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La palabra que podía cambiarlo todo

Rechazada por el Alfa, Elegida por el Rey — booknet.com · All chapters

La palabra que podía cambiarlo todo

Cassian

—Soy tu Mate.

Había pronunciado frases capaces de alterar mercados, detener guerras entre manadas y convertir acuerdos imposibles en decisiones firmadas. Ninguna me había dejado tan expuesto como esas tres palabras.

Anabella no reaccionó inmediatamente. Permaneció frente a mí con el medallón de su madre cerrado dentro de una mano. Sus ojos verdes buscaron algo en mi rostro, quizá una señal de que había entendido mal.

—No —dijo al fin.

Mi lobo recibió la palabra como un golpe. Yo me obligué a permanecer quieto.

—Sí.

—No puede ser.

—Puede.

—Arthur era mi Mate.

—Lo sé.

—El vínculo se rompió.

—Sí.

—Entonces no puedes serlo tú.

Cada respuesta que daba parecía reducir el aire disponible.

—Existen vínculos de segunda oportunidad. Son poco comunes, pero reconocidos. En algunos casos aparecen después de un rechazo. En otros, la capacidad de reconocerlos queda bloqueada por el daño del primer vínculo.

Anabella retrocedió hasta tocar el borde de la mesa.

—¿Desde cuándo lo sabes?

La pregunta que había temido.

—Desde el primer día.

Su rostro perdió color.

—El corredor.

—Sí.

—Te detuviste porque...

—Mi lobo te reconoció.

—Y yo no sentí nada.

—Tu loba estaba demasiado lejos.

La vergüenza apareció en sus ojos. Di un paso y me detuve cuando levantó una mano.

—No.

Obedecí.

—No conviertas eso en otra prueba de que yo estaba rota —dije.

—No lo estaba pensando.

—Pero lo pensaste cuando me investigaste.

—Pensé que alguien te había hecho daño. No que fueras defectuosa.

—Niccolas sabía.

—Sí.

—Compraste Virelli.

El silencio se convirtió en una confesión antes de que respondiera.

—La adquisición tenía sentido empresarial.

—No te atrevas.

Su voz no fue alta. Fue peor.

—No me des la misma respuesta corporativa ahora. ¿Compraste mi empresa porque era tu Mate?

—En parte.

Anabella soltó una risa breve, sin humor.

—En parte.

—Quería tenerte cerca. También quería proteger el trabajo que habías construido y asegurar que la fusión no te quitara autoridad.

—Decidiste que la mejor forma de acercarte era adquirir cuatrocientas carreras profesionales.

—No habría comprado una mala empresa.

La frase fue un error.

—Eso no mejora nada.

—Lo sé.

—¿Todo fue por el vínculo? El contrato, las reuniones, el traslado, la oficina junto a la tuya, el café...

—No.

La respuesta salió con más fuerza de la que pretendía.

—El vínculo hizo que te reconociera. No hizo que admirara tu trabajo, que me riera contigo ni que quisiera saber qué pensabas cuando no estabas en una reunión. No me obligó a enamorarme de la mujer que eres.

Anabella cerró los ojos.

—No uses esa palabra ahora.

—¿Cuál?

—Enamorarme. No la pongas junto a Mate como si una demostrara la otra.

Tenía razón.

—De acuerdo.

—¿Por qué no me lo dijiste?

—Porque cuando te conocí no podías sentir a tu loba. Habías sido rechazada por un Alfa que convirtió el destino en una promesa y después decidió que no era suficiente. No quería aparecer como otro hombre diciendo que una fuerza externa me daba derechos sobre ti.

—Entonces decidiste ocultarlo.

—Decidí esperar a que confiaras en mí por quien era.

—¿Y cuándo iba a terminar la espera? ¿Después de besarme? ¿Después de mudarme a tu casa? ¿Después de acostarme contigo?

La última pregunta hizo que mi lobo retrocediera.

—Antes.

—¿Cuándo?

No tenía una respuesta que no sonara cobarde.

—Pronto.

Anabella abrió los ojos.

—Eso significa que no lo sabías.

—No.

—Tatiana tuvo que decírmelo indirectamente. Arthur lo descubrió en un día. Yo llevo meses contigo y fui la última.

—Sí.

La palabra me desgarró.

—No vuelvas a responder correctamente —murmuró, pero no había humor.

