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Cuando el Rey dejó de tener paciencia

Rechazada por el Alfa, Elegida por el Rey — booknet.com · All chapters

Cuando el Rey dejó de tener paciencia

Cassian

La doctora Mara Elian tardó siete minutos en llegar a la sala médica del centro. Fueron los siete minutos más largos de mi vida.

Anabella respiraba. Lo repetí dentro de mi mente como una orden, porque cualquier otra forma de pensamiento habría terminado con paredes rotas, personas heridas y una búsqueda que no distinguiría entre culpables y obstáculos. Respiraba, pero demasiado despacio. Su piel estaba fría y Liora apenas respondía a la presencia de mi lobo.

Mate.

—Lo sé.

Dolor.

También lo sabía.

La había colocado sobre la camilla sin soltar su mano. Mara entró acompañada por dos médicos humanos que creían estar tratando una reacción tóxica. Ella tomó el control con la autoridad de quien había atendido Alfas antes de que yo aprendiera a transformarme.

—Todos afuera salvo el equipo clínico —ordenó.

No me moví.

—Cassian.

—No.

Los médicos humanos se quedaron inmóviles. Mara me miró.

—Puedes permanecer si no interfieres. Si tu lobo intenta dominar la sala, te sacaré personalmente.

En cualquier otra circunstancia habría considerado la amenaza imposible. Aquella mañana asentí.

Analizaron la sustancia, controlaron la respiración y colocaron una vía. El inhibidor era una variante de acónito procesado para interferir con la transformación sin causar el daño inmediato de una dosis pura. Mezclado con un sedante humano, producía debilidad, confusión y una separación temporal entre la persona y su loba. En una cantidad mayor podía detener el corazón.

—Absorbió parte por la piel y una cantidad mínima por la boca —dijo Mara—. El vestido evitó más contacto. La dosis no parece letal.

—No parece.

—No voy a darte certezas que todavía no tengo.

Apreté la mano de Anabella. El vínculo era una línea abierta y desordenada entre nosotros. No podía escuchar pensamientos, pero sentía frío, miedo y una presión oscura que intentaba empujarla lejos de Liora. Mi lobo golpeaba contra el control, exigiendo una respuesta que la biología de nuestra especie había utilizado durante siglos.

Marca.

No.

Una marca completa podía fortalecer el vínculo y ayudar a su cuerpo a combatir el inhibidor. También era irreversible. Anabella estaba inconsciente. No importaba cuánto pudiera ayudar. No tenía su consentimiento.

Mara observó mis ojos.

—No lo hagas.

—No pensaba hacerlo.

—Tu lobo sí.

—Mi lobo no decide.

La frase me costó más de lo que permití que se viera.

—El contacto puede ayudar sin una marca —explicó—. Mantente cerca. Háblale. Pero no empujes el vínculo. Si ella siente que la estás arrastrando mientras está vulnerable, puede reaccionar cerrándose más.

Me incliné junto a la camilla.

—Anabella.

No respondió.

—Estoy aquí. No necesitas seguirme. Solo escucha si puedes.

Mi voz sonaba demasiado tranquila. Había utilizado ese tono durante crisis empresariales, negociaciones con rehenes y guerras entre manadas. Nunca había sido tan falso. Debajo existía una violencia que no sabía dónde colocar.

Niccolas entró después de que Mara autorizara la presencia de una sola persona.

—Tatiana salió por el sendero norte. Encontramos un vehículo quemado seis kilómetros después. Hay equipos en las carreteras y Arthur Blackwood fue informado.

Mi lobo reaccionó al nombre.

—¿Por qué?

—Porque conoce sus hábitos, sus contactos y los refugios de su antigua manada. Ofreció cooperación.

—No se acerca a Anabella.

—No lo pidió.

Eso me detuvo.

—Sandra entregó todo. La casa alquilada, la consultora, el plan. Su información permitió cerrar la carretera antes de que Tatiana llegara a la autopista, pero todavía no la encontramos.

—Detengan a Sandra.

—Está bajo custodia preventiva y colaborando.

—Quiero cargos.

Niccolas sostuvo mi mirada.

—Habrá cargos donde correspondan. Pero su advertencia pudo reducir la exposición de Anabella. El camarero retiró la copa cuando ella lo detuvo y Seguridad ya estaba moviéndose cuando Tatiana actuó.

Miré la piel pálida de mi Mate.

—No fue suficiente.

—No. Pero importa.

Odié que tuviera razón.

