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La conversación que dejé de temer

Rechazada por el Alfa, Elegida por el Rey — booknet.com · All chapters

La conversación que dejé de temer

La reunión con Tatiana fue idea mía, lo cual no impidió que, durante las tres horas previas, considerara aproximadamente catorce formas distintas de cancelarla sin admitir que estaba huyendo. Podía alegar una emergencia diplomática, una intoxicación alimentaria o la aparición repentina de una obligación religiosa. Ninguna era especialmente convincente, sobre todo porque Lucía conocía mi agenda, mi estado de salud y la triste realidad de que mi vínculo con la espiritualidad se limitaba a pedir ayuda divina antes de abrir correos enviados por abogados.

Cassian, por su parte, no intentó ocultar que odiaba el plan. Había aceptado porque yo lo había decidido, pero convirtió su desacuerdo en una operación de seguridad digna de una visita presidencial. La reunión se realizaría en una sala del piso cuarenta y siete de Beaumont Crown, con acceso independiente, cámaras activas, dos abogados, personal médico a menos de treinta metros y un equipo de seguridad esperando detrás de una puerta que probablemente podía resistir un ataque militar.

—No pienso atacar a Tatiana —le dije cuando descubrí el despliegue.

Cassian revisaba una tableta junto a la ventana. Llevaba un traje oscuro y la expresión de un hombre que no compartía mi optimismo respecto de la estabilidad emocional de las personas involucradas.

—La seguridad no está diseñada para protegerla de ti.

—Eso es tranquilizador de una forma bastante inquietante.

—Debería serlo.

—Cassian, voy a hablar con una mujer, no a negociar la rendición de una potencia nuclear.

—Una mujer que intentó obtener tu dirección, manipuló documentos para destruir tu carrera y lleva semanas moviéndose por Silvercrest con identidades empresariales falsas.

—Cuando lo dices así, suena un poco peor.

Levantó la vista.

—No hay una forma mejor de decirlo.

Me acerqué y apoyé las manos sobre el borde de la mesa. Sabía que su resistencia no era una desconfianza hacia mí, sino miedo. Cassian no expresaba el miedo como el resto de las personas. No caminaba en círculos ni se mordía las uñas. Organizaba perímetros, consultaba protocolos y reducía el mundo a una lista de riesgos controlables. Era su manera de no admitir que existían cosas capaces de lastimarlo.

—Necesito hacerlo —dije con suavidad—. No porque crea que Tatiana vaya a confesar. Tampoco porque necesite su explicación. Quiero mirarla sin que Arthur esté en medio, sin un Consejo observando y sin que ella pueda convertir cada palabra en una competencia. Quiero comprobar que ya no tiene el poder que yo le di durante años.

Cassian dejó la tableta. Su mirada se detuvo en mi rostro durante varios segundos.

—Nunca se lo diste voluntariamente.

—No. Pero seguía existiendo.

Su mandíbula se tensó.

—Estaré en la sala contigua.

—Sin intervenir.

—A menos que intente tocarte.

—No va a tocarme.

—Anabella.

—Bien. Si intenta tocarme, puedes aparecer con tu ejército privado y tu cara de apocalipsis.

—No tengo un ejército privado.

—Tienes tres helicópteros. La diferencia parece administrativa.

La comisura de su boca se movió. No era una victoria completa, pero me permitió respirar.

Tatiana llegó siete minutos tarde. Antes, aquella clase de detalle habría ocupado demasiado espacio en mi cabeza. Me habría preguntado si lo hacía para demostrar importancia, si debía mencionarlo o si señalarlo me convertiría en la mujer insegura que ella siempre describía. Esta vez solo registré que había llegado tarde y seguí sentada.

Entró acompañada por una abogada que parecía arrepentida de todas las decisiones profesionales que la habían llevado hasta allí. Tatiana vestía un traje blanco de líneas impecables y llevaba el cabello rubio recogido en una cola alta. Seguía siendo hermosa. Durante años, su belleza había funcionado como una prueba silenciosa de todo lo que yo creía que me faltaba. Ahora podía mirarla y reconocer cada rasgo sin sentir que su existencia reducía la mía.

Sus ojos azules recorrieron la sala y se detuvieron en mí.

—Así que finalmente conseguiste que el Rey Alfa organizara una audiencia para ti.

Su abogada cerró los ojos durante un segundo. La mía escribió algo.

—La audiencia la pedí yo —respondí—. Cassian prefería que estuvieras a varios países de distancia.

Tatiana sonrió mientras tomaba asiento.