—No puedo defender lo que hice sin convertir mis razones en una excusa. Debí decírtelo antes.

Caminó hacia la ventana. La ciudad se extendía debajo, pero su atención estaba en algún lugar que yo no podía alcanzar.

—Liora —dijo.

Mi cuerpo se tensó.

—¿Qué ocurre?

—Está aquí. Escuchando.

—¿Qué dice?

Anabella guardó silencio. Después su expresión se quebró de una manera que me hizo querer atravesar la distancia entre ambos.

—Dice “verdad”.

Mi lobo empujó con alivio. Yo no tenía derecho a sentirlo.

—Ella lo sabía en alguna parte.

—No completamente.

—Pero por eso decía “él”, “casa”, “nuestro”.

—Probablemente.

—Y tú la escuchabas reaccionar mientras yo inventaba explicaciones.

—No podía escucharla. Solo percibía el vínculo cuando se acercaba.

—El vínculo.

La palabra sonó amarga en su boca.

—Anabella...

—Necesito espacio.

El miedo se convirtió en algo físico.

—Bien.

—No quiero que digas bien.

—No sé qué otra cosa decir sin intentar detenerte.

Se giró. Había lágrimas en sus ojos y rabia en la forma en que sostenía el cuerpo.

—Parte de mí quiere entender. Sé que esperaste porque no querías presionarme. Sé que cada vez que retrocedí, te detuviste. Sé que no me marcaste, no me reclamaste y no usaste la palabra para decidir por mí. Pero también compraste mi empresa, investigaste mi vida y construiste circunstancias para mantenerme cerca sin decirme por qué.

—Sí.

—Eso no es solo paciencia, Cassian. También es control.

La verdad dolió porque reconocía algo que yo había preferido nombrar estrategia.

—Sí.

Anabella se limpió una lágrima con furia.

—Voy a quedarme en el departamento protegido con Lucía.

—Tatiana sigue desaparecida.

—Habrá seguridad.

—El penthouse es más seguro.

—No conviertas mi seguridad en una razón para que no pueda alejarme de ti.

Cerré la boca.

Mi lobo rugió. No contra ella. Contra la distancia que ya sentía.

—Tienes razón.

—Necesito pensar sin sentirte en cada habitación.

—¿Cuánto tiempo?

La pregunta salió antes de que pudiera evitarla.

—No lo sé.

—¿Puedo llamarte?

—Por trabajo, sí. Por la investigación, sí. Por nosotros... no esta noche.

Asentí.

—De acuerdo.

Anabella recogió la caja y el medallón. Se dirigió a la puerta. Cada instinto me exigía impedir que se fuera. Podía cerrar el acceso. Podía argumentar que el riesgo justificaba otra decisión. Podía utilizar poder, vínculo o miedo.

No hice nada.

Cuando tomó el picaporte, habló sin mirarme.

—Lo que sentí antes de saberlo era real.

Mi respiración se detuvo.

—Sí.

—Eso es lo único que ahora mismo evita que piense que todo fue una mentira.

La puerta se cerró.

Me quedé solo.

Mi lobo lanzó un sonido bajo, una mezcla de pérdida y furia.

Se fue.

—Eligió espacio.

Perdimos.

—No.

La palabra no tenía la fuerza de una certeza. La dije otra vez.

—No la perdimos. No era algo que poseíamos.

Mi lobo no comprendía la diferencia. Yo debía hacerlo.

Niccolas apareció veinte minutos después. No preguntó cómo había salido la conversación. Vio la habitación vacía y mi rostro.

—Se fue.

—Sí.

—¿La detuviste?

Lo miré.

—No.

Asintió.

—Bien.

—Odio esa palabra.

—Lo sé.

Se sentó frente a mí.

—¿Qué necesitas?

—Encontrar a Tatiana. Proteger a Anabella sin convertir la protección en vigilancia. Mantener a Arthur fuera de cualquier conflicto. Y no llamar a la mujer que amo hasta que ella quiera escucharme.

Niccolas guardó silencio.

—Eso último parece lo más difícil.

—Lo es.

Miré la puerta por la que había salido.

Esperar ya no era una forma de ganarla. Era aceptar que podía elegir no volver.

Y si esa era su decisión, tendría que respetarla aunque destruyera algo dentro de mí.

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