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Lo que un Alfa comprende demasiado tarde

Rechazada por el Alfa, Elegida por el Rey — booknet.com · All chapters

Lo que un Alfa comprende demasiado tarde

Arthur

La última vez que había viajado a Silvercrest, Anabella todavía no vivía allí. Había sido un viaje de negocios breve, años antes del rechazo, y apenas recordaba el aeropuerto, las avenidas o el perfil de la ciudad. Esta vez cada kilómetro parecía acercarme a una sentencia.

Jack conducía. Yo había insistido en ir solo y él había ignorado la orden con una tranquilidad que habría considerado insubordinación en cualquier otra persona.

—No entrarás sin autorización —dijo por tercera vez mientras atravesábamos el límite territorial de Beaumont.

—Lo sé.

—No aparecerás en su casa.

—Lo sé.

—No utilizarás el vínculo que ya no existe como argumento.

Giré la cabeza.

—También lo sé.

Jack mantuvo la vista en la ruta.

—Necesito escucharte decirlo.

—No voy a reclamarla. No voy a pedirle que regrese. No voy a decir que Tatiana me engañó como si yo no hubiera elegido cada vez que Anabella me pidió que la creyera.

Mi voz sonó extraña dentro del automóvil. Más vieja.

Jack asintió.

—Bien.

Odiaba esa palabra tanto como Cassian Beaumont parecía odiarla en los informes del Consejo. Había revisado cada comunicación formal del Rey Alfa desde que solicité la audiencia. Ninguna contenía una amenaza. No era necesario. La autoridad de Cassian estaba presente en la precisión con que establecía condiciones.

Anabella decidiría si me veía.

La conversación no incluiría representantes de Blackwood.

No podría registrar, exigir confidencialidad ni utilizar lo dicho para reclamar derechos de vínculo.

Cualquier conducta coercitiva implicaría mi expulsión inmediata del territorio y una revisión de mi posición ante el Consejo.

Años atrás habría considerado aquellas condiciones una ofensa. Ahora las leía como una lista de cosas que Anabella debería haber recibido de mí sin necesidad de pedirlas.

La disolución de mi matrimonio con Tatiana seguía en proceso. Había retirado su autoridad como Luna después de la evidencia presentada por Jack y solicitado una evaluación completa de sus decisiones administrativas. El Consejo de Blackwood estaba dividido. Algunos ancianos fingían sorpresa. Otros reconocían que habían tolerado comportamientos porque Tatiana representaba la imagen de fuerza que querían junto a su Alfa.

Yo no necesitaba decidir cuál grupo me enfurecía más. Todos habíamos construido el lugar desde el que ella actuó.

Antes de salir de la manada, firmé una resolución restituyendo a la familia Salvatore los bienes y derechos que habían quedado bajo administración territorial después de la muerte de los padres de Anabella. No era un regalo. Era algo que nunca debería haber permanecido sujeto a la residencia de su heredera. También llevaba sus registros personales, documentos de formación y una caja pequeña que había encontrado en la bóveda familiar.

No esperaba que nada de eso comprara una conversación. Mucho menos un perdón.

La torre Beaumont apareció entre los edificios como una declaración de poder. Setenta y nueve pisos de vidrio y acero. Al verla, mi lobo se agitó con una mezcla de hostilidad y miedo.

No hacia el edificio.

Hacia el hombre que vivía arriba.

Cassian Beaumont me recibió en una sala privada del piso setenta y seis. No había comitiva. Solo él, Niccolas y dos representantes del Consejo Continental. Jack permaneció a mi lado.

Había visto fotografías del Rey Alfa. Ninguna transmitía la presión de su presencia. Era más alto de lo que imaginaba, con hombros amplios, cabello oscuro y unos ojos azul grisáceos que no necesitaban cambiar para recordar que contenían a un lobo capaz de someter manadas enteras.

—Alpha Blackwood —saludó.

—Rey Beaumont.

—Cassian es suficiente mientras esto no sea una sesión formal del Consejo.

No era hospitalidad. Era claridad.

Nos sentamos. La primera conversación no fue sobre Anabella. Cassian revisó el estado de Tatiana, la investigación empresarial y las implicaciones territoriales de que una ex Luna bajo proceso disciplinario actuara dentro de otra jurisdicción. Respondí cada pregunta. Cuando mencionó que Tatiana había intentado salir de Silvercrest la noche anterior, mi cuerpo se tensó.

—¿La detuvieron?

—No. Abandonó el aeropuerto antes de embarcar. El vehículo fue encontrado vacío.

—¿Está armada?

—No lo sabemos.

La culpa se movió dentro de mí. Tatiana seguía creando peligro a partir de una elección que yo había legitimado.

—Cooperaré con cualquier orden del Consejo —dije—. Entregaré acceso a cuentas, registros y propiedades vinculadas a ella.

Cassian me observó. No había gratitud.

—Es lo mínimo.

—Lo sé.