—Siempre fuiste buena consiguiendo que los hombres quisieran rescatarte.

El golpe estaba diseñado para llevarme a un lugar conocido. Lo sentí buscar una herida que antes habría encontrado abierta. Liora se movió dentro de mí, no asustada, sino atenta.

—Durante años pensé lo mismo —dije—. Después entendí que Arthur nunca me rescató de ti. Te defendía.

La sonrisa de Tatiana perdió una fracción de estabilidad.

—¿Para eso me trajiste? ¿Para hablar de Arthur?

—No. Arthur es la consecuencia. Quiero hablar de tus decisiones.

La abogada de Tatiana intervino para aclarar que su clienta no realizaría admisiones relacionadas con una investigación abierta. Mi abogado respondió algo sobre la naturaleza voluntaria de la reunión. Los dejé terminar porque había aprendido que interrumpir abogados era parecido a interrumpir una tormenta: no detenía el fenómeno y solo conseguía mojarte más.

Cuando el silencio regresó, miré directamente a Tatiana.

—Intentaste obtener mi agenda privada.

—No.

—Le diste a Sandra el nombre de una consultora que después fue utilizada para hacerlo.

—Eso no significa que yo haya dado una orden.

—Los pagos salieron de una cuenta vinculada a North Moon Holdings.

Por primera vez, sus pupilas cambiaron. Fue mínimo, pero lo vi.

—Una empresa tiene muchos empleados.

—Y tú eres la única beneficiaria real.

—No puedes probar nada.

No había triunfo en su voz. Había cálculo. Eso resultó más revelador que una confesión.

—Tal vez —admití—. Pero no te traje para ganar un juicio. Te traje para que entiendas algo: aunque hayas encontrado una forma de evitar una condena, no vas a volver a entrar en mi vida sin que yo lo sepa. No vas a decidir cuándo estoy sola, dónde vivo ni qué parte de mi historia utiliza otra persona para intentar herirme.

Tatiana se recostó en la silla.

—Sigues hablando como si fueras una víctima.

—No. Estoy hablando como la persona a la que atacaste.

—Siempre interpretaste todo como un ataque. Un vestido, un comentario, una conversación con Arthur. Te convertías en el centro de cualquier situación y después llorabas cuando nadie te daba la razón.

No levantó la voz. Tatiana nunca necesitaba hacerlo. Su crueldad más efectiva había sido siempre suave, razonable, envuelta en la posibilidad de que una hubiera entendido mal.

—Compraste el mismo vestido después de ver el mío —dije—. Fingiste una lesión. Te golpeaste frente al lago. Maltrataste a empleados que sabían demasiado y usaste la confianza de Arthur como un arma. Ya no estamos discutiendo percepciones.

Su rostro se endureció.

—Arthur te habría rechazado de todas formas.

La frase quedó suspendida entre ambas. Durante años había temido escucharla. Ahora, sorprendentemente, no sentí que el suelo desapareciera.

—Quizá —respondí—. Porque el rechazo fue su decisión. Tus mentiras explican parte de lo que ocurrió, pero no lo convierten en un hombre distinto. Él eligió no conocerme. Tú elegiste utilizarlo. Ambos son responsables de cosas diferentes.

Tatiana me estudió con una atención nueva, como si estuviera intentando encontrar a la mujer que recordaba debajo de mi rostro.

—Hablas como si ya no te importara.

—Me importa lo que me hizo. No quiero al hombre que lo hizo.

—Mientes.

—No.

La certeza salió sin esfuerzo. Tal vez esa fue la primera vez que realmente la vi perder el control. No gritó ni golpeó la mesa, pero sus dedos se cerraron alrededor del bolso.

—Yo conseguí todo lo que tú querías —dijo—. Me convertí en Luna. Me casé con Arthur. La manada me reconoció.

—Y sigues aquí, intentando convencerme de que ganaste.

El silencio fue tan completo que escuché el sistema de ventilación.

Tatiana apartó la vista hacia las ventanas. Silvercrest se extendía detrás de ella, enorme e indiferente. Cuando volvió a mirarme, había menos actuación en su expresión.

—No sabes lo que fue verte recibir todo sin esfuerzo.

—¿Sin esfuerzo?

—El vínculo. La posición. Su atención. Tú apareciste y, de repente, el futuro que todos consideraban lógico dejó de existir. Yo había entrenado toda mi vida para ser Luna. Tú estudiabas idiomas, te caías sobre alfombras y sonreías como si nada pudiera tocarte. Y aun así, él te eligió.

