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La corona que no se hereda

Rechazada por el Alfa, Elegida por el Rey — booknet.com · All chapters

La corona que no se hereda

Cassian

Ganar una votación de destitución no se parecía a una victoria. No hubo ceremonia ni alivio inmediato. Hubo abogados solicitando órdenes de preservación, consejeros discutiendo reformas, mercados reaccionando y una fila de personas que necesitaban que yo demostrara estabilidad antes de que el día terminara.

Lo único que quería era llevar a Anabella lejos de la sala.

No lo hice.

Ella permaneció durante la conferencia posterior, respondió preguntas sobre Virelli y rechazó tres veces que la llamaran “futura Reina”. La cuarta periodista corrigió el título antes de terminar la frase. Anabella agradeció el esfuerzo como si no acabara de cambiar el lenguaje de una institución mediante agotamiento.

Mireille nos esperaba en una oficina privada. Abrazó a su hijo durante exactamente dos segundos y después abrazó a Anabella durante cinco.

—Favoritismo evidente —dije.

—Ella no intentó abandonar la Corona antes de la votación.

Anabella me miró.

—Tu madre sabe demasiado.

—Siempre.

Niccolas entró con la resolución oficial. Voss quedaba suspendido indefinidamente y sería entregado a una comisión mixta de justicia de manadas y autoridades humanas por las operaciones financieras. Vale enfrentaría una investigación ética y perdería temporalmente su posición en dos comités. Soren había solicitado protección para cooperar. El Consejo convocaría una convención para revisar las reglas sobre vínculos, consortes y conflictos de interés.

—Hay una propuesta adicional —dijo Niccolas—. Moore y Rook quieren crear una comisión de reforma presidida por alguien sin cargo territorial.

Anabella sospechó antes de que terminara.

—No.

—Todavía no dije el nombre.

—Tu cara sí.

Niccolas sonrió.

—Te proponen como representante independiente.

—Soy parte del conflicto.

—Precisamente. También eres negociadora, diriges relaciones internacionales y acabas de señalar más contradicciones jurídicas en una hora que el Consejo en cincuenta años.

Anabella dejó caer la cabeza contra el respaldo.

—Quiero dormir durante una semana.

—La comisión comenzaría el mes próximo.

—Eso no mejora nada.

No intervine. Mi primer instinto era decir que aceptara, que la institución la necesitaba y que un cargo propio demostraría que no dependía de la Corona. También sabía que esa lógica podía convertirse en otra forma de decidir por ella.

—¿Qué quieres? —pregunté.

Mireille me lanzó una mirada aprobatoria que decidí ignorar.

Anabella tomó la resolución.

—Quiero leer la propuesta sin que nadie anuncie mi nombramiento. Quiero que el cargo tenga autoridad real, presupuesto independiente y la posibilidad de renunciar sin aprobación del Rey.

Niccolas anotó.

—Puedo transmitirlo.

—Y no se llamará Comisión de la Consorte.

—Nadie sugirió eso.

—Conozco a estas personas desde hace dos audiencias. Estoy anticipando.

La tarde terminó cerca de las ocho. Salimos por un acceso lateral porque la plaza seguía llena de prensa. En el automóvil, Anabella apoyó la cabeza contra el asiento y cerró los ojos. El vínculo transmitía agotamiento, orgullo y una tristeza que no comprendí.

—¿Qué ocurre? —pregunté.

—Nada.

—Mientes.

Abrió los ojos.

—Pensé que cuando ganáramos sentiría que todo estaba resuelto. Tatiana detenida, Voss expuesto, la moción derrotada. Pero sigo sintiendo que alguien va a encontrar otra forma de decir que no pertenezco.

—Lo harán.

La honestidad la hizo girar hacia mí.

—Eso fue poco reconfortante.

—Siempre habrá alguien. Si aceptas una corona, dirán que la obtuviste por el vínculo. Si no la aceptas, dirán que no estás preparada. Si tomas el cargo de la comisión, creerán que te lo concedí. Si lo rechazas, dirán que no quieres asumir responsabilidad.

—Excelente. Ahora estoy peor.

Tomé su mano.

—No puedes construir una vida que impida todas las interpretaciones. Solo una que siga siendo tuya cuando aparezcan.

El vínculo se calentó.

—Eso fue peligrosamente sabio.

—No se lo cuentes a Niccolas.

Regresamos al penthouse. Lucía había ordenado comida y decorado la mesa con una corona de cartón comprada en una tienda infantil. En el frente había escrito: REY SOBREVIVIENTE A REUNIONES.

Anabella se rió por primera vez desde la votación.

—Es perfecta.

—No la usaré.

—La institución necesita símbolos.

Mireille, que había llegado antes que nosotros, colocó la corona sobre mi cabeza. Seguridad miró hacia otro lado. Niccolas tomó una fotografía que tendría que destruir después.

