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Un lugar llamado Beaumont

Rechazada por el Alfa, Elegida por el Rey — booknet.com · All chapters

Un lugar llamado Beaumont

Doce días resultaron ser exactamente el tiempo suficiente para convencerme de que visitar la manada Beaumont había sido una excelente idea.

También fueron exactamente el tiempo suficiente para arrepentirme aproximadamente cuarenta y siete veces.

La contradicción no me parecía especialmente preocupante.

Había dirigido negociaciones internacionales mientras dos gobiernos amenazaban con retirarse de una mesa. Había defendido mi relación frente a un Consejo que debatía mi cuerpo como si fuera una cláusula administrativa. Había sobrevivido a Tatiana, a un inhibidor, a periodistas, a Voss y a la humillación pública de descubrir que Lucía conservaba una fotografía de Cassian usando una corona de cartón.

Sin embargo, aquella mañana llevaba siete minutos mirando una valija abierta sin ser capaz de decidir cuántos pares de zapatos necesitaba para pasar cuatro días en un territorio de lobos.

—Cinco —dijo Lucía desde mi cama.

Me giré.

—Nadie te preguntó.

—Llevas siete minutos sosteniendo el mismo zapato. La situación requería intervención.

Lucía estaba sentada contra el cabecero con una taza de café entre las manos y una comodidad ofensiva para alguien que no vivía allí. Había llegado antes de las siete alegando que necesitaba asegurarse de que yo no empacara "como una ejecutiva emocionalmente comprometida", expresión que hasta ese momento seguía sin comprender.

—No necesito cinco pares.

—Correcto. Necesitas tres. Pero llevarás cinco porque eres incapaz de admitir que no sabes qué clase de ropa utiliza una posible futura Reina durante una visita no oficial a la manada de su Mate.

Arrojé el zapato dentro de la valija.

—No soy una posible futura Reina.

Lucía bebió café.

—Perfecto.

La miré.

—¿Perfecto qué?

—Nada.

—Esa cara significa algo.

—Mi cara no habla.

Me quedé inmóvil.

Lucía también.

—No —dije.

Su sonrisa apareció lentamente.

—Lo dijiste.

—No.

—Lo dijiste exactamente como él.

—Retíralo.

—No puedo retirar un hecho.

—Lucía.

—Cassian está entrando en tu personalidad.

—Vete de mi casa.

—Estamos en mi casa.

Miré alrededor.

Tenía razón.

Mi departamento seguía bajo determinadas medidas de seguridad y, después del ataque, Lucía y yo habíamos terminado pasando tanto tiempo en uno u otro apartamento que la definición de propiedad doméstica se había vuelto flexible. Gerardo, nuestra planta compartida sin haber aceptado nunca formalmente esa responsabilidad, estaba junto a la ventana recibiendo sol.

Lo señalé.

—Me llevo a Gerardo.

Lucía dejó la taza.

—No te atrevas.

—Necesito apoyo emocional.

—Gerardo tiene compromisos.

—Es una planta.

—Precisamente. Es el único de nosotros con estabilidad.

Mi teléfono vibró sobre la cómoda.

Cassian.

Estoy abajo.

Miré la hora.

—Llegó doce minutos antes.

Lucía hizo un sonido pensativo.

—Está mejorando.

—¿Mejorando?

—Hace tres meses habría llegado cuarenta minutos antes y habría fingido que había una reunión.

Sonreí antes de poder evitarlo.

Eso era probablemente cierto.

Contesté.

Sube. Todavía estoy empacando.

La respuesta apareció inmediatamente.

Puedo esperar.

Le mostré la pantalla a Lucía.

Ella acercó el rostro.

—Eso es crecimiento emocional.

—Deja de evaluarlo.

—Alguien tiene que llevar estadísticas.

—No.

—Podría hacer gráficos.

—Definitivamente no.

El ascensor privado anunció su llegada dos minutos después.

No debería haber sentido nada especial. Cassian había estado en el departamento tantas veces durante las últimas semanas que Seguridad prácticamente había dejado de fingir sorpresa. Algunas mañanas aparecía con café. Algunas noches yo terminaba en su penthouse porque trabajar hasta medianoche parecía menos absurdo si lo hacíamos juntos. Habíamos dormido en la misma cama, despertado enredados, discutido sobre contratos, políticas de manada, horarios y su insistencia enfermiza en considerar que cuatro horas de sueño no constituían una noche completa.