Comprendí entonces que Tatiana nunca había odiado únicamente lo que yo tenía. Odiaba que mi existencia demostrara que el poder no era una recompensa justa por el esfuerzo que ella creía haber hecho. Yo había sido una interrupción en el relato donde cada sacrificio debía conducirla al lugar que consideraba suyo.

—Arthur no me eligió —dije—. El destino nos vinculó. Cuando tuvo que tomar una decisión real, te eligió a ti.

—Exactamente.

—Y eso no te hizo feliz.

Su expresión se quebró solo un instante.

—La felicidad es una palabra infantil.

—No. Es una palabra que te molesta porque no puedes convertirla en un título.

La abogada de Tatiana murmuró que la reunión estaba perdiendo cualquier finalidad jurídica. Tenía razón. Ya no me importaba.

Tatiana se inclinó hacia delante.

—¿Crees que Cassian es diferente porque te pregunta antes de tocarte? Es un Rey, Anabella. Los hombres como él no esperan para siempre. Cuando descubra cuánto trabajo requiere mantenerte estable, buscará una mujer capaz de caminar a su lado sin romperse cada vez que el pasado aparece.

Liora gruñó. Yo apoyé las manos sobre la mesa y mantuve la voz tranquila.

—Cassian ya sabe que no siempre soy estable. Me ha visto llorar, fallar una transformación, tener miedo y retroceder. No tuve que convertirme en otra mujer para que se quedara.

Algo parecido a odio cruzó el rostro de Tatiana.

—Todavía no sabes por qué se queda.

Mi cuerpo se tensó.

Ella lo vio.

—Ah —susurró—. Entonces no te lo ha dicho.

—¿Decirme qué?

Tatiana sonrió. Esta vez no había dulzura. Solo satisfacción por haber encontrado una puerta.

—Pregúntale por qué un Rey Alfa te miró como si te hubiera reconocido antes de saber tu nombre. Pregúntale por qué compró tu empresa, por qué su Beta investigó tu pasado y por qué todos a su alrededor parecen saber algo que tú no.

La sala pareció enfriarse. No porque creyera en Tatiana, sino porque había nombrado una duda que ya existía.

—No sabes nada sobre Cassian y yo.

—Sé cómo miran los lobos cuando creen que algo les pertenece.

La puerta de la sala contigua no se abrió. El hecho de que Cassian siguiera respetando mi condición me sostuvo más de lo que Tatiana podía comprender.

Me puse de pie.

—La reunión terminó.

Tatiana también se levantó. Su abogada recogió los documentos con una velocidad admirable.

—Arthur viene a Silvercrest —dijo Tatiana antes de dirigirse a la puerta.

La frase consiguió lo que el resto no había logrado. Mi corazón dio un golpe incómodo.

—Eso no es asunto tuyo.

—Lo será cuando lo veas. Él sabe la verdad. Sabe que yo mentí y que tú tenías razón. Está convencido de que puede reparar algo.

—No puede.

—Tal vez. Pero no piensa irse sin intentarlo.

Tatiana salió.

Permanecí de pie durante varios segundos, mirando la puerta cerrada. No me sentía pequeña. Tampoco invencible. Sentía rabia, cansancio y una duda nueva instalada detrás de las costillas.

La puerta lateral se abrió con suavidad. Cassian apareció sin su ejército, sin abogados y sin la expresión del Rey Alfa. Solo Cassian. Se detuvo a unos pasos, esperando que yo decidiera si quería que se acercara.

Lo miré.

—¿Qué no me has contado?

Su rostro no cambió, pero el silencio fue una respuesta.

Nota de la autora: Anabella enfrentó a Tatiana sin permitirle reescribir el pasado, pero Tatiana encontró una verdad que Cassian todavía mantiene cerrada. ¿Creen que él tuvo razones válidas para esperar o que Anabella tiene derecho a sentirse traicionada por ser la última en saber?

Capítulo 49

La verdad que seguía esperando

Cassian

Había imaginado muchas veces el momento en que le diría a Anabella que era mi Mate. Ninguna de esas versiones ocurría después de que Tatiana Blackwood utilizara la verdad como un arma y la dejara suspendida entre nosotros como otra prueba de que las personas poderosas decidían qué información podía soportar.

Mi lobo exigía que hablara. No con palabras, porque su idea de una conversación seguía limitándose a impulsos territoriales, gruñidos y la certeza de que la mujer frente a mí era nuestra. Yo había pasado meses corrigiendo esa palabra. No era nuestra. No hasta que ella lo supiera, lo comprendiera y eligiera qué significaba para su vida.

