La casa del Rey
La casa del Rey
A las siete y cuarenta y cinco de la noche estaba sentada en una habitación de huéspedes del penthouse de Cassian, mirando una valija abierta y evitando deliberadamente pensar en la conversación que ocurriría quince minutos después. Era una estrategia poco sofisticada. También inútil. Cada objeto que sacaba parecía tener una opinión sobre mi vida sentimental.
El pijama de lunas sonreía con una alegría ofensiva. Lo había conservado desde Blackwood porque era cómodo y porque negarme a usar algo que me gustaba solo por un recuerdo habría significado concederle demasiado espacio al pasado. Aquella noche, sin embargo, parecía inapropiado recibir una revelación sobrenatural vestida como una constelación infantil.
Elegí pantalones negros y un suéter amplio. Después cambié de opinión. Volví al pijama. Si Cassian iba a decirme algo capaz de modificar nuestra relación, tendría que hacerlo frente a la versión real de mí, incluida la mujer que compraba ropa nocturna con dibujos absurdos.
Cuando salí al corredor, el penthouse estaba en silencio. La residencia ocupaba los últimos dos pisos de la torre y combinaba madera oscura, piedra, ventanales enormes y una cantidad de espacio que hacía sentir pequeña a cualquier persona con una cuenta bancaria normal. A pesar del lujo, no parecía una casa diseñada para impresionar. Había libros usados, una manta sobre el sofá y fotografías familiares en una mesa lateral. Cassian de niño junto a una mujer de cabello oscuro. Cassian y Niccolas adolescentes, cubiertos de barro. Una imagen de ambos con un hombre mayor que debía de ser su padre.
El hombre que controlaba empresas en varios continentes tenía una fotografía torcida dentro de un marco. La acomodé antes de seguir caminando.
Encontré a Cassian en la cocina.
No esperaba eso.
Tampoco esperaba el humo.
—¿Qué ocurre?
Se giró frente a una sartén y apagó el fuego.
—Nada.
—Tu alarma piensa otra cosa.
El sistema emitió un pitido discreto. Cassian presionó un panel.
—Está demasiado sensible.
Me acerqué. Dentro de la sartén había algo que probablemente había comenzado su vida como huevos.
—¿Cocinas?
—Sí.
—Esto parece evidencia en contra.
—Sé preparar cuatro platos.
—Recuerdo. Pasta incluida.
—Cinco ahora.
Miré la sartén.
—No contaría esto todavía.
Cassian dejó el utensilio y me observó. Su mirada descendió al pijama de lunas. La tensión de su rostro cambió por algo parecido a ternura.
—No digas nada —advertí.
—No iba a hacerlo.
—Tu cara sí.
—Mi cara sigue sin hablar.
La repetición me hizo sonreír, y durante unos segundos la conversación pendiente dejó de parecer una amenaza. Cassian había preparado comida porque sabía que yo olvidaba comer cuando estaba nerviosa. También había fracasado de forma bastante humana. Aquello importaba más de lo que debería.
Terminamos cenando pasta, uno de los cuatro platos reconocidos oficialmente por su repertorio. Nos sentamos en la isla de la cocina. No había documentos, teléfonos ni un comité esperando. Solo dos platos y una verdad que ocupaba el tercer asiento.
—Arthur solicitó una audiencia formal —dijo Cassian antes de que yo pudiera comenzar.
El tenedor se detuvo en mi mano.
—¿Cuándo?
—Esta tarde. Utilizó la vía del Consejo Continental porque sabe que no puede entrar en mi territorio sin autorización después de lo ocurrido con Tatiana.
—¿Te pidió verme?
—Pidió hablar contigo y aclaró que aceptará cualquier condición, incluido un rechazo.
El pecho se me tensó. Tatiana había dicho que venía, pero escuchar que Arthur había iniciado el proceso volvió la posibilidad real.
—¿Qué respondiste?
Cassian sostuvo mi mirada.
—Que no era mi decisión.
Algo dentro de mí se aflojó.
—Gracias.
—No deberías tener que agradecerlo.
—Lo sé. Igual lo hago.
Cassian apartó el plato. Parecía estar luchando contra el impulso de hablar sobre Arthur, el secreto y la seguridad al mismo tiempo. Elegí una cosa.
—¿Quieres que lo vea?
Su expresión se cerró.
—No.
La honestidad me sorprendió.
—Eso fue rápido.
—Preguntaste qué quiero, no qué considero correcto.
—Entonces, ¿qué consideras correcto?
—Que decidas sin intentar protegerme de tu pasado ni castigarte por sentir curiosidad. Si necesitas verlo, lo verás. Si no quieres, no ocurrirá.
—¿Y estarás cerca?
—Tan cerca como me permitas.
Liora se movió.
Seguro.
La palabra ya no aparecía como una sorpresa. Era una presencia familiar.
—Creo que quiero escucharlo una vez —dije—. No para volver. Ni para que me explique a Tatiana. Quiero saber si finalmente puede asumir lo que hizo sin convertir su arrepentimiento en otra carga para mí.
Cassian asintió, aunque la tensión en sus hombros no desapareció.
—Organizaré la audiencia.
—No será una audiencia. Será una conversación.
—En una sala segura.
—Cassian.
—Estoy cediendo mucho.
—Eso no es ceder.
—En mi corazón sí.