El teléfono de Niccolas vibró. Escuchó el informe y su expresión se endureció.

—Encontraron la casa. Está vacía. Había documentos, equipos de comunicación y rastros del inhibidor. También un registro de llamadas a un número del Consejo Continental.

—¿De quién?

—Todavía no lo sabemos. Está protegido por una red interna.

La furia se volvió fría.

Tatiana no había actuado sola. Sandra había proporcionado herramientas, pero alguien con acceso al Consejo había ayudado a ocultar comunicaciones y conseguir credenciales. La amenaza ya no era únicamente una mujer consumida por su odio. Era una estructura dispuesta a utilizarla.

—Aísla el sistema del Consejo —ordené—. Ninguna solicitud de acceso se procesa sin revisión de tu equipo. Quiero auditoría completa de los últimos seis meses.

—Ya comenzó.

—Y Niccolas.

—Sí.

—Encuéntrala antes que Arthur.

Mi primo entendió lo que no dije. Arthur Blackwood podía querer justicia, pero también cargaba años de culpa, un vínculo roto y un lobo debilitado. Si encontraba a Tatiana primero, nadie podía garantizar que ella llegara viva a un tribunal.

—Haré lo posible.

Se marchó.

Las horas siguientes se midieron en respiraciones, resultados de laboratorio y movimientos mínimos de los dedos de Anabella. La trasladamos a una clínica privada de manada en la torre porque era el lugar más seguro. No me separé de ella durante el trayecto.

Mara intentó convencerme de que comiera.

No lo consiguió.

Mi madre llamó desde Francia. Niccolas le había informado antes de que los rumores llegaran a la prensa. Escuchó mi resumen y guardó silencio durante un momento.

—¿La marcaste? —preguntó finalmente.

—No.

—Bien.

La aprobación me irritó.

—Podría ayudarla.

—Podría. También podría enseñarle que, cuando está indefensa, tu miedo tiene más autoridad que su voluntad.

Cerré los ojos.

—No necesito la lección.

—Sí la necesitas, porque estás sufriendo y los hombres poderosos confunden con facilidad sufrimiento con permiso.

Mi madre siempre había tenido una forma precisa de encontrar la parte de mí que prefería ignorar.

—No voy a hacerlo.

—Entonces sigue sin hacerlo y quédate allí.

—Eso estoy haciendo.

—No. Estás esperando a que despierte para decirle que controlarás todo. Haz algo más difícil. Pregúntale qué necesita cuando pueda responder.

La llamada terminó poco después. Me quedé observando la ciudad desde la habitación, todavía con la mano de Anabella entre las mías.

Al anochecer, el vínculo cambió.

No fue una mejora evidente en los monitores. Fue una sensación. Liora apareció al otro lado de la oscuridad, débil pero presente. Mi lobo se levantó.

Mate.

La loba respondió con un sonido pequeño.

Anabella abrió los ojos.

No completamente. Solo lo suficiente para que el verde apareciera bajo los párpados pesados.

—Cassian.

La voz fue apenas aire.

Me incliné.

—Estoy aquí.

—Tatiana.

—La estamos buscando.

Sus dedos intentaron cerrarse alrededor de los míos.

—No la mates.

La petición golpeó directamente contra todo lo que mi lobo quería.

—Anabella...

—No por mí.

Comprendí. No quería que su nombre se convirtiera en la justificación de una ejecución. No quería que mi venganza formara parte de su historia.

—Llegará viva ante un tribunal —prometí.

—Arthur...

—Está colaborando con la búsqueda. No se acercará sin tu permiso.

Su respiración se relajó apenas.

—Liora.

—Está aquí.

Una lágrima se deslizó por su sien.

—No la siento bien.

—Volverá.

—No digas cosas que no sabes.

Incluso semiconsciente seguía corrigiéndome.

—La escucho —dije—. Débil, pero está aquí.

Anabella cerró los ojos. El miedo dentro del vínculo cedió un poco.

—No me sueltes.

Mi pecho se abrió con una mezcla de alivio y dolor.

—No lo haré.

Permanecí junto a ella hasta que volvió a dormir.

No perseguí a Tatiana. No interrogué a Sandra. No utilicé mi poder para acelerar una investigación que debía sostenerse cuando la furia desapareciera.

Me quedé.

No porque fuera suficiente.

Porque era lo que Anabella había pedido.

Y, por primera vez desde el ataque, mi lobo entendió que protegerla no significaba destruir todo lo que estaba fuera de aquella habitación.

A veces significaba no abandonar la silla.

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