Nada de aquello era nuevo.

Pero Beaumont sí.

Su territorio.

Su manada.

Su casa.

La palabra que Liora había pronunciado doce días atrás seguía viviendo dentro de mí.

Casa.

La puerta se abrió.

Cassian entró vestido de manera extrañamente informal para él: pantalón oscuro, camisa gris y un abrigo doblado sobre un brazo. No llevaba corbata. El cabello estaba ligeramente desordenado.

Mis nervios aumentaron.

Aquello era ridículo.

—Buenos días —dijo.

—Depende.

Sus ojos fueron directamente hacia la valija abierta.

—Problemas.

—No.

Lucía levantó una mano.

—Sí.

—Traición.

Cassian se acercó y miró el contenido.

—¿Cuántos días crees que estaremos?

—Cuatro.

—Hay ropa para evacuar un país pequeño.

—Necesito opciones.

—Hay seis pares de zapatos.

Giré hacia Lucía.

—Dijiste cinco.

—Uno apareció mientras discutíamos.

Cassian tomó una camisa que yo había doblado y volvió a dejarla exactamente en el mismo lugar.

—No necesitas llevar ropa formal.

—Tenemos una cena con los responsables territoriales mañana.

—Es una cena en casa de mi madre.

—Tu madre fue Reina.

—También cocina descalza cuando nadie la mira.

—No necesitaba saber eso.

—Ahora sí.

Respiré.

Cassian dejó de mirar la valija.

Me miró a mí.

No necesitó preguntar.

El vínculo entre nosotros había cambiado desde la audiencia. No era todavía la conexión profunda de una marca completa, pero las emociones llegaban con mayor facilidad cuando estábamos cerca. Cassian podía sentir mi ansiedad sin saber exactamente de dónde provenía.

Se acercó.

No me tocó inmediatamente.

Seguía haciendo eso.

Esperar aquella fracción de segundo cuando percibía algo que no comprendía.

Yo cerré la distancia y apoyé las manos sobre su cintura.

Sus brazos me rodearon.

La tensión disminuyó.

—No tienes que ir —murmuró contra mi cabello.

Cerré los ojos.

—Sí quiero.

—No es lo mismo.

—Lo sé.

—Podemos hacerlo otro día.

—Cassian.

—No estoy intentando convencerte.

Me aparté apenas para mirarlo.

—Lo sé.

Eso era lo extraño.

Lo sabía.

Años atrás, cuando Arthur decía que algo estaba bien, yo buscaba inmediatamente la condición escondida. El tono. La consecuencia futura. La parte de la conversación que todavía no comprendía.

Con Cassian también discutía.

Mucho.

Probablemente demasiado para la salud cardiovascular del Rey Alfa.

Pero había aprendido la diferencia entre un hombre que esperaba obediencia y uno que estaba aprendiendo a convivir con una mujer que podía decir que no.

—Quiero conocerlos —dije—. Solo estoy...

Busqué la palabra.

Lucía ayudó desde la cama.

—Aterrorizada.

La miré.

—Gracias.

—Servicio integral.

Cassian no sonrió.

—¿Por qué?

Exhalé.

—Porque es tu manada.

—Sí.

—Tu familia.

—Algunos.

—Las personas que te conocen desde antes de que fueras Rey.

—Eso resulta más humillante de lo que imaginas.

—Cassian.

—Anabella.

Me estaba provocando intencionalmente para que dejara de pensar.

Funcionaba.

Lo odiaba un poco.

—No sé qué esperan de mí.

Su expresión cambió.

Ah.

Había encontrado el problema.

—Nada.

Solté una risa.

—Eso no es posible.

—Sí lo es.

—Cassian, cientos de personas enviaron solicitudes para organizar una bienvenida antes de que yo siquiera aceptara una fecha.

—Mi madre cometió un error administrativo.

—Tu madre envió un mensaje a toda la manada.

—Exactamente.

—Eso no es un error administrativo.

—En su defensa, técnicamente podía haber enviado más.

Lo miré.

Su rostro permaneció completamente serio.

Lucía murmuró:

—Me encanta esa familia.

La ignoramos.

—No esperan una actuación —continuó Cassian—. Quieren conocerte.

—Soy tu Mate.

Las palabras todavía tenían un peso extraño.

No doloroso.

Pero sí nuevo.

—Sí.

—Y eso significa algo para ellos.

