No empieces.
—No terminé.
—Sé exactamente cómo iba a terminar.
—¿Cómo?
—Con una declaración muy intensa sobre destruir obstáculos.
No respondí.
—¿Ves?
—Puedo ser más creativo.
Se rió. Después su expresión se suavizó.
—Tal vez tenga razón en una cosa.
Mi cuerpo se tensó.
—¿Cuál?
—Tu mundo es complicado.
—Sí.
—Y puede lastimarme.
—Sí.
La honestidad costó.
—Pero no quiero que decidas que eso significa que debo irme.
—No lo haré.
—Promételo.
La miré. Mi Mate. La mujer que todavía no sabía por qué mi lobo la reconocía como hogar.
—Prometo no protegerte apartándote de mi vida.
Anabella respiró.
—Bien.
—Pero seguiré intentando protegerte dentro de ella.
—Eso podemos negociarlo.
—No todo.
—Todo.
—No.
—Cassian.
—Anabella.
Sonrió. Me acerqué.
—¿Puedo besarte?
—Sí.
Lo hice. Habíamos besado varias veces. Aun así, cada vez que decía sí algo dentro de mí reaccionaba como si fuera la primera. Anabella apoyó las manos en mi pecho. Yo la tomé por la cintura. El beso comenzó lento y dejó de serlo cuando ella tiró ligeramente de mi corbata.
—Eso es trampa —murmuré contra su boca.
—Estoy aprendiendo de un empresario.
—Malas influencias.
—Muchas.
La senté sobre el borde del escritorio. No porque hubiera planeado hacerlo. Porque mi autocontrol tenía límites administrativos. Anabella se rió contra mi boca.
—Esto es muy poco profesional.
—Cerré la puerta.
—Eso no lo hace profesional.
—Ayuda.
Sus dedos entraron en mi cabello. Mi lobo perdió toda capacidad de diálogo. La besé en el cuello. Su respiración cambió.
—Cassian.
Me detuve inmediatamente.
—¿No?
—Sí.
La miré.
—Necesito mejores instrucciones.
Se puso roja.
—No te detengas.
Volví a besarla. Más despacio. No quería que cada momento entre nosotros terminara convertido en una prueba de cuánto podía contenerme. También quería aprender qué le gustaba. Qué la hacía reír. Qué la hacía acercarse. Sus manos bajaron por mi espalda. Mi boca regresó a la suya. El teléfono sonó. Lo ignoré. Volvió a sonar. Anabella se apartó apenas.
—Puede ser importante.
—No.
—Eres CEO de un imperio.
—Mal momento.
Tercera llamada. Ella sonrió.
—Contesta.
Lo hice con un nivel de resentimiento que la hizo reír más.
—¿Qué?
Niccolas guardó silencio.
—Interrumpí algo.
—Habla.
—Los registros de Sandra llegaron.
—Y.
—Hay un contacto que no debería estar allí.
Mi cuerpo se tensó. Anabella lo vio.
—¿Quién?
—Tatiana Blackwood.
El nombre cayó en la oficina. Anabella dejó de respirar.
—¿Contacto directo? —pregunté.
—Tres llamadas y una reunión privada registrada por seguridad de un hotel hace cinco días.
Miré a Anabella. Su pasado y mi presente ya no estaban acercándose. Se habían encontrado.
*****
***Sandra entregó sus registros y apareció el nombre que todos temíamos: Tatiana. Todavía no sabemos qué acordaron ni quién dio la orden de comprar la agenda de Anabella, pero ya existe un vínculo directo entre las dos mujeres. ¿Alianza real o dos manipuladoras convencidas de que pueden utilizarse mutuamente?***
