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​​​​​​​El día que nadie debía arruinar

Rechazada por el Alfa, Elegida por el Rey — booknet.com · All chapters

​​​​​​​El día que nadie debía arruinar

La inauguración del Centro de Cooperación Internacional llevaba dieciocho meses de planificación, seis gobiernos involucrados, cuarenta y tres contratos firmados y una cantidad obscena de reuniones en las que hombres con trajes caros habían utilizado la palabra “sinergia” como si acabaran de inventarla. También era el primer evento público importante que yo presidía después de que el mundo descubriera que Cassian Beaumont y yo teníamos una relación, aunque la prensa todavía no supiera que esa relación incluía lobos, vínculos de Mate y un Rey Alfa que había comprado una empresa porque invitarme a tomar café le pareció una estrategia demasiado modesta.

La mañana comenzó a las cinco y media, con Lucía golpeando la puerta del baño para recordarme que el maquillaje no podía negociar por sí solo y un equipo de seguridad revisando el departamento como si esperaran encontrar a Tatiana escondida dentro de Gerardo, la planta. No la encontraron. Gerardo quedó ofendido, aunque quizá eso fuera una interpretación mía. Liora, en cambio, estaba despierta desde antes del amanecer y caminaba dentro de mí con una atención que no era miedo, pero tampoco tranquilidad.

—Deja de vigilar cada ruido —murmuré mientras ajustaba el cierre del vestido.

Peligro.

La palabra apareció con una claridad que hizo que mis manos se detuvieran. Durante los últimos días, Liora había utilizado sensaciones más que frases. Había estado cerca cuando Cassian y yo corríamos, cuando discutíamos los límites del vínculo y cuando yo había decidido continuar con él por elección. Aquella advertencia, sin embargo, no se parecía a su inquietud habitual.

—¿Tatiana?

No respondió. Sentí su atención extendiéndose hacia el exterior, buscando un olor o una presencia que el hormigón del edificio no le permitía identificar.

Lucía entró sin esperar permiso. Llevaba un traje azul, dos teléfonos y la expresión de una mujer que ya había solucionado tres crisis antes del desayuno.

—El conductor está abajo. Niccolas adelantó la salida veinte minutos porque Seguridad quiere revisar una ruta alternativa. Cassian llamó dos veces y, según el tono de su segundo mensaje, está a una llamada de ordenar que trasladen todo el evento a su penthouse.

—No puede inaugurar un centro internacional en su sala.

—Técnicamente tiene espacio.

—No lo animes.

Lucía dejó los teléfonos sobre la cómoda y me observó a través del espejo.

—¿Estás bien?

Podía responder de la forma automática. Sí. Preparada. Un poco cansada. Cualquier frase que mantuviera las cosas simples. En lugar de eso, elegí la verdad.

—Liora siente peligro.

El humor desapareció de su rostro.

—¿Se lo dijiste a Cassian?

—Todavía no.

—Anabella.

—Voy a hacerlo. Solo necesito distinguir entre una advertencia real y el hecho de que mi loba considera sospechoso a cualquiera que respire cerca de mí.

Peligro, repitió Liora.

Tomé el teléfono.

Cassian respondió antes del segundo tono.

—¿Qué ocurrió?

—Buenos días para ti también.

—Anabella.

No era impaciencia. Era miedo controlado con una voz demasiado tranquila.

—Liora está inquieta. Dice que hay peligro, pero no sabe decirme qué ni dónde.

El silencio del otro lado duró menos de un segundo. Fue suficiente para imaginar el cambio en su expresión.

—No salgas del departamento.

—Cassian.

—Enviaremos otro equipo al lugar y cancelaremos tu participación hasta entender qué siente.

Cerré los ojos.

Habíamos tenido esa conversación en diferentes formas desde que Tatiana desapareció. Seguridad. Riesgo. Elección. Cassian estaba aprendiendo a no convertir cada amenaza en una jaula, pero el instinto de protegerme seguía llegando antes que cualquier otra consideración.

—No voy a cancelar un evento de seis gobiernos porque Liora tiene una sensación —dije—. Aumenta la seguridad, cambia la ruta, revisa el lugar otra vez. Pero no decidas que no voy.

—Si existe una amenaza concreta...

—Entonces tomaremos una decisión concreta cuando exista. Ahora solo tenemos una advertencia.

Su respiración llegó despacio a través del teléfono.

—Quiero acompañarte desde el departamento.

—Eso sí.

—Quiero un médico de manada en el centro.

—También.

—Y si Liora vuelve a advertirte, me lo dices inmediatamente. No esperas a entenderlo sola.

—De acuerdo.

—No me gusta esa palabra cuando la dices tú.

La tensión cedió apenas.

—Ahora entiendes mi sufrimiento.

Cassian llegó doce minutos después. No llevaba corbata y su cabello estaba menos perfecto de lo habitual, lo cual demostraba que había salido de la torre sin terminar de vestirse o que había pasado las manos por él demasiadas veces. Me miró desde la entrada, primero a los ojos y después recorrió mi cuerpo como si buscara una herida invisible.

—Estoy bien —dije.

—Lo sé.

—Tu cara no parece saberlo.

—Mi cara no habla.

—La tuya sí.

Lucía pasó junto a nosotros con una carpeta.

—Me alegra que hayan conservado sus discusiones matrimoniales de ancianos incluso después de descubrir que son almas predestinadas.

—No estamos casados —dijimos al mismo tiempo.