Anabella seguía de pie junto a la mesa. Ya no parecía la mujer herida que había entrado a enfrentar a Tatiana, sino una ejecutiva que acababa de descubrir una inconsistencia en un contrato y no se movería hasta encontrar la cláusula escondida.

—Hay algo —dije.

—Eso ya lo entendí.

Su voz era tranquila. Prefería que gritara.

—Tiene que ver con el mundo de las manadas.

—También lo entendí.

—Y contigo.

—Cassian.

La forma en que pronunció mi nombre hizo que mi lobo empujara contra mi piel. Quería acercarme. No lo hice.

—No quiero decírtelo aquí.

Sus ojos verdes se endurecieron.

—¿Por qué? ¿Porque hay cámaras? ¿Porque los abogados podrían escuchar? ¿O porque todavía no decidiste qué versión de la verdad es conveniente para mí?

El golpe fue preciso y merecido.

—Porque acabas de pasar una hora con una mujer que convirtió cada herida de tu vida en una acusación. No quiero que recibas algo que puede cambiar la forma en que entiendes nuestra relación mientras todavía estás reaccionando a ella.

—Eso suena razonable. También suena como otra persona decidiendo cuándo estoy preparada.

Cerré los ojos un instante. Mara había advertido que comprender el daño de forma intelectual no era lo mismo que vivir las consecuencias. Yo había creído que esperar era respeto. En algún punto, la espera se había transformado en ocultamiento.

—Tienes razón.

Anabella parpadeó. No esperaba que aceptara tan rápido.

—No hagas eso.

—¿Qué?

—Responder correctamente cuando quiero estar enfadada.

—Puedo intentar equivocarme más.

No sonrió.

—¿Es peligroso?

—No.

—¿Alguien está intentando utilizarme contra ti?

—No por esto.

—¿Cambiaría lo que tenemos?

La pregunta me atravesó.

—Cambiaría la forma en que lo interpretas. No cambiaría lo que ocurrió entre nosotros.

—Eso no responde del todo.

—Lo sé.

Anabella caminó hacia las ventanas. Yo permanecí donde estaba. Cada paso que no daba hacia ella era una pequeña guerra contra mi propia naturaleza.

—Tatiana dijo que todos saben algo —murmuró—. ¿Niccolas sabe?

—Sí.

Sus hombros se tensaron.

—¿Lucía?

—No.

—¿Eduardo?

—No.

—¿Sandra?

—No creo. Tatiana tampoco sabe con certeza; está interpretando mi comportamiento.

—¿Cuántas personas saben?

—Niccolas. La doctora Elian sabe que existe un caso, no tu identidad. Mi madre sospecha que conocí a alguien, pero no sabe qué vínculo existe.

Se giró.

—¿Vínculo?

Había elegido mal la palabra. O quizá mi control estaba cansado de sostener una verdad que ya no debía sostener.

Anabella dio un paso hacia mí.

—¿Es un vínculo de manada?

—No exactamente.

—¿De Alfa?

—No.

—Entonces dime qué es.

Podía hacerlo. Las palabras estaban allí. Eres mi Mate. Te reconocí en el corredor. Mi lobo te eligió antes de que pudiera respirar. Cada decisión después estuvo influida por una certeza que tú no compartías.

Pero el rostro de Tatiana seguía demasiado cerca en la memoria. Si hablaba en aquel momento, la revelación quedaría unida para siempre a la satisfacción de esa mujer. No quería que el momento perteneciera a Tatiana, aunque mi silencio ya hubiera permitido que ella lo contaminara.

—Esta noche —dije—. Te contaré todo esta noche. Sin abogados, sin seguridad detrás de una pared y sin la voz de Tatiana todavía en esta sala. Si después decides que esperé demasiado, tendrás razón.

Anabella me observó durante un tiempo que pareció diseñado para probar mi capacidad de no moverme.

—No mañana.

—No.

—No cuando consideres que estoy más tranquila.

—Esta noche.

—Y no me vas a dar una versión reducida.

—Todo.

Asintió una vez.

—Bien.

Odiaba esa palabra. Esa vez la merecía.

La reunión produjo consecuencias inmediatas. Legal solicitó una orden de exclusión contra Tatiana por interferencia en la investigación corporativa, y Seguridad acudió al departamento que había alquilado. Estaba vacío. No abandonado, exactamente; había ropa, alimentos y un cargador conectado junto a la cama, pero Tatiana se había marchado menos de una hora después de nuestra conversación.

Cuando Niccolas me informó, no estaba sorprendido.

—Sabía que la vigilaríamos —dijo.