—Significa algo para mí.

—También para ellos.

Cassian respiró.

—Algunos tendrán expectativas. Algunos serán curiosos. Probablemente habrá ancianos que consideren necesario darte consejos que nadie pidió y niños que harán preguntas que sus padres intentarán detener demasiado tarde.

—Excelente.

—Pero nadie va a evaluarte para decidir si mereces estar allí.

Mi pecho se tensó.

Cassian lo sintió.

Sus manos se acomodaron ligeramente sobre mi espalda.

—No eres una candidata —dijo.

La frase fue sencilla.

Dolió de una forma pequeña y precisa.

Porque una parte de mí todavía sabía exactamente cómo se sentía serlo.

La futura Luna.

La mujer que debía aprender.

Mejorar.

Ser suficientemente fuerte.

Suficientemente silenciosa.

Suficientemente útil.

Tatiana podía combatir mejor.

Otra sabía organizar ceremonias.

Otra tenía el apellido correcto.

Siempre había algo que demostrar.

Cassian inclinó ligeramente la cabeza.

—¿Quieres quedarte?

Miré la valija.

A Lucía.

A Gerardo.

Después a él.

—No.

—Entonces terminemos de empacar.

Así de simple.

Viajamos en automóvil.

Eso debería haberme tranquilizado.

No lo hizo.

Cuando descubrí que el territorio Beaumont estaba a menos de tres horas de Silvercrest, pregunté por qué Cassian tenía tres helicópteros.

Él respondió que por eficiencia.

Niccolas, desde el asiento delantero, dijo que por problemas de control.

Cassian le ordenó ocuparse de sus asuntos.

Yo consideré que aquello resolvía la discusión.

Lucía no viajaba con nosotros. Tenía una reunión en Virelli y se había negado a cancelarla solo para "observar lobos reaccionando al apareamiento real", frase que conseguí impedir que dijera delante de Seguridad humana.

Mireille ya estaba en Beaumont.

Había viajado el día anterior.

Según Cassian, para supervisar determinados asuntos.

Según Niccolas, para amenazar personalmente a cualquiera que intentara convertir nuestra llegada en una ceremonia.

—No amenaza —dijo Cassian.

Niccolas se giró ligeramente.

—Le dijo al comité de bienvenida que si veía una alfombra ceremonial la utilizaría para envolver al responsable.

—Eso no es una amenaza.

—¿Qué es?

—Una advertencia logística.

Lo miré.

—Ahora sé de dónde lo sacaste.

Cassian no respondió.

El paisaje empezó a cambiar después de la primera hora.

Silvercrest quedó atrás junto con los edificios, las autopistas y el movimiento constante de la ciudad. Primero llegaron campos abiertos. Después colinas. Finalmente bosques.

Liora despertó.

No había estado dormida exactamente.

Pero su atención cambió.

Aroma.

Respiré.

—Yo no huelo nada.

Bosque.

—Eso sí.

Cassian giró hacia mí.

—¿Liora?

—Está interesada.

Su lobo respondió inmediatamente a través del vínculo.

Una presencia profunda.

Caliente.

Liora se acercó.

No para esconderse.

Para escuchar.

Apreté la mano de Cassian.

Él entrelazó nuestros dedos.

No dijo nada.

Los últimos kilómetros transcurrieron por una carretera estrecha entre árboles enormes. No había muros ni una puerta monumental. Esperaba algo más... real.

Una fortaleza.

Torres.

Tal vez soldados con capas.

Había consumido demasiadas películas.

En cambio encontramos un cartel de madera.

TERRITORIO BEAUMONT

Debajo alguien había agregado con pintura blanca:

NO ALIMENTAR A NICCOLAS DESPUÉS DE MEDIANOCHE.

Parpadeé.

—¿Qué...?

Niccolas cerró los ojos.

Cassian miró por la ventana.

—Adolescentes.

—Voy a encontrar al responsable.

—Deja el cartel —dije.

—Anabella.

—Es patrimonio cultural.

El vehículo cruzó el límite.

Lo sentí.

Una presión suave recorrió mi piel.

Liora levantó la cabeza.

Territorio.

No era como Blackwood.

No porque el poder fuera diferente.

Porque yo lo era.

La primera vez que abandoné Blackwood llevaba una maleta pequeña, una desvinculación pendiente y una loba que apenas podía sentir. Atravesé el límite mirando hacia atrás porque una parte de mí todavía esperaba que Arthur apareciera.