Lucía sonrió.

—Todavía mejor.

El viaje hasta el centro transcurrió con dos vehículos de seguridad delante, uno detrás y Niccolas hablando por el auricular como si estuviera coordinando una operación militar. El edificio se encontraba junto a una reserva forestal, una estructura moderna de vidrio y piedra diseñada para alojar equipos diplomáticos, laboratorios de análisis y programas de cooperación regional. Desde la carretera parecía tranquilo. Dentro, había quinientas personas, cámaras de televisión, funcionarios humanos, representantes de manadas y suficiente catering para alimentar a un país pequeño.

Cassian no intentó mantenerme pegada a su lado. Eso importó. Se aseguró de que conociera las rutas de salida, me presentó al médico y revisó conmigo el protocolo si Liora detectaba algo. Después se alejó para recibir a una delegación. Protección sin apropiarse de la escena. Seguía aprendiendo. Yo también.

Los primeros noventa minutos transcurrieron sin incidentes. Saludé embajadores, revisé discursos, intervine en una discusión absurda sobre el orden de las banderas y evité que un ministro confundiera el nombre de dos países durante una transmisión en vivo. Liora permaneció atenta, aunque no volvió a pronunciar la advertencia.

A las once y veinte, Sandra Valmont llamó a Niccolas.

Yo no lo supe entonces.

Solo vi a Niccolas abandonar una conversación cerca del escenario y llevarse una mano al auricular. Su rostro cambió. Miró hacia Cassian. Después hacia mí.

La distancia entre nosotros era de veinte metros.

Demasiado.

Un camarero se acercó con una bandeja de copas. Yo había hablado durante casi una hora y acepté agua sin pensarlo. El vaso estaba frío. Transparente. Normal.

Liora gruñó.

Mi mano se detuvo a pocos centímetros de la boca.

—¿Señora Salvatore? —preguntó el embajador que estaba a mi lado.

El camarero bajó la vista.

Reconocí algo en su muñeca. Una cinta negra, parcialmente oculta bajo la manga. No era parte del uniforme. Tenía un símbolo plateado que había visto antes en fotografías de North Moon Holdings.

No bebí.

El camarero intentó retirar la copa.

—Espere —dije.

Sus ojos se encontraron con los míos. Humanos. Asustados.

No era Tatiana.

Quizá ni siquiera sabía lo que llevaba.

Cassian empezó a moverse hacia mí.

Entonces alguien chocó contra mi hombro desde atrás.

La copa se inclinó. El líquido cayó sobre mi mano, mi muñeca y la tela del vestido. Una cantidad mínima tocó mis labios.

El sabor fue amargo.

Demasiado tarde.

Liora lanzó un aullido dentro de mí.

El mundo perdió equilibrio.

No ocurrió de golpe. Primero llegó el frío, una línea helada subiendo por mi brazo. Después la dificultad para sentir mis dedos. La música del salón se volvió distante y las voces comenzaron a mezclarse. Vi a Cassian empujar a dos personas para llegar hasta mí. Vi a Seguridad sujetar al camarero. Vi a Niccolas gritar una orden.

Y, entre las columnas del fondo, vi cabello rubio.

Tatiana.

No llevaba el vestido blanco de una Luna ni la perfección de las cenas en Blackwood. Vestía como parte del equipo técnico, con una credencial colgada al cuello y una gorra que no lograba esconder completamente su rostro.

Me observaba.

Esperaba que cayera.

Esperaba verme convertida otra vez en la mujer a la que podía hacer dudar de su propia percepción.

No esta vez.

Levanté una mano hacia Cassian y señalé.

—Ella —intenté decir.

Mi voz salió demasiado baja.

Tatiana entendió. Dio un paso atrás.

Cassian llegó hasta mí justo cuando mis rodillas cedieron. Me sostuvo antes de que tocara el suelo. El contacto hizo que el vínculo se encendiera con una violencia que nunca había sentido. No como una palabra ni una corriente. Como una puerta abierta de golpe.

Miedo.

No mío.

De él.

Puro. Salvaje. Inmenso.

—Anabella, mírame.

Lo hice. Sus ojos ya no eran humanos.

—Tatiana —logré decir—. Atrás.

Cassian giró la cabeza. La vio.

La presencia del Rey Alfa explotó en la sala.

Las personas se quedaron inmóviles sin comprender por qué. Los lobos sí. Algunos bajaron la mirada. Otros retrocedieron. Tatiana corrió.

Cassian hizo un movimiento para seguirla.

Sus brazos seguían alrededor de mí.

La elección duró menos de un segundo.

No me soltó.

—Niccolas —rugió.

Su Beta ya estaba corriendo.

El frío alcanzó mi pecho. Liora se volvió pequeña dentro de mí, no ausente, pero empujada hacia un lugar oscuro por el inhibidor.

—No —susurré.

Cassian me levantó.

—Estoy aquí.

—No dejes que...

—No voy a dejar que nada ocurra.

Quise decirle que no podía prometer eso. Que nadie podía. Pero su rostro fue lo último que vi antes de que el salón desapareciera.

La inauguración debía ser el día en que abriéramos un edificio dedicado a la cooperación.

En cambio, se convirtió en el día en que alguien intentó usar mi loba, mi pasado y mi miedo como un espectáculo.

Lo que Tatiana no entendía era que ya no estaba sola cuando el mundo se apagaba.

Y, más importante todavía, tampoco estaba indefensa.

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