La cena no fue una celebración oficial. Eduardo habló por videollamada y recordó a todos que Virelli habría sobrevivido sin Beaumont, aunque admitió que los helicópteros eran convenientes. Martín bebió dos copas de vino y anunció que prohibiría para siempre la palabra sinergia en cualquier contrato. Sandra no estaba. Arthur tampoco. Sus contribuciones existían sin obligarnos a convertir la noche en una reconciliación colectiva que nadie había pedido.

Cuando todos se marcharon, encontré a Anabella en la terraza. Llevaba mi saco sobre los hombros y sostenía el broche de Mireille en la mano.

—Tu madre dijo que podía devolverlo cuando quisiera —dijo.

—Sí.

—Quiero conservarlo un poco más.

—Es tu decisión.

—Estoy empezando a sospechar que disfrutas decir eso.

—Me costó aprenderlo.

Se apoyó en la baranda.

—No voy a aceptar ser Reina todavía.

—Lo sé.

—Pero quiero considerar la comisión.

—Bien.

—Y quiero conocer Beaumont.

Mi corazón cambió de ritmo. Anabella lo sintió y sonrió.

—No te emociones demasiado.

—Imposible.

—No dije que vaya a mudarme ni a aceptar una ceremonia. Quiero conocer tu manada, el territorio y la vida que existe fuera de la torre. Si voy a elegir un futuro contigo, necesito conocerlo completo.

Mi lobo se lanzó hacia la superficie.

Mate. Casa. Manada.

—¿Cuándo? —pregunté, intentando que la palabra no sonara como una orden de movilización militar.

—Después de dormir. Mucho.

—Podemos ir la próxima semana.

—Eso no es mucho.

—Diez días.

—Cassian.

—Dos semanas.

—Negociador terrible.

—Compré una empresa.

—La empresa era buena —dijimos al mismo tiempo.

Nos reímos. La tensión del día no desapareció, pero cambió de forma. Ya no era una pared. Era cansancio compartido.

Anabella se volvió hacia mí.

—Hay algo más.

Esperé.

—No quiero una marca para demostrar legitimidad. Pero tampoco quiero que la política me haga sentir que nunca podré desearla sin estar cediendo.

Mi cuerpo se quedó inmóvil.

—No tienes que decidir ahora.

—Lo sé. Solo quiero que sepas que no es un no definitivo.

El vínculo se abrió con una fuerza que casi me quitó el aire. Mi lobo rugió. Contuve cada impulso.

—Gracias por decírmelo.

—Eso fue demasiado correcto.

—Estoy haciendo un esfuerzo extraordinario.

Anabella se acercó y colocó una mano en mi pecho.

—Cuando lo elija, no será una coronación ni una victoria del Consejo. Será algo nuestro.

—Sí.

—Y si intentas organizar una ceremonia con cuarenta ventanas, me iré.

—La casa ya tiene las ventanas.

—Entonces empezamos mal.

La besé. No como Rey. No como un hombre que acababa de conservar el cargo. Como Cassian, la persona que ella había elegido antes de conocer el vínculo y después de descubrir todos mis errores.

A la mañana siguiente, Niccolas llegó con una nueva carpeta. Por primera vez en semanas no parecía preocupado.

—La manada Beaumont respondió a la noticia de la visita.

Anabella tomó café.

—¿Ya lo sabe toda la manada?

—Mi madre envió un mensaje.

Mireille, desde el sofá, no mostró culpa.

—Era información logística.

Niccolas entregó una hoja. Había cientos de nombres, solicitudes para organizar una bienvenida y una lista de familias que querían ofrecer alojamiento, comida o recorridos por el territorio.

Anabella leyó en silencio. Su emoción llegó a través del vínculo: ternura, miedo y una antigua inseguridad que preguntaba si volvería a fallar como Luna.

Tomé su mano.

—No esperan una Luna perfecta.

—No sabes eso.

—Entonces se decepcionarán. Será educativo.

Me miró.

—Esa fue una buena respuesta.

—Estoy aprendiendo.

Liora se movió dentro de ella. Anabella cerró los ojos para escuchar.

—¿Qué dice? —pregunté.

Cuando los abrió, había lágrimas y una sonrisa.

—Casa.

No la torre.

No la Corona.

No una obligación escrita por el destino.

Un lugar que todavía no conocía y que, por primera vez, quería descubrir.

La guerra política había intentado convertirla en mi debilidad. En cambio, había obligado a la institución a reconocer algo que las coronas olvidaban con frecuencia: el poder no se heredaba únicamente mediante sangre, títulos o vínculos.

También se construía cada vez que una persona podía elegir y la otra respetaba la respuesta.

Anabella dobló la lista de nombres.

—Dos semanas —dijo.

—Diez días.

—Quince.

—Doce.

—Trato.

Acepté antes de que comprendiera que había ganado.

Su sonrisa confirmó que sí lo sabía.

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