No apareció.

Ahora entraba en otra manada con la mano de un hombre entrelazada con la mía.

Y no estaba mirando atrás.

El asentamiento apareció entre los árboles.

No era pequeño.

Casas.

Edificios administrativos.

Una escuela.

Un centro médico.

Tiendas.

Senderos.

Vehículos.

Personas.

Demasiadas personas.

—Cassian.

Su cuerpo se tensó.

—Sí.

—¿Qué significa "bienvenida pequeña" para tu madre?

Niccolas miró por el espejo retrovisor.

—Depende de si contamos a los niños.

—Niccolas.

—Aproximadamente ciento ochenta.

Cerré los ojos.

—Voy a matarla.

Cassian pareció considerar la afirmación.

—Tendrás que hacer fila.

El vehículo redujo velocidad.

Las personas estaban reunidas cerca de una plaza amplia entre edificios. No había alfombras. Gracias a Dios.

Tampoco banderas.

Había familias.

Ancianos.

Guerreros.

Personas vestidas con ropa de trabajo.

Niños que claramente habían recibido instrucciones de permanecer quietos y las estaban incumpliendo.

Y todos miraban el automóvil.

Mi estómago se contrajo.

Liora se movió.

Miedo.

—Un poco.

Cassian soltó mi mano.

Lo miré.

Por un instante no entendí.

Después comprendí.

No quería bajar del vehículo llevándome físicamente hacia su gente.

La puerta se abrió.

Seguridad esperaba.

Cassian salió primero.

El cambio fue inmediato.

No porque utilizara poder.

No lo necesitaba.

Las conversaciones disminuyeron. Algunas personas inclinaron la cabeza. Otras sonrieron. Un niño gritó:

—¡Cassian!

Una mujer intentó atraparlo por la camiseta.

Demasiado tarde.

El pequeño atravesó el espacio y se lanzó directamente contra las piernas del Rey Alfa.

Cassian lo atrapó antes de que se estrellara.

Mi cerebro dejó de funcionar.

—Llegaste —dijo el niño.

—Eso parece.

—Mi papá dijo que vendrías mañana.

—Tu papá se equivocó.

El niño miró el vehículo.

Después me vio.

Oh, no.

Sus ojos se agrandaron.

Cassian lo bajó.

—Theo.

El niño ignoró completamente la advertencia.

Corrió hacia mi puerta.

Seguridad tuvo un pequeño colapso colectivo.

Abrí antes de que alguien decidiera detener a un menor de aproximadamente seis años como potencial amenaza a la Corona.

Theo se quedó frente a mí.

Me observó.

Yo lo observé.

—Hola.

—Eres pequeña.

Silencio.

Detrás de él, alguien hizo un sonido ahogado.

Cassian se acercó.

—Theo.

—¿Qué?

—Eso no se dice.

El niño me miró otra vez.

—Mi mamá dijo que eras muy importante.

—Eso tampoco ayuda —murmuró Niccolas al bajar.

Me agaché ligeramente.

—¿Tú eres importante?

Theo pensó.

—Sí.

—Entonces tenemos algo en común.

Sonrió.

Un diente le faltaba.

—¿Eres su Mate?

Ah.

La madre del niño llegó finalmente y parecía preparada para cambiar de territorio por vergüenza.

—Majestad, señora Salvatore, lo siento muchísimo.

—Está bien —dije rápidamente.

Theo señaló a Cassian.

—Él estuvo muy gruñón.

Cassian cerró los ojos.

Me mordí el interior de la mejilla.

—¿Cuándo? —pregunté.

—Siempre.

La madre tomó al niño.

—Nos vamos.

—Mamá...

—Ahora.

—Pero no pregunté si puede transformarse.

La pobre mujer perdió varios años de esperanza de vida.

Yo comencé a reír.

No pude evitarlo.

La tensión se quebró.

Alguien más rió.

Después otro.

Cassian me miró.

—Te advertí sobre las preguntas.

—Fue poco específica la advertencia.

Entonces apareció Mireille.

No caminó desde la multitud.

Simplemente emergió de ella con la clase de autoridad que hacía evidente que haber dejado la Corona no había reducido nada importante.

Me abrazó.

Sin ceremonia.

Sin saludo formal.

Un abrazo.

—Llegaste.

—Sí.

—Bien.

Me aparté.