—Quiero cámaras, tránsito, aeropuertos, estaciones y movimientos de North Moon.

—Ya está en marcha.

Anabella escuchaba desde la otra punta de mi oficina. Habíamos regresado al piso ejecutivo porque negarse a continuar el día habría significado permitir que Tatiana volviera a gobernar su agenda. Ella revisaba correos como si acabara de salir de una reunión difícil y no de enfrentar a la mujer que había colaborado en la destrucción de su primer vínculo.

—También debemos asegurar su edificio —continuó Niccolas.

Anabella levantó la vista.

—Mi edificio ya tiene seguridad nueva.

—Tiene seguridad civil —respondí—. Tatiana conoce la dirección y acaba de desaparecer.

—No voy a vivir en una celda.

—Nadie dijo eso.

Niccolas tomó una distancia prudente. Era un cobarde inteligente.

—Puedes quedarte en el penthouse —dije.

Anabella dejó el teléfono sobre la mesa.

—Eso sonó menos como una invitación y más como una reubicación estratégica.

—Es una invitación.

—¿A tu casa?

—Sí.

—¿Cuánto tiempo?

—Hasta que encontremos a Tatiana y revisemos el riesgo.

—¿En tu habitación?

Mi lobo se puso de pie dentro de mí con una velocidad humillante.

—Hay siete habitaciones.

—Eso no respondió.

—La habitación que elijas.

La sombra de una sonrisa apareció en su rostro. Era la primera desde la reunión.

—Lucía también necesita un lugar seguro.

—Puede quedarse en el departamento protegido de la torre residencial o en el penthouse si prefiere.

Niccolas intervino:

—Sugiero la primera opción si queremos conservar la salud mental del Rey.

Lo miré.

—¿No tenías trabajo?

—Mucho. Me voy.

Cuando la puerta se cerró, Anabella cruzó los brazos.

—No decidirás por mí.

—No.

—No aumentarás la seguridad sin explicarme qué cambia.

—De acuerdo.

—No entrarás a la habitación que elija sin golpear.

—Nunca lo haría.

—Y Lucía podrá visitarme cuando quiera.

—Anabella, no estoy proponiendo secuestrarte en una torre.

—Técnicamente ya estoy en una torre.

—En mi defensa, es una torre muy segura.

Esta vez sí sonrió. El alivio fue tan intenso que tuve que recordar respirar.

—Me quedaré —dijo—. Temporalmente. Porque yo lo decidí.

—Entendido.

—Y esta noche vas a decirme la verdad.

—Sí.

La tarde se convirtió en una sucesión de reuniones, llamadas y actualizaciones de seguridad. Trabajamos separados durante horas, pero mi conciencia permaneció fija en la oficina contigua. Anabella no volvió a preguntarme nada. Eso era peor. Sabía que estaba ordenando información, comparando recuerdos y revisando cada gesto mío desde el día en que nos conocimos.

A las siete, Lucía apareció con dos maletas, una planta pequeña y una bolsa de alimentos que no necesitábamos.

—Traje lo esencial —anunció.

Anabella miró la planta.

—¿Eso es esencial?

—Gerardo ha sobrevivido tres mudanzas y una relación tóxica. No lo abandono ahora.

—La planta se llama Gerardo —dije.

Lucía me miró como si la pregunta fuera ofensiva.

—Por supuesto.

Ella se instalaría en el departamento protegido dos pisos más abajo, principalmente porque declaró que vivir bajo el mismo techo que nosotros antes de que resolviéramos la “tensión de novela” podía provocar daños psicológicos irreversibles. No pregunté qué significaba. Anabella amenazó con despedirla. Lucía le recordó que su contrato seguía blindado por Martín.

El humor ocupó el espacio durante unos minutos. Después Lucía se marchó y el penthouse quedó demasiado silencioso.

Anabella eligió una habitación al final del corredor, lejos de la mía. No sentí rechazo. Sentí gratitud porque había entrado voluntariamente a mi hogar. Mientras dejaba su maleta, yo esperé en la puerta abierta.

—¿Necesitas algo?

—La verdad.

No había olvidado.

—Sí.

—Voy a cambiarme. Te encuentro en la sala en veinte minutos.

—Bien.

Cerró la puerta.

Me quedé en el corredor. Mi lobo empujó con fuerza.

Mate.

—Lo sé.

Decir.

—Lo haré.

Por primera vez desde que la había encontrado, la idea de pronunciar la palabra no me produjo alivio. Me produjo miedo. Porque el destino podía explicarlo todo y, al mismo tiempo, poner en duda cada cosa que ella había elegido libremente.

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