Algo cambió en su mirada. Tal vez había esperado defensa. Yo ya no tenía ninguna que valiera la pena.

La reunión terminó cuarenta minutos después. Los representantes salieron. Niccolas acompañó a Jack al corredor. Cassian y yo quedamos solos.

—Anabella aceptó verte —dijo.

El corazón me golpeó con una fuerza que mi lobo interpretó como esperanza. Lo corregí inmediatamente.

—¿Cuándo?

—Mañana. Una hora. Si decide terminar antes, termina.

—Entiendo.

—No creo que lo hagas.

Levanté la vista.

—¿Qué?

Cassian se apoyó contra la mesa.

—Entender. No todavía. Vas a verla y una parte de ti intentará reconocer a la mujer que perdiste. Buscarás gestos, palabras, cualquier prueba de que sigue existiendo el vínculo que rompiste. Y cuando no la encuentres, tu lobo puede reaccionar.

La autoridad en su voz no era una demostración. Era advertencia.

—Puedo controlarlo.

—Eso dijiste antes de rechazarla.

La frase me golpeó. No respondí.

Cassian se acercó un paso.

—Si la haces sentir responsable de tu dolor, la conversación termina. Si utilizas tu posición para presionarla, termina. Si la tocas sin permiso, no tendrás tiempo de escuchar que terminó.

Mi lobo respondió a la amenaza con un gruñido interno. Era un reflejo, no una decisión. Lo obligué a callar.

—No vine a recuperarla.

Cassian permaneció inmóvil.

—Entonces ¿por qué viniste?

—A pedir perdón sabiendo que puede no servirme de nada.

Por primera vez, su expresión cambió. No hacia la aprobación. Hacia algo más complejo.

—Bien.

La misma palabra. Otro significado.

Me puse de pie y recogí la caja que había llevado.

Entonces la olí.

No fue fuerte. Un rastro en el aire. Vainilla, café, bosque después de la lluvia. Anabella. Mi lobo se lanzó hacia delante con tanta violencia que tuve que apoyar una mano en la mesa.

Cassian cambió de postura inmediatamente.

—Contrólate.

—Está aquí.

No era una pregunta.

—Trabaja aquí.

El aroma no estaba solo. Había otra presencia mezclada con él. Oscura. Poderosa. Familiar, aunque nunca la había sentido de esa manera.

Cassian.

No una marca. No había consumación ni reclamación. Pero los aromas se reconocían, se buscaban, como dos caminos que habían comenzado a cruzarse demasiadas veces.

Mi lobo lanzó un aullido de pérdida.

Y debajo de la pérdida apareció una certeza que me dejó frío.

—Ella es... —La palabra no salió.

Cassian se volvió completamente inmóvil.

Lo miré.

—¿Es tu Mate?

El silencio respondió antes que él.

Sentí que algo dentro de mí se rompía otra vez. No era el vínculo; ese ya no existía. Era la última fantasía egoísta de que el destino, de alguna manera, había dejado a Anabella suspendida después de mí.

—¿Ella lo sabe? —pregunté.

Los ojos de Cassian se endurecieron.

—No es asunto tuyo.

—No lo sabe.

—Arthur.

El uso de mi nombre fue una advertencia.

—¿Por qué?

—Porque su primer Mate utilizó el destino para construir una vida que ella no eligió y después la destruyó cuando apareció una opción que le resultó más conveniente. No iba a entrar en su vida exigiendo un lugar por una palabra que ella no podía sentir.

La vergüenza fue inmediata.

—Pero ya la ama.

Cassian no respondió. No necesitaba hacerlo.

Pensé en las fotografías. En la forma en que su cuerpo se orientaba hacia ella. En la mano de Anabella buscando la suya frente a los periodistas.

—Ella merece saberlo.

—Lo sé.

—¿Cuándo?

—Esta noche. Debería haberlo hecho antes.

La respuesta no alivió nada.

Me dirigí hacia la puerta. Antes de salir, me detuve.

—No la lastimes.

El poder de Cassian llenó la habitación con una velocidad brutal.

—No vuelvas a hablarme como si tuvieras autoridad sobre lo que ella merece.

Tenía razón.

Asentí.

—No la lastimes —repetí, esta vez no como una orden, sino como la única súplica que me quedaba.

Cassian no respondió.

Cuando salí al corredor, la vi.

Anabella caminaba junto a Lucía, revisando algo en una tableta. Llevaba un traje azul oscuro, el cabello castaño suelto y una expresión concentrada. Se detuvo al sentirme.

Nuestros ojos se encontraron.

Mi lobo llamó a una Mate que ya no le pertenecía.

Ella no dio un paso hacia mí.

No retrocedió tampoco.

Simplemente me miró como una mujer que había sobrevivido a un incendio mira la casa donde comenzó.

Y por primera vez comprendí que no había viajado a Silvercrest para recuperar a Anabella.

Había venido a conocer a la mujer que había sobrevivido a mí.

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