Me reí, y la risa se apagó cuando recordé por qué estábamos allí.
—Ahora tú.
Cassian permaneció inmóvil.
—Anabella...
—Prometiste esta noche.
—Lo sé.
—Entonces habla.
Abrió la boca, pero el sonido de un teléfono interrumpió. No el suyo. El mío. El aparato temporal que Seguridad había entregado vibraba sobre la mesa. Miré la pantalla.
Número desconocido.
Cassian se tensó.
—No respondas.
—Podría ser Auditoría.
—No usarían un número privado.
El teléfono dejó de sonar. Un mensaje apareció.
* No necesito tu agenda para encontrarte. *
El aire desapareció de la cocina.
Cassian tomó el aparato sin tocarlo directamente y lo colocó sobre la superficie. En menos de un minuto había llamado a Seguridad, solicitado rastreo y activado procedimientos que probablemente tenían nombres confidenciales. Yo seguía mirando la pantalla.
—Tatiana —dije.
—Probablemente.
—Dijo que no necesitaba mi agenda.
—Está intentando asustarte.
—Funciona.
Cassian cortó la llamada y se acercó, pero se detuvo antes de tocarme.
—Puedo abrazarte.
La pregunta era una frase, no una orden.
Asentí.
Sus brazos me rodearon y apoyé el rostro contra su pecho. El corazón le latía demasiado rápido para alguien que parecía tan controlado. Comprendí que no era la única con miedo.
—No voy a dejar que se acerque —murmuró.
—No puedes prometer que controlarás todo.
—Puedo prometer que no estarás sola.
Eso sí podía creerlo.
Seguridad confirmó que el mensaje había sido enviado mediante un servicio anónimo y una red pública. No podían ubicar el dispositivo. Reforzaron accesos, contactaron a la policía civil con una versión limitada de los hechos y solicitaron cooperación a las manadas cercanas. La conversación sobre el secreto quedó desplazada por decisiones urgentes.
A las once, cuando todos se marcharon, yo seguía sentada en el sofá con una manta sobre las piernas. Cassian permanecía de pie junto a la ventana, hablando con Niccolas. Cuando terminó, se acercó.
—No encontramos movimiento en aeropuertos ni estaciones. Puede seguir en la ciudad o haber utilizado transporte privado.
—Tatiana no tiene recursos ilimitados.
—Sandra sí.
La posibilidad dolió. No porque esperara lealtad de Sandra, sino porque una parte de mí había querido creer que su vergüenza la haría detenerse antes de cruzar una línea irreversible.
—¿Me dirás la verdad ahora? —pregunté.
Cassian se sentó frente a mí.
—Sí.
El teléfono volvió a vibrar.
Esta vez era Lucía.
Respondí inmediatamente.
—¿Estás bien?
—Sí, pero hay dos hombres de Seguridad revisando a Gerardo como si pudiera contener explosivos.
—Gerardo es una planta.
—Eso les dije. No confían en él.
Cassian se pasó una mano por el rostro.
—Lucía, quédate dentro —dijo lo bastante alto para que lo oyera.
—Sí, su majestad dramática. También quería avisar que llegó un sobre para Anabella antes de que cerraran el edificio.
Mi cuerpo se tensó.
—¿De quién?
—Arthur Blackwood.
Silencio.
—No lo abras —dijo Cassian.
—No pensaba hacerlo. La última vez que abrí correo ajeno fue una factura de mi madre y todavía me arrepiento.
Le pedí que entregara el sobre a Seguridad. Cuando corté, miré a Cassian.
—Esta noche parece tener demasiados fantasmas.
—Podemos esperar.
—No. Ya esperé suficiente.
Cassian apoyó los antebrazos sobre las rodillas. Sus ojos tenían una intensidad que hizo que Liora se acercara.
—Lo que voy a decirte no convierte tus decisiones en menos reales. No explica cada emoción ni significa que debas aceptar nada. Solo describe algo que reconocí cuando te vi.
Mi pulso aumentó.
—¿Qué reconociste?
Antes de que respondiera, la puerta principal se abrió. Niccolas entró sin anunciarse, algo que solo hacía cuando existía una emergencia.
—Tenemos la ubicación del teléfono —dijo.
Cassian se puso de pie.
—¿Dónde?
Niccolas me miró.
—En el aeropuerto privado. El dispositivo acaba de conectarse a una red. Tatiana está intentando salir de Silvercrest.
La verdad volvió a quedar suspendida entre nosotros.
Cassian cerró los ojos un segundo.
—Ve —dije.
—Anabella...
—Ve. Detén a Tatiana antes de que desaparezca. Después vuelves y terminas la conversación.
—No voy a dejarte aquí sola.
—Niccolas puede ir.
—Gracias —dijo su Beta—. Siempre quise perseguir a una ex Luna fugitiva a medianoche.
Cassian no sonrió. Se acercó a mí.
—No salgas del penthouse.
Arqueé una ceja.
Corrigió:
—Por favor.
—Me quedaré.
—Volveré.
—Lo sé.
Me besó la frente y se marchó con Niccolas. La puerta se cerró. Me quedé sola en la sala del Rey Alfa, rodeada por seguridad, ventanas y una respuesta que seguía sin llegar.
Liora se movió dentro de mí.
Verdad.
—Sí —murmuré—. Eso intento.