—Había ciento ochenta personas.

—Ciento sesenta y cuatro.

Niccolas murmuró:

—Contó.

—Por supuesto que conté —respondió ella.

—Dijiste que sería pequeño —acusó Cassian.

—Es pequeño.

—Madre.

—La última recepción tuvo seiscientas.

La miré.

—No sé si eso me tranquiliza.

—No debería.

Después Mireille se volvió hacia las personas reunidas.

No pidió silencio.

Lo obtuvo.

—Anabella Salvatore —dijo—. Directora ejecutiva de Virelli Global, representante propuesta para la comisión de reforma y responsable de que mi hijo haya aprendido la palabra "consultar".

Algunas risas.

Cassian la miró.

—Madre.

—Estoy hablando.

Yo empezaba a quererla peligrosamente.

Mireille continuó:

—También es su Mate.

El silencio cambió.

Liora se acercó.

Mi cuerpo se tensó.

—Pero no está aquí para asumir ningún cargo —dijo Mireille—. No está aquí como Reina. No está aquí como Luna. Está aquí porque desea conocer la manada de Cassian.

Algo dentro de mí dejó de apretar.

Mireille me miró.

—Y porque nosotros queremos conocerla a ella.

No hubo juramento.

No hubo inclinación colectiva.

No hubo proclamación.

Una mujer mayor levantó una mano.

—Preparé pastel de manzana.

Parpadeé.

—¿Perdón?

—Cassian dijo que te gusta.

Giré lentamente.

Él parecía incómodo.

—Fue una conversación privada.

—¿Les contaste lo que me gusta comer?

—Mi madre preguntó.

—Eso no responde.

Mireille tomó mi brazo.

—Ven. Antes de que empiece a explicar cómo obtuvo la información y convierta un gesto agradable en una auditoría.

Nos alejamos.

Cassian nos siguió.

Theo gritó desde algún lugar:

—¡También hice un dibujo!

—Lo quiero —respondí.

—¡Tiene lobos!

—Mejor.

—¡Cassian quedó feo!

Me detuve.

Miré al Rey Alfa.

Cassian respiró profundamente.

—Cuatro días —dijo.

—Acabamos de llegar.

—Ya lo sé.

La casa Beaumont no parecía una residencia real.

Ese fue mi segundo problema.

Mi primero seguía siendo la cantidad de personas que sabían cosas sobre mí.

La casa estaba construida cerca del bosque, con piedra oscura, madera y ventanas enormes. Era grande, sí, pero no tenía el frío ceremonial que esperaba. Había botas junto a una entrada lateral. Fotografías familiares. Libros abiertos. Una manta doblada de manera imperfecta sobre un sofá.

Vida.

Me quedé detenida en el recibidor.

Cassian dejó mi valija junto a la escalera.

—¿Qué ocurre?

—Nada.

Mireille, delante de nosotros, se quitó los zapatos.

Descalza.

Miré a Cassian.

Él levantó una ceja.

—Te dije.

—Odio cuando tienes razón.

—Lo sé.

Mireille siguió caminando.

—Tu habitación está preparada arriba.

Mi corazón dio un salto absurdo.

—¿Mi habitación?

Cassian se volvió hacia su madre.

Ella continuó como si no hubiera escuchado.

—La de Cassian está enfrente.

Ahora él parecía confundido.

—¿Enfrente?

—Sí.

—Compartiremos habitación.

Mireille se volvió.

—¿Me estás informando o preguntando?

Silencio.

Yo me llevé una mano a la boca.

Niccolas, detrás de nosotros, decidió repentinamente estudiar una fotografía familiar.

Cassian respiró.

—Anabella y yo...

—Sé perfectamente qué hacen tú y Anabella. Tengo setenta años, no siete.

—Madre.

—Preparé dos habitaciones porque ella nunca durmió aquí y no sé qué querrá.

Cassian dejó de hablar.

Mireille me miró.

—Puedes usar una, las dos o ninguna. También hay habitaciones en la casa del lago si necesitas distancia.

Eso.

Otra vez.

La posibilidad de elegir antes de que yo tuviera que pedirla.

—Gracias —dije.

—No agradezcas todavía. El colchón de una de ellas es nuevo y sospecho que demasiado duro.

Cassian tomó mi valija.

—Voy a subirla.

—A mi habitación —dije.

Se detuvo.

—¿Cuál?

Miré hacia la escalera.

