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Las mujeres que no aprendieron a perder

Rechazada por el Alfa, Elegida por el Rey — booknet.com · All chapters

Las mujeres que no aprendieron a perder

Sandra

La primera vez que Tatiana Blackwood me habló de Anabella Salvatore pensé que estaba frente a una mujer despechada, no a una amenaza. Fue un error comprensible. Tatiana no parecía peligrosa cuando sonreía. Parecía herida, elegante y completamente consciente de cuánto debía revelar para que otra persona quisiera escuchar el resto.

Yo también había cometido ese tipo de manipulación. La diferencia era que, hasta conocerla, creía que sabía detenerme.

Nos reunimos en una casa alquilada fuera de Silvercrest después de que Cassian suspendiera mi participación en el proyecto. El lugar pertenecía a una empresa que no aparecía vinculada a los Valmont ni a North Moon. Había elegido cada intermediario con cuidado. No porque pensara cometer un delito, me repetí, sino porque mi familia no podía quedar expuesta a otra humillación pública.

Tatiana llegó con una hora de retraso. No pidió disculpas.

—Intentaste salir de la ciudad —dije cuando entró.

—Quería que Seguridad creyera eso.

—Encontraron el vehículo.

—Encontraron lo que necesitaba que encontraran.

Se quitó el abrigo y lo dejó sobre una silla. Llevaba ropa oscura, sin joyas, y el cabello rubio recogido. Ya no parecía una Luna. Parecía una mujer que había perdido el título y, con él, el último motivo para fingir moderación.

—Cassian me retiró del proyecto —dije.

—Lo sé.

—Mi padre está furioso.

—Tu padre seguirá teniendo contratos mientras resulte útil. Los hombres poderosos siempre separan los negocios de la dignidad cuando hay suficiente dinero.

—No conoces a mi familia.

Tatiana sonrió.

—Conozco familias como la tuya. Creen que la sangre antigua convierte la ambición en tradición.

No me gustó su tono. Tampoco que tuviera razón.

—Dijiste que Anabella huiría si dudaba de Cassian.

—Habría huido años atrás.

—Entonces tu información estaba desactualizada.

El rostro de Tatiana no cambió, pero el aire sí.

—Cambió más de lo que esperaba.

—La subestimaste.

—Tú también.

La frase encontró un lugar incómodo. Yo había visto a Anabella como una mujer sin manada, brillante en el mundo humano pero ingenua dentro de las jerarquías reales. Imaginé que bastaría con recordar mi historia con Cassian, la posibilidad de un matrimonio y la diferencia entre nuestras familias. En cambio, ella preguntó. Cassian respondió. Después salieron de la mano frente a las cámaras y mi nombre se convirtió en una aclaración pública.

—No pienso destruirla —dije.

Tatiana abrió una botella de agua.

—Entonces ¿por qué estás aquí?

—Quiero que se aleje de Cassian.

—Eso requiere destruir algo. Su confianza, su posición o su capacidad de quedarse.

—No su vida.

Tatiana bebió sin apartar los ojos de mí.

—Qué alivio moral.

Me puse de pie.

—La agenda fue demasiado. No autoricé que intentaras comprarla.

—Me diste la consultora.

—Para investigar su historia.

—La historia no sirve si no sabes cuándo utilizarla.

—Manipulaste documentos de Beaumont Crown.

—No directamente.

—Esa respuesta no va a protegernos.

—A mí no me interesa protegerte.

La claridad fue brutal. Durante un segundo nos miramos sin la cortesía de fingir una alianza.

—Crees que puedes usarme —dije.

—Y tú creíste que podías usarme. Por eso la conversación funcionaba.

Me acerqué a la mesa.

—Cassian sabe que te reuniste conmigo.

—Sabe que nos reunimos una vez. No sabe dónde estoy ahora.

—Te encontrará.

—Probablemente.

No parecía preocupada.

—¿Qué quieres realmente? —pregunté.

Tatiana dejó la botella.

—Que Anabella pierda algo que no pueda reconstruir.

—Eso no responde.

—Quiero verla comprender que todo lo que consiguió sigue dependiendo de que otras personas la consideren valiosa. Quiero que Cassian la mire como Arthur terminó mirándola: una carga demasiado complicada para justificar el esfuerzo.

—Cassian no es Arthur.

—Ningún hombre lo es hasta que tiene que elegir entre poder y una mujer herida.