Después a él.

—Primero quiero verla.

Su sonrisa fue pequeña.

—Bien.

Mireille observó el intercambio.

No dijo nada.

Pero algo en sus ojos me indicó que había comprendido mucho más de lo que yo quería.

Las siguientes dos horas fueron extrañamente normales.

Ese fue el verdadero problema.

Esperaba protocolos.

Recorridos oficiales.

Conversaciones cuidadosamente diseñadas.

En cambio conocí a Clara, responsable del centro médico, porque vino a devolverle a Mireille un libro. Conocí a Samuel, encargado de infraestructura, porque necesitaba una firma de Cassian. Dos adolescentes aparecieron para preguntar si el sendero oeste podía abrirse antes del fin de semana.

Nadie me interrogó.

Me preguntaron por Virelli.

Por Silvercrest.

Una mujer quiso saber si realmente había conseguido que el Consejo retirara la propuesta de marca obligatoria.

—Ayudé —respondí.

—Mi hija tiene diecisiete años —dijo—. Quiero que crezca sabiendo que ningún vínculo significa que su cuerpo deja de pertenecerle.

No supe qué contestar inmediatamente.

—Yo también.

Ella sonrió.

Eso fue todo.

No preguntó si sería Reina.

No preguntó cuándo me marcaría Cassian.

No preguntó si tendría hijos.

Simplemente siguió hablando con Mireille sobre un programa educativo.

Más tarde, mientras Cassian discutía algo con Samuel cerca de la biblioteca, una anciana llamada Irene tomó mi mano.

—Me alegra conocerte.

Esperé.

Había aprendido a esperar la segunda parte.

La evaluación.

Cassian necesita una mujer fuerte.

Una Reina debe...

La manada espera...

No llegó.

—Mi nieta trabaja en idiomas —continuó—. Lee cada entrevista tuya.

Parpadeé.

—¿En serio?

—Dice que quiere trabajar en Virelli algún día.

Eso sí podía manejarlo.

—Entonces dile que estudie mucho y que nunca acepte una oferta laboral sin negociar el salario.

Irene sonrió.

—Le agradarás.

—Todavía no me conoce.

—Tú tampoco la conoces.

Bien.

Punto para Irene.

Cuando se alejó, me quedé mirando la sala.

Había personas entrando y saliendo.

Cassian escuchaba a Samuel con una expresión seria.

Mireille discutía con Niccolas sobre horarios.

Dos niños estaban intentando convencer a Seguridad de que una espada de madera no contaba como arma.

Liora caminaba dentro de mí.

Tranquila.

Y entonces me di cuenta de lo que estaba haciendo.

Había pasado dos horas esperando el examen.

No había llegado.

Pero yo seguía preparándome para aprobarlo.

Esa noche cenamos diez personas.

No ciento sesenta y cuatro.

Consideré aquello un triunfo.

Mireille había invitado a responsables de distintas áreas de la manada, pero la cena fue tan informal que uno de los hombres llegó tarde porque su hija había perdido una zapatilla y él se negó a marcharse hasta encontrarla.

Me senté junto a Cassian.

No porque hubiera una ubicación protocolar.

Porque quería.

La conversación pasó de la gestión forestal a un problema con un hospital regional y después a una discusión completamente incomprensible sobre quién había hecho trampa durante una carrera veinte años atrás.

—Cassian —dijo uno de los hombres— empujó a Niccolas al río.

—Él se cayó.

Niccolas dejó el tenedor.

—Me golpeaste con el hombro.

—Estabas en medio.

—Era una carrera.

—Exactamente.

Me giré hacia Cassian.

—¿Qué edad tenías?

—Doce.

—Eso explica demasiado.

—Ganó —dijo Mireille.

—No oficialmente —corrigió Niccolas.

—Llegué primero.

—Porque me tiraste al río.

—Detalles.

Me reí.

Y durante un segundo olvidé completamente dónde estaba.

Hasta que una mujer sentada frente a mí preguntó:

—Anabella, ¿quieres visitar mañana la escuela?

Mi espalda se enderezó.

—Claro.

—Los estudiantes mayores trabajan sobre diplomacia de manadas. Podrías hablarles sobre cooperación humana.

—Sí. Puedo preparar algo.

—No necesitas preparar...

Mi cerebro ya estaba avanzando.

—Podría mostrarles el modelo utilizado en Francia. También tengo una presentación simplificada sobre tratados híbridos y podríamos organizar—

Cassian tocó mi rodilla debajo de la mesa.

No para detenerme.

Solo contacto.

Lo miré.

Su expresión estaba tranquila.

—¿Qué?

—Nada.

—Esa cara habla.

—Después.

La conversación continuó.

Pero algo había cambiado.

Yo también lo sentía.

Después de cenar, Cassian me llevó afuera.

No al bosque.

A una terraza lateral.

La noche estaba fría. El territorio se extendía frente a nosotros con luces dispersas entre árboles y casas.

Apoyé los brazos sobre la baranda.

—Es hermoso.

—Sí.

Esperé.

—¿Qué?

—¿Qué qué?

—Dijiste que hablaríamos después.

Cassian apoyó una cadera contra la baranda.

—No tienes que preparar una presentación.

—Lo sé.

—No parece.

—Me gusta estar preparada.

—También lo sé.

Lo miré.

—Entonces ¿cuál es el problema?

No respondió inmediatamente.

El vínculo cambió.

Preocupación.

Ternura.

Algo que me hizo sentir demasiado expuesta.

—Estás trabajando —dijo.

—Siempre trabajo.

—No hablo de Virelli.

El frío pareció entrar un poco más.

—No entiendo.

—Desde que llegamos.

Me quedé quieta.

—Has hablado con cada persona que se acercó. Preguntaste por el hospital, la escuela, el fondo forestal y los programas de cooperación. Ofreciste revisar dos contratos. Mañana ibas a convertir una visita escolar en una conferencia preparada durante la noche.

—Eso es malo.

—No.

—Entonces...

Cassian se acercó.

—Estás intentando demostrarles que eres útil.

La defensa apareció inmediatamente.

—No estoy...

Me callé.

Porque sí.

Lo estaba haciendo.

No intencionalmente.

Eso quizá era peor.

Miré las luces.

—Soy buena en esas cosas.

—Lo sé.

—Puedo ayudar.

—También lo sé.

—Entonces no veo...

—Anabella.

Mi nombre no sonó como una orden.

Nunca sonaba así con él.

Eso seguía siendo capaz de romperme un poco.

Cassian se colocó a mi lado.

—¿Qué crees que pasaría si mañana no ayudas a nadie?

La pregunta era absurda.

—Nada.

—¿Si no das una conferencia?

—Nada.

—¿Si no revisas un contrato?

—Nada.

—¿Si pasas cuatro días comiendo pastel, corriendo con Liora y discutiendo conmigo?

Lo miré.

—Probablemente tu madre me adoptaría.

—Ya está cerca.

Sonreí.

Él no.

—No tienes que ganarte un lugar aquí.

La sonrisa desapareció.

Silencio.

Liora se acercó.

Cassian continuó:

—No necesitas convencer a mi manada de que eres suficientemente inteligente para ser mi Mate.

Mi garganta se cerró.

—No estaba haciendo eso.

—No conscientemente.

—Cassian...

—Tampoco necesitas demostrar que podrías ser una buena Luna.

Ahí estaba.

La palabra.

Miré hacia otro lado.

El bosque era oscuro.

Seguro.

—Yo iba a ser Luna desde los diecinueve años —dije.

Mi voz salió más baja de lo que pretendía.

Cassian permaneció quieto.

Escuchando.

—Todo tenía que prepararme para eso. Mis estudios servían porque una Luna debía entender política. Los idiomas servían porque podía negociar. Mi comportamiento importaba porque representaría a la manada. Mi ropa. Mis amistades. Mis decisiones.

Respiré.

—Incluso aquello que amaba hacer terminó convertido en evidencia de si sería adecuada.

Cassian no intentó tocarme.

Todavía no.

—Y Tatiana era mejor en las cosas en las que yo no lo era.

La antigua herida ya no sangraba.

Pero seguía existiendo.

—Combatía mejor. Tenía autoridad natural. El Consejo la admiraba. Yo pasé años intentando compensar cada cosa que ella hacía mejor que yo.

Me reí suavemente.

—Supongo que una parte de mí llegó aquí pensando que la manada Beaumont también tendría una lista.

—No hay lista.

—Todas las manadas tienen expectativas.

—Entonces pueden aprender a decepcionarse.

Giré la cabeza.

Él estaba completamente serio.

Una risa se me escapó.

—No puedes administrar una manada de esa forma.