Pensé en la sala de reuniones, en la forma en que Cassian había detenido una conversación completa cuando mencioné a Anabella como una mujer recién llegada. No parecía un hombre esperando una opción más conveniente.

—No vas a convencerlo con rumores —dije.

—No necesito convencerlo.

Tatiana abrió una carpeta. Dentro había fotografías de un evento próximo: la inauguración de un centro de cooperación internacional financiado por Beaumont Crown y varios gobiernos. Anabella presidiría la ceremonia. El lugar estaba fuera de la torre, cerca de una reserva forestal, con invitados humanos y de manada.

—¿Cómo conseguiste esto?

—North Moon participó en una licitación anterior. Conozco proveedores.

—La seguridad será imposible.

—La seguridad protege de amenazas que reconoce.

Sacó una credencial temporal sin nombre y una tarjeta electrónica.

—No.

Tatiana levantó una ceja.

—Todavía no dije nada.

—No necesito escucharlo.

—Entonces vete.

No me moví.

Ella sonrió.

—Eso pensé.

—Solo quiero hablar con Anabella lejos de Cassian.

—Ya hablaste.

—Quiero que entienda que él no puede convertirla en Reina sin consecuencias políticas.

—¿Eso es lo que te dices?

La odié en ese momento. No por la manipulación, sino porque veía con demasiada facilidad la parte de mí que todavía necesitaba que Cassian se arrepintiera.

—No voy a lastimarla físicamente.

—No será necesario.

Tatiana sacó un pequeño frasco oscuro de la carpeta. No tenía etiqueta.

Mi estómago se tensó.

—¿Qué es?

—Un inhibidor de transformación mezclado con un sedante humano. En una dosis baja provoca desorientación, debilidad y pérdida temporal de control sobre la loba.

—Eso puede matarla.

—No en la cantidad correcta.

—No.

—Imagina la escena —continuó, como si yo no hubiera hablado—. Anabella Salvatore, representante de Beaumont Crown, pierde el control frente a funcionarios humanos. Seguridad debe retirarla. Los rumores sobre su estabilidad dejan de parecer rumores. Cassian se ve obligado a explicar por qué colocó a una mujer vulnerable al frente de una división estratégica.

—Él la protegerá.

—Y cada vez que la proteja, confirmará que ella necesita protección.

El plan era monstruoso. También era preciso. Utilizaba exactamente la herida que Anabella había superado y la convertía en un espectáculo público.

—No participaré —dije.

Tatiana guardó el frasco.

—Entonces vete.

Caminé hacia la puerta. Mi mano alcanzó el picaporte.

—Cassian nunca te elegirá —dijo detrás de mí.

Me detuve.

—No importa lo que le ocurra a Anabella. La rechazó durante años sin conocerte porque no te quiere. Si ella desapareciera mañana, seguirías siendo la mujer a la que dijo que no.

La rabia llegó limpia, sin la protección de ninguna mentira.

Me giré.

—¿Y tú? Arthur te eligió y aun así perdiste.

El rostro de Tatiana se volvió completamente frío.

Durante unos segundos comprendí que ninguna de las dos controlaba realmente aquella alianza. Éramos dos mujeres de pie junto a un incendio, cada una convencida de que podía usar el fuego sin quemarse.

—No voy a drogarla —dije.

—No te lo pedí.

—Tampoco permitiré que lo hagas.

—Entonces informa a Cassian.

La provocación era evidente. Si hablaba, admitiría otra reunión, la credencial y mi conocimiento del plan. Mi familia perdería influencia, contratos y quizá mi lugar dentro de la sucesión Valmont.

Tatiana vio la decisión formarse antes que yo.

—Tienes hasta la inauguración —dijo—. Puedes salvar a Anabella y destruirte, o guardar silencio y descubrir qué ocurre.

Salí de la casa sin responder.

En el automóvil, encendí el teléfono seguro. Abrí el contacto de Niccolas. Escribí una frase.

* Necesito hablar contigo. Es urgente. *

Mi dedo permaneció sobre enviar.

Pensé en mi padre. En los titulares. En Cassian declarando delante de todos que cortejaba a Anabella. En la mujer sin manada mirándome y negándose a competir.

Borré el mensaje.

Arranqué el vehículo.

Detrás de mí, dentro de la casa, Tatiana sostuvo el frasco contra la luz y sonrió.

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