—Llevo veinte años haciéndolo.

—Eso explica la estabilidad institucional.

Ahora sí sonrió.

Después su expresión volvió a suavizarse.

—No estoy diciendo que no puedas involucrarte. Si quieres ayudar, hazlo. Si quieres trabajar con la escuela, hazlo. Si quieres conocer cada área de Beaumont, te conseguiré todos los informes.

—Por supuesto que lo harás.

—Ya existen.

—Claro.

—Pero hazlo porque te interesa. No porque creas que existe una evaluación al final de la visita.

Algo ardió detrás de mis ojos.

Odiaba llorar.

Lo hacía con demasiada facilidad alrededor de ese hombre.

—¿Y si no les gusto?

Cassian respondió sin vacilar.

—Será su problema.

—Eres el peor Rey del mundo.

—Posiblemente.

—Cassian.

Esta vez él levantó una mano.

Esperó.

Yo me acerqué.

Sus dedos tocaron mi rostro.

—A mí sí me importa lo que piensen —admití.

—Lo sé.

—Quiero que me quieran.

—También lo sé.

—Quiero pertenecer.

La última palabra fue casi un susurro.

El vínculo se abrió.

No con posesión.

Con algo cálido.

Profundo.

Casa.

Liora.

Cerré los ojos.

Cassian apoyó su frente contra la mía.

—Entonces dales la oportunidad de quererte a ti —dijo—. No a la Luna que crees que tienes que ser.

Mi respiración tembló.

—Eso fue peligrosamente bueno.

—Estoy teniendo una semana excelente.

—No arruines el momento.

—Lo intento.

Rodeé su cintura.

Él me abrazó.

Nos quedamos así durante un tiempo.

Sin Consejo.

Sin periodistas.

Sin Tatiana.

Sin Arthur.

Sin ninguna mujer imaginaria compitiendo conmigo por un lugar que todavía no había decidido ocupar.

Solo nosotros.

Después Liora se movió con mayor fuerza.

Levanté la cabeza.

Bosque.

—¿Qué? —preguntó Cassian.

Miré los árboles.

La noche.

Las luces del territorio detrás.

—Liora quiere correr.

Su lobo reaccionó de inmediato.

Lo sentí.

Fuerte.

Expectante.

—Podemos cerrar un sector.

Negué.

Cassian frunció el ceño.

—¿No quieres?

—Sí.

—Entonces...

Miré hacia la casa.

Después hacia las luces más lejanas.

Cientos de lobos.

Una manada.

La palabra todavía tenía bordes.

Pero ya no cortaba.

—No quiero que cierres nada.

Cassian se quedó inmóvil.

—Anabella.

—Todavía no.

El miedo apareció inmediatamente después del impulso.

Honesto.

Real.

—Pero mañana —continué— quiero correr.

Su expresión cambió.

—¿Conmigo?

Liora se acercó.

No.

Parpadeé.

—Creo que...

La palabra se quedó atrapada.

Liora la empujó.

Manada.

Mi corazón golpeó con fuerza.

Cassian sintió la emoción aunque no pudiera escucharla.

—¿Qué dijo?

Lo miré.

Durante años había pensado que perder una manada significaba convertirme en algo incompleto.

Después aprendí a vivir sin una.

A construir familia sin sangre ni jerarquías.

Lucía.

Eduardo.

Martín.

Personas que me habían elegido cuando yo ya no tenía ningún título que ofrecer.

Tal vez pertenecer otra vez no tenía que destruir aquello.

Tal vez una casa nueva no borraba las anteriores.

—Dijo "manada".

Cassian dejó de respirar.

Literalmente.

—No te emociones.

—No estoy emocionado.

—Puedo sentirte.

—El vínculo exagera.

—Mentiroso.

Su sonrisa apareció.

No la del Rey.

La suya.

La que todavía parecía escasa incluso después de todo.

—Mañana —dije— quiero correr con ellos.

—Solo si sigues queriéndolo mañana.

Algo dentro de mí se acomodó.

No porque fuera la respuesta perfecta.

Porque ya sabía que sería la misma aunque cambiara de opinión.

Miré el bosque Beaumont.

Por primera vez desde que había cruzado el límite, dejé de preguntarme qué tendría que hacer para merecer quedarme.

Liora respiró dentro de mí.

Casa.

Todavía no.

Pero quizá.

Por primera vez en muchos años, quizá era suficiente.

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